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¿Por qué existen los colores?

Por Daniel Dennett

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El «color» en sí mismo no existe en el mundo; sólo existe en los ojos y en el cerebro del observador. Los objetos reflejan la luz a diferentes longitudes de onda, pero estas ondas de luz no tienen color

                          Ornstein y Thompson,

Muchos han observado que, curiosamente, resulta difícil decir exactamente qué tipo de propiedades de las cosas en el mundo podrían ser los colores. La idea más simple y atractiva —la que todavía hallamos en muchas discusiones a nivel elemental— es que cada color puede asociarse a una única longitud de onda de la luz y, por tanto, que la propiedad de ser rojo consiste simplemente en la propiedad de reflejar la luz en la longitud de onda del rojo y de absorber las demás longitudes de onda. Sin embargo, hace ya algún tiempo que se sabe que esto no es correcto. Superficies con propiedades de reflexión fundamentalmente diferentes pueden verse del mismo color, mientras que una misma superficie, bajo condiciones diferentes de luminosidad, puede verse de colores diferentes.

Las longitudes de onda de la luz que penetran en nuestros ojos sólo están indirectamente relacionadas con los colores que vemos en los objetos. Para aquellos que en algún momento tuvieron la esperanza de hallar una manera simple y elegante de recuperar los beneficios del pagaré que Locke extendió sobre los poderes disposicionales de las superficies, la situación no podría ser peor. Algunos (por ejemplo Hilbert, 1987) han decidido anclar el color de forma objetiva, decidiendo que se trata de una propiedad relativamente simple de los objetos externos, como por ejemplo la propiedad de la «reflectancia espectral de las superficies»; al optar por esta vía, no tienen más remedio que concluir que la visión en color normal a veces nos provoca ilusiones, ya que las constancias que percibimos no siempre coinciden con las constancias de la reflectancia espectral de las superficies medidas con instrumentos científicos.

Otros han llegado a la conclusión de que las propiedades de color deben ser consideradas desde un punto de vista subjetivo, como propiedades definibles únicamente en términos de sistemas de estados cerebrales de los observadores, ignorando así la confusa variación en el mundo que da lugar a dichos estados: «Los objetos coloreados son ilusiones, pero no ilusiones infundadas. Normalmente nos hallamos en estados perceptivos cromáticos, los cuales son estados neuronales»  (Hardin, 1988,)
Lo que ya queda fuera de toda duda es que exista una propiedad simple y no disyuntiva de las superficies tal que sólo aquellas superficies que la poseen, y sólo aquéllas, sean rojas (en el sentido de las cualidades secundarias de Locke). En principio, éste es un hecho turbador, casi deprimente, ya que parece indicar que nuestra aprehensión perceptiva del mundo es mucho peor de lo que habíamos pensado, como si habitáramos un mundo de sueños o como si fuéramos víctimas de un engaño colectivo. Nuestra visión
en color no nos proporciona un acceso a las propiedades simples de los objetos, aunque parezca lo contrario. ¿Por qué? ¿Mala suerte? ¿Un diseño defectuoso? Por supuesto que no. Existe una perspectiva diferente, y mucho más instructiva, que podemos adoptar en cuanto al color, que me fue mostrada por primera vez por la filósofa de las neurociencias Kathleen Akins (1989, 1990).  A veces, existe una razón por la cual han aparecido nuevas propiedades.

