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Inherente al ser humano.

06 Jun

Por Humberto M. C. Campana

-Doctor en Medicina. Profesor Emérito Universidades Nacional de Cuyo y de Mendoza-

¿Viaje astral?

Me quedó grabado este término, leyendo (en el contexto del budismo) unos libros de Lobsang Rampa (El camino de la vida, El tercer ojo, El monje del Tibet); y desde luego, incursionando en el Dalai Lama. Es sabido que así le llaman los budistas a ciertos sueños que a veces tenemos. Se diferencian netamente de los sueños “comunes” y tienen una absoluta sensación de realidad, “como si los estuviéramos viviendo”: en este tipo de sueños, desde luego según concepto budista, algo se desprende de nuestro cuerpo (el “cuerpo astral”) y se desplaza a otros lugares, no importa la distancia (“viaje astral”).

Es muy común que muchas personas hayan tenido esta experiencia: yo la tuve en alguna que otra oportunidad y, asumiendo la eventual verdad de su significado, me propuse relatar algo que “soñé” (?). Tenía yo 16 años y hacía poco que había llegado a la Argentina, como inmigrante; nos habíamos instalado con mi padre, en una pensión: mi madre y mi hermana enferma esperaban en Italia el momento de poder viajar (que demoró un par de años). Era de noche y estaba durmiendo. En mi sueño apareció la imagen de una mujer que me impactó profunda y muy especialmente: aún la recuerdo con detalle, luego de décadas.

Aparentemente estaba ubicada en algún lugar de la pensión donde nos alojábamos; era de estatura media, “gordita” y el tinte de su piel algo obscuro. Diría, para que se me entienda, el aspecto de una mujer “criolla”. Me miraba fijamente, pero con una expresión que rotularía de “neutra”, es decir que no conllevaba ningún sentimiento en especial; pero como diciéndome (¿?):

“Tengo un mensaje para ti”.

De repente, percibí con absoluta nitidez, unas “ondas” que emanaban de ella y llegaban hasta mí: lo hacían violentamente y sentí cómo mi cuerpo, al captarlas, se movía llamativamente como recibiendo el impacto. Todo fue breve y me desperté sobresaltado y con una sensación de temor. Creo que fue Naúm quien, en algún momento, escribió que los que tuvieron experiencias compatibles con lo “paranormal”, habían recibido antes, con frecuencia, algún “mensaje”. Si tuviera que describir el impacto que me produjo este sueño diría que “alguien” me dijo: “Gringo, hemos establecido contacto y esta puerta quedará abierta”. Soy perfectamente consciente de que a veces uno cree lo que quisiera que fuese. No pretendo inferir que lo que experimenté no compatibilice con el título de este libro (Inherente al ser humano): podrían elaborarse hipótesis varias (telepatía, etc.). .

Lo cierto es que este episodio que acabo de describir no guardó ni guarda relación con nada particular en mi vida. Tal vez sea casualidad, pero ciertas “vivencias” mías (algunas a describir en otros capítulos) fueron posteriores al “sueño”. O, simplemente, todo fue una casualidad: obviamente no puedo descartarlo, pero hay en mí algo que me “propone” que no lo fue .

Mesas “parlantes” y fenómenos relacionables: hipótesis interpretativa

En el transcurso del cursado de mi último año de la carrera de Medicina, me alojaba en una pensión y me dediqué con frecuencia a realizar el “juego de la copa” (así se le llamaba). Lo llevábamos a cabo con un amigo, también futuro médico y un par de pensionistas (alumnas de otra Facultad). La metodología era muy simple: tratábamos de ser no menos de cuatro en el grupo, por decisión empírica nuestra. Colocábamos sobre una mesa de tres patas (alguien nos lo sugirió) un papel con las letras del alfabeto dispuestas en círculo y, en el centro, un SI y un NO. Ubicábamos nuestros índices en una tapita, generalmente de un frasco de algún medicamento (dispuesta boca arriba) y establecíamos contacto (?) con alguna “entidad”: lo lográbamos a menudo y la misma (?) se comunicaba movilizando la tapa y señalando letras que nos permitían leer palabras y / o frases.

