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La ley de la serialidad.

31 Oct

Paul Kammerer (1880,1926) era un biólogo austriaco que a finales de siglo XIX registró cientos de coincidencias. Desde que tenía veinte años, empezó a escribir un «diario» de coincidencias. Muchas eran triviales: nombres de personas que surgían inesperadamente en conversaciones separadas, tickets para el concierto y el guardarropía con el mismo número, una frase de un libro que se repetía en la vida real. Durante horas, Kammerer permanecía sentado en los bancos de los parques tomando nota de la gente que pasaba, anotando su sexo, edad, vestido, y si llevaban bastones o paraguas. Después de haber considerado detalles tales como la hora punta, el tiempo y la época del año, descubrió que los resultados se clasificaban en «grupos de números» muy similares a los que usan los estadísticos, los jugadores, las compañías de seguros y los organizadores de encuestas. Kammerer llamó a este fenómeno «serialidad», y en 1919 publicó sus conclusiones en un libro titulado Das Gesetz der Serie (La ley de la serialidad). Afirmaba que las coincidencias iban en serie -es decir, «se producía una repetición o agrupación en el tiempo o en el espacio por la cual los números individuales en la secuencia no estaban conectados por la misma causa activa.» Kammerer sugirió que la coincidencia era meramente la punta de un iceberg dentro de un principio cósmico más grande, que la humanidad todavía apenas reconoce.

Se trataba sobre todo de hechos que tienden a presentarse en secuencias y que él definió “como una recurrencia coherente de cosas o acontecimientos similares que se repiten en el tiempo o en el espacio sin estar conectados por una causa activa”. Algunos son tan comunes que la sabiduría popular ha inventado refranes para describirlos, como “hablando del rey de Roma, por la puerta se asoma”, “no hay dos sin tres” o “el mundo es un pañuelo”. Un ejemplo aportado por Kammerer nos bastará para ilustrar este tipo de “casualidades”. El 18 de septiembre de 1916, su esposa esperaba turno en la consulta del médico cuando, al hojear una revista, quedó impresionada con el trabajo de un pintor llamado Schwalbach y pensó en comprarle algún cuadro. En aquel momento entró la recepcionista y preguntó: “¿Está la señora Schwalbach?, la llaman por teléfono”. ¿Quería decir esto que la señora Kammerer haría bien invirtiendo en la pintura de ese artista? Las coincidencias guardan sus mensajes celosamente, en general, sólo pueden ser interpretadas por la persona que las experimenta y ésta nunca sabrá con certeza cuál es su significado.

Al igual que los asteroides se juntan en el espacio bajo la influencia de la gravedad, los sucesos fortuitos, según la hipótesis de Kammerer, también se agrupan. Fue como si Kammerer hubiese propuesto que un suceso mostraba afinidad con otros sucesos causalmente inconexos pero que sin embargo, globalmente compartían alguna forma o patrón global.

El trabajo de Krammerer significaba un importante punto de partida pues proponía una interconexión entre algunos sucesos fortuitos, presentándolos como constituyentes de patrones más profundos del universo. Pero La Ley de Serialidad de Kammerer solo trataba de acontecimientos fortuitos pertenecientes al macrocosmos, exteriores al mundo interno del hombre. Y era precisamente en esta relación entre el mundo interno del hombre y el mundo externo que le rodea donde Jung veía la clave de las sincronicidades.

SINCRONIAS

Frente a las recurrencias de Kammerer, que en ciertos casos parecen hechos casuales, pues no está claro su sentido, Carl Gustav Jung reparó en otro tipo de casos conectados de forma tan significativa que el azar representaba un grado de improbabilidad demasiado alto. El psicólogo pensó que estaban conectados por un principio que denominó “sincronicidad” y que, por definirlo de forma concisa, sería “la concurrencia no casual de un suceso psíquico y otro físico, que desafía la ley de la probabilidad y tiene sentido”.

En una ocasión, Jung estaba tratando a una joven que le contaba haber soñado con un escarabajo dorado. De pronto oyó un ruido en la ventana, a sus espaldas. “Me levanté – escribe él mismo –, abrí la ventana y cogí al vuelo, en el momento en que entraba en la habitación, un insecto que era lo más semejante a un escarabajo dorado que pudiera hallarse en nuestras latitudes”. ¿Qué había llevado al insecto a meterse en una habitación oscura justo en esos momentos?

