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Una teoría sobre la predicción del porvenir.

06 Feb

 Por Ernesto Sábato

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Graves interrogantes están vinculados a la teoría que esbozaré, entre los cuales empiezo por enunciar estos tres:

¿Puede admitirse, como en antiguas doctrinas esotéricas, que el alma está encarnada en el cuerpo, liberándose en el momento de la muerte para ingresar en la eternidad?

¿Hay indicios de esa independencia del alma y pueden darse pruebas de esa presunta supervivencia?

¿Existe alguna clase de fenómeno en el curso de la vida humana que eche luz sobre este enigma?

Siempre me subyugó este problema, pero, por algunos motivos de índole personal, en los últimos años se ha constituido en una de las cuestiones que más me preocupan, y he tratado de conocer lo más importante que se haya escrito sobre él, tanto en los círculos científicos como en los iniciáticos. Y creo que la teoría que aquí esbozaré es un intento nuevo, que, además, tiene la ventaja de unificar fenómenos tan dispares como los sueños premonitorios, la locura, el éxtasis y la inspiración de los grandes poetas. Debo agregar que estas especulaciones no son el mero resultado de lecturas y reflexiones: son, en buena medida, la consecuencia de experiencias personales, que comenzaron con las alucinaciones que padecí en mi infancia y con obsesiones que me han perseguido a lo largo de mi vida posterior. Experiencias de las que hasta hoy no he escrito nada de tipo especulativo, ya que sólo se han manifestado, de modo que podríamos llamar hipostático, en la novela Sobre héroes y tumbas.

La visión del porvenir no es tan frecuente como la visión del presente o del pasado en los episodios de clarividencia. Pero hay un conjunto de hechos rigurosamente documentados que obligan a aceptarlos más allá de cualquier duda razonable. En el registro que muy serios investigadores han elaborado de precogniciones se han descartado los fenómenos que se deben a pura coincidencia, a deducciones de la razón, fenómenos de autosugestión o de paramnesias. Como simple ilustración del tipo de experiencias que se descartan, daré únicamente dos ejemplos:

Supongamos que alguien, a quien se ha prometido un determinado puesto, consulta un vidente, que dice que contra lo que él cree no obtendrá ese cargo. Si luego, efectivamente, así sucede, podría tratarse de una genuina premonición, pero también es posible que el vidente no haya hecho otra cosa que ver la decisión ya presente en el espíritu del personaje que debe conceder el cargo. Sería, pues, un caso de videncia del presente, no de precognición. Y, por lo tanto, aun en la duda, debe descartarse.

Si alguien predice para el próximo año una sublevación en el Congo y luego ese hecho realmente se produce, se trata de una precognición sospechosa, que también debe descartarse. Muy razonablemente puede argüirse que una rebelión en el Congo, en el curso del año próximo (como en cualquier otro año), es perfectamente posible. Hemos de partir, por lo tanto de fenómenos auténticamente prescientes. Hay muchos, de los cuales reseñaré algunos. Pero bastaría uno solo para poder fundar la teoría que luego he de enunciar.

