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Sueños, hijos de un dios menor

Por Marianna Bolko

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En 1991, junto con mi compañero Merlini con quien desde hace varios años trato aspectos clínicos y teóricos de los fenómenos E.S.P. en el psicoanálisis, hice una contribución que apareció en un volumen publicado por Bollati-Boringhieri en relación a los sueños. La exposición establecida a continuación son basadas en referencias tomadas de mi experiencia personal.

Mi contribución se limita deliberadamente a la matriz psicoanalítica freudiana. Voy a considerar algunos fenómenos que se producen durante el análisis de la constelación: transferencia-contratransferencia, para lo cual parece legítimo afirmar la posibilidad de una investigación con herramientas analíticas específicas.

¿Por qué hablo de los sueños y de los fenómenos E.S.P.? Creo que la respuesta más simple y, al mismo tiempo, más cierta es que en la práctica analítica los fenómenos E.S.P. aparecen en sueños.

El sueño y su historia es una expresión de una relación que representa un momento particular de una disponibilidad mutua, la intimidad, la modulación de la experiencia emocional que puede facilita el reconocimiento del fenómeno ESP. El sueño es un “lugar” privilegiado para de los fenómenos ESP, y éstos se han descrito incluso fuera de el. En la literatura psicoanalítica, han sido reportados sueños telepáticos que, aunque no se refieren a la relación analista-paciente, desarrollan su propia fuerza demostrativa, como se fue señalado por Freud sobre su propio material después del proceso analítico sometido. Está claro que el trabajo analítico de los fenómenos E.S.P. puede ser observado por todos lados. Pero especialmente en los sueños, para los que, hablando de sueños y telepatía, el punto de conexión puede ser colocado en el estado de alteración de la conciencia o, de conformidad con la dicción de parapsicólogos, “otro” (y no “alterado”), que ocurre en el sueño, hipnosis, bajo el efecto de drogas, el éxtasis, en la meditación trascendental, en Ganzfeld, etc ..

Es la afinidad entre los fenómenos telepáticos y sueños (estos últimos son la base sobre de la concepción del proceso primario de Freud) para sugerir la existencia de un denominador común en el cambio existencial, una condición en la que ambos ocurren. Su afinidad también se manifiesta en el hecho de que tanto los sueños como los fenómenos E.S.P. se caracterizan por la desorganización de las categorías de espacio, tiempo y causalidad.

Ehrenwald (1978) señala que el “lenguaje olvidado” de la fase simbiótica entre la madre y el niño se puede restaurar en cualquier situación que se proponga en este modelo de relación: una de ellos es el encuadre analítico. Mayor y Miller (1983), señalaron que el “lugar del interpretante” es un medio en el que se conocen y representan  partes del analista y el analizando indistintamente inconscientes, tenga en cuenta que “este proceso es similar al que vemos en la experiencia telepática”. Antes de exponer y discutir sobre los sueños cabe recordar las observaciones más significativas y esquemáticas de Freud sobre la relación entre sueños y la telepatía. También se debe decir que, para Freud, la transmisión de pensamiento y la telepatía eran casi fenómenos equivalentes. La telepatía se ve favorecida por el estado de sueño aunque el mensaje telepático llegue al destinatario cuando un evento externo se lleva a cabo, y sólo puede ser percibido por la conciencia en la noche siguiente durante el sueño .Hay dos tipos de “sueños telepáticos”: En el primero, el mensaje telepático puede considerarse un residuo durante el día que, según el esquema clásico, contribuye a la formación del sueño. En estos casos, “el mensaje telepático(…) no puede cambiar nada en el proceso de formación del sueño…”. En el segundo tipo, el sueño de forma la reproducción de un evento externo transmitido telepáticamente con respecto al que la psique mantiene en una actitud “receptiva y pasiva.” Para este tipo de sueños Freud creía que era una correcta dicción de “experiencia telepática que se producía durante el sueño”. La transmisión del pensamiento es particularmente fácil cuando una representación emerge del inconsciente o, en términos teóricos, cuando una representación pasa desde del “proceso primario” para el “proceso de secundario “

Caso del Dr. Alexander Calvesi

Esta es la exposición de Alexander Calvesi sobre el trayecto que hace para ir a su consulta y da matices de lo que ve y hay en el trayecto:

“Por lo general estaciono mi coche en la Piazza Navona, y luego ando – nunca me canso de admirar la fuente central de la plaza y la fachada de la iglesia de Santa Inés -por la Via del Corso hacia el Renacimiento- hasta alcanzar, con sólo unos pocos pasos de distancia, la puerta del edificio donde esta el estudio dónde se encuentra la casa del analista al que vengo, subo a pie las escaleras (al no haber ascensor), llegando al final de los dos primeros tramos de escaleras, habían vidrieras compuestas por un mosaico siendo un patrón de diamantes rojos y verdes. Entro en la casa-estudio. Por lo general, espero unos minutos antes en una habitación con antiguas mosaicos rojos, en el fondo de la cual había una mesa de madera. En invierno, la sala de espera se calentaba con un pequeño calentador portátil (no había ningún sistema de calefacción). Así que accedo al verdadero estudio, donde entre otras cosas, estaba el sofá y una biblioteca alta y ancha “.

La paciente se encuentra en el segundo mes de tratamiento. Es la primera vez que va a este consultorio e informa a Calvesi sobre un sueño que tuvo días antes de acudir a visitar al doctor:

“Me voy a una especie de consultorio médico en la Piazza Navona, o tal vez cerca de la Piazza Navona, el estudio está situado en un antiguo palacio, de aquellos que no hay ascensor y hay un sistema de calefacción central. Hay un pasillo estrecho de escaleras, todo interno, cerrado, al final de esta rampa hay una vidriera con dos colores: rojo y verde, entonces hay otro tramo de escaleras y otra ventana similar, la puerta de la casa del médico es de madera vieja, robusta. Dentro de la casa veo una especie de sala de estar con una mesa de madera en la parte inferior, veo el antiguo suelo de baldosas rojas, una especie de cama que se parece a una de esas camas de doctor, pero no es realmente así, veo estantes, pero donde no hay medicinas como en los estudios médicos. Veo una vieja máquina de coser.. un estante marrón de madera, viejo, carcomido, está montado sobre un bastidor de hierro, a continuación una plataforma con ruedas “.

Caso de la Dra. Loredana Micati 

G., es un estudiante universitario en el segundo año de análisis. Durante el período experimental del sueño, G. tiene que ir a otra ciudad para asistir a la Universidad, lo que se traducirá en la reducción de los períodos de sesiones y se concentrarían en unos pocos días.

Unas semanas antes de la fase de sueños, mientras G. acababa de entrar en el estudio, Loredana Micati siente un fuerte dolor repentino en el centro del pecho, “Dios Mío” – piensa ella- lo que es una molestia podría llegar a ser un ataque al corazón ¿Debo renunciar para siempre a las actividades deportivas?. El paciente dice: “Al venir aquí me dio un ataque de ansiedad por el miedo, mi corazón parecía romperse, estaba seguro de que iba a morir de un ataque al corazón y estaba a punto de renunciar a venir para ir al hospital.”