Un ejemplo particularmente útil es el que nos proporciona el famoso caso de Julius y Ethel Rosenberg, que fueron condenados y ejecutados en 1953 por espiar el proyecto estadounidense de la bomba atómica en favor de la Unión Soviética. Durante el proceso se desveló que habían improvisado un inteligente sistema de identificación: rompían en dos trozos una caja de cartón de gelatina Jell-O, y cada trozo se remitía a los dos individuos, que debían ir con mucho cuidado en el momento de identificarse. Cada trozo se convertía así en un «detector» único y casi infalible del compañero: en futuros encuentros, cada parte debía mostrar su trozo y si ambas partes encajaban, todo iba bien. ¿Por qué funciona este sistema? Porque al romper el cartón se produce un perfil de tal complejidad  informacional que sería virtualmente imposible reproducir de forma deliberada. (Nótese que cortar la caja de gelatina con una cuchilla no serviría para los propósitos que hemos descrito.) El borde irregular de un trozo de cartón se convierte en un dispositivo de reconocimiento de patrones prácticamente único de su pareja; es un aparato o un traductor para detectar la propiedad formal M, donde M se instancia sólo en su pareja.
En otras palabras, la propiedad formal M y el detector de la propiedad M que la detecta están hechos el uno para la otra. Si el uno o la otra no existiera, tampoco habría ningún motivo para que existiera la otra parte, no habría motivos para que fuera creada. Lo mismo ocurre con los colores y la visión en color: están hechos los unos para la otra. Los códigos de colores son una idea bastante reciente en la «ingeniería de los factores humanos», pero sus virtudes ya han sido ampliamente reconocidas. En los hospitales se trazan líneas de colores por los pasillos, lo cual ayuda a los pacientes a orientarse: «Para llegar a fisioterapia, siga la línea amarilla»; para llegar al banco de sangre, siga la línea roja». Los fabricantes de televisores, ordenadores y otros aparatos electrónicos utilizan un código de colores para los haces de cables a fin de poder seguir el recorrido del cable de un punto a otro. Estas aplicaciones son muy recientes, pero la idea es mucho más antigua; más antigua que los uniformes de colores que ayudaban a distinguir al amigo del enemigo en el fragor de la batalla, más antigua, de hecho, que la misma especie humana.
En la naturaleza, algunas cosas «necesitaban ser vistas», mientras que otras necesitaban verlas, de modo que evolucionó un sistema que tendía a minimizar el trabajo de las segundas, potenciando la capacidad de resaltar de las primeras. Considérense los insectos. Su visión del color coevolucionó con los colores de las plantas que polinizaban, un buen truco de diseño que benefició a ambos. Sin el código de colores de las flores, la visión en color de los insectos no habría evolucionado, y viceversa. Así pues, el principio del código de colores es la base de la visión en color de los insectos, y no una invención reciente de alguna especie inteligente de mamíferos. Podríamos contar historias similares sobre la evolución y la visión en color en otras especies. Mientras que es posible que algún tipo de visión en color haya evolucionado con el propósito de discriminar visualmente ciertos fenómenos inorgánicos, no está claro que esto se haya producido con ninguna de las especies de este planeta.

Los diferentes sistemas de visión en color han evolucionado de forma independiente, en ocasiones con espacios cromáticos radicalmente distintos. No todas las criaturas vivientes poseen algún tipo de visión en color. Los pájaros, los peces, los reptiles y los insectos poseen una visión en color muy parecida a nuestro sistema «tricromático» (rojo-verde-azul); los perros y los gatos no. Entre los mamíferos, sólo los primates poseen visión en color, y con diferencias sorprendentes entre los diferentes sistemas. ¿Qué especies poseen visión en color y por qué?

Esta historia resulta ser fascinante y compleja y, en gran medida, llena de especulaciones. ¿Por qué las manzanas son rojas cuando han madurado? Es natural suponer que podemos dar una respuesta únicamente en términos de cambios químicos que se producen cuando el azúcar y otras sustancias alcanzan unos determinados grados de concentración en la fruta durante el proceso de maduración, produciendo así reacciones diversas. Pero ello ignora el hecho de que no habría manzanas si no hubiera comedores de manzanas y esparcidores de semillas que pudieran verlas, de modo que el hecho de que las manzanas sean fácilmente visibles para al menos algunas variedades de comedores de manzanas constituye una condición para su propia existencia, y no una mera «casualidad» (¡desde el punto de vista de las manzanas!). El hecho de que las manzanas posean la reflectancia espectral de las superficies que poseen es tanto una función de los fotopigmentos que había disponibles para equipar las células cónicas en los ojos de los fructívoros como lo es de los efectos de las interacciones entre el azúcar y los otros componentes de la química de la fruta. Los frutos que no participan del código de colores compiten muy mal en los estantes del supermercado de la naturaleza, aunque la publicidad engañosa también será penalizada; los frutos que están maduros (llenos de nutrientes) y que lo publicitan se venderán mejor, pero la publicidad debe acomodarse a las capacidades visuales y a las inclinaciones de los potenciales consumidores.

Al principio los colores se hicieron para que pudieran verlos aquellos que estaban hechos para verlos. Pero esta situación fue evolucionando gradualmente, por casualidad, aprovechando hábilmente los materiales que estaban a mano, estallando ocasionalmente en una profusión de elaboraciones de un nuevo truco, y siempre tolerando altos grados de variación y de constancia inútil (meramente coincidente). Dichas constancias coincidentes a menudo afectaban a rasgos «más fundamentales» del mundo físico. Una vez hubo criaturas capaces de distinguir las bayas rojas de las bayas verdes; éstas también pudieron distinguir los rubíes rojos de las esmeraldas verdes, pero eso no fue más que una bonificación fruto de la coincidencia. El hecho de que exista una diferencia de color entre los rubíes y las esmeraldas puede, pues, considerarse como un fenómeno cromático derivado.