En 1938, mientras trabajaba en el Laboratorio Curie, una serie de circunstancias, aparentemente fortuitas, me vincularon al surrealismo. Y digo “aparentemente”, porque uno termina por vincularse, tarde o temprano con aquellas personas o movimientos a los que se espera en lo más profundo del espíritu, de modo semejante a lo que sucede con las limaduras de hierro que, aún a distancia y sin saberlo, se orientan según las líneas de fuerza de algún oculto pero poderoso imán. Las otras personas que pasan a nuestro lado, las teorías o movimientos que conocemos de paso, pero que siguen de largo, siguen, precisamente, de largo porque no las esperamos ni necesitamos. Y así, finalmente, encontramos a quienes debemos encontrar, amamos y sufrimos por los seres que hasta ayer no conocíamos, pero que estábamos destinados a encontrar tarde o temprano en nuestro camino, no en virtud de la casualidad sino de esas enigmáticas pero todopoderosas fuerzas que irradian desde el fondo de nuestro espíritu. Así, después de un complicado periplo que pasaba por la ciencia, debía encontrarme con el movimiento que era el reverso del pensamiento científico, con la rebelión que yo anhelaba contra el universo conceptual y lógico. Así conocí a Oscar Domínguez, aquel disparatado y sombrío payaso del movimiento surrealista. Este elefantiásico borracho, esta especie de buey poseído por demonios taciturnos, que de pronto estallaban en furias incontenibles, fue uno los pocos surrealistas auténticos que he conocido en mi vida, hecho importantísimo, ya que el surrealismo, como en general todo movimiento romántico, está repleto de mistificadores y charlatanes. Como un Dr. Jekyll, que de noche hiciera fechorías deshonrosas, yo trabajaba durante el día con las nítidas y transparentes ecuaciones matemáticas, y de noche sentía que mi verdadera pasión me llevaba al universo oscuro de la inconciencia. Harto de un mundo abstracto, convencido de que la tecnolatría del hombre contemporáneo constituía el más grande peligro para la salvación del alma, no es sorprendente que me vinculara con Domínguez y lograra establecer con él una suerte de fraternal entendimiento, hasta el punto de que llegamos a elaborar juntos aquella teoría que bautizamos con el nombre de litocronismo y sobre la cual Bréton escribió luego en el último número de Minotaure. No de más trascendencia que una broma, sirve sin embargo como síntoma de la preocupación que ya teníamos muchos sobre la cuarta dimensión y sus posibilidades metafísicas.

Cuando por medio de Bonasso conocí a Domínguez, supe que estaba aislado del grupo ortodoxo. Y también supe que esa excomunión no se debía a ningún punto de doctrina, tan habitual en el pontificado de Bréton, sino a un acontecimiento extrañísimo y terrible, sucedido un tiempo antes de mi llegada. En una fiesta que se desarrollaba en el taller de un pintor amigo, en uno de los característicos accesos de furia cuando estaba borracho, Domínguez arrojó un vaso contra alguien que logró esquivarlo. El vaso dio en la cara del pintor rumano Víctor Brauner, vaciándole un ojo. Ahora bien, Brauner venía pintando desde años atrás una serie de retratos en que uno de los ojos aparecía vaciado.

Estos son los hechos. Veamos ahora sus interpretaciones posibles. Atribuirlos a un conjunto de coincidencias es sólo deseo de negar la auténtica explicación: el instinto premonitorio del artista, la visión profética que suele darse en sus instantes excepcionales. Fíjense si no: primera casualidad, que Brauner estuviera en la reunión; segunda, que Domínguez arrojara un vaso; tercera, que lo arrojara en dirección de Brauner, sin que fuese su destinatario (la disputa había sido con otro pintor); cuarta, que el destinatario lograse esquivar el golpe; quinta, que el vaso diera en la cara de Brauner; sexta, que precisamente le arrancara un ojo, en lugar de cualquier otra posibilidad. En una entrevista que hace algunos meses me hicieron en París, me observaron que quizá Brauner quería que Domínguez le arrancara un ojo. Trate de explicarse cada una y el total de casualidades enumeradas mediante esta hipótesis de autocastración para comprender que no resiste el análisis.

Lo más sencillo es admitir lisa y llanamente la premonición. Brauner “supo” durante varios años que le sería arrancado un ojo. Si no hubiera otros casos de premonición, claramente documentados, esta explicación podría parecer descabellada, o al menos más descabellada que la inverosímil serie de casualidades escalonadas que cualquier matemático, a base de cálculos de probabilidades, desecharía por prácticamente imposible.

Felizmente, hay otros casos.

En abril de 1912 hacía su viaje inaugural el Titanic. El Honorable J. Cannon Middleton soñó, por dos veces consecutivas, que el barco se hundía y que la gente se ahogaba por centenares. Cuando, por motivos de negocios, debió desistir de su viaje en ese barco respiró tranquilo, y contó sus dos sueños a sus familiares, relato que no había hecho antes para no preocuparlos por lo que creía era el resultado de una pura aprensión. Como es sabido, el barco se hundió, muriendo en el desastre mil quinientos pasajeros. En este caso, empero, podría argumentarse que el temor del futuro pasajero puede haber provocado los dos sueños obsesivos, sueños que ninguna importancia habrían tenido de no haber ocurrido realmente el naufragio. Razón por la cual descartaré este caso de entre los indiscutidos. Es, en cambio, indiscutida la premonición del naufragio del Lusitania, por la señora de King, que no tenía ningún motivo personal para temerlo.