Micati  fin de semana a la última sesión con G. el viernes:

El sábado por la noche se reúne con un cirujano y “joven amigo” y le pidió examinarle un bulto en el pecho que se había descubierto hacía unos meses; se fijó la reunión para el día siguiente, domingo por la mañana: “Yo no estaba preocupada, pero consideré mi descuido un poco. Durante la noche soñé con la visita prevista, pero me dio vergüenza como si hubiera matices eróticos por la joven edad de mi amigo, a través de una serie de pasos que había invertido como una figura materna. El domingo me encontré con el cirujano, pero ambos nos olvidamos del problema que yo había mencionado la noche anterior. “

El lunes siguiente G. relata un sueño: “Yo estaba en casa de mi prima, estaban también sus dos hijos. Ella me llama y me pide que mirarle el pecho porque estaba preocupada por el descubrimiento de un bulto, me siento incómodo,.. Yo estaba emocionado y aterrado a la vez “.

En estos dos sueños, tal y como se puede ver, en el paciente se dieron matices de algo que afectaba a la vida de la analista. Pero cada uno de manera diferente. Empecemos por los aspectos formales, recordando la observación de Freud (1921) sobre los sueños telepáticos: “… el mensaje telepático se trata como de una parte del material que contribuye a la formación de los sueños, que también se sufre en el trabajo del soñar. La experiencia telepática prefiere jugar desde el exterior deformando el evento.”

El sueño que Freud había sugerido para estas observaciones fue la de un hombre que sueña que su esposa había dado a luz a gemelos en la misma noche que su hija, en otra ciudad y con un mes de antelación a la fecha prevista.

El sueño del paciente es uno en el que la transformación de la realidad parece ser la más relevante. Se podría decir que la realidad se rompe y luego se vuelve a montar en un orden diferente. Cabe señalar que todo el sueño manifiesto, aunque en diferente orden, representa la realidad emocional y fáctica del analista. Para que este sueño pueda valer en la observación de Freud debe desarrollar su fuerza demostrativa sólo después de procesamiento analítico.

El sueño de la paciente se coloca en el extremo opuesto en el caso de Calvesi: la realidad es, de hecho, casi fielmente reproducida. Casi, porque en el sueño, hay tres versiones: la primera es la parte “que se ve a través de algo estrecho”, la segunda, el entorno único que lo coloca en la sala de espera y el estudio, y la tercera y el más importante, es representada por la presencia de una “máquina de coser antigua”. Es este último elemento el que da al sueño el mágico ambiente presente en ciertas pinturas de Magritte y Delvaux. Sobre este último elemento, se debe tener en cuenta el desarrollo de Calvesi para con el resto del sueño pareciéndose a la realidad, siendo “una experiencia telepática” que parece que tiene el único propósito de atraer su atención.

El sueño del paciente de Micati es una reproducción fiel de la situación del analista, pero con el reemplazo de los personajes: este aspecto recuerda al sueño de tener gemelos reportados por Freud.

Tal vez hay más, porque en el sueño parece estar también representada la situación emocional del analista, como se desprende del sueño y sus posibles consecuencias: la visita no se hace por olvido.

Sobre la base de esta primera aproximación se puede observar que, en todos los sueños, el nivel manifiesto es siempre un mensaje telepático bien reconocible con los personajes, la singularidad y especificidad que Ehrenwald (1978) reunió bajo el término “elemento trazador”. También en el sueño informado por Micati el elemento telepático se refiere explícitamente a la realidad fáctica y emocional del presente, mientras que se informó de los aspectos materiales presentes en el de Calvesi, aunque de manera implícita (la máquina de coser). Uno puede preguntarse si estas diferencias formales son irrelevantes o pueden tener algún significado. Dicho de otra manera: el sueño telepático tiene un significado único, porque lo telepático no es el hecho de que los los pacientes sepan que su analista ha escrito una carta, esto es diferente a saber el tipo de sensaciones y sentimientos en el momento preciso. La telepatía es la situación concreta en el contenido del sueño y esta revela algo.

Dejando en suspenso la cuestión de investigar qué parte juega el paciente en el sueño y lo que son sus identificaciones. El paciente es Calvesi en sí mismo: “Yo voy a …”, pero no sabe que está representando a Calvesi que va a la Piazza Navona. La máquina de coser es en cambio la de su madre, este es el paciente mismo, pero él no sabe que es también la madre de Calvesi: ¿A quién pertenece el coche? ¿Quién es el soñador?

El paciente de Micati es definitivamente el joven cirujano amigo y primo, Micati son dos personas distintas. Pero entonces el paciente es también el analista en sus componentes.

En estos dos sueños hay algo curioso: el soñador ve a su analista como, por ejemplo, por las escaleras del apartamento, en  la Via del Corso y se ponen en marcha, sin embargo todos son los protagonistas.

“Con el motivo de dar a luz ” Freud escribe eliminado la esfera del padre y vinculando a que la psique despierta el deseo inconsciente: Es este deseo la discrepancia entre el contenido manifiesto del sueño y el evento real.

Por lo tanto, es el deseo inconsciente el que anima a todos los soñadores a ser protagonistas, de ponerse en los zapatos de su analista o de personas significativas para ellos en ese momento. Pero, ¿es realmente así?. En el ejemplo de Freud, no se puede imaginar que su padre había soñado con que el deseo incestuoso de su propia hija transmitido telepáticamente. O incluso que el sueño expresa el encuentro de dos deseos complementarios. “Yo soy todas las operaciones del paciente”.

Consideremos ahora el posible significado para el trabajo analítico, atribuido por diversos autores al sueño telepático.

Esquemáticamente, podemos identificar dos posiciones: una primera, mejora el sueño telepático sobre todo la revelación potencial de una situación contratransferencia “negativa” del analista.

La perspectiva de contratransferencia  puede tener las siguientes consecuencias:

El contenido del sueño es muy específico porque proporciona una información en profundidad sobre la situación transferal-contratransferal en vigor en el momento del sueño y detallado; el valor terapéutico que se refiere a la descripción de esta situación no es reconocida, y puede dar lugar a dificultades para el trabajo terapéutico; el sueño telepático no es un medio específico, ya que es, por lo menos, teóricamente admisible para la inauguración de la situación transferencial-contratransferencial ocurrida por otras vías.

Un segundo punto de vista considera el sueño telepático especial para la posibilidad de la experiencia “fusional” o de “co-identidad” para un importante significado terapéutico. Micati en su contexto dice que se “mantengan organizadas y bien diferenciadas (…). La comunicación ESP necesita para superar la barrera de la individualidad porque esta existe.

Las implicaciones de esta perspectiva pueden ser:

El contenido del sueño tiene poco o ningún valor, ya que es la única ocasión en que nos damos cuenta de la necesidad de fusión. Hay pacientes tales como, por ejemplo, el que Micati menta que, para lograr la experiencia de la fusión, antes de usar el sueño prueba otros caminos. En otros pacientes, sin embargo, como el de Calvesi, el sueño telepático aparece de repente, por decirlo así, sin ninguna advertencia.
El valor terapéutico se refiere a la posibilidad de experimentar una situación de fusión, mientras que el mantenimiento de los límites de su individualidad es distintiva.
El sueño telepático (y cualquier otro evento ESP) es altamente específico como factor terapéutico, ya que hay otras posibilidades fuera de ella para hacer la experiencia más elevada.

A partir de la observación de que el material inconsciente del sueño telepático contiene generalmente el paciente y el analista, se ha argumentado (Hollos 1933 Servadio, 1935) que, en principio, se produce un sueño debido a la aparición y la intersección de los componentes inconscientes de ambas “partes formadas con el sufrimiento estructural similar” definido por Calvesi (1980).

