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¿Por qué existen los colores?

Por Daniel Dennett

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El «color» en sí mismo no existe en el mundo; sólo existe en los ojos y en el cerebro del observador. Los objetos reflejan la luz a diferentes longitudes de onda, pero estas ondas de luz no tienen color

                          Ornstein y Thompson,

Muchos han observado que, curiosamente, resulta difícil decir exactamente qué tipo de propiedades de las cosas en el mundo podrían ser los colores. La idea más simple y atractiva —la que todavía hallamos en muchas discusiones a nivel elemental— es que cada color puede asociarse a una única longitud de onda de la luz y, por tanto, que la propiedad de ser rojo consiste simplemente en la propiedad de reflejar la luz en la longitud de onda del rojo y de absorber las demás longitudes de onda. Sin embargo, hace ya algún tiempo que se sabe que esto no es correcto. Superficies con propiedades de reflexión fundamentalmente diferentes pueden verse del mismo color, mientras que una misma superficie, bajo condiciones diferentes de luminosidad, puede verse de colores diferentes.

Las longitudes de onda de la luz que penetran en nuestros ojos sólo están indirectamente relacionadas con los colores que vemos en los objetos. Para aquellos que en algún momento tuvieron la esperanza de hallar una manera simple y elegante de recuperar los beneficios del pagaré que Locke extendió sobre los poderes disposicionales de las superficies, la situación no podría ser peor. Algunos (por ejemplo Hilbert, 1987) han decidido anclar el color de forma objetiva, decidiendo que se trata de una propiedad relativamente simple de los objetos externos, como por ejemplo la propiedad de la «reflectancia espectral de las superficies»; al optar por esta vía, no tienen más remedio que concluir que la visión en color normal a veces nos provoca ilusiones, ya que las constancias que percibimos no siempre coinciden con las constancias de la reflectancia espectral de las superficies medidas con instrumentos científicos.

Otros han llegado a la conclusión de que las propiedades de color deben ser consideradas desde un punto de vista subjetivo, como propiedades definibles únicamente en términos de sistemas de estados cerebrales de los observadores, ignorando así la confusa variación en el mundo que da lugar a dichos estados: «Los objetos coloreados son ilusiones, pero no ilusiones infundadas. Normalmente nos hallamos en estados perceptivos cromáticos, los cuales son estados neuronales»  (Hardin, 1988,)
Lo que ya queda fuera de toda duda es que exista una propiedad simple y no disyuntiva de las superficies tal que sólo aquellas superficies que la poseen, y sólo aquéllas, sean rojas (en el sentido de las cualidades secundarias de Locke). En principio, éste es un hecho turbador, casi deprimente, ya que parece indicar que nuestra aprehensión perceptiva del mundo es mucho peor de lo que habíamos pensado, como si habitáramos un mundo de sueños o como si fuéramos víctimas de un engaño colectivo. Nuestra visión
en color no nos proporciona un acceso a las propiedades simples de los objetos, aunque parezca lo contrario. ¿Por qué? ¿Mala suerte? ¿Un diseño defectuoso? Por supuesto que no. Existe una perspectiva diferente, y mucho más instructiva, que podemos adoptar en cuanto al color, que me fue mostrada por primera vez por la filósofa de las neurociencias Kathleen Akins (1989, 1990).  A veces, existe una razón por la cual han aparecido nuevas propiedades.

Un ejemplo particularmente útil es el que nos proporciona el famoso caso de Julius y Ethel Rosenberg, que fueron condenados y ejecutados en 1953 por espiar el proyecto estadounidense de la bomba atómica en favor de la Unión Soviética. Durante el proceso se desveló que habían improvisado un inteligente sistema de identificación: rompían en dos trozos una caja de cartón de gelatina Jell-O, y cada trozo se remitía a los dos individuos, que debían ir con mucho cuidado en el momento de identificarse. Cada trozo se convertía así en un «detector» único y casi infalible del compañero: en futuros encuentros, cada parte debía mostrar su trozo y si ambas partes encajaban, todo iba bien. ¿Por qué funciona este sistema? Porque al romper el cartón se produce un perfil de tal complejidad  informacional que sería virtualmente imposible reproducir de forma deliberada. (Nótese que cortar la caja de gelatina con una cuchilla no serviría para los propósitos que hemos descrito.) El borde irregular de un trozo de cartón se convierte en un dispositivo de reconocimiento de patrones prácticamente único de su pareja; es un aparato o un traductor para detectar la propiedad formal M, donde M se instancia sólo en su pareja.
En otras palabras, la propiedad formal M y el detector de la propiedad M que la detecta están hechos el uno para la otra. Si el uno o la otra no existiera, tampoco habría ningún motivo para que existiera la otra parte, no habría motivos para que fuera creada. Lo mismo ocurre con los colores y la visión en color: están hechos los unos para la otra. Los códigos de colores son una idea bastante reciente en la «ingeniería de los factores humanos», pero sus virtudes ya han sido ampliamente reconocidas. En los hospitales se trazan líneas de colores por los pasillos, lo cual ayuda a los pacientes a orientarse: «Para llegar a fisioterapia, siga la línea amarilla»; para llegar al banco de sangre, siga la línea roja». Los fabricantes de televisores, ordenadores y otros aparatos electrónicos utilizan un código de colores para los haces de cables a fin de poder seguir el recorrido del cable de un punto a otro. Estas aplicaciones son muy recientes, pero la idea es mucho más antigua; más antigua que los uniformes de colores que ayudaban a distinguir al amigo del enemigo en el fragor de la batalla, más antigua, de hecho, que la misma especie humana.
En la naturaleza, algunas cosas «necesitaban ser vistas», mientras que otras necesitaban verlas, de modo que evolucionó un sistema que tendía a minimizar el trabajo de las segundas, potenciando la capacidad de resaltar de las primeras. Considérense los insectos. Su visión del color coevolucionó con los colores de las plantas que polinizaban, un buen truco de diseño que benefició a ambos. Sin el código de colores de las flores, la visión en color de los insectos no habría evolucionado, y viceversa. Así pues, el principio del código de colores es la base de la visión en color de los insectos, y no una invención reciente de alguna especie inteligente de mamíferos. Podríamos contar historias similares sobre la evolución y la visión en color en otras especies. Mientras que es posible que algún tipo de visión en color haya evolucionado con el propósito de discriminar visualmente ciertos fenómenos inorgánicos, no está claro que esto se haya producido con ninguna de las especies de este planeta.

Los diferentes sistemas de visión en color han evolucionado de forma independiente, en ocasiones con espacios cromáticos radicalmente distintos. No todas las criaturas vivientes poseen algún tipo de visión en color. Los pájaros, los peces, los reptiles y los insectos poseen una visión en color muy parecida a nuestro sistema «tricromático» (rojo-verde-azul); los perros y los gatos no. Entre los mamíferos, sólo los primates poseen visión en color, y con diferencias sorprendentes entre los diferentes sistemas. ¿Qué especies poseen visión en color y por qué?

Esta historia resulta ser fascinante y compleja y, en gran medida, llena de especulaciones. ¿Por qué las manzanas son rojas cuando han madurado? Es natural suponer que podemos dar una respuesta únicamente en términos de cambios químicos que se producen cuando el azúcar y otras sustancias alcanzan unos determinados grados de concentración en la fruta durante el proceso de maduración, produciendo así reacciones diversas. Pero ello ignora el hecho de que no habría manzanas si no hubiera comedores de manzanas y esparcidores de semillas que pudieran verlas, de modo que el hecho de que las manzanas sean fácilmente visibles para al menos algunas variedades de comedores de manzanas constituye una condición para su propia existencia, y no una mera «casualidad» (¡desde el punto de vista de las manzanas!). El hecho de que las manzanas posean la reflectancia espectral de las superficies que poseen es tanto una función de los fotopigmentos que había disponibles para equipar las células cónicas en los ojos de los fructívoros como lo es de los efectos de las interacciones entre el azúcar y los otros componentes de la química de la fruta. Los frutos que no participan del código de colores compiten muy mal en los estantes del supermercado de la naturaleza, aunque la publicidad engañosa también será penalizada; los frutos que están maduros (llenos de nutrientes) y que lo publicitan se venderán mejor, pero la publicidad debe acomodarse a las capacidades visuales y a las inclinaciones de los potenciales consumidores.

