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Sincronicidades. Apología y refutación

16 May

Por Lamberto García del Cid

Apología

En la explicación de las coincidencias hay mucho de pereza e impotencia, y responde a un miedo instintivo de que se ponga en peligro un dogma científico.
(Charles Fort)

Carl G. Jung y el premio Nobel de física Wolfgang Pauli colaboraron en el desarrollo de una teoría de las coincidencias que bautizaron con el nombre de “Sincronicidades”. A Pauli le atraía el asunto porque él mismo se sentía perseguido por singulares coincidencias, sucesos que sus colegas, malignamente, denominaban “efecto Pauli”. Pauli, físico más bien teórico que experimental, pasaba poco tiempo en laboratorios, pero cuando lo hacía, acontecían inexplicables roturas de aparatos o imprevistas averías de instrumentos. Estos sucesos ocurrían con mayor frecuencia de lo que la mera casualidad podía explicar. Ni siquiera tenía que suceder el incidente junto a él, bastaba con que estuviera presente a diez o veinte metros. Jung y Pauli concluyeron que existían dos clases de principios de conexión en la naturaleza. El primero era la causalidad ordinaria, lo que la ciencia normalmente estudia. Esta causalidad se estructura de forma lineal: si A causa B, entonces para que se dé B, debe ocurrir primero A. El otro principio de conexión era el acausal. Este principio fue denominado por Jung y Pauli “sincronicidad” porque asumieron que, contrariamente al principio de causalidad, los acontecimientos acausales se estructuraban en el espacio y no necesitaban para relacionarse el concurso del tiempo. O lo que es lo mismo: la sincronicidad admite que dos hechos se relacionen simultáneamente. Su lógica, si de lógica puede hablarse, es la lógica de la psique profunda, la lógica que sólo se halla en los sueños y en los mitos.