El profesor Richet cita el caso clásico del ministro Berteaux, a quien le predijeron en 1874 que sería “rico y honrado, pero que moriría, como general en jefe, arrollado por un carro volante”. Hablar de “carros volantes” en 1874 era lo bastante grotesco como para que el vaticinio fuese tomado en broma. Berteaux murió el 21 de mayo de 1911 arrollado por un avión, y como general en jefe.

Otro caso muy documentado por la prensa de su tiempo fue el asesinato del primer ministro británico Spencer Perceval, en la Cámara de los Comunes, el 11 de mayo de 1812. Nueve días antes, un tal John Williams, de Cornwall, soñó el asesinato tal cual aconteció. Y por tres veces consecutivas, la misma noche. Fue tan impresionante que durante los días que siguieron contó esa triple pesadilla a una cantidad de personas, hasta que el hecho finalmente se produjo. Williams no tenía ninguna relación con el Primer Ministro, ni siquiera tenía la menor idea de cómo era personalmente. Y supo que la figura asesinada en su sueño era ese personaje, porque otra persona del mismo sueño se lo decía.

Intentos de explicación

La precognición es un fenómeno tan impresionante y tiene a la vez tantas implicaciones filosóficas (piénsese que involucra el grave problema del libre albedrío, problema central de la teología) que ha sido examinado desde todos los ángulos y se ha intentado explicarlo desde las hipótesis más curiosas, sin que finalmente ninguna de ellas haya sido aceptada unánimemente. Aquí recordaré por lo singular, únicamente la de Nietzsche, sobre el Eterno Retorno. Es una antigua idea que puede resumirse del siguiente modo: Si el Universo está constituido por un número limitado de elementos (átomos o lo que sea), y el tiempo es infinito, habrá un momento en que el gigantesco cubileteo volverá a reproducir el estado inicial, y todo volverá a repetirse como una vez anterior. “El universo –afirmaba el filósofo alemán– ya alcanzó todos los estados que puede alcanzar, y no una vez sino un número infinito de veces… Tu vida volverá a repetirse como la marcha de un reloj de arena…” Una suerte de confusa memoria en seres privilegiados, oscuros vislumbres de las (infinitas) existencias anteriores en individuos con memoria cósmica, explicarían los fenómenos precognoscitivos. Hipótesis fascinante que lamentablemente grandes matemáticos como Borel y Picard demolieron mediante el cálculo de probabilidades.

Existen otras teorías que aquí no analizaré, pero diré solamente que varias de ellas se basan en una confusión de planos ontológicos, atribuyendo a la materia lo que es propio del espíritu, aplicando a los hechos de la conciencia lo que es propio del universo físico. Y también una serie de confusiones producidas, casi inevitablemente, por el uso de un sistema conceptual que ha sido elaborado mediante la lógica aristotélica para una realidad que seguramente le es ajena, lo que conduce a antinomias y paradojas: ¿cómo puede haber libertad de acción en el hombre si el futuro puede predecirse, si “todo está ya escrito”? Sabemos que este enigma constituye uno de los puntos críticos de la teología cristiana, que trata de conciliar el libre albedrío de la conciencia con la omnisciencia de Dios. Dije ya que en este artículo no examinaría las implicaciones filosóficas del problema. Aquí solo diré que este tipo de antinomias se resolverán en un sistema conceptual no aristotélico, del mismo modo que las contradicciones de la física clásica pudieron superarse mediante una geometría noeuclideana. También agregaré que, a mi juicio, es probable que haya hechos futuros de la conciencia producidos por un encadenamiento de causas y efectos, hechos en que la conciencia no sería capaz de libertad (si estoy en un descarrilamiento me puede ser imposible evitar mi muerte, mientras que en cambio puedo evitar mi suicidio en medio de ciertas circunstancias compulsivas), y en tales series causales el hombre total obedecería como un objeto, aunque como un objeto rebelde (del mismo modo que un chico testarudo puede sin embargo ser arrastrado a la escuela por una mano firme); mientras que en otros casos, la conciencia es capaz de decidir y el curso mismo de los acontecimientos puede ser trastornado por la voluntad del hombre. Entramos aquí en un terreno sumamente vidrioso y oscuro por causa del sistema conceptual que empleamos, elaborado, como dije, para un mundo no contradictorio y determinista. En mi hipótesis trato de eludir este vasto y por el momento insoluble problema, para proponer atajos que lo evitan.