Al principio los colores se hicieron para que pudieran verlos aquellos que estaban hechos para verlos. Pero esta situación fue evolucionando gradualmente, por casualidad, aprovechando hábilmente los materiales que estaban a mano, estallando ocasionalmente en una profusión de elaboraciones de un nuevo truco, y siempre tolerando altos grados de variación y de constancia inútil (meramente coincidente). Dichas constancias coincidentes a menudo afectaban a rasgos «más fundamentales» del mundo físico. Una vez hubo criaturas capaces de distinguir las bayas rojas de las bayas verdes; éstas también pudieron distinguir los rubíes rojos de las esmeraldas verdes, pero eso no fue más que una bonificación fruto de la coincidencia. El hecho de que exista una diferencia de color entre los rubíes y las esmeraldas puede, pues, considerarse como un fenómeno cromático derivado.

¿Por qué es azul el cielo? Porque las manzanas son rojas y las uvas moradas, pero no al revés. Es un error pensar que primero hubo colores —rocas coloreadas, agua coloreada, cielo coloreado, orín rojo-anaranjado y cobalto azul brillante— y que después la Madre Naturaleza apareció y supo sacar partido de esas propiedades para fijar un código de colores para las cosas. Por el contrario, primero había las diferentes propiedades reflectantes de las superficies, propiedades reactivas de los fotopigmentos, etc., y después la Madre Naturaleza desarrolló, a partir de estas materias primas, unos eficientes sistemas de codificación en «color»/de visión en «color» ajustados el uno con el otro, y entre las propiedades que surgieron de este proceso de diseño se encuentra lo que los seres humanos normales llamamos colores. Si resultara que el azul del cobalto y el azul de un ala de mariposa fueran iguales (para la visión de un ser humano normal), ello no sería más que una coincidencia, un efecto secundario desdeñable, fruto de los procesos que condujeron al nacimiento de la visión en color, y así , dotaron a un conjunto curiosamente amañado de propiedades primarias complejas con la propiedad secundaria compartida de producir un efecto común en un conjunto de observadores normales.
«Y sin embargo», apuntará usted, «¡antes de que hubiera animales con visión en color, ya había gloriosas puestas de sol rojas, y brillantes esmeraldas verdes!» Sí, claro, usted puede decir eso, pero entonces esas mismas puestas de sol también serían chillonas, multicolores y desagradables, reproducidas en colores que no podemos ver y para los cuales ni siquiera tenemos un nombre. Es decir, usted no podrá más que admitir esto, si hubiera o pudiera haber criaturas en algún planeta cuyo aparato sensorial se viera afectado  de cualquiera de estos modos por dichas puestas de sol. Y por lo que sabemos, existen especies que perciben naturalmente que hay dos (o diecisiete) colores diferentes en un puñado de esmeraldas que nosotros vemos uniformemente de color verde.
Muchos seres humanos son ciegos a los colores rojo y verde. Supongamos que todos lo fuéramos, en cuyo caso estaríamos de acuerdo en que tanto los rubíes como las esmeraldas son «rojerdes»; después de todo, los demás observadores normales las ven igual que muchas otras cosas rojerdes: los coches de bomberos, los céspedes bien regados, las manzanas maduras y las manzanas no maduras (Dennett, 1969). Si aparecieran unos individuos como nosotros, insistiendo en que las esmeraldas y los rubíes son de colores diferentes, no habría manera de decidir cuál de los dos sistemas de visión en color es más «fiel».

Al mirar a mi alrededor, los colores fabricados por el hombre me llaman la atención desde todos los rincones de mi despacho: libros, cojines, una alfombra en el suelo, una taza de café, una caja de grapas —azules, rojos, amarillos y verdes brillantes—. Hay más colores aquí que en una jungla tropical. Y sin embargo, mientras que en la jungla cada color tendría un significado, aquí en mi estudio prácticamente nada lo tiene. La anarquía de los colores ha tomado el poder.            Nicholas Humphrey

Las categorías básicas de nuestros espacios cromáticos (y, evidentemente, de nuestros espacios olfativos, nuestros espacios sonoros y todo lo demás) han sido formadas por presiones selectivas, de modo que por lo general tiene sentido preguntar para qué sirve una determinada discriminación o preferencia. Existen motivos por los cuales rechazamos ciertos olores y aceptamos otros, por los cuales preferimos ciertos colores a otros, por los cuales ciertos sonidos nos molestan más que otros, o nos relajan más. No  tienen por qué ser siempre nuestros motivos, sino que pueden ser los motivos de unos antepasados lejanos, que han dejado sus huellas fósiles en las predisposiciones innatas que conforman nuestros espacios cualitativos. Pero, como buenos darwinianos, también deberíamos reconocer la posibilidad —la necesidad, de hecho— de que existan otras predisposiciones no funcionales, distribuidas al azar por la población gracias a la variación genética. A fin de que la presión selectiva favorezca de forma diferenciada a aquellos que muestren una predisposición en contra de F una vez que F se ha hecho ecológicamente importante, tienen que haberse producido variaciones inútiles (no funcionales todavía) en las «actitudes hacia F» sobre las cuales pudiera actuar la selección. Por ejemplo, si en el futuro comer callos fuera a lanzar una maldición prerreproductiva, solamente los que estuviesen «naturalmente» (y, hasta ese momento, inútilmente) predispuestos en contra de comer callos tendrían una ventaja (quizá muy leve en un principio, pero pronto explosiva, si las condiciones la favoreciesen). Así pues, si usted encuentra que algo (el brécol, por ejemplo) es indescriptible e inefablemente repugnante,  de ello no se sigue que exista algún motivo por el cual esto deba ser así. Ni
tampoco se sigue que usted tenga algún defecto en relación a sus semejantes, si no coinciden con usted en cuanto a este punto. Podría ser uno de esos detalles innatos dentro de su espacio cualitativo que, por el momento, no tiene ninguna significación funcional.

Estas consideraciones evolutivas nos ayudan en la tarea de explicar por qué las cualidades secundarias resultan ser tan «inefables» y tan difíciles de definir. Igual que la propiedad formal M del trozo de caja de cartón de los Rosenberg, las cualidades secundarias se muestran extremadamente resistentes a una definición simple. Forma parte de la esencia del truco de los Rosenberg el que no podamos sustituir nuestro predicado postizo por una descripción de la propiedad que sea más larga y más compleja, pero a la vez más precisa y exhaustiva, ya que, si pudiéramos hacerlo, nosotros (o cualquier otro) podríamos utilizar dicha descripción como receta para producir otro ejemplo de M u otro detector de M. Nuestros detectores de cualidades secundarias no fueron diseñados específicamente para detectar solamente propiedades difíciles de definir, pero el resultado es prácticamente el mismo que si lo hubieran sido.

Como observa Akins (1989), la razón de ser de nuestros sistemas sensoriales no es la de detectar propiedades «básicas» o «naturales» del entorno, sino la de servir a nuestros propósitos «narcisistas» de permanecer con vida; la naturaleza no construye motores epistémicos. La única manera fácilmente accesible de decir cuál es la propiedad formal M consiste en señalar hacia el detector de Ai y decir que M es la propiedad formal detectada por esa cosa de ahí. Naturalmente, cualquiera que intente decir qué propiedad detecta (o no consigue detectar) alguien cuando «aparece de la manera que a él le parece» se encontrará en el mismo apuro.

Algunos colores se hicieron para gustar, así como algunos olores y algunos sabores. Otros colores, olores y sabores, en cambio, se hicieron para no gustar. En otras palabras, y más precisamente, no es un accidente el que a nosotros (y a las demás criaturas capaces de detectarlos) nos gusten y nos disgusten los colores, los olores, los sabores y otras cualidades secundarias.
Del mismo modo que hemos heredado unos evolucionados detectores de simetrías verticales en nuestros sistemas visuales para alertarnos (a nosotros y a nuestros antepasados) del hecho ecológicamente significativo de que hay otra criatura que nos está mirando, también hemos heredado unos evolucionados detectores de cualidades secundarias que no son unos meros testimonios desinteresados, al contrario, son avisadores y alertadores, sirenas, tanto en el sentido homérico del término como en el sentido del coche de bomberos.

 

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Publicado por en julio 26, 2017 en Artículos, parapsicologia

 

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¿Somos una función del cerebro?