Teníamos especial cuidado en no dificultar los movimientos de la tapa, por ejercer excesiva presión sobre la misma, etc. . Doy fe de que no existía fraude (por lo menos consciente) de ninguno de los presentes; las “conversaciones” (de parte nuestra verbales) eran a menudo muy fluidas y, a veces, nos resultaban muy llamativas. También puedo asegurar que mi amigo y yo teníamos un aceptable nivel científico y lo utilizábamos en estas experiencias: ambos éramos ayudantes en la Cátedra de Fisiología dirigida por discípulos de Bernardo Houssay, premio Nobel de Medicina. Desempeñarme en la citada Cátedra fue determinante para adquirir una modalidad científica que, en mi ejercicio profesional, se convirtió en sistemática: por ejemplo, frente a un caso clínico, elaborar diagnósticos diferenciales, analizándolos uno a uno y planteándonos en cada hipótesis las preguntas “¿Qué tiene este paciente a favor y qué en contra de mi presunción?”.

Y sobre la base de conocimientos aceptados actualizadamente, ir descartando posibilidades para quedarnos con lo más probable o llegando eventualmente al diagnóstico de certeza. En Parapsicología, las cosas son más complejas, porque es una ciencia mucho más joven que la Medicina y se analizan fenómenos que si bien existen desde siempre, han sido menos “recorridos” por el hombre. Extrapolando a la misma la mencionada actitud científica, mi “leit motiv” parapsicológico es el interrogante que interpreto como lo prioritario a explorar: ¿Es un determinado fenómeno explicable mediante razonamientos “inherentes al ser humano” (y asumidos científicamente) o no es factible actualmente este enfoque?

En este último caso intentar descartar lo razonablemente descartable y limitarse a lo descriptivo. En mi más que modestos trabajos que la Directora de Comunicaciones de Parapsicología (Dora Ivnisky) generosamente publicó, consta esta actitud mental de mi parte Por lo que he captado, esta forma de proceder no se aleja conceptualmente de lo defendido por el profesor Naum Kreiman. Lo anterior debe ubicarse, en mi caso, en el contexto de un médico que tiene una modesta aunque aceptable formación científica médica y que intenta trasladarla a la Parapsicología. Volviendo a las “mesas”, tanto mi amigo como yo éramos escépticos en cuanto a creer que nos comunicábamos con difuntos: pero lo que sucedía nos interesaba; en las mentes de ambos “aleteaba” la idea de que lo observado provenía de los intervinientes. A menudo establecíamos “contacto” con una entidad que “decía” llamarse María. Debo agregar que la presencia de una de las pensionistas era necesaria para que todo lo descrito “funcionara”; según terminología “espiritualista” (como se autodenominan  actualmente los espiritistas) era la “medium” (individuo que sirve de enlace con los espíritus, para que éstos puedan comunicarse con los hombres).

Relato estas experiencias iniciales, por otra parte practicadas por numerosísimas personas aún actualmente y desde cerca de un siglo y medio (aproximadamente el tiempo desde que se cultiva el espiritualismo) pues pretendo aportar a cuanto sigue algo de experiencia vivida. Por cierto ensayamos diferentes modalidades; entre éstas, vendar los ojos a la médium para que “escribiese” en esas condiciones o bien hipnotizarla y pedirle que, en lugar de mover la tapa, nos hablara. Sinceramente, ocasionalmente, obteníamos resultados que nos dejaban perplejos. Pero no es mi propósito referirme a los mismos, pues entiendo que tendrían muy probablemente un valor meramente anecdótico. En cambio, deseo hacer hincapié en algunos aspectos de estas experiencias, por entender que actualmente se prestan para ser interpretados presuntivamente como “inherentes al ser humano”.

Para intentar una explicación de estas vivencias, debo necesariamente referirme al método “Ganzfeld”, introducido en la década del setenta en la investigación parapsicológica y posteriormente optimizado por numerosos investigadores a nivel internacional. Una de las dificultades para el estudio de fenómenos paranormales (y una crítica hacia éstos) fue la irreproductibilidad de los mismos para poder someterlos a análisis estadísticos. Sin entrar en detalles, el citado e ingenioso método, permite reproducir en el laboratorio ciertos fenómenos observados en el campo de la paranormalidad; es actualmente un método trascendente para el estudio de manifestaciones paranormales relacionadas con la percepción extrasensorial.