  • Cierto día, en Zurich, analizando Jung con una paciente un sueño de ésta última, y que se relacionaba con el regalo de un escarabajo de oro, algo golpeó en la ventana de su gabinete. Jung fue a ver qué era y al abrir la ventana penetró en el cuarto un escarabajo, un scarabeide cetonia aurata, lo más próximo a un escarabajo de oro que puede encontrarse en nuestras latitudes, especie emparentada con el mítico escarabajo de oro egipcio motivo de los sueños de su paciente y objeto de las actuales reflexiones del psicólogo.
  • En Enero 1996 el que esto escribe (o sea, yo) se hallaba en el Barbican Center de Londres. Buscaba en una tienda de souvenirs un regalo para una amiga. Tropecé con un calendario con soporte para mesa que, sobre los días de cada mes, exhibía reproducciones de obras del pintor austriaco Gustav Klimt. Me gustó. Miré algo más, pero al final me decidí por el calendario. Con mi calendario de Klimt en el bolsillo, y mi mujer y mi suegra a los flancos, me dirigí al centro de la gran urbe. Cerca de los famosos almacenes Harrods buscamos un sitio para comer y elegimos un restaurante pequeño a cuyo comedor se accedía subiendo dos tramos de escaleras. El pequeño refectorio en el que nos acomodaron tenía decoradas las paredes con litografías de Gustav Klimt.
  • Cierta noche Jung soñó que la cama de su mujer era una fosa profunda con muros tapiados. Era una tumba y recordaba algo antiguo. Entonces oyó un hondo suspiro, como cuando alguien expira. Una figura que se parecía a su mujer se incorporó de la tumba y surcó los aires. Llevaba una túnica blanca en la que había bordados extraños signos negros. Se despertó, despertó a su mujer y miró la hora. Eran las tres de la madrugada. A las siete de la mañana les llegó la noticia de que una prima de su mujer había muerto a las tres de la madrugada.
  • Cuando Norman Mailer comenzó su novela Barbary Shore no había en ella ningún espía ruso. Al progresar la novela un espía ruso aparece, desempeñando un papel secundario. A medida que avanzaba la obra, el espía fue ganando cuerpo hasta convertirse en el protagonista principal. Acabada la novela, el Servicio de Inmigración de los EE.UU. arrestó a un hombre que vivía en el piso de abajo de Norman Mailer. Se trataba del coronel Rudolf Abel, el espía ruso más importante de aquel tiempo en Norteamérica.
  • Cuando el poeta Hart Crane residía en Brooklyn Heights, sintió irresistibles deseos de escribir un poema sobre el puente de Brooklyn, que podía ver desde su ventana. Es el poema por el que es recordado principalmente. Sólo un año más tarde descubrió Crane que la dirección donde residía al componerlo, fue donde vivió Washington Roebling, ingeniero jefe en la construcción del puente.
    ¡Cuándo buscas sincronicidades, las sincronicidades te buscan!
  • En 1958, el novelista William Burroughs, que residía en Tánger, mantuvo cierto día una conversación con un tal capitán Clark, quien le mencionó que había estado navegando por el estrecho 23 años sin ningún percance. Ese día el capitán Clark sufrió su primer accidente grave. Esa misma tarde, mientras comentaba el suceso, Burroughs escuchó un boletín de la radio donde se informaba de un accidente aéreo ocurrido en Florida. El número de vuelo resultó ser el 23 y el piloto un tal capitán Clark.
  • Después de que Arthur Koestler publicase sus Roots of Coincidence, el profesor Hans Zeisel, de la Universidad de Chicago, escribió a Koestler relatándole cómo le perseguía dondequiera que fuese una cadena de números 23. En Viena, de donde era originario, vivió en la calle Rossaurerlaend 23. Tuvo su bufete de abogados en la Gonzagagasse 23 y su madre vivía en la Alserstrasse 23. En cierta ocasión la madre de Zeisel llevó a Montecarlo la novela titulada Die Liebe der Jeanne Ney, en la que un personaje gana una fortuna apostando en la ruleta al número 23. La madre de Zeisel decidió repetir la suerte del personaje de la novela y en el casino apostó al número 23. El número 23 salió al segundo intento.Siempre constituye para mí nuevo motivo de asombro el que sean tantas las personas que han tenido experiencias de ésta índole (sincronicidades) y del cuidado con que se oculta cuanto hay en ellas de inexplicable. (C. G. Jung)
  • Carl G. Jung tuvo una vez un sueño sobre Liverpool, sueño al que concedió tanta importancia que lo analizó profusamente. Una de las conclusiones que sacó fue que Liverpool, a través de un juego de palabras, representaba en su sueño un “pool of life”, lo que vendría a significar un renacimiento. Años más tarde, Peter O’Halligan, del Centro Mundial de Coincidencias, en Berkeley, California, analizó el sueño cuidadosamente y concluyó que todos los detalles indicaban que el lugar que describe Jung no podía ser otro que una intersección de ciertas calles de Liverpool. En ese lugar hubo un café donde los Beatles actuaron por primera vez. En ese mismo punto, más tarde, se ubicó el Teatro de la Ciencia Ficción, donde se representó“Illuminatus”, obra de Robert Anton Wilson en la que la acción transcurría principalmente en un submarino amarillo, homenaje a los Beatles. Carl G. Jung era un personaje de la obra. ¿Renacimiento?
  • Un tal M. Deschamps relata que, de niño en Orleans (Francia), un huésped de la familia llamado M. de Fortgibu le ofreció un trozo de pudding de ciruelas. Años más tarde, M. Deschamps ya mozo, pidió pudding de ciruelas en un restaurante de París. El camarero le dijo que la última ración acababa de servírsela a un señor, señor al que señaló discretamente y que no era otro que M. de Fortgibu. Muchos años después, en una cena donde a M. Deschamps se le ofreció pudding de ciruelas, aprovechó éste la oportunidad para narrar sus experiencias con relación a dicho manjar y el Sr. de Fortgibu. Acabado el relato, y mientras deglutía su pudding de ciruelas, Deschamps manifestó que lo único que faltaba era la presencia del señor de Fortgibu. En ese momento la puerta se abrió y apareció M. de Fortgibu, ahora un anciano desorientado, quien se excusó alegando que se había equivocado de puerta.
  • 13.2.96. Hoy he leído en el libro The True Confessions of Aleister Crowley una referencia a un tal “Mortadello” y me ha hecho gracia, pues lo relacioné con el héroe de tebeo ideado por Ibáñez, personaje favorito de mi hijo. Al poco rato, en la radio, oigo que se ha detenido en Francia al etarra Mortadelo.
  • El ingeniero J.W. Dunne, en 1902, tuvo una pesadilla acerca de una erupción volcánica. La pesadilla consistió en las habituales situaciones de correr, apresurarse, perderse, etc., en su esfuerzo por llegar a tiempo de avisar a la gente amenazada. En la lógica del sueño el aciago suceso no había ocurrido, pero Dunne sabía sin lugar a dudas que ocurriría. El lugar amenazado en su sueño era una isla en la que se hablaba francés y Dunne sabía que morirían 4.000 personas. Dos días después de la pesadilla un volcán en la Martinica francesa entró en erupción, una ciudad fue sepultada y 40.000 personas murieron.
  • En 1909, discutiendo sobre parapsicología, Freud y Jung perdieron los estribos. Entonces oyeron el ruido de una explosión procedente de la biblioteca de Freud. Ambos enmudecieron de sorpresa. Jung habló primero:– “Ahí lo tiene. Eso es un ejemplo de los llamados fenómenos catalíticos”.
    – “¡Oh, vamos -exclamó Freud-, eso es caca de la vaca!”
    – “No lo es -replicó Jung-. Se equivoca, Herr Profesor. ¡Y para demostrar mi punto de vista, vaticino que en breve se producirá otra detonación!”
    Ambos psicoanalistas guardaron silencio y entonces se oyó una segunda explosión. Freud se quedó tan impresionado que no pudo seguir argumentando.