Por Tomás Gonzalez

Si tenemos en cuenta que el Sistema Nervioso llega a todo el cuerpo, desde los músculos y los órganos censores hasta el interior de los dientes y huesos. Podemos afirmar que este Sistema es el principal o más importante del cuerpo humano.

Hoy podemos mirar el cerebro en acción desde afuera, y así vislumbrar sus funciones, las zonas que se activan al ver una imagen, o al repasar la tabla del siete. Pero el conocimiento de la conciencia, esa capacidad de saber quiénes somos, o porque siempre recordamos las cosas que nos interesan, es aun incierta. Esto abre un gran campo de inquietudes, una de ella es ¿Quién es el principal responsable de esta habilidad humana? En mi opinión la respuesta esta en el cerebro.

Introducción

De todos los sistemas del cuerpo, el nervioso es el más complejo. Trabaja durante cada segundo, recogiendo información sobre el cuerpo y su entorno y emitiendo instrucciones que hacen que el organismo reaccione.

El Sistema Nervioso y Endocrino controlan todas las acciones del cuerpo, y la velocidad y la capacidad de procesamiento significan que pueden hacer frente a una amplia gama de tareas simultáneamente. Funciona con células especializadas llamadas neuronas, que llevan señales en forma de pequeños impulsos eléctricos. Algunas neuronas llevan señales desde o hacia partes concretas, pero la mayoría esta en el centro del sistema nervioso: el cerebro.

El cerebro procesa la información sensorial, controla y coordina el movimiento, el comportamiento y puede llegar a dar prioridad a las funciones corporales homeostáticas, como los latidos del corazón, la presión sanguínea, el balance de fluidos y la temperatura corporal. Esta computadora viviente es responsable de la cognición, las emociones, la memoria y el aprendizaje; permite pensar y recordar, y nos hace ser quienes somos.

Los fenómenos mentales no se caracterizan por ser precisamente sencillos de estudiar, una estrategia posible para ello es la de acercarnos a través de los sentidos de la misma manera en que nos llega el mundo. El cerebro utiliza los sentidos para apropiarse de la riqueza del mundo, pero no se limita a ellos.

Cada sentido tiene sus propias particularidades, pero existen principios generales de la fisiología sensorial que podremos aplicar a cada uno de ellos.

Básicamente, los sentidos tienen que arreglárselas para transformar la energía de los estímulos que conforman el mundo en algún tipo de energía aprovechable por el sistema nervioso. Esta última será una energía de tipo eléctrica; el proceso mediante el cual se transforma la energía de los estímulos –radiación electromagnética (visión), compresión de aire (audición), partículas químicas disueltas en agua (gusto) o aire (olfato), estímulos mecánicos (tacto) – a cambios eléctricos identificables por nuestras neuronas, esto se denomina transducción.

El “mundo” es, entonces, lo que nuestros sentidos y sus receptores “transducen”, lo que en definitiva no deja de ser un proceso de abstracción. Pero a fin de cuentas, con cualquier sentido pasa siempre lo mismo: provoca una respuesta (percepción) a través de un proceso de transducción.

Existen distintas percepciones que el cerebro analiza para codificar el “Mundo”:

a) la exterocepción, percepción del mundo a través de los sentidos tradicionales;

b) la interocepción, percepción del ambiente interno del cuerpo

c) la propiocepción, percepción de los movimientos y posición del cuerpo en el espacio.

Como dijimos anteriormente, estas percepciones son captadas por los distintos sentidos del cuerpo y a su vez estos sentidos existen gracias al Sistema Nervioso. La principal función de este sistema es la de captar y procesar rápidamente las señales ejerciendo control y coordinación sobre los demás órganos para lograr una oportuna y eficaz interacción con el medio ambiente cambiante. No obstante, se puede dividir en distintos tipos de funciones que posee el Sistema Nervioso:

  • Sensorial: Percibe los cambios (estímulos) internos y externos, con los receptores u órganos sensitivos. Los cambios incluyen una amplia gama de factores físicos, como luz presión o concentración de sustancias químicas disueltas.
  • Integradora: Analiza la información sensorial y toma decisiones sobre las respuestas apropiadas. Se activa o modifica por la información que esta almacenada y que se recupera de la memoria.
  • Motora: Provoca respuestas de músculos o glándulas.

Los Nervios son los cables de comunicación principales del sistema; se extienden desde la medula espinal y el cerebro. Hay más de 80 nervios principales, y cada uno puede tener más de un millón de neuronas.

Si bien podemos afirmar que estas características son correctas, la realización de cada una de estas funciones es diferente en cada ser humano. Y ahí esta la clave de nuestra incógnita.

Células Nerviosas

Las Neuronas son la célula fundamental y básica del sistema nervioso. Son capaces de transmitir y almacenar o recordar información. Presentan características estructurales típicas que sustentan sus funciones: un cuerpo celular llamado soma o central, una o varias prolongaciones cortas que transmiten impulsos hacia el soma celular, denominadas dendritas; y una prolongación larga, denominada axon, que conduce los impulsos desde el soma hacia otra neurona.

Se puede decir que esta capacidad de recordar y transmitir información se debe a una característica muy importante que poseen las células nerviosas: La plasticidad Neuronal.

Las células nerviosas son capaces de recordar gracias a que durante su activación existen mecanismos que modifican la estructura especializada con la que las neuronas se comunican entre sí. Tal modificación de la estructura es, en esencia, un mecanismo plástico. Una neurona es capaz de transmitir un mensaje a otra porque libera una sustancia transmisora, llamada neurotransmisor. Esta sustancia porta el mensaje y es detectada por la otra célula a través de una serie de receptores de membrana.

Como consecuencia de la activación repetida con determinados patrones de actividad, la efectividad con las que las neuronas se comunican en cada uno de estos contactos, llamados sinapsis, se ve alterada; en unos casos aumenta y en otros disminuye. En consecuencia, la transmisión de la información se ve favorecida hacia unos lugares e impedida hacia otros, activándose redes de neuronas de una manera particular. Es por esta razón, que el hombre no almacena toda la información recibida, si no que solo almacena la que le llamo mas la atención o por la que se intereso más.

“Escultores del Cerebro”

El cerebro, como el cuerpo, no se puede abandonar; al igual que se reconoce bueno para la salud física hacer ejercicio, aunque sea moderado, es necesario hacer ejercicio cerebral. Solo, basta con leer, hablar y relacionarse. La actividad cerebral desarrolla las neuronas, las mantiene activas y receptivas. Es experiencia general, que cuantos menos cálculos hacen, tanto mas difícil es calcular.

De esta manera, cada ser humano se convierte en “Escultor” de su propio cerebro. El Hombre a causa de sus experiencias vividas, modifica la estructura neuronal y cambia la morfología de nuestras células nerviosas.

Oscilación Neuronal

Las neuronas tienen una actividad oscilatoria y eléctrica intrínseca, es decir, connatural a ellas, y generan frecuencias oscilatorias denominados: Estados Funcionales.

Los pensamientos, las emociones, la conciencia de sí mismos o el “yo” son estados funcionales del cerebro. Varios grupos de neuronas, incluso distantes unas de otras, oscilan simultáneamente, creando una especie de resonancia. La simultaneidad de la actividad es la raíz neurobiológica de la cognición, o sea, de nuestra capacidad de conocer.

Lo que llamamos autoconciencia es uno de tantos estados funcionales del cerebro. Hay otros estados funcionales que no generan conciencia: estar anestesiado, drogado, borracho, en crisis epiléptica o dormido sin soñar.

Cuando se sueña o se fantasea, ya hay un estado cognoscitivo, aunque no lo es en relación con la realidad externa, dado que no está modulado por los sentidos. Pero en los otros casos o estados cerebrales, la conciencia desaparece y todas las memorias y sentimientos se funden en la nada, en el olvido total, en la disolución del “yo”. Y, sin embargo, utilizan el mismo espacio de la masa cerebral y ésta sigue funcionando con los mismos requisitos de oxígeno y nutrientes.

Aunque el estado funcional que denominamos «mente» es modulado por los sentidos, también es generado, por esas oscilaciones neuronales. Por tal razón podríamos decir que la realidad no sólo está «allá afuera», sino que vivimos en una especie de realidad virtual.Es decir, que no es tan distinto estar despierto que estar dormido. Por eso, cuando soñamos dormidos o fantaseamos, podemos ver, oír o sentir, sin usar los sentidos, y por eso el estado de vigilia, ese sí guiado por los sentidos, es otra forma de «soñar despiertos».