En líneas muy generales, se trabaja con un sujeto, (en estado de “aislamiento” sensitivo-sensorial parcial) en el cual, mediante una adecuada metodología, se explora qué grado de correspondencia existe entre lo que él dice percibir en relación a “estímulos” recibidos (encontrándose en la mencionada situación “aislante”). Lo esencial es que los resultados obtenidos con este método, alcanzan un nivel de significación mínimo requerido científicamente en la actualidad. El mismo fue importante también para la demostración de la existencia de la telepatía (transmisión del pensamiento de mente a mente), cuya realidad ya se sospechaba fuertemente. Se cuenta entonces con un método probabilístico para estudiar estos fenómenos . Sin descartar otros que siguen utilizándose, el método “Ganzfeld” implica un muy significativo avance en Parapsicología. Volviendo a las “mesas parlantes”, parece lícito postular la siguiente posibilidad: quien actúa como “médium” posee en mayor grado la capacidad para recibir telepáticamente mensajes (en estas situaciones: “órdenes”) y eventualmente somatizarlos; en el caso de las experiencias mencionadas, este mecanismo podría justificar una involuntaria e imperceptible acción digital; o psicoquinesia. Es congruente pensar que esta influencia telepática puede provenir del mismo “medium” (y/o de alguno de los intervinientes) desde sus inconscientes freudianos; o llegar (también telepáticamente) desde otra u otras personas. No está de más recalcar que tanto la emisión como la recepción de estos eventos telepáticos, podría ser inconsciente; y que la somatización de estímulos que llegan a nuestra esfera mental (o son elaborados en la misma) es un hecho absolutamente aceptado. Este mecanismo compatibilizaría con algo “inherente al ser humano” y con argumentos científicamente aceptables.

Quiero mencionar otras situaciones que pude observar con detalle y que han sido descritas por varios investigadores. En algunas oportunidades, con el pulpejo de nuestros dedos suavemente apoyados sobre la superficie de la mesa, ésta se inclinó unos 45 grados y comenzó a desplazarse hasta salir de la pieza (con nosotros en contacto con la misma: al suspender el contacto, cesaba el fenómeno). Era decididamente imposible que la movilizásemos, en las circunstancias detalladas. Jamás ocurrió levitación, por cierto observada por parapsicólogos de indiscutible seriedad . Tal vez en el mecanismo intervenga también la psicoquinesis: baste recordar la casa bombardeada por piedras en Río Tercero (Argentina) en cuyo estudio intervino quien escribe este trabajo, con la colaboración de su hija psicóloga Pilar: en la mencionada ciudad, se trató de litoquinesis; el mecanismo no es aún conocido, pero es congruente aceptar su existencia pues ha sido descrita en numerosas oportunidades por investigadores y entidades de indiscutible nivel científico. Aquí interesa destacar algo muy llamativo: durante los tres primeros días impactaron y penetraron en la casa 97 piedras que jamás contactaron con los que habitaban la misma (cinco personas); una Universidad de EE.UU. estudió minuciosamente un fenómeno similar, también sin impacto en personas; el mismo fue citado en Comunicaciones de Parapsicología, en la bibliografía del trabajo acerca de Río Tercero. Por cierto hechos estadísticamente muy sugestivos y en los cuales el fraude fue categóricamente descartado. No se me ocurren explicaciones “inherentes al ser humano” para estos aspectos: lo que no significa desde luego que no existan. Se postularon por cierto conflictos psicológicos que, al exteriorizarse, conllevan una suerte de energía capaz de movilizar objetos (?).

En una “sesión” realizada en Chile, con una mesa muy grande y pesada, los participantes pedimos reiteradamente que la “entidad” produjese un ruido (“rap”) en un lugar determinado de la mesa (señalado exactamente con un dedo) y el ruido se produjo nítida y sistemáticamente. ¿Mecanismos postulables?.

He pretendido formular hipótesis interpretativas de lo que observé en sesiones de “mesas parlantes”: soy consciente de que muy probablemente no he postulado nada que no haya sido ya pensado. Deseo destacar algo más: en dos de estas sesiones preguntamos a la “entidad” (“María”?) si era factible verla y contestó afirmativamente, detallándonos dónde y a qué hora; también le pedimos que nos aclarara cómo íbamos a reconocerla y nos contestó: joven, rubia, alta, cabello recogido hacia arriba, ojos azules, sacón azul. Fuimos los cuatro integrantes de la “mesa” y luego de casi media hora de espera no apareció entre la gente nadie con esas características. Para volver a la pensión, era necesario transitar por un pasaje (el mismo estaba desierto en ese momento y bien iluminado); había unos balcones internos pertenecientes a departamentos. En un determinado instante y abruptamente todos nos dimos vuelta y miramos hacia uno de los balcones: allí vimos con total nitidez una mujer con absolutamente todos los detalles señalados: nos miró con expresión seria y desapareció (todo duró menos de un minuto). Muy impactados por lo sucedido, regresamos donde nos alojábamos y concluimos que todos la habíamos visualizado y con absoluta nitidez. Hace un par de años repetimos la experiencia (luego de transcurridos 47 años de lo descrito) y después de una “sesión”, con cuatro integrantes, siendo yo el único que lo hacía por segunda vez.