El hecho de que el escarabajo sea, en culturas como la egipcia, un símbolo de renacimiento y que a partir de ese día la joven mejorara de su dolencia, hizo pensar al psicólogo que el insecto había aparecido como un mensaje arquetípico surgido del inconsciente: una señal para indicar que al fin ella podía iniciar el proceso de transformación buscado. Ello le llevó a pensar que esta clase de sincronía provenía de algún mecanismo desconocido. Aunque, por otra parte, acabó razonando que, cuando los hechos fortuitos parecen tener un significado simbólico, dejan de ser coincidencias para la persona interesada, ya que la psique puede estar actuando sobre la realidad externa para causarlos. Una explicación que, por cierto, nos sitúa ante el enigma que plantean las extrañas y desconocidas relaciones entre la mente y el mundo llamado “objetivo”.

El hombre occidental, acostumbrado a verter su mente en cosas concretas, rechaza de antemano esta sensación, tan contraria a la estructura de la lógica de su pensamiento, y se refugia en la comodidad de negar sentido alguno a las casualidades.

Los chinos, por el contrario, consideran que éste es “el mundo de las 10.000 cosas”, de modo que un suceso cualquiera no puede explicarse sino por una multiplicidad de armonías y desarmonías simultáneas, y no por una simple relación de causa-efecto. En su visión de la Naturaleza como un todo orgánico no existen fronteras entre el microcosmos y el macrocosmos, entre el ser humano y el universo en que se desarrolla su vida. La conexión entre dos acontecimientos no es para ellos de causa a efecto, sino de homología entre dos fenómenos que ocurran en el mismo instante. ¿Estoy triste porque el cielo esta nublado, o está nublado el cielo porque estoy triste? Para la visión clásica china del mundo, expresada en el taoísmo, ambas preguntas carecen de sentido.

Si queremos entender el concepto junguiano de sincronicidad – directamente inspirado en el taoísmo –, hemos de imbuirnos de esa peculiar sensación que despierta, por ejemplo, la pintura china, donde paisaje y estado de ánimo forman un todo indisoluble, o reflexionar sobre la hipótesis Gaia: la Tierra sería un ser vivo del que formamos parte, y no un simple mecanismo de relojería, como sostiene ese planteamiento dieciochesco y “racional” que todavía predomina en occidente.

Si el espacio y el tiempo son percepciones subjetivas, y la realidad es otra cosa – hipótesis de trabajo que plantea Jung -, es posible suponer que esa percepción espacio-temporal pueda estar condicionada por la psique. De modo que cuando una imagen llega a la consciencia coincidiendo con un fenómeno “exterior”, la psique percibe un significado de esa yuxtaposición de acontecimientos. Pero, ¿existe también un significado “fuera” de la psique?

En el punto de vista opuesto se sitúan quienes creen en las teorías de la “serialidad” o “sincronicidad” del doctor Paul Kammerer, Wolfgang Pauli y Carl Gustav Jung. Aunque los tres se acercaron a la teoría de las coincidencias desde perspectivas diferentes, sus conclusiones sugerían la existencia de una fuerza misteriosa y apenas comprensible en el Universo, una fuerza que intenta imponer su propio orden en el caos de nuestro mundo. La moderna investigación científica, sobre todo en los campos de la biología y la física, también parece acusar una tendencia de la naturaleza a ordenar el caos. Pero los escépticos no se dejan convencer. Cuando las cosas suceden al azar, argumentan, tienen que producirse las agrupaciones que llamamos coincidencias. Hasta es posible predecir esas agrupaciones o “apiñamientos” o, por lo menos, predecir la frecuencia con que sucederán.

Si usted tira muchas veces una moneda, las leyes de la probabilidad dictaminan que, al final, habrá obtenido un número casi igual de caras y cruces. Pero cara y cruz no se alterarán. Habrá series de cara y series de cruz. El doctor Weaver calcula que si alguien tira una moneda 1024 veces, por ejemplo, es probable que haya una serie de ocho caras seguidas, dos de siete, cuatro de seis y ocho de cinco.