¿Por qué es azul el cielo? Porque las manzanas son rojas y las uvas moradas, pero no al revés. Es un error pensar que primero hubo colores —rocas coloreadas, agua coloreada, cielo coloreado, orín rojo-anaranjado y cobalto azul brillante— y que después la Madre Naturaleza apareció y supo sacar partido de esas propiedades para fijar un código de colores para las cosas. Por el contrario, primero había las diferentes propiedades reflectantes de las superficies, propiedades reactivas de los fotopigmentos, etc., y después la Madre Naturaleza desarrolló, a partir de estas materias primas, unos eficientes sistemas de codificación en «color»/de visión en «color» ajustados el uno con el otro, y entre las propiedades que surgieron de este proceso de diseño se encuentra lo que los seres humanos normales llamamos colores. Si resultara que el azul del cobalto y el azul de un ala de mariposa fueran iguales (para la visión de un ser humano normal), ello no sería más que una coincidencia, un efecto secundario desdeñable, fruto de los procesos que condujeron al nacimiento de la visión en color, y así , dotaron a un conjunto curiosamente amañado de propiedades primarias complejas con la propiedad secundaria compartida de producir un efecto común en un conjunto de observadores normales.
«Y sin embargo», apuntará usted, «¡antes de que hubiera animales con visión en color, ya había gloriosas puestas de sol rojas, y brillantes esmeraldas verdes!» Sí, claro, usted puede decir eso, pero entonces esas mismas puestas de sol también serían chillonas, multicolores y desagradables, reproducidas en colores que no podemos ver y para los cuales ni siquiera tenemos un nombre. Es decir, usted no podrá más que admitir esto, si hubiera o pudiera haber criaturas en algún planeta cuyo aparato sensorial se viera afectado  de cualquiera de estos modos por dichas puestas de sol. Y por lo que sabemos, existen especies que perciben naturalmente que hay dos (o diecisiete) colores diferentes en un puñado de esmeraldas que nosotros vemos uniformemente de color verde.
Muchos seres humanos son ciegos a los colores rojo y verde. Supongamos que todos lo fuéramos, en cuyo caso estaríamos de acuerdo en que tanto los rubíes como las esmeraldas son «rojerdes»; después de todo, los demás observadores normales las ven igual que muchas otras cosas rojerdes: los coches de bomberos, los céspedes bien regados, las manzanas maduras y las manzanas no maduras (Dennett, 1969). Si aparecieran unos individuos como nosotros, insistiendo en que las esmeraldas y los rubíes son de colores diferentes, no habría manera de decidir cuál de los dos sistemas de visión en color es más «fiel».

Al mirar a mi alrededor, los colores fabricados por el hombre me llaman la atención desde todos los rincones de mi despacho: libros, cojines, una alfombra en el suelo, una taza de café, una caja de grapas —azules, rojos, amarillos y verdes brillantes—. Hay más colores aquí que en una jungla tropical. Y sin embargo, mientras que en la jungla cada color tendría un significado, aquí en mi estudio prácticamente nada lo tiene. La anarquía de los colores ha tomado el poder.            Nicholas Humphrey

Las categorías básicas de nuestros espacios cromáticos (y, evidentemente, de nuestros espacios olfativos, nuestros espacios sonoros y todo lo demás) han sido formadas por presiones selectivas, de modo que por lo general tiene sentido preguntar para qué sirve una determinada discriminación o preferencia. Existen motivos por los cuales rechazamos ciertos olores y aceptamos otros, por los cuales preferimos ciertos colores a otros, por los cuales ciertos sonidos nos molestan más que otros, o nos relajan más. No  tienen por qué ser siempre nuestros motivos, sino que pueden ser los motivos de unos antepasados lejanos, que han dejado sus huellas fósiles en las predisposiciones innatas que conforman nuestros espacios cualitativos. Pero, como buenos darwinianos, también deberíamos reconocer la posibilidad —la necesidad, de hecho— de que existan otras predisposiciones no funcionales, distribuidas al azar por la población gracias a la variación genética. A fin de que la presión selectiva favorezca de forma diferenciada a aquellos que muestren una predisposición en contra de F una vez que F se ha hecho ecológicamente importante, tienen que haberse producido variaciones inútiles (no funcionales todavía) en las «actitudes hacia F» sobre las cuales pudiera actuar la selección. Por ejemplo, si en el futuro comer callos fuera a lanzar una maldición prerreproductiva, solamente los que estuviesen «naturalmente» (y, hasta ese momento, inútilmente) predispuestos en contra de comer callos tendrían una ventaja (quizá muy leve en un principio, pero pronto explosiva, si las condiciones la favoreciesen). Así pues, si usted encuentra que algo (el brécol, por ejemplo) es indescriptible e inefablemente repugnante,  de ello no se sigue que exista algún motivo por el cual esto deba ser así. Ni
tampoco se sigue que usted tenga algún defecto en relación a sus semejantes, si no coinciden con usted en cuanto a este punto. Podría ser uno de esos detalles innatos dentro de su espacio cualitativo que, por el momento, no tiene ninguna significación funcional.