La Frenología

El conocimiento del cerebro humano y sus funciones se asentó modernamente sobre el ideal mecanicista del siglo XVII. La idea de que el intelecto dependía de diferentes partes del Cerebro, encontró un ferviente defensor en el fisiólogo Joseph Gall quien, hacia 1805, propuso que diversas facultades del intelecto humano se ubicaban en áreas específicas del cerebro, lo cual a su vez se reflejaba en la estructura craneal.

Con estos postulados nació la frenología considerada entonces como una verdadera ciencia. A través de ella, Gall postulaba que las funciones mentales se componían de numerosas facultades distintas, cada una de ellas dependiente de un área especifica del cerebro. Además, consideraba que la capacidad para ejercer una función especifica, era directamente proporcional al tamaño del área del cerebro especializada en ella.

Aunque la frenología es considerada hoy una pseudociencia, en su momento represento el primer intento de localizar las funciones que definen al intelecto humano en áreas cerebrales específicas.

La moderna neurofisiología

Hacia mediados del siglo XIX, se fueron fortaleciendo otras líneas de investigación de neuroanatomía. Los estudios directos sobre el cerebro humano eran prácticamente imposibles, los nuevos conocimientos e ideas sobre el funcionamiento cerebral vinieron de la mano de observaciones realizadas sobre enfermos. Por ejemplo, los médicos habían notado que la parálisis del lado derecho de una persona implicaba la perdida parcial de la facultad del habla. De esta manera, pudo deducirse que el centro del habla debía estar localizado en alguna región del hemisferio izquierdo.

Hacia 1861 el medico francés Paúl Broca restringió la localización del centro del habla a una pequeña área en al base del lóbulo frontal. Esta área (conocida hoy como área de Broca) fue la primera región cerebral a la cual se la asocio con una función específica concreta. Con el paso de distintas especulaciones y posteriores verificaciones experimentales, se llegó así a descubrir un hecho de gran importancia: “La recepción sensorial esta localizada en los lóbulos posteriores del cerebro, mientras que en el lóbulo frontal se localizan las funciones motoras.”

Investigaciones posteriores han permitido definir con mayor detalle aun la relación entre zonas particulares del cortex cerebral con regiones específicas del cuerpo.

El control de la conducta

Numerosos estudios sobre la localizaron funcional en el cerebro se centraron sobre la corteza prefrontal. Uno de los métodos más antiguos para estudiar las funciones de una parte del cerebro era la ablación, la extirpación experimental de la región que se quería estudiar, lo que naturalmente se realizaba en animales, y observar luego lo que ocurría. Lo más cercano a este método son las lesiones traumáticas, por accidente, o las producidas por tumores cerebrales que equivalen a las lesiones experimentales, aunque éstas están mucho mejor delimitadas.

En 1935 un cirujano portugués, Egas Moniz, comenzó a practicar la lobotomía en humanos para curar la neurosis obsesiva, método cruento que consistía en la separación de la corteza prefrontal del resto del cerebro. El cambio de personalidad que esta operación traía consigo ha desaconsejado seguir practicándola. En la literatura científica ha llamado mucho la atención el caso de Phineas Gage, en 1848, sufrió un accidente en el cual el barreno le atravesó el cráneo entrando por la mejilla izquierda y saliendo por el centro de la calota craneana, cortando así las conexiones de la región prefrontal con el resto del cerebro. Gage tras el accidente sufrió, al igual que los enfermos lobotomizados posteriormente, un cambio drástico de personalidad. Al contrario de cómo era antes, Gage había perdido la consideración con sus compañeros, se había vuelto caprichoso, irreverente e impaciente.

Hacia 1955 se habían realizado casi 50.000 lobotomías. Sin embargo, los resultados no coincidían con las descripciones realizadas por Moniz. Luego de la lobotomía, las personas parecían haber perdido algo fundamental de su humanidad. Se volvían apáticas y faltas de creatividad. En otras palabras, el resultado de estas prácticas, consideradas en algún momento terapéuticas, fue la destrucción deliberada de aspectos fundamentales de la personalidad de miles de personas.

Conclusión

Como conclusión a la incógnita presentada en nuestra hipótesis, es evidente que la idea de asignarle funciones a diversas partes del cerebro ha permitido predecir, explicar y desarrollar tratamientos para numerosas afecciones cerebrales. Pero no se puede afirmar que todo lo que el hombre es, se pueda explicar considerando al cerebro como una sumatoria de partes con funciones determinadas.

Franz Gall al postular esas 27 facultades del cerebro, con tendencia al fatalismo* y materialismo, grafica claramente el deseo de algunos hombres de justificar las injusticias sociales sobre la base de supuestas verdades naturales.

No obstante, con el paso del tiempo y sin alterar la ética humana, se llego a investigar sobre la dependencia de nuestra personalidad con una parte física del cerebro, mas precisamente con la corteza prefrontal.

La consecuencia de este avance científico fue el cuestionamiento de hasta que punto de nuestro vida mental depende la estructura física del cerebro. Además de alertar los riesgos que puede implicar aceptar ciegamente los modelos que se proponen para explicar los fenómenos naturales.

Si puede decirse que el cerebro humano, debido a sus características, es una de las estructuras más complejas del Universo. Con el avance del tiempo y de la tecnología, la Neurociencia ha descubierto algunas características fundamentales que están expandiendo el conocimiento de los mecanismos de aprendizaje humano, algunas de ellas son:

  • 1. El aprendizaje cambia la estructura física del cerebro.

  • 2. El cerebro es un órgano dinámico, moldeado en gran parte por la experiencia.

En resumen, la Neurociencia está comenzando a dar algunas iluminaciones a preguntas de gran interés para los científicos de las distintas ciencias, como en este caso, la Ciencia Educativa.

Para concluir nuestra investigación, se espera que la Neurociencia siga avanzando sin ningún tipo de trabas y así en unos años, alguien pueda retomar esta incógnita, y responder, con más certezas que dudas, si somos una función del Cerebro.

Fuente.

 
 

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“Espiriteria”: Cómo produce el cerebro experiencias religiosas y místicas

Por Francisco J. Rubia

Nuestro cerebro es capaz de producir experiencias espirituales, religiosas, numinosas, divinas, místicas o de trascendencia, gracias a una hiperactividad en el sistema límbico o cerebro emocional. Este hecho, revelado por la neuroespiritualidad, supondría la anulación de la antítesis clásica entre materia y espíritu. También sugiere que la espiritualidad sería una facultad cognitiva más de nuestra especie. 

La palabra neuroespiritualidad quiere expresar el hecho de que el cerebro es capaz de producir experiencias espirituales, religiosas, numinosas, divinas, místicas o de trascendencia.

A mi juicio, este hecho es de una enorme importancia, porque la antítesis clásica entre materia y espíritu queda prácticamente anulada en el cerebro, que, siendo materia, es capaz de producir experiencias espirituales. Es la razón por la que he llamado en otro lugar al cerebro “espiriteria”, o sea una contracción entre espíritu y materia.

Pero antes de explicar por qué podemos decir que el cerebro produce experiencias espirituales, quisiera definir lo que se entiende por “espiritualidad”.

Si consultamos el Diccionario de la Real Academia Española encontramos lo siguiente: “Naturaleza y condición de espiritual”, definición que no nos convence porque es sabido que lo definido no debe entrar en la definición.

A continuación buscamos lo que se entiende por “espiritual” y leemos: “Perteneciente o relativo al espíritu”. De nuevo un resultado parecido, por lo que buscamos la definición de “espíritu” y encontramos lo siguiente: “Ser inmaterial y dotado de razón”. Esta última definición nos lleva a plantearnos si el Diccionario de la Real Academia Española está a la altura de los tiempos.

Esta definición es completamente absurda desde el punto de vista neurocientífico, ya que lo que viene a decir es que los seres inmateriales, presuponiendo su existencia, tienen cerebro, ya que no hay razón sin cerebro.

El Diccionario de Oxford nos define la palabra espiritual de la manera siguiente: “Relacionado con el espíritu o alma y no con la naturaleza física o materia”. En esta definición, el espíritu se contrapone, de manera dualista clásica, a la materia. Pero ya hemos dicho que esto no es válido para el cerebro, por lo que esta definición no nos satisface tampoco.