Pero lo extraño de esta historia es que posee dos secuelas. En 1972, el Dr. Robert Harvie, psicólogo de la Universidad de Londres, leía en voz alta a un amigo el relato de este episodio cuando una lámpara de la sala de Harvie cayó al suelo estrepitosamente. Y en 1973, una tal Margaret Green informó que mientras leía el mismo pasaje acerca de Jung y Freud en un tren, la ventana estalló repentinamente con un estruendo semejante al de una bomba.

  • Noche del 17.04.97. Al acostarme, tomo uno de los varios libros que descasan sobre la mesilla de noche. Se trata de El dardo en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter. Leo en la página 114 una anécdota referida por Ortega y Gasset sobre Pío Baroja en la que el novelista vasco manifestó que no hay peor cosa que ponerse a pensar en cómo se deben decir las cosas, porque acababa uno de perder la cabeza. Él había escrito: “Aviraneta bajó de zapatillas”, pero al preguntarse si estaba bien o mal dicho, ya no sabía si debía decirse “Aviraneta bajó de zapatillas, bajó con zapatillas o bajó a zapatillas”. Leído el “dardo”, dejé el libro de Lázaro Carreter y tomé otro, esta vezLas máscaras del héroe, de Juan Manuel de Pradas y a los pocos párrafos llego a este pasaje: “En esto estaba en los talleres Pío Baroja,en alpargatas, de alpargatas, con alpargatas, muy envuelto…” (los subrayados son míos, y sólo míos). ¿No resulta en extremo curioso que lo que acababa de leer como anécdota en un libro lo parodie a continuación otro libro dentro de su narración, libros sólo unidos entre sí (imagino) por descansar en mi mesilla?

Cuanto más frecuentemente utilizamos la palabra “coincidencia” para explicar acontecimientos extraños significa que no buscamos, sino que evitamos encontrar la explicación real. (R.A. Wilson)

  • Primero de abril de 1949. Jung llevaba unos días ocupado en una investigación sobre el símbolo del pez en la historia. Por la mañana había escrito: “Est homo totus medius piscis ab imo”. Ese mismo día en el almuerzo sirven pescado. Durante la comida alguien recuerda accidentalmente la costumbre del “pez de abril”. Por la tarde una paciente a quien había tratado meses atrás, acudió a verlo para mostrarle algunos cuadros de peces que había pintado durante ese lapso. Por la noche se le mostró un bordado que representaba monstruos marinos pisciformes. Al día siguiente, 2 de abril, a primera hora de la mañana, otra ex paciente, a quien no había visto en muchos años, acudió a Jung para relatarle un sueño en el cual, estando a orillas de un lago, vio a un pez grande que se acercaba nadando en su dirección para detenerse a sus pies. Jung afirma que sólo una persona de las mencionadas sabía en lo que estaba trabajando.

Schopenhauer denominó a la sincronicidad: “Conexión transversal significativa”.