Primera parte de la hipótesis. Los sueños

Desde la antigüedad hasta Freud y Jung se ha especulado sobre el sueño, sus motivaciones y sus significados. Pero, por debajo de las teorías, de las siempre discutibles concepciones de la realidad onírica, hay ciertos hechos que, como tales, son inconmovibles y deben constituir el fundamento de cualquier especulación. Para los fines que me propongo se reducen a los siguientes:

1.En el universo de los sueños (no en el de sus causas físicas, sino en el de sus imágenes), no rige el principio determinista que es propio de la realidad material.

2. Tampoco rige la lógica, con sus principios de identidad y contradicción. Los sueños no son “aristotélicos”.

3. El tiempo no presenta el carácter irreversible que es propio del mundo material, es revuelto, no hay clara distinción entre el pasado, el presente y el futuro.

4. En el sueño, en fin, hay visiones de lo porvenir.

Freud, Jung, y también Fromm han emitido explicaciones de estos hechos singulares. No entraré en su examen pues, aparte de ser conocidas, quedan al margen de la hipótesis que es el objeto de este artículo.

El cuerpo, como perteneciente al universo físico, debe obedecer a la ley de causalidad. El alma, en cambio, aunque encarnada (y por lo tanto obligada a seguir, hasta cierto punto, las vicisitudes del cuerpo) pertenece a un orden esencialmente distinto: no se la puede considerar en el espacio, ya que no es material; ni está regida por el tiempo de los astrónomos. Aparte de las evidentes diferencias cuantitativas de este tiempo propio o existencial del alma (transcurre con horrorosa lentitud en los momentos de angustia, o con vertiginosa rapidez en los momentos de felicidad), posee una diferencia cualitativa tan notable que, hasta cierto punto, su estructura es inversa de la del tiempo astronómico, ya que en él el futuro es anterior al presente: si me empujan, mi cuerpo se mueve hacia delante, y el presente (empujón) determina así mi futuro, pero si me muevo porque me propongo ir a una parte, ahí es al revés: mi futuro (el estar en ese parte que anhelo) determina mi presente, mi movimiento. Este pequeño ejemplo muestra, de paso, qué peligroso es aplicar al mundo anímico el sistema de conceptos que estamos acostumbrados a usar para el mundo corporal.

Sólo en la medida en que el alma participa de las vicisitudes del cuerpo (por ejemplo en el dolor provocado por una quemadura), el alma queda sometida al determinismo físico, siendo ajena a él en una medida y en una forma que ignoramos pero que podemos imaginar, en virtud de la intuición que todos tenemos de nuestra libertad para cierto tipo de actos voluntarios. Este libre albedrío resulta así relativo, no total; es una libertad condicional, una libertad de movimientos dentro de ciertos límites o condiciones ineludibles y objetivas, tanto del mundo físico como del mundo social, ya que tanto el cuerpo, el mundo material en el que se desplaza y el mundo social que nos rodea son estructuras ajenas a nuestra voluntad. El determinismo social, por ejemplo, impide que un preso salga a la calle; pero ese mismo determinismo social no puede impedir al recluso pensar en la filosofía de Platón o escribir una novela. El determinismo físico impide a un jorobado convertirse en galán de cine, pero no puede impedirle ser un hombre de ciencia.