Lo mismo sucede con la ruleta. Una vez salieron los pares 28 veces seguidas en el casino de Montecarlo. Las posibilidades de que esto ocurra es de una entre 268 millones. Pero los expertos afirman que como podía suceder, sucedió y volverá a suceder en algún lugar del mundo si suficientes ruletas siguen girando durante el tiempo necesario.

Jung ha sido el único científico del siglo XX que se ha atrevido a formular una pregunta de tal calibre.

¿Quién mueve los hilos de las casualidades al otro lado del escenario? Ante el lector dejamos la tarea de reflexionar sobre si unas y otras coincidencias son proyecciones de nuestra mente o la manifestación de un principio no casual invisible y secreto que rige nuestro destino y el de todos los seres, poniendo orden en el caos aparente de nuestras vidas, o determinando, sin que nos percatemos, algunas decisiones cruciales que pensamos son el resultado de nuestra libre elección o del azar.

Los poderes del Universo

No es, pues, sorprendente que la “teoría de la coincidencia” haya entusiasmado a científicos filósofos y matemáticos durante más de 2000 años. Hay un tema que aparece en todas sus teorías y especulaciones: ¿qué son las coincidencias? ¿Contiene un mensaje escondido dirigido a nosotros? ¿Qué fuerza desconocida representan? Sólo en nuestro siglo se han sugerido algunas respuestas verosímiles, pero son respuestas que chocan con las propias raíces de la ciencia. Ello hace que nos preguntemos: ¿existen poderes en el Universo de los que no tenemos todavía un conocimiento preciso?

Los primeros cosmólogos creían que el mundo se mantenía unido por una especie de principio de totalidad. Hipócrates, conocido como el padre de la medicina, que vivió aproximadamente entre 460 y 375 a.C., creía que el Universo estaba unido por unas “afinidades ocultas”, y escribió: “Hay un movimiento común, una respiración común, todas las cosas están en solidaridad las unas con las otras.” Según esta teoría, la coincidencia se daría cuando dos elementos “solidarios” o “afines” se buscan el uno al otro.

El filósofo renacentista Pico della Mirandola escribió en 1557: “En primer lugar, hay una unidad en las cosas por la cual cada cosa forma un conjunto consigo misma. En segundo lugar, existe la unidad por la cual una criatura está unida a las otras y todas las partes del Universo constituyen un mundo.”

Esta creencia ha perdurado, de una forma apenas alterada, en tiempos mucho más modernos. El filósofo Arthur Schopenhauer (1788-1860) definió la coincidencia como “la aparición simultánea de acontecimientos causalmente desconectados.” Sugirió que los acontecimientos simultáneos iban en líneas paralelas, y que el mismo acontecimiento, aunque representa un eslabón de cadenas totalmente diferentes, se da sin embargo en ambas, de forma que el destino de un individuo se ajusta invariablemente al destino de otro, y cada uno es el protagonista de su propio drama mientras que simultáneamente está figurando en un drama ajeno a él. Esto es algo que sobrepasa nuestros poderes de comprensión y sólo puede concebirse como posible en virtud de la maravillosa armonía preestablecida. Todos debemos participar en ella. Por tanto, todo está interrelacionado y mutuamente armonizado.

Investigando el futuro

La idea de un “inconsciente colectivo” -almacén secreto de recuerdos a través de los cuales las mentes puedan comunicarse- ha sido debatida por varios pensadores. Una de las teorías más extremistas para explicar la coincidencia fue presentada por el matemático británico Adrián Dobbs en los años sesenta. Inventó la palabra “psitrón” para describir una fuerza desconocida que registraba, como el radar, una segunda dimensión temporal que era más bien probabilística que determinista. El psitrón absorbía probabilidades futuras y las transmitía al presente desviándose de los sentidos humanos corrientes y transmitiendo de alguna forma la información directamente al cerebro.