  • En varios casos recopilados por el escritor Wilhelm von Scholz, se cuenta que cierta vez una madre había fotografiado a su hijito de cuatro años en la Selva negra. Mandó a revelar la película a Estrasburgo. A causa del estallido de la guerra (1914) no pudo retirar la película y la dio por perdida. En 1916 compró en Frankfurt otra película con el fin de fotografiar a su hijita que entre tanto había nacido. Al revelar la película se comprobó una doble exposición en la misma. ¡La segunda fotografía era la que había hecho a su hijito en 1914! La vieja película, no revelada, se había mezclado de alguna manera con material virgen, saliendo de esa manera nuevamente a la venta.
  • Jung cuenta que tenía un paciente cincuentón, cuya mujer, en una ocasión, le había relatado que a la muerte de su madre y de su abuela habíanse reunido delante de las ventanas de la habitación donde reposaba el féretro gran número de pájaros. Ocurrió que el paciente de Jung, marido de la mencionada señora, ya curado de su neurosis, experimentó ciertos síntomas que Jung atribuyó a afecciones cardíacas. El psicólogo lo remitió al especialista. La mujer, luego de salir su marido hacia el médico, se angustió, pues una bandada de pájaros había descendido sobre el tejado de la casa. Su marido, cuando volvía del médico -que no pudo encontrar nada en una primera auscultación- se desplomó repentinamente en la calle y fue trasladado a su casa moribundo.
  • Cierta vez regresaba Jung a casa en tren desde la ciudad de Bolingen. Llevaba un libro en las manos, pero no podía leer, porque desde el momento que el tren se puso en marcha se le presentó la imagen de una persona ahogándose. Era el recuerdo de una desgracia ocurrida durante el servicio militar. En todo el viaje no pudo liberarse de la imagen. Eso le inquietó y pensó si no habría sucedido alguna desgracia. Arribado a la estación de destino, Jung se apeó y se dirigió a casa, todavía preocupado por ese recuerdo. En el jardín correteaban los hijos de su hermana, que entonces vivía con él. Jung preguntó si había ocurrido algo y le dijeron que Adrian, el hijo menor de su hermana se había caído al agua en el embarcadero y, como no sabía nadar, por poco se ahoga. Le había salvado su hermano mayor. Ese suceso tuvo lugar en el momento en que Jung fue invadido en el tren por los recuerdos del ahogado.

¿Es casual que Rafael, el gran pintor de escenas sagradas, naciera un 6 de abril y muriera un 6 de abril y que en las dos ocasiones fuera Viernes Santo?

  • Richard Horne, más conocido como Harry Horse, celebrado bromista y plagiario, escribió una obra titulada Diario de un plagiario (Diary of a Plagiarist). El libro, envejecido con técnicas rigurosas, iba firmado por un tal Drahcir Enroh, que era su verdadero nombre (Richard Horne) pero deletreado al revés. El libro, presuntamente escrito en 1846, sostenía que la Atlántida desapareció bajo el diluvio, y trataba de informar sobre dónde había ido a parar todo ese cúmulo de conocimientos que se perdió con el hundimiento del misterioso continente. Harry Horse vendió el libro a un anticuario de Edimburgo, quien lo llevó a Christie’s, los conocidos subastadores, para peritar. Christie’s a su vez lo remitió a un experto, quien les dijo que sí, que el libro era valioso porque estaba escrito por Richard Horne. Habían desvelado fácilmente la distorsión del nombre, pero para sorpresa de Harry Horse, resultó que en realidad existió un Richard Horne nacido en el siglo XIX y que en el mismo año de 1846 escribió un libro tituladoOrión, que “casualmente” trataba del hundimiento de la Atlántida tras el diluvio universal, existencia de la que Richard Horne, el plagiario e inventor de los diarios, no tenía la menor idea. Harry Horse se interesó entonces por tan enigmático personaje y descubrió que fue un poeta de poco éxito que escribió unos 45 libros. Consiguió algunos y, en uno de ellos, encontró la frase: “¿Qué seríamos, si nuestra alma hubiera vivido anteriormente?”. No sólo Richard Horne (Harry Horse) encontró a un inesperado homónimo al tratar de colar un plagio, sino que aún se dio otra “casualidad”: Diario de un plagiario fue escrito en 1983. El último libro que el primer Richard Horne escribió en vida, fue en 1883, por título: Sithron the Star-Stricken, y pretende ser un manuscrito del siglo XII descubierto bajo las ruinas del templo de Salomón. ¿Demasiadas “coincidencias”?
  • En los primeros días de Enero de 1978, Rudy Rucker llamó por teléfono al famoso matemático Kurt Gödel porque deseaba visitarle de nuevo. Gödel se excusó aduciendo que se encontraba muy enfermo. A mediados del mismo mes, Rucker soñó una noche que se encontraba junto a la cama de Gödel. Sobre la colcha, frente al enfermo, se hallaba un tablero de ajedrez con las piezas en mitad de una partida. En esto, Gödel sacó una mano y arrojó el tablero de la cama. Las fichas se desparramaron por el suelo. El tablero comenzó a alargarse en un plano matemático de proporciones infinitas. Hubo un breve juego de símbolos en el aire y luego… el vacío. Una luz blanca sin matices lo inundó todo. Al día siguiente Rudy Rucker recibió la noticia de que el famoso matemático había muerto.