La “entidad” nos pidió que saliéramos a un patio: así lo hicimos y tras una breve espera visualizamos (en uno de los balcones de una casa vecina no habitada, en construcción) la imagen de una mujer con características iguales a la anterior experiencia, exceptuando detalles que nos había anticipado (cabellos largos y sueltos, hasta la cintura). Se trasladó a lo largo del balcón, nos miró fugazmente y desapareció (también en menos de un minuto); todos la vimos con nitidez. Pero, en esta oportunidad, cuando ella nos “dijo” que podíamos verla, yo le pedí que a continuación de visualizarla, se prendiera y apagara una luz dos veces: y así ocurrió, inmediatamente luego de desaparecida, objetivándose en la ventana de una de las piezas hacia la cual ella se dirigía. Es mi decidida opinión que era la misma “entidad” de la primera experiencia, pero igual a entonces (como si no hubiese envejecido). Incluyéndome, somos siete los testigos de ambas vivencias. Investigadores, también de absoluta credibilidad, han tenido experiencias de este tipo. No tengo explicaciones tentativas esgrimibles como mecanismos intervinientes “inherentes al ser humano”, aunque me seduce la eventualidad de una hipotética vinculación con universos pluridimensionales y oros aspectos (?), actualmente científicamente aceptados. Estoy médicamente seguro de que no fueron alucinaciones visuales colectivas. Es lo que me resultó más enigmáticamente impactante en mis experiencias con mesas “parlantes”.

Un universo pluridimensional

Desde hace tiempo suponíamos que vivíamos en un “Universo” de tres dimensiones. Es decir: para que una entidad (objeto, persona, etc.) quedara “ubicada” con precisión, era imprescindible conocer su “longitud”, su “ancho” y su “altura”.

Hasta que Albert Einstein introdujo una cuarta dimensión: el tiempo. Desde entonces, sabemos que nuestro universo tiene cuatro dimensiones: esto es de enorme trascendencia para intentar comprender mejor aspectos por demás complejos Veamos un ejemplo “simple”: hagamos un esfuerzo mental y asumamos que un individuo vive en un mundo de dos dimensiones: “longitud” y “ancho” pero sin “altura” (es decir “chato”) y supongamos que construye una jaula rectangular: es decir dos lados paralelos entre sí y otros dos (más cortos) también paralelos entre sí.

Pero aceptemos que en uno de los cuatro ángulos, los dos lados no contactan, es decir queda como una puerta entreabierta. Por esa puerta, el constructor introduce una ratita (también de dos dimensiones y simbolizada con un punto) y luego “cierra” los dos lados mencionados y queda así constituido el rectángulo. Pero he aquí que aparece un individuo de tres dimensiones (es decir: “ancho”, “longitud” y “altura”): toma la ratita desde arriba y la saca de la jaula. Llegados a este punto, desde luego no podemos entender como hizo para “tomarla” si la misma no tiene “altura” y debemos conformarnos pensando que simplemente lo ignoramos. A continuación, llega el ser de dos dimensiones que ubicó al animalito en la jaula y tampoco puede explicarse por qué no se encuentra más en la misma. Salvo que imagine un mundo de tres dimensiones.

Este ejemplo nos sirve para explicarnos por qué tal vez, ciertos fenómenos nos resultan tan difíciles de entender: quizás porque nos resulta muy complejo imaginar universos con más dimensiones que el nuestro (cinco o más), posibilidad que la actual físico-matemática no descarta. Estas dimensiones coexistirían en universos con conceptos de tiempo y espacio tal vez diferentes a los nuestros: digamos que quizás estén “al alcance de nuestras manos” pero no nos sea factible contactar con ellos; salvo, tal vez, en caso de “superposiciones” fugaces (?).

Soy consciente de la complejidad de lo que pretendo describir con ejemplos (digámoslo) “caseros”: los únicos a mi alcance. Y es lo que logré entender de lecturas serias y destinadas a personas no especialistas. Creo que es bueno, como cultura general, tener una vaga idea de estas trascendentes posibilidades, que junto a otras, la ciencia nos describe.

Fuente.

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Publicado por en junio 6, 2015 en Artículos

 

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