¿Qué pasaría, sin embargo, si por algún procedimiento y en momentos excepcionales pudiese el alma evadirse de su cuerpo? En tal caso, la conciencia podría contemplar su propio cuerpo desde fuera, podría ver cómo éste se desplaza en el espacio y el tiempo. Desde su privilegiada posición podría contemplar no sólo el pasado de su cuerpo, sino también su porvenir. (Y anotemos, en esta sola frase, qué difícil es sustraerse al sistema de ideas y vocablos que hemos construido en nuestra larga, y única, existencia, la existencia dentro del espacio-tiempo. Hemos empleado sin quererlo, pero también sin poderlo evitar, palabras como “posición”, que implica un lugar en el espacio y “contemplar”, palabra que implica una vista que pueda mirar y ver).

Tratemos de entender esto con una comparación que no es del todo rigurosa, pero que puede hacer comprensible a una mente habituada a los conceptos de física corrientes, algo que en realidad pertenece a otro sistema: el del continuo einsteniano. Imaginemos un hombre que asciende por un tortuoso sendero de montaña y que ignora la presencia de una fiera en acecho detrás de un obstáculo. Imaginemos ahora que hay un observador en la cumbre de la montaña, punto privilegiado desde el que abarca todo el panorama, no sólo al hombre que penosamente avanza por el sendero, sino también a la fiera que lo espera agazapada. Lo que para el caminante es futuro (la fiera), y por lo tanto incognoscible por el momento, para el observador privilegiado es presente. Para él “vaticinar” es simplemente describir lo que ve en su presente. Algo semejante podría suceder en el alma, si por algún procedimiento fuese capaz de liberarse de su prisión corporal: al salirse de ella, desobligada ya a regirse por las leyes de la materia, fuera del espacio y del tiempo, podría ver como puro presente lo que para el cuerpo es incierto futuro.

Advertí que esta comparación no es rigurosa. Y no lo es por varias razones; primera, porque el “panorama” que el alma podría ver desde su posición privilegiada no es un panorama espacial, un simple paisaje en el sentido de la palabra, sino un paisaje espacio-temporal, un paisaje de cuatro dimensiones y no de tres; segunda, porque el vocabulario y los conceptos que estamos empleando pertenecen al sistema elaborado por los hombres precisamente en su existencia corriente, en un conjunto secular de experiencias hechas sobre fenómenos, percepciones, reflejos, vivencias en fin de un alma encarnada. Estamos un poco en la situación de un pez que tratase de explicar, con su propia experiencia íctica, marítima e infrahumana no sólo al ser humano sino la visión que ese ser humano tiene de su mundo de pez.

En La Rama Dorada, Frazer informa sobre una creencia casi general de los pueblos primitivos: durante el sueño, el alma del durmiente se aleja de su cuerpo para visitar lugares y personas más o menos remotos; también nos dice que la salida del alma no siempre es voluntaria, pues muchas veces es provocada por los demonios, por los espíritus de los muertos, o por malévola intervención de los hechiceros.

Ahora, cuando la arrogante filosofía de la ilustración y la de sus epígonos positivistas ha sido colocada en el lugar que le corresponde, con sus méritos pero también con sus errores, la antropología de base seriamente filosófica se halla revalorando la sabiduría de las culturas peyorativamente denominadas primitivas, y que con más rigor y justicia debían ser calificadas de arcaicas. Me parece inútil recordar aquí el conmovedor y gigantesco mea-culpa de un sabio de la dimensión de LevyBrühl. La oposición de las formas del pensamiento arcaico (que dan cuenta de regiones oscuras y profundas del espíritu humano) frente a las formas estrictamente racionalistas (que sin duda son aptas para aprehender lo que la realidad tiene de racionalizable, qué gracia); la revaloración iniciada por los románticos alemanes del Círculo de Jena de lo emocional y “nocturno” frente a lo conceptual y “diurno”; la reconsideración existencialista del yo concreto frente a las alienaciones de la ciencia y de la lógica; y, en fin, lo que yo considero una revaloración del arte como posibilidad cognoscitiva, cercana o pariente de la aprehensión mitológica del hombre arcaico; todo este vasto y complejo movimiento de revisión y de síntesis (porque no se trata de una mera vuelta al pasado, de un simple remplazo de lo racional por lo irracional) ha empezado a colocar las cosas en su lugar y puede esperarse un examen más certero de los fenómenos parapsicológicos.