Estas consideraciones evolutivas nos ayudan en la tarea de explicar por qué las cualidades secundarias resultan ser tan «inefables» y tan difíciles de definir. Igual que la propiedad formal M del trozo de caja de cartón de los Rosenberg, las cualidades secundarias se muestran extremadamente resistentes a una definición simple. Forma parte de la esencia del truco de los Rosenberg el que no podamos sustituir nuestro predicado postizo por una descripción de la propiedad que sea más larga y más compleja, pero a la vez más precisa y exhaustiva, ya que, si pudiéramos hacerlo, nosotros (o cualquier otro) podríamos utilizar dicha descripción como receta para producir otro ejemplo de M u otro detector de M. Nuestros detectores de cualidades secundarias no fueron diseñados específicamente para detectar solamente propiedades difíciles de definir, pero el resultado es prácticamente el mismo que si lo hubieran sido.

Como observa Akins (1989), la razón de ser de nuestros sistemas sensoriales no es la de detectar propiedades «básicas» o «naturales» del entorno, sino la de servir a nuestros propósitos «narcisistas» de permanecer con vida; la naturaleza no construye motores epistémicos. La única manera fácilmente accesible de decir cuál es la propiedad formal M consiste en señalar hacia el detector de Ai y decir que M es la propiedad formal detectada por esa cosa de ahí. Naturalmente, cualquiera que intente decir qué propiedad detecta (o no consigue detectar) alguien cuando «aparece de la manera que a él le parece» se encontrará en el mismo apuro.

Algunos colores se hicieron para gustar, así como algunos olores y algunos sabores. Otros colores, olores y sabores, en cambio, se hicieron para no gustar. En otras palabras, y más precisamente, no es un accidente el que a nosotros (y a las demás criaturas capaces de detectarlos) nos gusten y nos disgusten los colores, los olores, los sabores y otras cualidades secundarias.
Del mismo modo que hemos heredado unos evolucionados detectores de simetrías verticales en nuestros sistemas visuales para alertarnos (a nosotros y a nuestros antepasados) del hecho ecológicamente significativo de que hay otra criatura que nos está mirando, también hemos heredado unos evolucionados detectores de cualidades secundarias que no son unos meros testimonios desinteresados, al contrario, son avisadores y alertadores, sirenas, tanto en el sentido homérico del término como en el sentido del coche de bomberos.

 

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Publicado por en julio 26, 2017 en Artículos, parapsicologia

 

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Sinestesia y la Poesía de los Números: Daniel Tammet, el autista Savant de Literatura, Matemáticas y Empatía.

 “Al igual que las obras de la literatura, las ideas matemáticas ayudan a ampliar nuestro círculo de empatía, y liberarnos de la tiranía de ver las cosas sólo desde un  único punto.”

Daniel Tammet tiene el record Guinness por memorizar 22.500 cifras decimales sin error del número π a lo largo de 5 horas.

D.l Tammet tiene el record Guinness por memorizar 22.500 decimales sin error del número π a lo largo de 5 horas.

Daniel Tammet nació el 31 de enero de 1979 en el este de Londres con una mente inusual, se le diagnosticó epilépsia, sinestesia y síndrome de Asperger junto con un elevado nivel del síndrome savant autista, con lo que significaba que sus circuitos cerebrales hacían posible hazañas extraordinarias de la computación y la memoria, tales como: aprender islandés en una sola semana o recitar el número pi (π) hasta el dígito 22514, con la edad de cuatro años ya realizaba cálculos inmensos mentalmente. Se encuentra  entre la pequeña fracción de personas diagnosticadas con sinestesia, el cual, es un cruce curioso de los sentidos que hace “oír” los colores, “oler” los sonidos, o percibir palabras y números en diferentes tonalidades, formas y texturas. La sinestesia es increíblemente rara.

Vladimir Nabokov fue uno de sus pocos diagnosticados famosos, la sinestesia es difícil de imaginar o entender para la mayoría de nosotros al experimentarse el mundo a través de otra “óptica” sensorial. Tammet ofrece un fascinante relato de primera mano en Thinking in Numbers: On Life, Love, Meaning, and Math – una magnífica colección de 25 ensayos sobre “las matemáticas de la vida”, que expone la magia de las posibilidades en todas sus dimensiones. En el proceso, también nos invita a apreciar la poética de los números, en particular de los conjuntos ordenados -en otras palabras, las mismas listas que dominan todo, desde nuestras herramientas de productividad para nuestros inventarios creativos a los titulares “baratos” que inundan internet.