En el salmo 46, la palabra 46 es “shake”. La 46º palabra desde el final del salmo contando hacia atrás es “Spear”.En conjunto: Shakespeare. Cuando esta versión de la Biblia conocida como la del Rey Jacobo fue completada era el año 1610 (=35 x 46),       ¡Shakespeare tenía 46 años!

  • Pocos meses antes del desembarco de Normandía (6 de junio de 1944) un profesor de física llamado Leonard Sidney Dawe, que elaboraba el crucigrama del Daily Telegraph, despertó las sospechas de Scotland Yard. El servicio de seguridad británico llegó a creer que Dawe pasaba información a los alemanes en sus crucigramas. Aunque finalmente el crucigramista logró probar su inocencia, las innumerables coincidencias que fundamentaron la investigación policial resultan realmente chocantes:
  • El 2 de mayo su parrilla contenía la palabra “Utah”, el nombre en clave de una de las playas donde se efectuó el desembarco.
  • El 22 de mayo aparecía “Omaha”, nombre en cifra de otra de las playas escogidas.
  • El 30 de mayo la palabra que inquietó a los investigadores era “Mulberry”, denominación de dos puertos artificiales que debían situarse cerca de las playas para cubrir el desembarco.
  • El 1 de junio aparecía la palabra “Neptune”, nombre en clave del conjunto de las operaciones navales aliadas.
  • Finalmente el 2 de junio, a sólo cuatro días del desembarco de Normandía, el crucigrama del Daily Telegraph contenía la palabra “overlord”, precisamente el nombre en clave del plan global de la invasión aliada.

¿Sabían ustedes que 3 de los primeros cinco presidentes de los EE.UU. murieron el mismo día del año? ¿Y que casualmente ese día fue el 4 de Julio, el día más señalado en esa nación?

  • Cuenta Luis Buñuel en sus memorias que cierta vez, en Nueva York, fue a la Biblioteca que se encuentra en la calle 42 porque quería buscar un libro que hablaba de Simón el estilita, pues preparaba su película “Simón del desierto”. Entró en la biblioteca a las cinco de la tarde. Quiso buscar la ficha del libro del padre Festugiéres, que le habían dicho era el más completo sobre ese tema. La ficha no estaba en los ficheros. Volvió la cabeza: un hombre se hallaba a su lado. Tenía esa ficha en la mano.
  • Cierta vez dibujó Jung un mandala en cuyo centro había un castillo dorado. Cuando estuvo terminado el dibujo se preguntó por qué le había salido tan chinesco. A pesar de que fuera del mandala no había nada chino, el castillo dorado del interior provocaba en él una intensa sensación de ser chino y se preguntó de dónde provendría tal impresión. Poco después recibió una carta de Richard Wilhelm. Le enviaba el manuscrito de un tratado taoísta-alquímico chino titulado El secreto de la flor de oro y le rogaba que lo comentara. Cuando dibujó el mandala con su castillo en el interior la carta ya estaba en camino.