En este sentido, Fodor (1942) argumentó que el análisis de un sueño ESP no termina con las asociaciones sólo del paciente, sino que también requiere que el analista y su material onírico. Como se puede ver, incluso en el contexto de la fusión, las cosas son un poco “más complejas, o al menos pueden serlo y el contenido no sería indiferente, porque está vinculado a “las mismas partes” que se reactivaron atrayendo de esta manera la “atención al hecho de que la colocación de clavos en procesamiento analítico no se debe sólo a la del paciente.

A eso es lo que pertenece “la máquina de coser” del sueño del paciente de Calvesi. Como observó el mismo Calvesi, son experiencias originales similares que se entrelazan y pueden encontrar una reestructuración conjunta. El hecho de que usted tenga una regresión en las primeras etapas de la relación (fusión simbiótica…) no daría lugar a una regresión similar de los contenidos. Por último, los pacientes a través de los sueños y otras experiencias ESP pueden satisfacer sus necesidades fusionales que generalmente disponen en una organización psíquica intacta. Ehrenwald señaló acertadamente que los pacientes con trastornos de la personalidad, paranoico o dudosos son capaces de hacer frente a estas experiencias. El nivel de intimidad en los cuales se aplica el riesgo de que se pondría en marcha un colapso de organización psíquica regresiva son incontrolables de forma rígida y están unidas por las defensas primitivas.

En conclusión: los artículos de Freud, “Psicoanálisis y telepatía” (1921) y sobre todo “El significado oculto de los sueños” (1925) ya plantearon este problema: la capacidad de la vidente de “leer” el deseo reprimido de los que la convocan, Freud cambió no obstante en la consideración general de que “un deseo intenso junto con los pensamientos inconscientes y los conceptos que se derivan de ella son recuerdos con un tono emocional muy fuerte” y pueden ser fácilmente transmitidos. Jones, sin embargo, no era de la misma opinión aunque la considera aceptable desde el punto de vista de la integridad de la teoría psicoanalítica de los sueños.

Es el momento que en la actualidad se tomen en serio los problemas que atormentaban a Jones, ya que la historia está haciendo de una manera su justicia.

 
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Publicado por en junio 18, 2017 en Casuística, parapsicologia

 

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Un caso de curación hipnótica.

Por Sigmund Freud

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Me decido a publicar aquí la historia de una curación obtenida mediante la sugestión hipnótica, entre 1892 y 1893, por tratarse de un caso al que una serie de circunstancias accesorias de mayor transparencia y fuerza probatoria de las que suelen entrañar la mayoría de nuestros resultados terapéuticos de este orden.

La mujer a la cual me fue dado auxiliar así, en un momento muy importante de su existencia, me era conocida desde muchos años atrás, y permaneció luego varios otros sometida de mi observación. La perturbación de la cual le libertó la sugestión hipnótica había ya surgido una vez con anterioridad, siendo ineficazmente combatida e imponiendo a la sujeto una penosa renuncia, que la segunda vez logré evitarle con mis auxilios. Todavía, un año después, volvió a presentarse, por vez tercera, la dicha perturbación, para ser de nuevo suprimida con iguales medios, pero ahora ya de un modo definitivo, no volviendo a atormentar a la sujeto en todo el tiempo que hubo de ejercer la función sobre la cual recaía. Además, creo haber conseguido en este caso descubrir el sencillo mecanismo de la perturbación y relacionarlo con procesos análogos del campo de la neuropatología.

Trátase, para no continuar hablando en adivinanzas, de un caso en el que una madre se vio imposibilitada de amamantar a su hijo recién nacido hasta la intervención de la sugestión hipnótica, y en el cual lo sucedido después de un parto anterior y otro posterior permitió una comprobación, sólo raras veces posible, del resultado terapéutico.

El sujeto del historial clínico que sigue es una mujer joven, entre los veinte y los treinta años, a la que casualmente trataba yo desde sus años infantiles, y que por sus excelentes cualidades, su serena reflexión y su naturalidad, no había dado jamás, ni tampoco a su médico de cabecera, una impresión de nerviosismo. Teniendo en cuenta los sucesos que a continuación me propongo relatar, hemos de considerarla, siguiendo la feliz expresión de Charcot, como una hystérique d’occasion categoría perfectamente compatible con las mejores cualidades y una intacta salud nerviosa en todo otro punto. De su familia conozco a su madre, mujer nada nerviosa, y a una hermana menor, muy semejante a ella y perfectamente sana. En cambio, un hermano suyo padeció una neurastenia juvenil, que echó por tierra todos sus planes para lo futuro. La etiología y el curso de esta enfermedad, cuyo desarrollo, muy parecido siempre, tengo todos los años repetidas ocasiones de observar, me son bien conocidos. La buena constitución primitiva del sujeto pereció asaltada por las corrientes dificultades sexuales puberales, el trabajo excesivo de los años de estudios y su intensificación al llegar el examen final, una gonorrea y, enlazada a ella, la súbita explosión de una dispepsia, acompañada de un tenaz estreñimiento, de intensidad casi increíble, que meses después desapareció, siendo sustituido por pesadez de cabeza, mal humor e incapacidad para el trabajo. A partir de este momento se desarrolló una alteración del carácter del sujeto, que le convirtió en constante tormento de su familia. No me es posible decir, de momento, si esta forma de la neurastenia puede o no adquirirse en su totalidad. Así, pues, y teniendo, además, en cuenta que no conozco a los restantes parientes de mi enferma, dejaré indecisa la cuestión de si hemos de suponer en su familia una disposición hereditaria a las neurosis.

Al nacimiento de su primer hijo había tenido la paciente intención de criarlo sin auxilio ninguno ajeno. El parto no fue más difícil de lo habitual en las primerizas, terminando con una leve aplicación de fórceps. Pero la madre no consiguió, a pesar de su excelente constitución física, su ilusión de ser una buena nodriza. Tenía poca leche, sentía intensos dolores al dar el pecho al niño. Perdió el apetito, tomó repugnancia a la comida y pasaba las noches insomne y excitada. De este modo, y para no poner en grave peligro la salud del niño y la suya propia, hubo necesidad de declarar fracasada la tentativa, a los catorce días, y buscar un ama, desapareciendo enseguida todas las molestias de la madre. Haré constar que de esta primera tentativa de lactancia no puedo informar como médico ni como testigo.

Tres años después tuvo la sujeto su segundo hijo, y también por circunstancias exteriores resultaba deseable evitar la lactancia mercenaria. Pero los esfuerzos de la madre en este sentido parecieron tener aún menos éxito y provocar fenómenos más penosos que la vez primera. La joven madre vomitaba todo alimento, no dormía y se manifestaba tan deprimida por su incapacidad, que los dos médicos de la familia, los acreditados doctores Breuer y Lott, se opusieron a toda continuación de la tentativa, aconsejando como último medio experimentable la sugestión hipnótica. De este modo, el cuarto día, por la tarde, fui llamado a la cabecera de la enferma.

A mi llegada, la encontré en la cama, con las mejillas muy arrebatadas y furiosa por su incapacidad para criar al niño incapacidad que crecía a cada nueva tentativa, no obstante poner ella todo su esfuerzo en dominarla. Para evitar los vómitos no había tomado alimento en todo aquel día. El epigastrio aparecía abultado, y colocando la mano sobre el estómago, se advertían continuas contracciones. La enferma se quejaba, además, de un constante mal sabor de boca. Ni ella ni sus familiares me recibieron como a persona de quien se espera auxilio, sino sólo en obediencia a lo indicado por los otros médicos. No podía, pues, contar con gran confianza de su parte.