En lo que a esta teoría que ahora apenas estoy iniciando se refiere, retomo la vieja hipótesis del alma emigrable, pero comienzo a darle mi propia interpretación. De acuerdo con todo lo que ya he explicado, al despertarse el alma durante el sueño, simultáneamente se desprende de las categorías que rigen al cuerpo. Y al colocarse en esa especie de cielo intemporal, donde no hay ni antes ni después, puede contemplar en un puro presente los hechos que más tarde acontecerán a su cuerpo abandonado, como estatuas de la Felicidad, o lo que es más frecuente, del infortunio.

Si esta hipótesis fuese cierta, los sueños no sólo nos proporcionarían rastros significativos del pasado, sino visiones y símbolos de lo porvenir; visiones no siempre claras, casi nunca inequívocas o literales, porque el alma, ya encarnada nuevamente al despertar, vuelve a pertenecer a un universo ajeno al que visitara, y sus visiones del futuro aparecen ya enturbiadas y deformadas por los rastros que el pasado induce. Como una vaga y misteriosa imagen, en virtud de aquella confraternidad con los dioses de la que habla Platón, apenas remanen ambiguas reminiscencias que el análisis casi siempre perturba cuando no destruye. Excepto en pocos y excepcionales casos en que la visión profética ha sido tan poderosa y terrible que nada pueden contra él las contaminaciones del pasado o las reflexiones de la pura inteligencia.

Falta agregar algo.

Ya que la muerte está siempre en nuestro futuro, las premoniciones del sueño deben traernos de vez en cuando noticias de ese duro acontecimiento, y también de lo que después nos espera, si es que algo nos espera. ¿No podrían los sueños venturosos ser visiones del Paraíso? Las pesadillas, naturalmente, serían fragmentos de los horrores que nos esperan en el infierno.

Segunda parte de la teoría: locos, místicos y artistas

Lo que el hombre corriente experimenta en sus sueños, ciertos seres anormales lo viven en sus estados de trance: los locos, los videntes, los místicos y los artistas.

Pienso que en sus accesos de locura, el alma sufre un proceso parecido, si no idéntico, al que experimenta todo hombre en el momento de dormirse, y sobre todo en las pesadillas: el alma emigra del cuerpo e ingresa en la eternidad. De ahí las exactísimas palabras que los antiguos empleaban para calificar ese terrible acontecimiento: “ponerse fuera de sí”, enajenarse o alienarse. Siempre tuve la penosa sensación de que los dementes furiosos, en plena vigilia, sufren lo que nosotros padecemos en las pesadillas. Ahora pienso que padecen los tormentos del infierno, no en el sentido metafísico que habitualmente se da a esta expresión, sino en sentido literal: están, verdaderamente, en el infierno, del mismo modo que nosotros en una pesadilla. Sus movimientos y gestos de fiera acorralada, sus aparentes delirios, sus gritos y conversaciones con desconocidos invisibles y disparatados no son otra cosa que la experiencia directa y actual del infierno.

En algunos casos, este descenso a los antros infernales puede ser transitorio, tal como desde la antigüedad ha venido sucediendo con esos seres que, con notable intuición, fueron calificados como “endemoniados”; seres que únicamente después de complicados exorcismos son rescatados de la atroz pesadilla. De modo inverso pero semejante, los enajenados beatíficos que suelen encontrarse en los manicomios o en las novelas (el Príncipe Muchkin, por ejemplo) serían personas que asisten de modo directo y actual a la experiencia del Paraíso.

La enajenación puede asimismo suscitarse de modo voluntario, tal como sucede con los místicos, los drogados, los adivinos y los poetas: “Je dis qu’il faut être voyant, se faire VOYANT”. Mediante la ansiedad o el ayuno, el anhelo tenaz y la facultad nativa, el aprendizaje o la droga, la inspiración divina o demoníaca, algunos seres logran éxtasis, es decir, ese colocarse fuera de sí mismo para acceder a la ansiada eternidad. Tal como los yoguis en Oriente, mueren para renacer a otra existencia, liberándose de la cárcel corporal. Tal, en fin, como el hombre común en esa muerte pasajera que es el sueño.