Sincronicidad: Una relatividad del tiempo y del espacio psíquicamente condicionada. (C. G. Jung)

  • Richard Dawkins, el prestigioso teórico de la evolución, cuenta en su libro Unweaving the Rainbow una sincronicidad que le ocurrió a su mujer cuando esperaba en la consulta del dentista. Digamos primero que Dawkins no cree en las sincronicidades, pero yo tomo el ejemplo porque me gusta. Pues bien, el 18 de septiembre de 1916, estando la señora Dawkins en la consulta del doctor J. v. H., leía la revista Die Kunst cuando le impresionaron las reproducciones de varios cuadros de un pintor llamado Schwalbach, y tomó nota mental de acordarse del nombre porque deseaba ver los originales. En ese momento se abrió la puerta de la sala de espera y la recepcionista pregunto: “¿Está aquí la señora Schwalbach? La requieren al teléfono”. Schwalbach, digamos de paso, no es un apellido demasiado corriente en Alemania.
  • En la novela de Vladimir Nabokov Laughter in the Dark, se menciona una película en la que a la protagonista le dan un pequeño papel. La primera actriz de la película en la novela de Nabokov se llamaba Dorinna Karenina. Años más tarde, cuando se llevó al cine la película basada en esta novela de Nabokov (dirigida por Tony Richardson), resultó que la actriz que protagonizaba a Margot, la protagonista, se llamó Anna Karina.

V. Nabokov: “Padezco de los desconcertantes escrúpulos de la superstición: un número, un sueño, una coincidencia pueden afectarme obsesivamente”.

  • En el libro Why do Buses Come in Threes, escrito por dos matemáticos británicos, se recoge la siguiente anécdota de un conocido de ambos. Esta persona fue cierta vez a visitar a unos nuevos vecinos. La hija de estos, Sarah, estaba dibujando con pinturillas. El visitante se puso a jugar con ella y le dibujó una luna y para entretenerla le dijo que por la forma de la luna se podía decir de qué fecha era. Para hacer la historia más plausible, miró el hombre su dibujo y, tras pensar una fecha al azar, le dijo a la niña que esa luna tenía fecha del 17 de agosto. La madre de la niña, que estaba escuchando, emitió un sonido de sorpresa. “Sabía que iba usted a decir esa fecha”, manifestó sorprendida. El cumpleaños de Sarah es el 17 de agosto, y también el mío, y el de mi marido”.
  • Cierta vez tuvo Jung un paciente que contrajo matrimonio. La carga de una esposa fue excesiva para él y un año después de la boda cayó en una profunda depresión. Jung había convenido con él que le llamase si ello sucedía. Pero en consideración a su mujer, el hombre se abstuvo de hacerlo. Por aquel tiempo Jung dio una conferencia en la ciudad de B. Llegó al hotel hacia la medianoche y se metió en la cama. Sin razón aparente, tardó en conciliar el sueño. Hacia las dos de la madrugada, Jung se despertó con signos de angustia y con el convencimiento de que había alguien en la habitación. Encendió la luz, pero allí no había nadie. Se asomó al pasillo por si alguien se hubiera equivocado de puerta, pero el pasillo también se hallaba vacío y en él reinaba el silencio más absoluto. Intentó Jung recordar lo ocurrido y fue entonces consciente de que se había despertado por un dolor sordo, como si algo le hubiera dado contra la frente y le hubiera golpeado la parte posterior del cráneo. Al día siguiente recibió un telegrama en el que se le comunicaba que el paciente arriba mencionado se había suicidado. Más tarde supo que se había disparado un tiro y que la bala se introdujo en la parte posterior del cráneo.
  • Según fuentes del Readers Digest, un hombre llamado George D. Bryson se hospedó en un hotel en Louisville, Kentucky. El empleado le asignó la habitación 307. Poco después de tomar posesión de la habitación, el cliente recibió una carta dirigida al Sr. George D. Bryson, de la habitación 307. Extrañado, pues no había dicho a nadie que estaba en Louisville y menos dado su número de habitación, que acababa de serle asignada, abrió el sobre. La carta no era para él, era para una persona de Montreal que se llamaba igual que él y que no hacía mucho se había hospedado en esa misma habitación.
  • En 1930 un piloto tuerto llamado Hinchliffe intentó el primer vuelo transatlántico de Este a Oeste. Esperaba volar solo, pero inesperadamente a último momento su patrocinador insistió en que lo acompañara una mujer como copiloto. A varios centenares de millas de la ruta prevista del avión, navegaban en un buque dos viejos amigos de Hinchliffe, el coronel de las Fuerzas Aéreas Henderson y el jefe de escuadrilla Rivers Oldmeadow; ambos dormían. Ignoraban que Hinchliffe estuviera llevando a cabo aquel intento en ese momento y menos que lo acompañara otra persona. En medio de la noche, Henderson, en pijama, irrumpió en la cabina de Oldmeadow y le dijo: “¡Dios mío, Rivers, acaba de ocurrir algo espantoso! Hinch estuvo en mi cabina, con el parche en el ojo y todo, fue terrible, no dejaba de repetir una y otra vez “Henry, ¿qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? He traído a la mujer conmigo y estoy perdido”. Luego desapareció de mi vista. Sencillamente desapareció”. Esa noche el avión de Hinchliffe cayó y él y la mujer que lo acompañaba murieron.

