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Freud y la parapsicología.

12 Dic

Por Ignacio Solares 

Freud afirmaba que el mayor peligro del psicoanálisis era el psicoanalista mismo. Luego Lacan dijo que el mayor peligro del psicoanálisis era el psicoanalista que no conocía bien a Freud y lo mal interpretaba. Lo cierto es que la teoría psicológica más importante del siglo XX ha vivido en un vaivén constante entre una supuesta ortodoxia cerrada y excluyente del resto de las investigaciones (y hasta del mundo en general), y una heterodoxia desatada queen ocasiones poco o nada tiene que ver con los puntos de vista del fundador de la teoría. El problema, parece, proviene de que a los psicoanalistas mismos les resulta difícil conciliar las numerosas contradicciones (y evoluciones) del pensamiento de Freud y se refugian en alguna etapa más o menos cómoda (o asible, por lo menos) de sus complejas transformaciones.
Entre tantos otros, en la evolución del pensamiento de Freud, hay dos aspectos que me parecen relevantes: su concepto de la agresión y su concepto de lo mágico y de la parapsicología en general.

Resulta sintomático que hasta 1915 relacionara la agresividad con el impulso sexual. Él mismo expresa su asombro en El malestar en la cultura:

“No logro entender cómo pude olvidar la ubicuidad de la agresividad y destructividad no eróticas —que tienen un valor por sí
mismas— y cómo pude haber dejado de concederle el lugar primordial en nuestra interpretación de la vida”.

Freud fue hijo de su tiempo y para entender este punto ciego en su pensamiento hay que pensar en la Eu ropa de finales del siglo X I X, antes de la Primera Guerra Mundial, en la que no había habido un conflicto importante desde hacía un par de décadas. La burguesía progresaba, tanto en lo social como en lo económico, y el señalado antagonismo entre las clases había disminuido debido a una relativa mejoría de la clase obrera. El mundo —reducido a Europa y los Estados Unidos, hay que aclararlo— parecía cada vez más civilizado, sobre todo si no se prestaba atención a la mayor parte del género humano, que vivía en Asia, África y América Latina en condiciones de pobreza y dramática degradación. La autodestructividad humana parecía ser un factor superado en buena medida, que desempeñó su papel en los siglos de las tinieblas y que en ese momento parecía más bien ligada a la educación y a la represión sexual, que tanto impresionaba a Freud. La Primera Guerra Mundial lo obligó a cambiar de opinión y a trabajar en lo que luego llamó “el instinto de muerte”.

Otro tanto le sucedería con la magia y la parapsicología. En sus primeros escritos, hablaba de superar el pensamiento mágico como una condición prioritaria para enfrentar las neurosis, al grado de que en una carta de 1910 a su amigo, el escritor Arthur Schnitzler, quien se encontraba enfermo, escribía Freud:

“Si todavía conservara yo algo de fe en la omnipotencia de los pensamientos, no renunciaría en estos momentos a mandarle los mejores para ayudarlo a una rápida cura de su mal”.

Debe de resultar de lo más frustrante —y amargo— que el escepticismo racionalista nos prive simplemente de mandarle pensamientos positivos a un amigo que se encuentra enfermo. Recuérdese que Freud relacionaba esa supuesta omnipotencia del pensamiento con las ilusiones infantiles, que serán finalmente las que colorean nuestra vida de irrealidad y de sueño. ¿No podríamos entonces definir la neurosis como un sueño infantil que se fija en nuestra vida cotidiana, ya de adultos?

Pero Freud cambió notoriamente en este sentido, aunque la imagen que se conserve en general de él (incluso por la mayoría de los psicoanalistas) será la primera: la del escéptico ante todo lo que sonara a ocultismo y magia.

Pero la verdad es que por 1909, Freud aparecía ya interesado en los fenómenos parapsicológicos a través de su amistad y correspondencia con Jung. En una ocasión, éste casi llega a convencerlo de que los ruidos que habían escuchado en un librero de su consultorio en la calle Berggasse 19 eran producto de la intensidad de sus pensamientos. “Y para que no le quede a usted duda de que ha sido así, los ruidos van a repetirse en este momento”, le dijo Jung. Y en efecto, volvieron a repetirse aún con mayor intensidad.