En cuanto al artista, Platón no hace sino repetir lo que el pensamiento antiguo tenía por evidente: que el poeta, inspirado por los demonios, pronuncia palabras que nunca habría dicho en su sano juicio, describiendo regiones sobrenaturales del mismo modo que el místico mediante sus éxtasis. En tal estado de alienación, el alma tiene una percepción distinta de la normal, por encima de las fronteras del sujeto y del objeto, de la vida y de la muerte, de lo real y lo imaginario, del pasado y del futuro. Toda obra de arte sería así una suerte de hierograma. Y así como seres ignorantes han sufrido repentinamente visiones y han pronunciado palabras en lenguas que desconocían, una muchacha inocente como Emily Brontë pudo describir con sobrecogedora precisión el alma de un hombre entregado a las potencias infernales.

Esta desencarnación del alma del artista en el momento de la inspiración, también explicaría el carácter profético que puede llegar a alcanzar, aunque sea del modo enigmático y ambiguo que es propio de los sueños. En parte por la índole oscura de ese territorio, que quizá entrevea el alma imperfectamente descarnada como a través de un vidrio turbio o sucio; en parte, porque nuestra conciencia racional es inapta para describir una realidad que le es inconmensurable; en parte, en fin, porque el hombre no parece capaz de soportar la infinita crueldad de ciertas visiones infernales, y el instinto de conservación de nuestro cuerpo nos preserva con máscaras y símbolos de lo que de otro modo sería hasta mortífero. Digo, pues: Los teólogos han razonado sobre el infierno, y a veces han probado su existencia como se demuestra un teorema: more geometrico. Pero sólo los grandes poetas nos han revelado de verdad su existencia, dándonos visiones detalladas de sus antros y pagando a veces con la locura o con la muerte ese pavoroso privilegio. Son hombres indisputables: Blake y Milton, Dante y Rimbaud, Lautréamont y Sade, Baudelaire y Dostoievsky, Hölderlin y Kafka. ¿Quién osaría poner en duda sus testimonios? ¿Quién sería capaz de acusarlos de mentirosos? Los creadores de las grandes ficciones serían así los seres que sueñan por los demás, los que por (desdichado) encargo de los dioses están destinados a revelar los misterios últimos de la condición humana, los grandes, únicos y genuinos esjatólogos. Porque un gran artista no inventa, como a menudo y ligeramente se supone: un gran artista es el hombre que tiene la facultad y la condena de levantar los velos que ocultan la temible realidad a los simples mortales.

No sé dónde leí que Dante no hizo más que traducir las ideas y sentimientos de su época, los prejuicios teológicos y las supersticiones en boga; de modo que, lejos de ser su poema una visión de la realidad sobrenatural, sería simple, aunque genialmente, la descripción de la conciencia y de la inconciencia de una cultura determinada. Hay mucho de verdad en este aserto, pero no en el sentido que le atribuyen estos sociólogos del horror. Yo creo que Dante vio, como todo gran poeta, con espantosa nitidez, lo que las gentes de su época presentían de manera más o menos imprecisa. Y de ahí la resonancia de su obra que era recitada por hombres casi analfabetos. Los italianos que miraban pasar al poeta por las calles de Ravena, silencioso y enjuto, comentaban en voz baja, con sagrado recelo y sin intención metafórica: “Ahí va el que estuvo en el Infierno”. Porque si esos visionarios no fueran más que mitómanos individuales, si sus visiones no fueran más que delirios privados, ¿cómo explicar su trascendencia universal? ¿Cómo explicar que el resto de los mortales los tomen como intérpretes clarividentes de sus confusas angustias y esperanzas? ¿Cómo explicar, en fin, que la palabra Vate signifique a la vez Poeta y Adivino?

Fuente.

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Publicado por en febrero 6, 2016 en Artículos, parapsicologia

 

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