En el acto intenté producir la hipnosis, haciendo fijar a la paciente sus ojos en los míos y sugiriéndole los síntomas del sueño. A los tres minutos yacía la enferma en su lecho, con la tranquila expresión de un profundo reposo, sirviéndome entonces de la sugestión para contradecir todos sus temores y todas las sensaciones en las que dichos temores se fundaban: «No tenga usted miedo; será usted una excelente nodriza y el niño se criará divinamente. Su estómago marcha muy bien; tiene usted un gran apetito y está deseando comer», etc. La enferma continuó durmiendo cuando la abandoné por breves instantes, y al despertarla mostró una total amnesia con respecto a lo sucedido durante la hipnosis. Antes de marcharme hube aún de rechazar una observación del marido sobre el peligro de que la hipnosis perturbarse para siempre los nervios de su mujer.

Los hechos que al día siguiente me comunicaron los familiares de la enferma, a los cuales no parecían haber causado impresión ninguna, constituyeron para mí una garantía de éxito. La sujeto había cenado sin la menor molestia, había dormido bien y se había desayunado, a la mañana, con gran apetito. En todo este tiempo había amamantado a su hijo sin la menor dificultad. Pero a la vista del almuerzo, demasiado copioso, despertó de nuevo su repugnancia, y antes de haber probado nada reaparecieron los vómitos. Desde este momento le fue imposible volver a dar el pecho al niño, y a mi llegada mostraba los mismos síntomas que el día anterior. Mi argumento de que no tenía por qué preocuparse, una vez comprobado que su malestar podía desaparecer y había, en realidad, desaparecido por casi medio día, no le hizo efecto ninguno.

Recurriendo, pues, de nuevo a la hipnosis, desarrollé una mayor energía que el día anterior, sugiriéndole que cinco minutos después de mi partida había de encontrarse, un tanto violentamente, con los suyos y preguntarles cómo es que no le daban de cenar, si es que se habían propuesto matarla de hambre, si creían que de este modo iba a poder criar a su hijo, etc. A mi tercera visita no precisaba ya la sujeto de tratamiento alguno. Nada le faltaba ya; gozaba de buen apetito, tenía leche bastante para el niño, no le causaba dolor ninguno darle el pecho, etc. A su marido le había inquietado que después de mi partida hubiera dirigido a su madre ásperos reproches, contra su general costumbre. Pero desde entonces todo iba bien.

Mi intervención terminó aquí por esta época. La sujeto amamantó a su hijo durante ocho meses, teniendo yo ocasión de comprobar varias veces en este período el buen estado de salud de ambos. Unicamente hube de encontrar incomprensible e irritante que nadie de la familia volviera a hablarme del buen resultado obtenido con mi intervención.

Pero un año después obtuve mi desquite. Un tercer hijo planteó de nuevo el problema, presentándose otra vez la imposibilidad de criarlo. Encontré a la sujeto en el mismo estado que la vez anterior, indignada contra sí misma al ver que toda su fuerza de voluntad no llegaba a vencer la repugnancia a alimentarse y los demás síntomas. La primera sesión de hipnosis no produjo otro resultado que el de desesperanzar más a la enferma. Pero después de la segunda quedó de nuevo tan completamente anulado el complejo de síntomas, que no hubo necesidad de más. La sujeto crió también a este niño, que hoy tiene ya año y medio, sin molestia alguna, y goza de buena salud.

Ante esta repetición del éxito terapéutico, modificó el matrimonio su actitud para conmigo, y me confesaron el motivo a que obedecía. «Me daba vergüenza -dijo la mujer- reconocer que el hipnotismo conseguía lo que toda mi fuerza de voluntad no era suficiente a lograr.» De todos modos, no creo que ni ella ni su marido hayan dominado la aversión que les inspiraba la hipnosis.

 
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Publicado por en enero 7, 2017 en Casuística, parapsicologia

 

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Carl G. Jung y la parapsicología: un análisis biográfico.

Por Brenio Onetto Bachler

 

Tratándose de un tema sobre el cual ya se ha escrito e investigado en demasía en variados artículos (Jaffé, 1966, 1968) y detallados libros (Jaffé, 1977; Wehr, 1987) de autorizados investigadores (Aniela Jaffé, entre otros), me limitaré aquí a referir en grandes rasgos el orígen biográfico del interés de Jung por los fenómenos parapsicológicos, que culmina indudablemente con su exposición acerca de la teoría de la sincronicidad, “madurada” aproximadamente entre los años 1930 a 1952, a lo que se agregan algunas posteriores reflexiones en cartas (Jaffé & Adler, 1972-1973).

Empezaré con una cita del prólogo escrito por Jung al libro de Fanny Moser (1950, p. 250):

“En esta múltiple y oscura área de investigación en la que todo parece posible, y por lo tanto, poco susceptible de creerse, se debería haber observado personalmente, y también haber escuchado y leído muchas historias, y en lo posible haberlas controlado por la interrogación de testigos, para así poder Ilegar a un juicio medianamente sólido.”

En el segundo semestre universitario del invierno 1895-96 (Jung hizo su estudios médicos en Zurich desde 1895 hasta el semestre de 1900-01, inclusive), descubrió un pequeño libro sabre fenómenos espíritas de los años setenta, llamado Pequeño Manual de Aparecidos escrito por un teólogo que trataba el orígen histórico de estos fenómenos. La obra pertenecía a la Biblioteca del padre de un compañero de estudios, que era historiador de arte (Deri, 1935). Por esa época Jung perteneció a una asociación estudiantil suiza llamada “Zofingia”.
Tornóse un lector apasionado de autores coma el astrónomo alemán Johann Karl Friedrich Zollner (1834-1882), y el fisico británico Sir William Crookes (1832-1919), acerca de quienes comentaba fervorosamente en la Asociación, tildándoles de verdaderos mártires de la ciencia. Jung leyó casi toda la literatura pertinente de la época incluyendo a Karl du Prel (1830-1899), Karl August Eschenmayer (1768-1852), el místico cristiano Joseph von Gorres (1776-1848), el médico alemán Justinus Kerner (1786-1862), Julius Passavant, Los Sueños de un Vidente del filósofo Emmanuel Kant, y por lo menos, siete volúmenes del místico sueco Emmanuel Swedenborg (1688-1772).
Omitiremos por razones de espacio los antecedentes hereditarios en la familia de Jung, especialmente por línea materna. Y acerca de esto, remitiré al lector a su ya citada discípula Aniela Jaffé (1966), y al historiador psicólogo Henri Ellenberger (1976, pp.735-836). Recordaré que su madre, Emilie Preiswerk (1848-1923) fue quien siempre apoyó sus lecturas, siendo inclusive testigo de otros hechos de su vida que comentaremos a continuación, los cuales sucedieron durante 1898.
Ellos fueron también resumidos por el psiquiatra C.G.Jung, en una primera carta a J.B.Rhine (27.9.1934).