La primera persona que estudió las leyes de la coincidencia científicamente fue el doctor Paul Kammerer, director del Instituto de Biología Experimental de Viena. Desde que tenía veinte años, empezó a escribir un “diario” de coincidencias. Muchas eran triviales: nombres de personas que surgían inesperadamente en conversaciones separadas, tickets para el concierto y el guardarropa con el mismo número, una frase de un libro que se repetía en la vida real. Durante horas, Kammerer permanecía sentado en los bancos de los parques tomando nota de la gente que pasaba, anotando su sexo, edad, vestido, y si llevaban bastones o paraguas. Después de haber considerado detalles tales como la hora punta, el tiempo y la época del año, descubrió que los resultados se clasificaban en “grupos de números” muy similares a los que usan los estadísticos, los jugadores, las compañías de seguros y los organizadores de encuestas.

Arthur Koester definió las coincidencias como “Chistes del destino”.

Kammerer llamó a este fenómeno “serialidad”, y en 1919 publicó sus conclusiones en un libro titulado Das Geseiz der Serie (La ley de la serialidad). Afirmaba que las coincidencias iban en serie -es decir-, “se producía una repetición o agrupación en el tiempo o en el espacio por la cual los números individuales en la secuencia no estaban conectados por la misma causa activa.”

Kammerer sugirió que la coincidencia era meramente la punta de un iceberg dentro de un principio cósmico más grande, que la humanidad todavía apenas reconoce.

Al igual que la gravedad, es un misterio; pero a diferencia de ella, actúa selectivamente para hacer coincidir en el espacio y en el tiempo cosas que poseen alguna afinidad. “Así pues -concluyó-, al final tenemos la imagen de un mundo-mosaico o de un caleidoscopio cósmico que, a pesar de los constantes movimientos y nuevas disposiciones, también se preocupa por hacer coincidir cosas iguales.”

El gran salto hacia adelante tuvo lugar 50 años más tarde, cuando dos de las mentes más brillantes de Europa colaboraron para producir el libro más completo acerca de los poderes de la coincidencia, un libro que iba a dar lugar a controversia y a ataques por parte de teóricos rivales.

Los dos hombres eran Wolfgang Pauli -cuyo principio de exclusión, ideado de una forma muy atrevida, le mereció el premio Nobel de física- y el psicólogo/filósofo suizo profesor Carl Gustav Jung. Su tratado llevaba el poco original titulo de Sincronicidad, un principio de conexión no causal. Descrito por un crítico americano como “el equivalente paranormal de una explosión nuclear”, utilizaba el término “sincronicidad” para ampliar la teoría de la serie de Kammerer.

Orden a partir del caos

Según Pauli, las coincidencias eran “las huellas visibles de principios desconocidos”. Las coincidencias, explicó Jung, tanto si se dan aisladas como si aparecen en serie, son manifestaciones de un principio universal apenas conocido que opera con bastante independencia respecto de las leyes físicas. Los que han interpretado la teoría de Pauli y Jung han concluido que la telepatía, la precognición y las mismas coincidencias son todas manifestaciones de una única fuerza misteriosa que opera en el Universo y que está tratando de imponer su propia disciplina sobre la total confusión que rige la vida humana.

De todos los pensadores contemporáneos, nadie ha tratado más extensamente la teoría de la coincidencia como Arthur Koestler, quien resume este fenómeno con la expresiva frase “chistes del destino”.

Un “chiste” particularmente sorprendente le fue relatado a Koestler por un estudiante inglés de doce años llamado Nigel Parker: Hace muchos años, el autor de historias de terror norteamericano, Edgar Allan Poe, escribió un libro titulado El relato de Arthur Gordon Pym. En él, el señor Pym viajaba en un barco que naufragó. Los cuatro supervivientes pasaban muchos días en un bote antes de decidirse a matar y comerse al grumete, cuyo nombre era Richard Parker.

Unos años después, en el verano de 1884, el primo de mi bisabuelo era grumete de la yola Mignoneite cuando ésta se hundió, y los cuatro supervivientes navegaron a la deriva en un bote durante muchos días. Finalmente, los tres miembros mayores de la tripulación mataron y se comieron al grumete. Su nombre era Richard Parker.

La investigación moderna separa las coincidencias en dos grupos diferentes: triviales (como echar a cara o cruz, series de números y manos sorprendentes de naipes) y significativas. Estas últimas son las que mezclan personas, acontecimientos, espacio y tiempo -pasado, presente y futuro- de una manera que parece cruzar la delicada frontera que separa lo normal de lo paranormal.

Fuente.1,2

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Publicado por en octubre 31, 2015 en Artículos

 

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