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La realidad psíquica inconsciente: parapsicología y psicoanálisis .

25 Oct

Por J. Ricardo Musso

De la obra del creador del psicoanálisis, S. Freud, transcribimos dos afirmaciones:

1) “La realidad psíquica es una forma especial de existencia que no debe ser confundida con la realidad material”, y 2) “La equiparación de lo psíquico con lo consciente es por completo inadecuada….

Existen actos de muy diversa categoría que, sin embargo, coinciden en el hecho de ser inconscientes”. Durante toda su vida se esforzó Freud por formular una definición, comprensible, de su concepto acerca de las propiedades esenciales de la realidad psíquica, que la diferencian de la material y que, por ser poseídas por los procesos inconscientes cuya existencia él postula, justifican su afirmación de que éstos son de naturaleza psíquica (en vez de neurológica). Todavía hacia 1938, en sus últimas obras, se interrogaba sobre este problema: “¿Cuál es la verdadera naturaleza del estado que se manifiesta en el ello por la cualidad de ser inconsciente y en el yo por la de ser preconsciente…?”. Su respuesta: “de esto no sabemos nada… Damos por sentado que en la vida mental actúa algún tipo de energía; pero no poseemos nada que nos demuestre su esencia por medio de analogías con otras formas de energía”.

La indefinición de la afirmación básica de Freud, la de que existen procesos psíquicos que son inconscientes, llevó a muchos psicólogos profesionales y a epistemólogos de primera línea a rechazarla de plano; no por considerarla falsa sino, simplemente, por carente de sentido. Por ejemplo, E. Nagel dice: “En cuanto a la noción de procesos psíquicos inconscientes que poseen eficacia causal, de motivaciones y deseos inconscientes, causalmente operativos y que no son disposiciones y actividades somáticas… debo admitir que, para mí, tales locuciones no tienen ningún sentido”. Y la razón de este rechazo es clara. Los únicos procesos, reconocidamente psíquicos, que conocemos son los que se dan en nuestra conciencia., los que aparecen a ella como dato inmediato. Se los llama procesos o estados de conciencia: perceptos, conceptos, recuerdos, emociones, deseos y otros procesos de cuya ocurrencia nos percatamos cuando, retirando la atención del mundo externo, la replegamos hacia nuestra interioridad. Una propiedad común a todos estos procesos es la de acceder a la conciencia. Por eso, para que la afirmación de que hay procesos que aún sin aparecer en la conciencia deben considerarse psíquicos (en vez de puramente neurológicos) tenga sentido, habría que precisar qué propiedades comunes, distintas de la de aparecer en la conciencia y distintas también de las que caracterizan a los procesos materiales, tienen los procesos reconocidamente psíquicos (los de conciencia). Sólo los procesos inconscientes que revelaran poseer esas propiedades comunes podrían ser calificados, con propiedad, de psíquicos. Y Freud advirtió claramente esta necesidad. Pero cuando se interrogó por cuáles eran esas propiedades comunes no encontró la respuesta: “eso es más difícil de contestar” se limitó a decir.

Pensamos que la dificultad de Freud para definir su noción de proceso psíquico está íntimamente relacionada con un postulado suyo: el de que lo mental es espacial. “La vida psíquica –decía– es función de un aparato al que adscribimos las características de su extensión en el espacio… La psique es extensa, pero nada sabe de ello”. Pero difícilmente podría aceptarse ese postulado, sin más, como verdadero. Porque, como bien dice C. D. Broad, “si queremos hablar de estructuras espacio-temporales debemos dejar de lado a la mente y empezar a hablar acerca del cerebro y el sistema nervioso”. Decir, sin más, que la mente es espacial es claramente un sinsentido, porque ontológicamente, así como la materia se define por la propiedad de ser ubicable en el espacio, la psique (o mente) se define por la negación de esta propiedad (por la inespacialidad).

Ilustremos la afirmación anterior mediante un ejemplo.

Supongamos que oímos una frase como la siguiente: “Juan, después de recibir la carta, recordó aquellos momentos felices y esto le produjo una gran alegría”. Es, claramente, una frase con sentido: se entiende lo que dice. Su análisis revela que se mencionan dos procesos incuestionablemente psíquicos (un recuerdo y una alegría) y que se predican de ellos las siguientes propiedades y relaciones: la temporalidad (“después de”), la causalidad (“el recuerdo le produjo”) y la intensidad (“gran alegría”). Pero supongamos, ahora, que oímos decir lo siguiente: “El recuerdo de Juan se dio a diez centímetros de su alegría”. Suena a un absurdo, y lo es. La espacialidad (distancia, posición relativa, etcétera) no puede predicarse con sentido de los procesos psíquicos porque hace, justamente, a la esencia de su diferencia con los físicos, que son los espaciales.

Es probable que la prueba científica de la existencia de procesos psíquicos (es decir, de causas intencionales e inespaciales) inconscientes, pueda alcanzarse, a corto plazo, mediante las investigaciones experimentales de la parapsicología. Ésta comprobó la existencia de fenómenos psi, es decir, de comunicaciones de una persona con el mundo exterior que parecen ser extrasensoriomotoras. Se trata de una relación S-O (sujeto-objeto) bidireccional donde, al parecer, por una parte el O influye directamente sobre la mente del S (fenómeno de percepción extrasensorial o ESP) y recíprocamente la mente del S influye directamente sobre el O (fenómeno de psicokinesia o PK). Lo característico del fenómeno es que el O pertenece al mundo exterior al S y, sin embargo, la distancia entre ambos términos no parece afectarlo. La evidencia de numerosos tipos de pruebas revela que el proceso que determina la relación O-S (ESP o PK) no puede ser pensado, al parecer, como espacial (como algo que se desplaza, o vibra, o hace cualquier otra operación que permita cubrir la distancia entre O y S).

En la medida en que las evidencias sigan acumulándose como hasta ahora, psi tendrá que ser admitido, por definición, como un proceso psíquico inconsciente. Freud, en sus investigaciones clínicas, se vio confrontado con la necesidad de postular la existencia de procesos psíquicos inconscientes, a los que designó con la abreviatura inc. Es posible que inc y psi sean una misma realidad, que se revela mediante dos tipos de efectos intrapersonales (sueños, inputs, síntomas neuróticos, etcétera) que estudia el psicoanálisis, y transpersonales (ESP y PK, por ahora) que estudia la parapsicología. El solo estudio de los efectos intrapersonales no hubiera permitido probar la existencia de esa realidad psíquica inconsciente porque en esa clase de efectos la supuesta causalidad psíquica, si existiera, resultaría mediatizada por la física (el sistema sensoriomotor). Para poder probar su existencia hay que poder aislar sus posibles efectos de los posibles efectos de la causalidad física y esto, al parecer, es lo que se logra, experimentalmente, en parapsicología, donde el estudio se centra en las interacciones S-O que parecen ser extrasensoriomotoras. Quizás el viejo Freud intuyó la significación de estos estudios cuando, en 1921, posiblemente impresionado por las publicaciones de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres (S.P.R.), de la que era miembro honorario, le dijera en una carta al doctor H. Carington: “Si yo tuviera que vivir nuevamente mi vida, me dedicaría más bien al ocultismo que no al psicoanálisis. (“Ocultismo” se solía llamar entonces a la parapsicología).

Fuente.

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Publicado por en octubre 25, 2015 en Artículos

 

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