Por este tipo de experiencias, Freud le escribió en alguna ocasión a Jung diciéndole que su vocación era más de brujo que de científico. “Primero hay que aprender a gobernar en casa, querido Jung, y sólo después de lograrlo puede uno darse el lujo de escapar con el pensamiento —si así lo desea— a las más lejanas regiones de la fantasía y el misticismo”. Y, bueno, Jung no le hizo mucho caso y, como sabemos, se alejó demasiado tiempo a las lejanas regiones de la fantasía y del misticismo y dejó de gobernaren su propia casa. Freud por su parte se acercó al pensamiento mágico por un rumbo muy distinto, pero no menos inquietante.

¿Será por esta razón que, sintomáticamente, Vladimir Nabokov llamara a Freud “El médico brujo de Viena”? ¿Será que siempre estuvo más cerca de lo que quería suponer de su amado —y tan odiado— Jung? Por ese tiempo, Freud vivió una extraña experiencia en un tren: supuestamente, vio un fantasma. Lo que sucedió fue que al despertarse a media noche percibió, reflejada en el espejo de la puerta de la alcoba, su propia imagen con camisón y gorro de dormir, iluminada fugazmente por un rayo de luna. Lo revelador es que Freud confesara que su primera reacción fue decirse a sí mismo: “¡Entonces Jung tiene razón: sí existen los fantasmas!”. Sólo quien quiere creer en los fantasmas, puede tener esa reacción.

Freud no volvió al tema de la parapsicología hasta 1920 en Nuevas conferencias sobre el psicoanálisis. Utilizó parcialmente ciertas observaciones de otros ensayos,pero la mayor parte aún no había sido publicada e hizo una brillante demostración de la utilidad del psicoanálisis dentro de la telepatía. Relata el curioso caso de una paciente y su hijo.

Un día ella, en el curso de una sesión, comenzó a hablarle a Freud de una moneda de oro que tuvo gran importancia en su infancia porque se la había regalado su padre —con quien tuvo una relación por demás conflictiva— poco antes de morir. Apenas de regreso a su casa, su hijo, de unos diez años, le pidió en forma perentoria que le regresara la moneda de oro que le había heredado su abuelo. “En primera, no te la heredó tu abuelo.Yo te la di porque fue mía y como me la regaló mi padre, quise que tú la heredaras, pero,¿para qué la quieres en este momento?”, le preguntó ella a su hijo. El niño contestó que porque había soñado que no se la daría más y prefería guardarla él mismo. La madre se la dio y no prestó mayor atención al asunto hasta que semanas después, en su sesión psicoanalítica, volvió a salir a colación el tema de la moneda de oro como símbolo de la ambivalente relación que había tenido con su padre. De nuevo, al llegar a su casa, su hijo se acercó a su madre para, con un manifiesto sentimiento de culpa, pedirle que volviera a guardarle la moneda, que no se la pediría más y que confiaba en ella, sólo que por favor “no se la diera a ese señor que se la quería quitar”.
“¿Quién?”, preguntó la madre asombrada. La respuesta del niño no dejaba lugar a dudas: “El señor con el que sueño que nos quiere quitar nuestra moneda de oro”.
Ese señor no podría ser otro que el propio Freud —la mujer estaba separada de su marido desde hacía años— y todo parecía indicar que el niño estaba percibiendo telepáticamente, en sueños, la transferencia que su madre hacía con su psicoanalista.

Si la telepatía existe —comenta Freud—, y cada vez hay mayores comprobaciones de ello, podemos suponer que, a pesar de las dificultades para demostrar su existencia, constituye un fenómeno frecuente. No nos sorprende entonces descubrirla con cierta transparencia en la vida espiritual de los niños. ¿No se figuran ellos, precisamente, que sus padres conocen sus pensamientos aun cuando no se los han comunicado?

Lacan, uno de los estructuralistas franceses de mayor renombre, dice que la única salvación del psicoanálisis en la actualidad es volver a su creador. Quizá, pero al Freud que intuyó otros caminos distintos, alternos, de los puramente racionalistas y deterministas. Por ejemplo, el Freud de esta carta del 24 de julio de 1921, dirigida a Howard Carrington, director del American Psychical Institute.

No soy de los que niegan por principio el estudio de los fenómenos psíquicos llamados ocultos, porque eso sería anticientífico e indigno de un hombre de estudio, incluso peligroso. Si me encontrara en los comienzos de mi carrera científica, y no en su final, quizá no escogería otro camino de investigación que el delos llamados fenómenos psíquicos , pese a todas las dificultades que presenta.