Jung le envió a Rhine la foto del cuchillo para que lo colgara en su escritorio :

“Durante las vacaciones de verano sucedió algo que debió influir en mi poderosamente. Un día estaba en el gabinete de estudio y repasaba mis libros de texto. En la habitación contigua, cuya puerta estaba entreabierta, estaba mi madre haciendo calceta. Era nuestro comedor en el cual veía la mesa redonda de madera de nogal. Procedía del ajuar de mi abuela paterna y entonces tenia ya setenta años. Mi madre estaba sentada frente a la ventana, aproximadamente a un metro de distancia de la mesa. Mi hermana estaba en la escuela y la criada en la cocina. De pronto se oyó una detonación como un pistoletazo. Me levanté de un salto y corrí al cuarto contiguo de donde había oído la explosión. Vi a mi madre sobresaltada en un sillón, su labor le había caído de la manos. Dijo tartamudeando: Qué, qué ha sucedido? Fue justo a mi lado!, y miraba sobre la mesa. El tablero de la mesa se había roto por la mitad y no por el sitio encolado, sino en la madera encerada. Quedé atónito… ¿Cómo había podido pasar tal cosa? Una madera naturalmente encerada, pero seca ya desde hacía setenta años, que se abre en un día de verano con una elevada humedad habitual para nosotros. Hubiera resultado explicable en un día de invierno frío y seco junto a una estufa ancendida. ¿Qué diablos pudo ser la razón de tal explosión? Realmente existen casualidades extrañas, pensé. Mi madre movió la cabeza y dijo con la voz de su número dos: “Sí, si, esto significa algo.” Yo me sentí contrariado y disgustado por no poder responder nada.

Aproximadamente catorce días después, llegué por la tarde a las siete a mi casa y haIIé a mi madre, mi hermana de catorce años, y la sirvienta, en plena excitación. Hacia una hora que se habla oído de nuevo una explosión. Esta vez no había sido en la ya deteriorada mesa, sino en el aparador, mueble originario del siglo XIX. Habían mirado ya por todas partes, pero no habían encontrado ninguna grieta. Comencé inmediatamente a inspeccionar detalladamente el aparador y lo inmediato a él, pero sin éxito. Registré el interior del mueble y su contenido. En el cajón, conteniendo la cesta del pan, había el pan y junto a él, un cuchillo cuya hoja estaba destrozada casi por completo. El mango estaba en un rincón del cesto rectangular y en cada una de las tres restantes había un trozo de la hoja del cuchillo. Este se había empleado todavía a las cuatro de la tarde y después se había guardado. Desde entonces nadie lo habla tocado.

Días después llevó el cuchillo a uno de los mejores afiladores de la ciudad. Escudriñó los fragmentos con lupa y movió la cabeza: “Este cuchillo -dijo- no tiene ningún defecto. El acero está en buen estado. Alguien lo ha roto en pedazos. Esto se puede conseguir, por ejemplo, introduciendo la hoja en el quicio del cajón y rompiéndolo trozo a trozo. El acero es de calidad, 0 quizás se ha dejado caer desde gran altura sobre una piedra. Esto no puede estallar en absoluto. Se ha hecho algo con él. Mi madre y mi hermana se encontraban en la habitación cuando fueron sobresaltadas por la repentina detonación. Mi madre me miró significativamente y no pude hacer mis que callar. Me sentía enteramente desorientado y no podía de ningún modo explicarse lo sucedido. Esto me resultaba tanto más enojoso por cuanto debía admitir que estaba profundamente impresionado. ¿Porqué y cómo se partió la mesa y se quebró el cuchillo? La hipótesis de la casualidad resultaba del todo inadmisible. Lo de que el Rhin se desbordara eventualmente alguna que otra vez, era para mí, muy improbable, y otras posibilidades quedaban eo ipso descartadas.
¿Qué podría ser?
Algunas semanas después, me enteré que ciertos parientes se entretenían desde hacía tiempo con mesas giratorias y tenían una “médium”, una muchacha jóven, de poco más de 15 años.
Desde hacia algún tiempo en este círculo pensaba ponerme en contacto con esta médium, que caía en estado de sonambulismo y producía fenómenos inexplicables. Comencé a asistir a sesiones con ella y otros interesados regularmente los domingos. Los resultados fueron las transmisiones de pensamiento y los golpes en la pared y la mesa. Los movimientos de la mesa eran dudosos, se producían independientemente de la “médium”. Comprendí pronto que las condiciones limitadas eran, en general, inconvenientes. Me conformé con la evidente independencia de los golpes en la pared y presté mi atención al contenido de las transmisiones de pensamiento. Los resultados de estas observaciones los he expuesto en mi tesis doctoral. Después de realizar experimentos durante dos años, se manifestó una cierta languidez y sorprendí a la “médium” intentando provocar los fenómenos mediante trampas. Esto me determinó a interrumpir las sesiones -muy a pesar mío, pues con ella había aprendido como se forma una personalidad número dos, como se asume una conciencia infantil y se integra finalmente a ella. La muchacha era una “malograda”. A los 26 años murió de tuberculosis. Lo vi todavía una vez, cuando tenía 24 años y quedó impresionado de la independencia y madurez de su personalidad. Después de su muerte supe, por parientes, que en los últimos meses de su vida fue perdiendo poco a poco su personalidad, y regresó finalmente al estado de un niño de dos años, en cuya fase cayó en el último sueño.”

En la segunda breve visita (de solo séis días) que Jung hizo a Freud en Marzo de 1909 (la primera también en Viena en compañía del doctor Ludwig Binswanger, fue en marzo de 1907), lo hizo acompañado una vez más de su esposa Emma Rauschenberg (1882-1955) y la relata asimismo en su autobiografía editada por Aniela Jaffé:

“Me interesaba oír las opiniones de Freud sobre precognición y sobre parapsicología en general. Cuando lo visité en 1909 en Viena y le pregunté que pensaba acerca de ello. De acuerdo con su prejuicio materialista, rechazó totalmente la cuestión como algo absurdo, basándose en un positivismo tan superficial, que me fue difícil no responderle con acritud. Transcurrieron todavía algunos años hasta que Freud reconoció la importancia de la parapsicología y la autenticidad de los así llamados “fenómenos ocultos”. Mientras Freud exponía sus argumentos, yo sentí una extraordinaria sensación. Me pareció como si mi diafragma fuera de hierro y se pusiera incandescente -una cavidad diafragmática incandescente. Y en este instante sonó un crujido tal en la biblioteca que se hallaba junto a nosotros, que los dos nos asustamos. Creímos que el armario caía sobre nosotros.
Tan fuerte fue el crujido, que le dije a Freud: “Esto ha sido un fenómeno de exteriorización de los denominados cataIíticos“.
“Bah, -dijo él- esto si que es un absurdo.”
“Pues no -le repondi- se equivoca usted, Señor Profesor. Y para probar que llevo razón, le predigo ahora que volverá inmediatamente a oírse otro crujido.”
Y efectivamente, apenas había pronunciado estas palabras, se oyó el mismo crujido en la biblioteca!