En su segundo libro, Embracing the Wide Sky: A Tour Across the Horizons of the Mind, intenta aportar una respuesta a los lectores que buscan saber lo que realmente se experimenta con palabras y números en modo de colores y texturas. El experimentar la belleza que un poema y un número primo ejercen sobre un sinestésico en igual en su medida y Tammet ofrece una simulación de absorción de la mente sinestésica:

Imagina.

Cierra los ojos e imagina un espacio sin límites, o los eventos infinitesimales que puede suscitar la revolución de un país. Imagínese cómo en el juego del ajedrez se puede empezar y finalizar: ¿una victoria para el blanco, el negro, o un empate?. Imagínese números tan vastos que superan cada átomo en el universo, contando con once o doce dedos en lugar de diez, la lectura de un único libro en un infinito número de formas.

Esta imaginación es de todos. Incluso posee su propia ciencia:  las matemáticas. Ricardo Nemirovsky y Francesca Ferrara, que se especializaron en el estudio de la cognición matemática, escriben que: “al igual que la ficción literaria, la imaginación matemática entretiene con puras posibilidades”. Esta es la destilación de lo que yo considero que es interesante e importante sobre la forma en que las matemáticas informan en nuestra vida imaginativa. A menudo apenas somos conscientes de ello, pero el juego entre los conceptos numéricos satura la manera en que experimentamos el mundo.

Tammet, sobre todo, está encantado por el mesmerismo de lo desconocido, que se encuentra en el corazón de la ciencia y en el corazón de la poesía :

El hecho de que nunca hemos leído un libro sin fin, o contar hasta el infinito (y más allá!) o puesto en contacto con una civilización extraterrestre no nos debe impedir de preguntarse: ¿qué pasaría si? … La literatura añade una nueva dimensión a la exploración de esas posibilidades puras. Como Nemirovsky y Ferrara sugieren, hay muchas similitudes en los patrones de pensamiento y la creación compartida por escritores y matemáticos (dos vocaciones a menudo que se consideran incomparables)

Número π dibujado por Daniel Tammet

Número π dibujado por Daniel Tammet

De hecho, esta misma relación entre las matemáticas y la ficción, entre los números y la narración de cuentos, sustenta gran parte de la exploración de Tammet. Creciendo como el primero de nueve hermanos, relata como la naturaleza opresiva de existir como un número pequeño en un conjunto grande le impulsó una profunda apreciación de los números como mecanismos sensoriales para la vida:

Borrados como individuos, mis hermanos, hermanas y yo existíamos sólo en número. La calidad de nuestra cantidad se convirtió en algo que no pudimos escapar. Se nos precedieron en todas partes: incluso en francés, cuyos adjetivos casi siempre siguen el sustantivo (pero no cuando se trata de “une grande famille”)…. De mi familia me enteré de que los números pertenecen a la vida. La mayoría de mis perspicacias matemáticas no vinieron de los libros, sino a partir de observaciones regulares e interacciones del día a día. Sobre los patrones numéricos me di cuenta, que  era la materia de nuestro mundo.

Esta toma de conciencia fue el comienzo de la sensibilidad sinestésica de Tammet:

Al igual que los colores, los números más comunes dan carácter, forma y dimensión a nuestro mundo. De las más frecuentes – ceros y unos – podríamos decir que son como el blanco y negro,  los otros colores primarios – rojo, azul y amarillo – son similares al dos, tres y cuatro. Nueve, entonces, podría ser una especie de cobalto o índigo: en una pintura contribuiría al sombreado, en lugar de la forma. Esperamos que las muestras del nueve sean como unas muestras ocasionales de un color índigo, pequeñas y sutiles. Así, una familia de nueve hijos sorprende tanto como un hombre o una mujer con el pelo de color cobalto.

Actualmente Daniel Tammet habla 11 idiomas (inglés, francés, finlandés, alemán, español, lituano, rumano, estonio, islandés, galés y esperanto) y los aprende más rápido que los mejores intérpretes. Esto lo demostró en un programa de televisión, donde se le retó para que aprendiera islandés en una semana con la ayuda de una profesora. A los siete días, Tammet acudió al programa de televisión para hablar con el presentador en este nuevo idioma aprendido.

Fuente.

 
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Publicado por en julio 11, 2015 en Casuística

 

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