Concluyamos con una frase que podría definirlo todo:

                                            Demos tiempo a lo posible, y ocurrirá.(Heródoto)

Refutación

La rareza, por sí misma, conlleva publicidad y eso hace que los sucesos raros parezcan corrientes.
(J. A. Paulos)

Sirva las muestras anteriores como ejemplo de lo que Jung y Pauli entendían por “sincronicidades”. Y ahora viene la pregunta crucial: ¿tan extraordinarios son esos acontecimientos que su ocurrencia haya obligado a lucubrar teorías situadas al borde de la ciencia? ¿Son esos hechos, en realidad, tan extraordinarios? ¿Qué probabilidad existe de que en nuestra vida cotidiana experimentemos una coincidencia extraordinaria? Algunos matemáticos han creído interesante investigar este punto. Veamos cómo han procedido.

Supongamos que un suceso memorable, una coincidencia de esas que sólo ocurren una vez en la vida, la definimos como aquella cuya probabilidad de que ocurriera hoy fuese una entre un millón, y que durante el transcurso de un día existiesen unas 100 oportunidades de que una de estas extremas coincidencias le ocurriera a usted (número, a todas luces, conservador). Dicho sencillamente: nos referimos a la probabilidad de que a usted le toque el cupón de la ONCE, o que conduciendo por una provincia extraña tenga un pequeño accidente de coche y resulte que el ocupante del otro vehículo sea un primo suyo al que no veía desde hace muchos años. Para comenzar, y por mor de facilitar la comprensión, lo más práctico es calcular la probabilidad de que tamaña coincidencia “no” ocurra.

¿Cuál es la probabilidad de que “ninguna” de estas fantásticas coincidencias le ocurra a usted mañana? Para una probabilidad entre un millón, esta equivale a 0,999999. Como hemos dicho que tenemos 100 ocasiones diarias de que semejante evento suceda, la probabilidad de que dicho evento no se nos presente mañana, o un día en concreto, es 0,999999 multiplicado por sí mismo 100 veces, lo que viene a ser 0,9999 [ó 9.999 entre 10.000]. En otras palabras: la probabilidad de que mañana le suceda una coincidencia extraordinaria, es 1 entre 10.000. Poco probable. ¿Y qué decir de la probabilidad de que el suceso memorable le ocurra durante la semana siguiente? Calculamos como antes: 0,9999 x 0,9999 x 0,9999 … siete veces. Obtenemos aproximadamente 0,9993. Esto significa 9.993 entre 10.000 de tener una semana aburrida y 7 entre 10.000 de que nos ocurra una fantástica coincidencia.

Continuando en esta línea, la probabilidad de que cada semana del próximo año sea aburrida es: 0,9993 x 0,9993 x 0,9993 … 52 veces. O sea, 0,964, que equivale al ratio 29/30. De repente esto comienza a ponerse interesante.

Demos otro paso más. La probabilidad de que “no” le ocurra ninguna coincidencia interesante en los próximos veinte años es: 0,964 x 0,964 x 0,964 … veinte veces. Lo que nos da 0,48, ó un 48 % de probabilidad.

De acuerdo con este somero y aproximado cálculo, la probabilidad de que en los próximos veinte años usted experimente una coincidencia extraordinaria es del 52 %. Estos datos significan también que, de 20 personas que usted conozca, existe una probabilidad superior al 50 % de que uno de ellos posea una historia fantástica que relatar durante el transcurso de un año. Quizás la vida no sea tan aburrida a pesar de todo.

Un objeto posible, aunque extremadamente improbable, debe realizarse en cualquier evento del espacio tiempo.(Tulio Regge)

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Publicado por en mayo 16, 2015 en Artículos

 

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