Hay otra definición también del mismo Diccionario respecto a la palabra espiritual que dice: “tener una mente o emociones de una alta y delicadamente refinada calidad”. Esta última definición se acerca más a lo que vamos a tratar en esta conferencia y entendemos por espiritualidad.

La espiritualidad estudiada por la ciencia

Lo que quiero plantear hoy aquí es que el cerebro, como hemos dicho, genera experiencias que se han llamado espirituales, religiosas, divinas, numinosas, místicas o de trascendencia gracias a la hiperactividad de estructuras que pertenecen al sistema límbico o cerebro emocional, y que se encuentran en la profundidad del lóbulo temporal.

Esta hipótesis se ve apoyada por los experimentos que el neurocientífico canadiense de la Universidad Laurentiana en Sudbury, Ontario, en Canadá, Michael Persinger‎, realizó en los años ochenta del pasado siglo, experimentos con sujetos voluntarios normales y sanos utilizando la estimulación electromagnética de los lóbulos temporales, pudiendo en ellos producir la sensación de presencias de seres espirituales.

Curiosamente, estos seres espirituales eran siempre de la religión a la que pertenecían los individuos en cuestión. Así que ningún cristiano vio nunca a Buda, a Alá o a Manitú, de la misma manera que ningún budista, mahometano o indio vio nunca a Jesucristo o a la Virgen María.

En esos mismos años, concretamente en 1980, el neurocientífico estadounidense Arnold Mandell, actualmente profesor emérito de psiquiatría de la Universidad de California en San Diego, publicó un libro titulado Toward a Psychobiology of Trascendence (Hacia una psicobiología de la trascendencia), en el que decía que tanto las anfetaminas, como la cocaína y otras drogas alucinógenas constituían un puente farmacológico hacia la trascendencia, porque disminuían la síntesis de serotonina, un neurotransmisor cerebral que inhibe las estructuras límbicas del lóbulo temporal con la consecuente hiperactividad por desinhibición de esas estructuras que producen las experiencias espirituales, numinosas, divinas místicas o de trascendencia.

El papel de la dopamina

Hoy sabemos que la ingesta de LSD, psilocibina, DMT o mescalina, es decir drogas llamadas “enteógenas”, reducen la actividad de células que contienen serotonina.

La serotonina inhibe las neuronas que contienen dopamina, otro neurotransmisor cerebral implicado en estas experiencias, por lo que una reducción de la actividad de la serotonina aumenta por desinhibición la descarga de las células que contienen dopamina.

Quisiera explicar que la palabra “enteógena” fue acuñada por el profesor de filología clásica de la Universidad de Boston, Carl Ruck‎, y por su etimología significa “dios generado dentro de nosotros”. Estas drogas alucinógenas o enteógenas han sido llamadas así por que permiten el acceso a una segunda realidad en la que los sujetos dicen entrar en contacto con sus dioses.

Que el neurotransmisor dopamina está implicado en estos fenómenos es apoyado por los siguientes hechos: Un gen del receptor de dopamina, el DRD4, se asocia de manera significativa a medidas de espiritualidad y auto-trascendencia; por otro lado sabemos que trastornos debidos a un exceso de dopamina, como la esquizofrenia y el trastorno obsesivo-compulsivo se asocian a aumentos de espiritualidad y religiosidad; y que los fármacos anti-psicóticos que bloquean la acción de la dopamina a nivel del sistema límbico disminuyen las conductas y los delirios religiosos en los pacientes.

A la vista de estos hechos, yo propondría una definición de espiritualidad algo distinta a las definiciones que he mencionado anteriormente. La espiritualidad podría definirse como “El sentimiento o impresión subjetiva de alegría extraordinaria, de atemporalidad y de acceder a una segunda realidad que es experimentada más vívida e intensamente que la realidad cotidiana y que está producida por la hiperactividad de estructuras del cerebro emocional”.

La sensación de alegría, felicidad o bienaventuranza viene mediada por la producción cerebral de endorfinas, sustancias parecidas a la morfina que el propio cerebro produce como analgésicos y sin las cuales los ejercicios musculares extenuantes no podrían realizarse por el dolor que produce la acumulación de ácido láctico. De ahí que los corredores de maratón o los atletas de alto rendimiento tengan experiencias placenteras que quieren repetir siempre que pueden.

He tenido un doctorando que, a pesar de haber tenido una terrible experiencia en las Dolomitas, y que cayó treinta metros en vertical fracturándose varios huesos en cara y cuerpo; en cuanto se repuso de sus terribles heridas volvió de nuevo a escalar montañas.

La sensación de que esa segunda realidad es más intensa que la realidad cotidiana se explica por la estimulación de la amígdala, estructura límbica del lóbulo temporal, que es la que añade el componente emocional, de importancia y de familiaridad a todas las experiencias vividas. La hiperactividad de esta estructura explica también el fenómeno del déjà vu, en el que el sujeto tiene la impresión de familiaridad de un lugar aunque nunca estuvo en él.

La conexión divina

En mi libro La conexión divina explicaba los fundamentos neurobiológicos de las experiencias místicas, experiencias que generadas en el cerebro se proyectan al exterior, algo que solemos hacer también con la primera realidad o realidad cotidiana que pensamos que está “ahí afuera” cuando en realidad es en gran parte una construcción cerebral.

Quisiera detenerme un poco en este punto que parece contraintuitivo, como dicen los anglosajones. Lo que nosotros tenemos por “realidad exterior” es, repito, en gran parte una construcción cerebral.

Por ejemplo, en la visión, los colores no existen en la naturaleza; ahí afuera no existen más que radiaciones electromagnéticas de distintas longitudes de onda que, al incidir sobre los fotorreceptores de la retina se traduce en potenciales eléctricos, los llamados potenciales de acción, que son todos iguales no importa si provienen del ojo, del oído, del olfato, del gusto o del tacto.

De manera que los colores, los olores, los sonidos, etc., son atribuciones de las respectivas cortezas sensoriales a esas informaciones que llegan de los órganos de los sentidos. Si, por ejemplo, se lesiona la corteza visual primaria en el lóbulo occipital, el paciente deja de ver colores y de soñar con ellos.

Esto no es nada nuevo. Descartes, en el siglo XVII sabía que las cualidades secundarias dependían del sujeto, que no existían objetivamente en las cosas. Y en el siglo XVIII, el filósofo napolitano Giambattista Vico, en su libro La antiquísima sabiduría de los italianos, decía que “si los sentidos son facultades activas, viendo hacemos los colores de las cosas; degustándolas sus sabores; oyéndolas sus sonidos, y tocándolas hacemos lo frío y lo caliente”.

Se cuenta que los discípulos del filósofo empirista irlandés George Berkeley discutían sobre si cuando un árbol caía en el bosque y nadie estuviera presente se oiría algún ruido. Por lo que hoy sabemos, evidentemente no, ya que el ruido es una atribución del cerebro a los potenciales de acción que proceden del oído.

Experiencias espirituales y religiones

Las experiencias espirituales, son seguramente la base sobre la que descansan las religiones. Todos los fundadores de religiones han tenido experiencias espirituales o místicas intensas.

Por eso se puede decir que no hay religión sin espiritualidad, pero sí existe espiritualidad sin religión, lo que significa que el término espiritualidad es un término más amplio que el de religión. Espiritualidad sin religión la tenemos, por ejemplo, en lo que podríamos llamar corrientes filosóficas, como el budismo, el jainismo, el confucianismo y algunas formas del hinduismo.

El budismo, por ejemplo, no es una religión, sino una filosofía. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche la llamaba “fisiología del alma”. Y no es una religión porque en ella no hay dioses. Lo que yo mismo he podido observar en templos budistas de China y del Japón es un desarrollo que nada tiene que ver con la doctrina. Esos templos se asemejan a los de cualquier otra religión.

Pero eso es lo que los seguidores de Buda han hecho: han convertido a Buda en un dios y lo adoran como a cualquier otro, rezando ante él y realizando ofrendas.

Que la espiritualidad puede existir sin religión es, pues, evidente. En tiempos recientes asistimos asimismo a una disminución del número de personas que asisten a las iglesias de las religiones tradicionales, pero no así a la participación en sectas, cultos, rituales y otras manifestaciones de tipo espiritual que está en aumento.