La permanente corriente parapsicológica Junguiana vuelve a manifestarse una vez más en 1916 (Jaffé, 1966):

“Muy paulatinamente se perfiló en mi un cambio. En 1916, experimenté una inclinación por la creación literaria. Me sentía -por así decirlo- impulsado desde dentro a formular y expresar lo que en cierto modo podría haber dicho Filemón. Así surgieron Jos Septem Sermones ad Mortuos con su típico lenguaje. Con ello comencé a experimentar una intranquilidad que no sabía que significaba, o que es lo qua ‘se’ queria de mi. Existía una atmósfera extrañamente cargada a mi alrededor y tenía la impresión de que el aire estaba lleno de entes fantasmagóricos. Entonces comenzaron a rondar duendes por la casa. Mi hija mayor veía por la noche una figura blanca atravesar la habitación. Mi otra hija contaba, independientemente de la primera -que le habían levantado la manta de la cama dos veces por la noche y mi hijo de nueve años tuvo un sueño terrorífico. Por la mañana pidió lápices de colores a su madre y él, que nunca había hecho un dibujo, dibujó el sueño. Lo llamaba “El dibujo del pescador.” En medio del dibujo habla un río y en la orilla estaba un pescador con la caña de pescar. Había cogido un pez. En la cabeza del pez se hallaba una chimenea a través de la cual salía fuego y humo. Por la otra orilla Ilegaba el diablo volando por los aires. Juraba que le habían robado el pez. Pero sobre el pescador se cernía un ángel que decía: ‘”Tú no puedes hacerle nada: Pesca solo dos peces malos! Este dibujo lo hizo mi hijo la mañana de un sábado.
El domingo por la tarde, hacia las cinco, en la puerta de la casa sonó la campanilla con insistencia. Era un domingo luminoso y las dos muchachas estaban en la cocina desde donde se podía ver el espacio abierto ante la puerta de la casa. Yo me encontraba cerca de la campanilla, la oí sonar y víi como se movía el martillo. Todos corrieron inmediatamente hacia la puerta para ver quien llamaba… pero no había nadie! Nos miramos como alelado! Les digo que la atmósfera estaba cargada! Entonces supe que tenía que suceder algo, la casa estaba repleta de gentío, toda llena de espíritus. Los había hasta bajo la puerta y se tenía la sensación de apenas poder respirar.
Naturalmente me acuciaba la pregunta: “Por el amor de Dios ¿qué es ésto?” Entonces gritaron en coro: “Regresamos de Jerusalem, donde no hallamos lo que buscábamos. Estas palabras correspondían a las primeras líneas del Septen Sermones ad Mortuos.

Entonces la inspiración comenzó a fluir de mí, y en tres tardes escribe este acontecimiento. Apenas hubo dejado la pluma, desapareció la legión de espectros. El aquelarre había terminado. La habitación se volvió tranquila y pura la atmósfera. Así hasta la noche siguiente en que nuevamente se amotinaron y se fueron del mismo modo. Esto fue en 1916.
Este acontecimiento hay que aceptarlo tal como fue o como pareció ser. Posiblemente tuvo relación con el estado emocional en que entonces yo me encontraba y en el que podían presentarse fenómenos parapsicológicos. Era una constelación inconsciente, y la atmósfera característica de tal constelación me era bien conocida como númen de un arquetipo: “Es apto, se manifiesta.” El intelecto desea naturalmente apropiarse un conocimiento científico sobre un hecho de este tipo, o mejor todavía aniquilar todo lo sucedido cono una anomalía. Qué desesperación sería un mundo sin anomalías!
Poco antes de este acontecimiento escribe una fantasía que se me fue el alma (sic).
Constituyó para mí un suceso muy importante. El alma, el ánima, crea la relación con el inconsciente. En cierto sentido es también una relación con la colectividad de los muertos, al país de los presentimientos. Así pues, cuando el alma desaparece en una fantasía ello significa que se ha retirado al inconsciente o al país de los muertos. Ello corresponde a la denominada pérdida del alma, un fenómeno que se encuentra con relativa frecuencia entre los primitivos. En el ‘país de los muertos’ el alma experimenta una secreta vivificación y da forma a las huellas ancestrales, a los temas colectivos del inconsciente. Igual que una médium, da a los muertos posibilidad de manifestarse. Por ello muy pronto, después de la desaparición del alma, aparecieron en mí los muertos y surgieron los Septem Sermones Ad Mortuos. Entonces, y a partir de tal momento, los muertos se me han convertido cada vez más claramente en voces del inconsciente: un cierto croquis y resumen del contenido general del inconsciente.”

Mencionaremos en este contexto la característica y extensa carta de Freud a Jung, fechada en Viena el 16 de abril de 1909:

Querido amigo;
Es interesante que la misma tarde en que yo adoptaba formalmente a usted como hijo mayor, le consagraba cono sucesor y príncipe heredero ‘in partibus infidelius’ [en las Regiones de los infieles, que simultáneamente se despojaba de la dignidad de padre, acto que le parece gustar tanto como a mí, por el contrario la investidura de su persona. Temo, sin embargo, que vuelva usted a pensar en su padre si hablo de mi relación con el espíritu golpeador poltergeist, pero debo hacerlo porque es distinto de lo que usted podría creer. Yo no niego pues, que sus comunicaciones y su experimento me impresionaron profundamente. Me propuse después de su marcha, observar esto y aquí le doy mis resultados. En la primera habitación se oyó un ruido inesperadamente allí donde descansan dos pesadas estelas egipcias sobre dos tablas de roble de la librería, esto es evidente. En la segunda habitación, allí donde lo oímos, se oye un ruido muy raramente.
Primeramente quería hacerlo valer como prueba si los ruidos tan frecuentes durante su visita no se hubieran repetido después de marchar usted. Pero se han repetido los ruidos y nunca en conexión con mis pensamientos, nunca cuando me ocupaba de usted o de sus especiales problemas (ahora no añado esto como provocación). La observación quedó inválida muy pronto por otras. Mi creencia, o cuanto menos mi crédula solicitud desapareció con el encanto de su presencia personal. Me resulta de nuevo totalmente improbable, desespiritualizado, o sea, libre de estragos, esta ante mi, como ante el poeta la naturaleza divinizada después de la partida de los Dioses de Grecia.
Vuelo a colocarme las córneas gafas de mi padre y advierto al querido hijo que conserve la cabeza fría y es preferible no querer comprender que sacrificar a la comprensión, tan gran víctima, muevo la blanca cabeza sabre la psicosíntesis y pienso: Si, así son los jóvenes, solo les proporciona
auténtica alegría ir donde ellos no necesitan llevarnos, a donde con nuestro cansado aliento y cansadas piernas no nos es posible seguirles.