A partir de 1921, Freud fue nombrado miembro de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres,agrupación que se dedicaba únicamente al estudio de los fenómenos paranormales. Uno de sus discípulos predilectos, Sándor Ferenczi, también interesado en la parapsicología, nos cuenta que desde 1915 Freud empezó a hacer experimentos personales con su hija Anna (pensar en un número e invitar a la niña a que lo adivinara, por ejemplo), pero por prudencia “sólo muy tarde se adentró oficialmente en el terreno de lo paranormal”.
Para 1928, Freud había logrado la cert eza suficiente como para tomar una posición personal. En Psicoanálisis y telepatía, declaraba:

“Ya no es posible despreciar el estudio delos hechos ocultos”.

Pero este texto sólo fue publicado varios años más tarde porque Ernest Jones, su biógrafo y uno de sus colaboradores más cercanos, estimó quesu publicación era prematura y peligrosa para el prestigio del psicoanálisis. Sin embargo, en los años treinta Freud publica Sueños y telepatía. En él cuenta el caso de un paciente que sueña que su mujer ha dado a luz a dos niños gemelos. A la semana siguiente, su hija, de un primer matrimonio, da a luz a dos niños gemelos.
Según Freud, el anhelo inconsciente del soñador era ser padre, y no abuelo, de las criaturas que iban a nacer. Por  medio de la telepatía había sabido que su hija daría a luz, pero, al no poder aceptar su deseo secreto, la censura trucó y desfiguró la información, representando a su conciencia el deseo incestuoso como deseo de tener gemelos de su mujer actual. De esta forma se da un motivo al acto telepático y se aprecia la diferencia entre el contenido manifiesto del sueño, aparente y enmascarado, y el contenido latente, reprimido y desnudo. Si la telepatía existe, concluía Freud, habría que aplicarle las leyes del inconsciente: censura-deformación.

Quizá si Freud hubiera conocido los estudios de J.B. Rhine en la Universidad de Duke, o de Samuel Soal en la Universidad de Londres, no habría necesitado actuar con tanta precaución. (El libro La telepatía, de Alain Sotto, es un buen recuento de hasta dónde se ha llegado en este terreno a la fecha.) Pero Freud enfrentaba no sólo el prejuicio deque todo lo que oliera a esoterismo era charlatanería, sino algo mucho más grave aún: el pensamiento científico y racionalista.
En La significación oculta de los sueños Freud abordó nuevamente el tema de la telepatía. El análisis podía evidenciar, pensaba él, los factores emocionales inconscientes de las personas, implicadas en los procesos.

Frecuentemente he tenido la impresión —escribe Freud — a lo largo delas experiencias con personas de mi entorno, que recuerdos cargados de una fuerte coloración emocional se transmiten telepáticamente con éxito y sin grandes dificultades. Si se tiene la paciencia de someter a un examen analítico las asociaciones de las personas a las que se transmite, salen a la luz relaciones y correspondencias ocultas que, de lo contrario, hubieran pasado inadvertidas.

Basándome en numerosas experiencias, me inclino a pensar que la transmisión del pensamiento tiene las mayores posibilidades de producirse en el momento en que la idea emerge del subconsciente (…). Incluso, es posible que mensajes recibidos telepáticamente durante el día no puedan emerger a la conciencia sino a través de un sueño de la noche inmediata. Por lo tanto, sería lógico que el material percibido telepáticamente sufriera las modificaciones y transformaciones propias de los sueños, como cualquier otro material onírico.
Esta idea dela posibilidad dela telepatía en los sueños entusiasmó a André Breton, quien consideraba a Freud, más un poeta que un científico, y un precursor del movimiento surrealista. “La belleza será terrible o no será.
Y la transmisión de la forma más terrible de la belleza, como ha demostrado Freud, es más un acto de la vida oculta de los sueños que de la vida diurna y solar”, escribía Breton. Y, bueno, hay que recordar que Thomas Mann propuso a Freud para el Premio Nobel de Literatura, algo de lo más significativo. Basta comprobar la belleza de su escritura, por momentos delo más poética y metafórica. Lo cierto es que científico o poeta, o científico  y poeta, el genio de Freud abrió puertas insospechadas a la ciencia y a la imaginación y demostró que, en efecto, como su admirado Shakespeare, podría decir que en el Cielo y en la Tierra hay muchas más sorpresas de las que supone nuestro pobre raciocinio.

Fuente: R.Universidad  de México

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Publicado por en diciembre 12, 2014 en Artículos

 

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