El británico Sir Alister Hardy, que escribió el libro titulado The spiritual nature of man (La naturaleza espiritual del hombre), decía que las experiencias espirituales o de trascendencia habían afectado no sólo a personas religiosas, sino también a ateos y agnósticos, por lo que puede decirse, repito, que la religión es inconcebible sin espiritualidad, pero que existe una espiritualidad sin religión.

Experiencias espirituales y sistema límbico

¿Qué podemos aducir a favor de la hipótesis de que las experiencias a las que nos estamos refiriendo son el producto de la hiperactividad de las estructuras límbicas del lóbulo temporal?

Aparte de los experimentos ya mencionados de Michael Persinger‎, están las experiencias cercanas a la muerte. En este tipo de experiencias se producen fenómenos que son comunes a las experiencias místicas, como por ejemplo la sensación de felicidad, paz y bienaventuranza, la visión de una luz brillante e intensa, la aparición de seres espirituales (recordemos: siempre de la propia religión), la sensación de flotar en el espacio o levitar y de observarse desde lo alto, síntoma llamado autoscopia y que hoy puede provocarse experimentalmente por la estimulación eléctrica del giro angular del cerebro, la pérdida del sentido del tiempo y del espacio, la pérdida del yo y la fusión con la naturaleza, el universo o Dios.

Curiosamente, la autoscopia se interpretó en el pasado como una prueba de la existencia del alma que abandonaría el cuerpo y volvería a él cuando el paciente era resucitado por maniobras médicas o de manera espontánea.

Todos esos síntomas se han atribuido a la falta de oxígeno y al aumento del dióxido de carbono que inactivaría en primer lugar las células más pequeñas y que tienen un metabolismo más alto, células que suelen ser inhibidoras, por lo que se produciría una desinhibición, o sea una hiperactividad, de las estructuras límbicas en cuestión.
Otros fenómenos parecidos se producen por la ingesta de sustancias enteógenas que mencionamos antes.

Las estructuras que considero responsables de las experiencias espirituales poseen muchos receptores para la dopamina, por lo que un aumento de la dopamina por cualquier circunstancia, como ya vimos antes, es capaz de activar estas estructuras y, si ese aumento es considerable, provocar las experiencias que hemos llamado espirituales, religiosas, numinosas, divinas, místicas o de trascendencia.

La búsqueda de flores, plantas, lianas y hongos que contienen sustancias capaces de producir este tipo de experiencias se remonta al pasado más remoto de la humanidad. Es más, no solo los humanos han practicado esta búsqueda y han ingerido esas sustancias, sino muchos otros animales.

En su libro Animales que se drogan, el etnobotánico y etnomicólogo Giorgio Samorini relata que numerosas especies de animales ingieren drogas de plantas, hongos, bayas y flores. Caribúes, vacas, elefantes, gatos, renos, cabras, primates no humanos, pero también muchos pájaros, mariposas, moscas, abejas y hasta caracoles suelen ingerir esas sustancias enteógenas.

El psicofarmacólogo Ronald Siegel en su libro Intoxication refiere el caso de muchos animales que buscan plantas narcóticas, como las abejas, que se intoxican con algunas orquídeas y caen al suelo en una especie de estupor para volver luego a las mismas plantas. O ciertos pájaros, que se drogan con bayas; gatos que huelen plantas aromáticas que producen placer y luego juegan con objetos imaginarios; o monos, que ingieren “hongos mágicos” y luego se sientan con la cabeza entre las manos.

Muchas culturas han utilizado estas sustancias en su religión porque inducen experiencias espirituales. Por eso, a muchas de estas sustancias o a las propias plantas y hongos se le dieron nombres religiosos como “voces de los dioses”, “niños angelicales”, “carne de los dioses”, etc.

Los renos de Siberia suelen buscar el hongo alucinógeno o enteógeno Amanita muscaria, llamado hongo matamoscas o falsa oronja, para ingerirlo. Este hongo crece bajo coníferas, hayas y abedules y también es buscado por ardillas y moscas, de ahí su nombre. En el Canadá son los caribúes los que también lo ingieren. Muy probablemente, los chamanes de Siberia copiaron a los renos, descubriendo así las propiedades que les permitían el acceso a esa segunda realidad.

El etnobotánico estadounidense Gordon Wasson (Diapositiva 25) suponía que los componentes enteógenos de este hongo, la muscarina, figuraban en el antiguo “soma”, elixir que se menciona en los Vedas, libros sagrados de la India y que se remontan a unos 1.500 años a.C. Las tribus indígenas de Chukotka y Kamchatka, en el extremo nordeste de Siberia, acostumbraban beber la orina de los que habían ingerido el hongo matamoscas.

Se sabe hoy que los principios activos pierden las impurezas al atravesar el filtro del organismo por lo que la orina es más enteógena que la mera ingesta del hongo. Precisamente la mención en el RigVeda de que el soma se orina llevó a Gordon Wasson a plantear su hipótesis. También en este texto se puede leer lo siguiente: “Hemos bebido el soma, nos hemos vuelto inmortales, hemos llegado a la luz, hemos encontrado a los dioses”.

En los misterios de Eleusis, en la Grecia antigua, un festival de la cosecha de cereales dedicado a la diosa Deméter, se utilizaba una bebida, el kykeon, que se supone contenía el cornezuelo de centeno, un hongo parásito del centeno, pero también del trigo y de otros cereales, que contiene un poderoso enteógeno, la LSD que fue aislada por Albert Hoffmann y que él mismo ingirió en 1943. El kykeon constaba de cebada, menta y agua.

Las puertas de la percepción

Otro fenómeno que apoya la hipótesis de la hiperactividad de las estructuras del sistema límbico que se encuentran en el lóbulo temporal es la conocida epilepsia del lóbulo temporal, producida por una hipersincronización de esas estructuras que produce fenómenos y síntomas parecidos a los ya referidos.

Se ha descrito el síndrome de Gastaut-Geschwind, caracterizado por trastornos de la función sexual – generalmente hiposexualidad –, conversiones religiosas súbitas, hiperreligiosidad, hipergrafia, preocupaciones filosóficas exageradas, irritabilidad y viscosidad social.

Pacientes con focos epilépticos en el lóbulo temporal son conocidos en neurología por tener a menudo alucinaciones que tienen componente místicos y religiosos. Si el foco epiléptico es extirpado por el neurocirujano, los ataques desaparecen y con ellos también las experiencias místicas.

No podemos por tiempo mencionar todas las drogas enteógenas que se ingirieron en el pasado y se siguen ingiriendo en el presente, tanto por chamanes como por sectas espirituales modernas. Antes mencionamos el hongo psilocibe que crece en los excrementos de los mamíferos y que se han encontrado en estómagos de primates no humanos.

La Dimiteltriptamina, que como la LSD bloquea los receptores de la serotonina y que se genera en el cerebro por la glándula pineal con funciones desconocidas. Y la mescalina, sustancia activa del hongo peyote, que ingirió el escritor británico Aldous Huxley y cuyos efectos relata en su libro Las puertas de la percepción.

Respecto a los efectos de las drogas enteógenas y las experiencias espirituales o místicas, algunos autores niegan que esos efectos puedan compararse con lo que ocurre en los éxtasis místicos y experiencias religiosas espontáneas, pero una gran autoridad en misticismo, el filósofo inglés Walter Terence Stace, cuando se le preguntó si la experiencia con drogas era similar a la experiencia mística, respondió: “no es que sea similar a la experiencia mística: es la experiencia mística”.

El estudioso estadounidense de las religiones, Huston Smith, afirma lo siguiente: “El rechazo a admitir que las drogas pueden inducir experiencias descriptivamente indistinguibles de aquellas que son religiosas espontáneamente es homólogo al rechazo de los teólogos del siglo XVIII a mirar por el telescopio de Galileo, o, cuando lo hicieron, su persistencia en rechazar lo que veían como maquinaciones del diablo”.

Si la espiritualidad es el resultado de la hiperactividad de las estructuras límbicas del lóbulo temporal, con sus conexiones con otras regiones cerebrales, entonces hay que admitir que es un fenómeno que en determinadas circunstancias siempre se producirá.

El físico alemán Albert Einstein decía: “La emoción más hermosa que podemos experimentar es la mística. Es la sembradora de todo arte y ciencia auténticos. Quien sea extraño a esta emoción… es como si estuviera muerto”.