Luego, con el derecho que me confiere mi edad, me vuelvo parlanchín y hablo de otra cosa entre el cielo y la tierra que no se puede comprender. Hace algunos años descubrí en mi la convicción de que moriría a los 61 a 62 años, lo que entonces me parecía todavía un largo plazo (hoy faltan tan solo ocho años). Entonces marché con mi hermano Alexander Freud a Grecia en Septiembre de 1904, y resultó inquietante cono el número 61 a 60 en relación con el uno a dos se me presentaba de nuevo en todas las ocasiones en que tenía que enumerar algo, en especial en los medios de transporte lo que anoté cuidadosamente, con el ánimo oprimido esperaba en el hotel de Atenas volver a tomar aliento, cuando se nos asignó una habitación en el primer piso, allí ciertamente no podía tratarse del número 61. Cierto, pero siquiera tuve el número 31 (con licencia fatal, pues la mitad de 61-62) y este asunto y hábil número se manifestó más persistentemente en consecuencia que el primero. Desde el viaje de regreso hasta hace no mucho, se me conservó fiel el 31, en cuya proximidad me encontraba a gusto el . Dado que también en mi sistema tengo regiones en las que solo siento curiosidad por saber, pero no soy en absoluto supersticioso, desde entonces he intentado realizar el análisis de este convencimiento. Y aquí esta este análisis. Este convencimiento surgió en el año 1899. Entonces acontecieron conjuntamente dos hechos.
Primeramente escribe el significado de los sueños (que esta ya prefechado en 1900), en segundo lugar, recibí un nuevo número de teléfono que todavía hoy lo tengo: 14362. Algo de común entre ambos hechos se desprende fácilmente. En el año 1899, cuando escribe la “Interpretación de los Sueños” tenía 43 años de edad. Qué había, pues, de mis próximo sino que las otras cifras de mi término de vida debían significar 61 a 62. De pronto el método se convierte en alga absurdo. La superstición de que yo moriría entre los 61 a 62 se presenta cono equivalente de la convicción de
que había completado mi obra con la interpretación del sueño, ya no necesito decir nada más y puedo tranquilamente morir. Usted aceptará que después de esta experiencia no suena tan absurdo. Además en ello se esconde la secreta influencia de W. Fliess, en el año de su ataque, surgió también la superstición.
Nuevamente podrá usted constatar la naturaleza específicamente judía de mi mística. Por lo demás, estoy inclinado a decir que aventuras como la ocurrida con el número 61 encuentran explicación en dos momentos, primero por la acusada atención de inconsciente, que ve a una Elena
en toda mujer, y segundo, por la amigablemente existente “complacencia del azar” que desempeña la misma función para la ilusión que la complacencia somática en el síndrome histórico, lo idiomático en el juego de las palabras del chiste.
Estaré, pues, dispuesto a seguir enterándome con interés en lo sucesivo de sus investigaciones acerca del “complejo de los fantasmas”, como de una obsesión benigna que no se comparte.

Afectuosamente, saludos para su señora e hijo, Su amigo, Sigmund Freud

El incesante y activo interés de Jung por lo paranormal reaparece en Julio de 1919, en su conferencia para la Society for Psychical Research titulada Uber die psychologischen Grundlagen des Geisterglauglaubens [Las bases psicológicas de la creencia en los espíritus], erróneamente traducida al español como: Los Fundamentos Psicológicos del Espiritisno.
En su obra ‘Spuk” de la doctora Fanny Moser (1872-1953) (Moser, 1950) que ya mencionáramos, describe Jung con aguda auto-observación, su propio encuentro con un fantasma espiritual en Inglaterra en 1920. En una casa campestre de un amigo -recientemente arrendada- pasó en repetidas ocasiones su “week-end”. En la noche vivenció diversos fenómenos “curiosos” que se intensificaron cada vez más (golpes, mal olor, ruidos, gotas, etc.). Ellos causaron en él una intensa sensación de inhibición semejante a parálisis y culminaron con la aparición o visión de una
compacta mitad de cabeza femenina que se encontraba cerca de 40 centímetros de distancia de él, sobre la almohada. Tenía una de los ojos muy abiertos contemplándole fijamente. La cabeza desapareció al prender Jung una vela. El resto de la noche pasó sentado en su poltrona.
Posteriormente supieron, él y su amigo, algo que se sabía ya hacía tiempo en la aldea; que la casa estaba “encantada” y espantaba rápidamente a todos los arrendatarios. Algunos detalles de su vivencia los pudo interpretar Jung como exteriorización de contenidos psíquicos del inconsciente. Sin embargo, es un problema irresuelto en esto caso, el hecho de que el fantasma se le presentara exclusivamente en un determinado tiempo y lugar de la casa, y que además, durante la semana de sobreactividad excesiva, en Londres, pudo dormir admirablemente bien. Se trató probablemente de un poltergeist ligado al lugar, para el cual hasta la fecha, falta una explicación científica satisfactoria. La casa fue demolida al poco tiempo de irse Jung.
Llegamos finalmente a las importantes décadas de 1930 a 1950 en las que nuestro autor elabora concienzudamente un principio explicativo de los fenómenos parapsicológicos, y en general al psiquismo y a la naturaleza. Tan importante fue para él esta ley explicativa que le Ilevó inclusive a hacer curiosos experimentos con el I Ching  y otros experimentos “astrológicos”, a lo que se refiere Aniela Jaffé en los siguientes términos :

“De un significado mucho más profundo que los fenómenos ocultos citados hasta aquí y el problema de las apariciones de espíritus, fue para Jung su obra, la interrogante sobre fenómenos acausales, como sujetos clarividentes, precogniciones, prácticas mánticas, etc. En base a experiencias propias con sus pacientes y consigo mismo, y trayendo a colación los hallazgos de las investigaciones de J.B.Rhine sobre percepción extrasensorial (PES) realice su contribución más significativa para la ciencia parapsicológica, mediante la introducción en el pensamiento científico del concepto de sincronicidad. Desde entonces este concepto representa el cuarto factor explicativo junto a los de tiempo, espacio y causalidad.
El trabajo básico sobre sincronicidad, cuya derivación y empleo podemos dar aquí por conocidos, apareció en 1952 con el título de “sincronicidad como principio de conexiones y la psiquis”. Que el otro trabajo de ese volumen bajo el título de “Influencias de las representaciones arquetípicas en la formación de las teorías científico- naturales de Kepler” sea debida a la pluma del físico Wolfgang Paulí, fue caracterizado por Oste como una “auténtica sincronicidad.”

En correspondencia a la responsabilidad Junguiana y a su recato en los asuntos científicos, se ha debido que demorar más de veinte años, antes de entregar al público su trabajo decisivo sobre la sincronicidad. La primera vez que aparece este concepto es ya en 1930, a saber, en el homenaje póstumo a su amigo Richard Wilhelm (Jung, 1929).
El método mediante el cual Jung abordó los problemas parapsicológicos, fue especialmente el de la observación cuidadosa. Además, se sirvió ampliamente de los resultadas estadísticamente evaluados de los experimentos de Rhine. En el campo de la Astrología, no solo Ilevó a cabo por si misma un experimento estadísticamente evaluado, sino que con frecuencia exigió investigaciones estadísticas de las afirmaciones astrológicas. Sin embargo, en general, la estadística paso de Jung más bien a un segundo plano. Dice así en su prólogo al libro ‘Spuk’ de Fanny Moser (1950):

“Se puede en verdad, con ayuda del método estadístico, detectar la presencia de tales efectos sincronísticos con seguridad más que suficiente, tal como lo han hecho Rhine y una serie de otros investigadores. La naturaleza individual de los fenómenos más complejos de este tipo prohíbe, sin embargo, la utilización del punto de vista estadístico, porque éste parece ser complementario de la sincronicidad, y por ende altera a este último fenómeno, ya que no puede hacer nada más cuando lo elimina como una probable casualidad. Es por ello que estamos más bien limitados en este sentido completamente, al caso individual bien observado y controlado.”

Agreguemos finalmente que Jung, a diferencia de la escuela Rhineana, prefirió no hablar de “facultades” parapsicológicas, sino más bien de “hechos” parapsicológicos. Para él, estos se harían ostensibles a nuestros inconscientes toda vez que surgieran figuras arquetípicas que por así decir estimularán la producción de los fenómenos. De allí que para Jung, una conjunción de fenómenos sincronísticos con significado para el sujeto, fuese de vital importancia para el estudio de otros niveles (¿tal vez los parapsicológicos?) de nuestro inconciente.