Esta frase nos está diciendo que las experiencias espirituales son importantes en arte y en ciencia. Recordemos la segunda definición de espiritual del Oxford Dictionary. De ella deducimos que las emociones pueden ser de mayor o menor intensidad.

Llamamos, por ejemplo, experiencias espirituales a lo que sentimos ante la belleza de un cuadro, una magnífica puesta de sol, o los sentimientos profundos que nos puede evocar la música.

Luego hay experiencias quizá más profundas, como las que refieren aquellas personas que dicen haber tenido lo que se suele denominar una llamada, o una vocación que hace que el sujeto experimente una conversión o que entre en una orden religiosa, o abrace una determinada ideología. Son experiencias unitivas, pero que pueden ser de intensidad variable.

Y finalmente también están las experiencias místicas propiamente dichas, el arrobamiento o el éxtasis, con una intensidad mucho mayor.

Una facultad mental más

Desde luego si la espiritualidad es generada por el cerebro estaríamos ante una facultad mental más, que, como todas las demás, necesita lógicamente de un medio adecuado para desarrollarse, como ocurre con el lenguaje, la inteligencia o la música. No podemos negar la espiritualidad de un Mozart, pero si nace en África, con toda seguridad no tendríamos su música “divina”.

En la frase que mencionamos antes, Einstein equiparaba la mística a una emoción. No es de extrañar que estas experiencias sean fuertemente emocionales habida cuenta que son el fruto de la hiperactividad de estructuras del cerebro emocional. Y hoy sabemos que la emocionalidad es fundamental no sólo para las artes, sino también para la creatividad e incluso para el pensamiento racional.

Hay motivos para pensar que la génesis de la espiritualidad puede estar en lo que hipotéticamente hemos descrito: la activación de estructuras límbicas. El evangelio apócrifo de Santo Tomás, por ejemplo, dice lo siguiente: “Cuando convirtáis los dos en uno, cuando hagáis lo que está dentro igual a lo que está fuera y lo que está fuera a lo que está dentro, y lo que está arriba a lo que está abajo, cuando convirtáis lo masculino y lo femenino en una sola cosa… entonces entraréis en el Reino de los Cielos”.

Mi interpretación es la siguiente: cuando anuléis la consciencia del yo, dualista, lógico-analítica, podréis acceder a lo que podemos llamar la consciencia límbica, aquí caracterizada como “El Reino de los Cielos”.

Es algo parecido a lo que se dice en el evangelio de San Lucas 17, 21: “El Reino de los Cielos está dentro de vosotros”. También Agustín de Tagaste, San Agustín, decía: “No vayas fuera, entra en ti mismo: en el hombre interior habita la verdad”. O en el budismo, que se dice que todos somos Buda, pero no lo sabemos.

De manera que si la fuente y el origen de las experiencias espirituales, y por ende, de las religiones, es el sistema límbico, habrá siempre experiencias espirituales, conduzcan éstas a la religión o no.

Sin embargo, no es lo mismo creer en revelaciones de seres espirituales que tener consciencia de que esas experiencias son fruto del funcionamiento de nuestro cerebro. Esta última convicción transformaría nuestra manera de ver las experiencias místicas y la religión en su conjunto.

Fuente.

 
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Publicado por en abril 11, 2016 en Artículos, parapsicologia

 

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El efecto “ghost in the machine”

Por Vic Tandy y Tony R. Lawrence
Cuando se investiga un edificio embrujado es muy común el tratar de excluir todas las posibles causas normales para validar ese inquietante fenómeno. Las formas en que los acontecimientos terrenales normales pueden conspirar para dar la impresión de que la casa está embrujada (o incluso afectada por la conducta poltergeist, ver Eastham, 1988) son numerosas. Por lo tanto, todo lo siguiente puede ser por una causa más mundana que por un ostensible “encantamiento”; golpes en tuberías y radiadores (ruidos), fallas eléctricas (incendios, llamadas telefónicas, problemas de videos), defectos estructurales (corrientes de aire, zonas frías, manchas de humedad), actividades sísmicas (movimientos de objetos/destrucción, ruidos), anomalías electromagnéticas (alucinaciones), y los fenómenos orgánicos exóticos (ratas, gatos, escarabajos).
La exclusión de estas mencionadas explicaciones, cuando son potencialmente relevantes, deben ser la primera prioridad de los casos espontáneos del investigador. Para ello, exponemos a modo de ayuda esta “experiencia paranormal virtual” explicando en este trabajo algo que podría ser de interés para la comunidad de investigación de caso espontáneos.

Aunque muchas de las explicaciones anteriores para los fenómenos sobre fantasmas pueden parecer muy sencillas para descartar cualquier caso, varias de las causas normales de fenómenos aparentemente paranormales pueden de hecho ser muy sutiles, y para nada, fáciles de discernir por el observador inexperto, como esperamos mostrar en este trabajo.

El caso del efecto “Ghost in machine”

El sujeto (V.T) es diseñador de ingeniería y en el momento del incidente estaba trabajando para una empresa que fabricaba equipos médicos. Tres personas trabajaban en un laboratorio con dos departamentos (estancias) consecutivas estando espalda con espalda y siendo de alrededor de 10ft de ancho por 30ft de largo. El final estaba cerrado por las puertas que normalmente se mantenían así y el otro extremo había una ventana. Como un ejemplo de creatividad con hierro corrugado, su estructura era el hogar para cualquier persona con una pasión por jugar con chorros de agua y espuma.

El negocio de la empresa se basaba en el diseño de anestésicos para cuidados intensivos y equipos de soporte de vida, así que siempre había alguna pieza de equipos para sibilancias en un rincón.

Cuando V.T. escuchó rumores de que el laboratorio estaba embrujado, lo primero que pensó es que algo natural podría estar detrás de ello y le prestó poca atención. Una mañana, sin embargo, ninguno de los equipos se encendía y V.T llegó justo cuando la operaria de la limpieza se iba obviamente angustiada al ver algo así. En su faceta de escepticismo como ingeniero V.T. atribuyó lo ocurrido a los gatos salvajes u otros animales silvestres, movimientos de las mangueras por la presión (como la presión fluctúa,las mangueras flexibles se mueven a veces) o algún tipo de efecto en la luz.

Conforme pasó el tiempo V.T. notó uno o dos otros eventos extraños. Tenía un sentimiento de depresión de vez en cuando o un escalofrío, y en una ocasión un colega sentado a la mesa se volvió para decirle algo a V,T, pensando que estaba a su lado. El colega se sorprendió cuando vio que V.T. se encontraba en el otro extremo de la habitación. Hubo un creciente nivel de malestar, pero al estar todos los trabajadores muy ocupados le prestó poca atención.
Eso fue hasta que estando V.T. trabajando por su cuenta una noche después de que todo el mundo se había ido. Estando escribiendo en la mesa comenzó a sentirse cada vez más incómodo, comenzó a tener un sudor frío y la sensación de depresión fue notable. Los gatos de alrededor, los gemidos y crujidos de lo que ahora era una fábrica abandonada eran “espeluznantes”, pero también fue algo más. Era como si algo estaba en la habitación con V,T.

No había forma en el laboratorio sin tener que caminar más allá del escritorio donde VT estaba trabajando. Miró a su alrededor e incluso comprobó las botellas de gas para asegurarse de que no había una fuga en la habitación. Había botellas de oxígeno y de dióxido de carbono y en ocasiones el personal trabajaba con agentes anestésicos, todo lo cual, podría causar todo tipo de problemas si se manejaba inadecuadamente. Una vez revisado todo V.T. fue a tomar una taza de café y volvió a la mesa. Mientras estaba escribiendo se percató de que estaba siendo observado, y una figura emergió lentamente a su izquierda. Era indistinta en la periferia de su visión pero se movía como cabía de esperar de una persona.

La aparición era gris y no hizo ningún sonido y había una frialdad distinta en la habitación. Como V.T. recuerda, “No sería razonable negar que estaba aterrorizado”. V.T era incapaz de ver cualquier detalle y finalmente reunió el coraje para darse la vuelta y enfrentarse a la cosa. Al girarse la aparición se desvaneció y desapareció. No había absolutamente ninguna evidencia para apoyar lo que había visto, por lo que decidió irse a casa.
Al siguiente día V.T. entró como en una competencia de esgrima a la hora de cortar un hilo sobre una hoja de papel. Tenía todas las herramientas necesarias, era muy  fácil el usar en banco de trabajo del ingeniero -en el laboratorio- para sostener la cuchilla. Era sólo un trabajo de cinco minutos, así que puso la hoja en el vicio y fue en busca de una aceitera para facilitar las cosas.

Cuando regresó, el extremo libre de la hoja empezó frenéticamente a vibrar hacia arriba y abajo. Combinando esto con su experiencia de la noche anterior, una vez más sintió una punzada inmediata de horror. Sin embargo,el efecto de las vibrantes piezas de metal eran más familiares para él que las apariciones por lo que decidió experimentar. Si la hoja de aluminio se estaba vibrando era que estaba recibiendo una energía que debía haber ido variando en intensidad a una tasa igual a la frecuencia de resonancia de la cuchilla. La Energía del tipo que acabamos de describir se refiere generalmente como sonido. Había un montón de ruido de fondo, pero también podría ser debido a sonidos de baja frecuencia o infrasonido que V.T. no podía oír. Da la casualidad que el sonido se comporta de forma bastante predecible en tubos largos y delgados, tales como los tubos de órganos unidos de un extremo a otro, de modo que V.T. comenzó su experimento. Colocó la hoja de aluminio en un tornillo de perforación y la deslizó por el suelo. Curiosamente la vibración se hizo más grande hasta que la hoja que estaba al nivel de la mesa (a mitad de camino por la habitación) comenzó a moverse deteniéndose por completo en el otro extremo del laboratorio.

V.T. y sus colegas estaban compartiendo su laboratorio con una onda estacionaria de baja frecuencia!

La energía en la onda alcanzó su punto máximo en el centro de la habitación, que indica que hubo medio ciclo completo. Es importante entender que lo que llamamos sonido es causado por la variación en la presión del aire que nos rodea. Se representa gráficamente como una onda. Si alguien gritara la onda de sonido viajará para transmitirse por el aire entre los dos, es decir, es una onda. Sin embargo, la onda que comparte nuestro laboratorio fue tan sólo de la frecuencia adecuada a reflejarse completamente hacia atrás por las paredes en cada extremo, por lo que no iba a ninguna parte, y se trataba de una onda estacionaria. La onda se pliega hacia atrás sobre sí misma y refuerza el pico de energía en el centro de la habitación.

 Ahora se nos plantean dos preguntas:

La primera es ¿De dónde viene esa energía?, y la segunda ¿Qué efectos realiza una onda estacionaria de 19Hz a la gente?

La primera fue contestada muy rápidamente, cuando V.T. refirió el problema al capataz de las obras, quien le dijo que habían instalado un nuevo ventilador en el sistema de extracción para la limpieza de la habitación en el final del laboratorio. Cambiamos el ventilador y la onda estacionaria se creó.

La segunda pregunta requiere un poco más de investigación. Consultando un libro de Tempest (1976), se encontraron un par de estudios de casos interesantes.

“Se le preguntó a expertos en ruido para examinar un grupo en una fábrica donde los trabajadores reportaron sentirse incómodos. La estancia tenía sensación opresiva sintiéndose presente en las zonas adyacentes, aunque el nivel de ruido parecía el mismo. Los trabajadores de gestión y consultores eran conscientes de una atmósfera inusual y en la investigación se encontró que el sonido de baja frecuencia estaba presente en un nivel ligeramente más alto que en otras estancias. Sin embargo, la frecuencia real del ruido infractor no era evidente. La causa del ruido era de un ventilador en el sistema de aire acondicionado .
Los trabajadores de un edificio universitario de radioquímica experimentaron la misma sensación opresiva, junto con mareos cuando el ventilador y una campana extractora de humos se encendía. La insonorización convencional había reducido el sonido audible hasta el punto que casi no había diferencia entre el ruido con el ventilador encendido como apagado. La situación llevó a que algunas personas se negaban a trabajar en el laboratorio. Se concluyó que el componente del sonido de baja frecuencia era el responsable. “(P81-82).

En la página 107 del libro se enumeran los síntomas causados por las frecuencias en el rango de 15 a 20 Hz.
V.T. no tenía ni idea de la cantidad de energía (spl) del infrasonido porque se carecía con que medirlo. Estos efectos son citadas por Tempest en un rango spl de 125- 137,5 dB que sería muy perjudicial para la audición si la frecuencia se encontraban en el rango audible. Se trata de una cantidad considerable de energía, pero no se considera como irracional en el caso de V.T. teniendo en cuenta que se originó la energía en una campana extractora de un metro de diámetro impulsado por un motor eléctrico de 1 kW.
En cualquier caso, los síntomas enumerados por Temple para las ondas de sonido de baja frecuencia son; Dolor intenso del oído medio, lagrimeo persistente, sensaciones de pánico (incluyendo sudoración excesiva y temblores).

En la página 212 de este libro muestra las frecuencias que causan molestias en los ojos y la visión por estar dentro de la banda de 12 a 27 Hz. Un libro más reciente de Kroemer (1994) describe los efectos de la vibración de baja frecuencia de la siguiente manera:

“La vibración del cuerpo afecta sobre todo a los principales puertos de entrada, los ojos, y los principales medios de salida, las manos y la boca.” (P. 287).

“La exposición a la vibración a menudo resulta en cambios de corta duración en varios parámetros fisiológicos como: la frecuencia cardíaca… En el inicio de la exposición a las vibraciones, se han observado aumento de la tensión muscular y la hiperventilación inicial.” (p 280).

Kroemer (1994), en la pág. 288, indica que las partes del cuerpo implicadas a las frecuencias de resonancia son:

La cabeza (2-20 Hz causando malestar general), globos oculares (1-100Hz mayoría por encima de 8 Hz y efecto dificultad fuertemente en la visión entre 20-70Hz). Sin embargo, diferentes fuentes dan diferentes frecuencias de resonancia para el ojo mismo. La frecuencia de resonancia es la frecuencia natural de un objeto, aquella en la que se necesita la entrada mínima de energía para vibrar. Como se puede ver, cualquier frecuencia por encima de 8 Hz tendrá un efecto y varios a los 40Hz. Lo más interesante es que en un informe técnico de la NASA menciona una frecuencia de resonancia para el ojo de 18 Hz (Informe Técnico de la NASA 19770013810). Si este fuera el caso, entonces la vibración aportada en el globo ocular causaría una situación grave de “manchas” en la visión. No parece descabellado ver formas vagas y oscuras causadas por algo tan inocente como la esquina de las gafas de V.T.

V.T no estaba al tanto de esto, pero su tamaño (de sombras) sería mucho mayor si la imagen se extendió sobre una mayor parte de su retina.
Otro informe de la NASA (NASA Informe Técnico 19870046176) menciona la hiperventilación como un síntoma de la vibración de todo el cuerpo. La hiperventilación se caracteriza por respiración superficial rápida y reduce la cantidad de dióxido de carbono retenido en los pulmones. Tenga en cuenta que Tempest (1976) también menciona las dificultades respiratorias causada por las frecuencias de nuestra gama. La hiperventilación puede tener efectos profundos. Por ejemplo, Flenley (1990) describe los síntomas de hiperventilación como “falta de aire en reposo por lo general, a menudo acompañada de mareos, calambres musculares, miedo a la muerte súbita y una sensación de dificultad para respirar”.

Fried (1987) describe un ataque de pánico como “una interacción sinérgica entre la hiperventilación y la ansiedad” y sugiere que a medida que el dióxido de carbono ha caducado cambios fisiológicos hacen que el cuerpo responda a sentir miedo. Esta sensación de miedo activa el sistema nervioso simpático, que aumenta la tasa de respiración haciendo que la hiperventilación empeore. Por tanto, el ataque de pánico se alimenta a sí mismo y aumenta en intensidad. Esto parece consistente con la experiencia de V.T. de miedo y pánico cuando el “fantasma” apareció. V.T. sabe a partir del experimento con la hoja de papel de aluminio que la picó de energía, conocido como un anti-nodo, y estuvo en línea con el centro de la mesa.

 

Como V.T. se sentó y se giró para mirar el objeto, se trasladó de esta zona del pico de energía a una zona con menor energía y el fantasma desapareció!

 
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Publicado por en noviembre 29, 2015 en Casuística, parapsicologia

 

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