 
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Publicado por en noviembre 27, 2015 en parapsicologia

 

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La realidad psíquica inconsciente: parapsicología y psicoanálisis .

Por J. Ricardo Musso

De la obra del creador del psicoanálisis, S. Freud, transcribimos dos afirmaciones:

1) “La realidad psíquica es una forma especial de existencia que no debe ser confundida con la realidad material”, y 2) “La equiparación de lo psíquico con lo consciente es por completo inadecuada….

Existen actos de muy diversa categoría que, sin embargo, coinciden en el hecho de ser inconscientes”. Durante toda su vida se esforzó Freud por formular una definición, comprensible, de su concepto acerca de las propiedades esenciales de la realidad psíquica, que la diferencian de la material y que, por ser poseídas por los procesos inconscientes cuya existencia él postula, justifican su afirmación de que éstos son de naturaleza psíquica (en vez de neurológica). Todavía hacia 1938, en sus últimas obras, se interrogaba sobre este problema: “¿Cuál es la verdadera naturaleza del estado que se manifiesta en el ello por la cualidad de ser inconsciente y en el yo por la de ser preconsciente…?”. Su respuesta: “de esto no sabemos nada… Damos por sentado que en la vida mental actúa algún tipo de energía; pero no poseemos nada que nos demuestre su esencia por medio de analogías con otras formas de energía”.

La indefinición de la afirmación básica de Freud, la de que existen procesos psíquicos que son inconscientes, llevó a muchos psicólogos profesionales y a epistemólogos de primera línea a rechazarla de plano; no por considerarla falsa sino, simplemente, por carente de sentido. Por ejemplo, E. Nagel dice: “En cuanto a la noción de procesos psíquicos inconscientes que poseen eficacia causal, de motivaciones y deseos inconscientes, causalmente operativos y que no son disposiciones y actividades somáticas… debo admitir que, para mí, tales locuciones no tienen ningún sentido” . Y la razón de este rechazo es clara. Los únicos procesos, reconocidamente psíquicos, que conocemos son los que se dan en nuestra conciencia., los que aparecen a ella como dato inmediato. Se los llama procesos o estados de conciencia: perceptos, conceptos, recuerdos, emociones, deseos y otros procesos de cuya ocurrencia nos percatamos cuando, retirando la atención del mundo externo, la replegamos hacia nuestra interioridad. Una propiedad común a todos estos procesos es la de acceder a la conciencia. Por eso, para que la afirmación de que hay procesos que aún sin aparecer en la conciencia deben considerarse psíquicos (en vez de puramente neurológicos) tenga sentido, habría que precisar qué propiedades comunes, distintas de la de aparecer en la conciencia y distintas también de las que caracterizan a los procesos materiales, tienen los procesos reconocidamente psíquicos (los de conciencia). Sólo los procesos inconscientes que revelaran poseer esas propiedades comunes podrían ser calificados, con propiedad, de psíquicos. Y Freud advirtió claramente esta necesidad. Pero cuando se interrogó por cuáles eran esas propiedades comunes no encontró la respuesta: “eso es más difícil de contestar” (2. p.442) se limitó a decir.

Pensamos que la dificultad de Freud para definir su noción de proceso psíquico está íntimamente relacionada con un postulado suyo: el de que lo mental es espacial. “La vida psíquica –decía– es función de un aparato al que adscribimos las características de su extensión en el espacio… La psique es extensa, pero nada sabe de ello”.  Pero difícilmente podría aceptarse ese postulado, sin más, como verdadero. Porque, como bien dice C. D. Broad, “si queremos hablar de estructuras espacio-temporales debemos dejar de lado a la mente y empezar a hablar acerca del cerebro y el sistema nervioso”. Decir, sin más, que la mente es espacial es claramente un sinsentido, porque ontológicamente, así como la materia se define por la propiedad de ser ubicable en el espacio, la psique (o mente) se define por la negación de esta propiedad (por la inespacialidad).

Ilustremos la afirmación anterior mediante un ejemplo.

Supongamos que oímos una frase como la siguiente: “Juan, después de recibir la carta, recordó aquellos momentos felices y esto le produjo una gran alegría”. Es, claramente, una frase con sentido: se entiende lo que dice. Su análisis revela que se mencionan dos procesos incuestionablemente psíquicos (un recuerdo y una alegría) y que se predican de ellos las siguientes propiedades y relaciones: la temporalidad (“después de”), la causalidad (“el recuerdo le produjo”) y la intensidad (“gran alegría”). Pero supongamos, ahora, que oímos decir lo siguiente: “El recuerdo de Juan se dio a diez centímetros de su alegría”. Suena a un absurdo, y lo es. La espacialidad (distancia, posición relativa, etcétera) no puede predicarse con sentido de los procesos psíquicos porque hace, justamente, a la esencia de su diferencia con los físicos, que son los espaciales.

Es probable que la prueba científica de la existencia de procesos psíquicos (es decir, de causas intencionales e inespaciales) inconscientes, pueda alcanzarse, a corto plazo, mediante las investigaciones experimentales de la parapsicología. Ésta comprobó la existencia de fenómenos psi, es decir, de comunicaciones de una persona con el mundo exterior que parecen ser extrasensoriomotoras. Se trata de una relación S-O (sujeto-objeto) bidireccional donde, al parecer, por una parte el O influye directamente sobre la mente del S (fenómeno de percepción extrasensorial o ESP) y recíprocamente la mente del S influye directamente sobre el O (fenómeno de psicokinesia o PK). Lo característico del fenómeno es que el O pertenece al mundo exterior al S y, sin embargo, la distancia entre ambos términos no parece afectarlo. La evidencia de numerosos tipos de pruebas revela que el proceso que determina la relación O-S (ESP o PK) no puede ser pensado, al parecer, como espacial (como algo que se desplaza, o vibra, o hace cualquier otra operación que permita cubrir la distancia entre O y S).

En la medida en que las evidencias sigan acumulándose como hasta ahora, psi tendrá que ser admitido, por definición, como un proceso psíquico inconsciente. Freud, en sus investigaciones clínicas, se vio confrontado con la necesidad de postular la existencia de procesos psíquicos inconscientes, a los que designó con la abreviatura inc. Es posible que inc y psi sean una misma realidad, que se revela mediante dos tipos de efectos intrapersonales (sueños, inputs, síntomas neuróticos, etcétera) que estudia el psicoanálisis, y transpersonales (ESP y PK, por ahora) que estudia la parapsicología. El solo estudio de los efectos intrapersonales no hubiera permitido probar la existencia de esa realidad psíquica inconsciente porque en esa clase de efectos la supuesta causalidad psíquica, si existiera, resultaría mediatizada por la física (el sistema sensoriomotor). Para poder probar su existencia hay que poder aislar sus posibles efectos de los posibles efectos de la causalidad física y esto, al parecer, es lo que se logra, experimentalmente, en parapsicología, donde el estudio se centra en las interacciones S-O que parecen ser extrasensoriomotoras. Quizás el viejo Freud intuyó la significación de estos estudios cuando, en 1921, posiblemente impresionado por las publicaciones de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres (S.P.R.), de la que era miembro honorario, le dijera en una carta al doctor H. Carington: “Si yo tuviera que vivir nuevamente mi vida, me dedicaría más bien al ocultismo que no al psicoanálisis. (“Ocultismo” se solía llamar entonces a la parapsicología).

Fuente.

 
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Publicado por en octubre 25, 2015 en Artículos

 

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