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El caso de Florence Cook

02 Dic

Florence Cook, con el fin de decidir al profesor William Crookes a ocuparse de su mediumnidad, tuvo la ocurrencia de ir a estar con él. En eso fue, sin duda, guiada por sus Espíritus protectores, pues en esa época nadie podía decir si ella saldría victoriosa del combate terrible que le daban los enemigos declarados del Espiritismo. Miss Cook expone por sí misma los hechos como sigue:

“Fui a casa del Sr. William Crookes, sin prevenir a mis padres ni a mis amigos; me ofrecí en sacrificio voluntario sobre el altar de su incredulidad.
El incidente desagradable del Sr. Volckmann acababa de producirse, y las personas que no comprendían lo ocurrido decían cosas crueles respecto de mí. El Sr. William Crookes, que ya había llevado a cabo algunas experiencias, también procedía como los demás.
Algo que él había dicho me atormentaba de tal modo que fui directamente en su busca, sin otro pensamiento que no fuese el de disculparme ante él y ante el mundo entero. He aquí lo que yo le dije: Me consideráis una impostora; pues bien, vendré a vuestra casa, la señora Crookes me dará el vestuario que quiera, y examinará la ropa que traigo puesta al llegar. Vos me vigilaréis tanto tiempo cuanto os convenga, y haréis todos los experimentos que deseéis, a fin de llegar a convenceros completamente.
Solamente os pongo una condición: Si comprobáis que soy una mistificadora, denunciadme tan firme y públicamente cuanto queráis; pero si reconocéis que los fenómenos son verdaderos, y que yo soy tan solo un instrumento en manos de los Invisibles, decidlo francamente y bien alto, para que yo quede absuelta ante los ojos del mundo.
El Sr. William Crookes ha cumplido su palabra como perfecto caballero que es, aunque le costase mucho esa confesión, haciéndola francamente y sin equívoco posible.
Todos cuantos han leído algo en las obras que tratan del Espiritismo moderno, saben cómo han ocurrido las cosas. El Sr. Crookes me escuchó, al principio, respirar y suspirar en el gabinete oscuro, mientras Katie estaba visible por el lado de fuera. Más tarde nos vio juntas muchas veces, y su familia nos percibió, igualmente, cuando una fuerte luz eléctrica nos iluminaba.
Katie se prestó de buen grado a los experimentos y, cuando reconoció que podía confiar enteramente en el profesor Crookes, atendió a sus menores deseos e hizo cuanto le fue posible para secundar sus planes. Se obtuvieron algunas decenas de fotografías, de Katie a solas y de todos nosotros conjuntamente. Cuando Katie estaba materializada, el Sr. Crookes se aseguró bien de que ella tenía la apariencia de una mujer viva, en carne y hueso, cuyo corazón y pulso latían; respiraba como todos nosotros y, pese a eso, se fundía y desaparecía constantemente ante él.
El Sr. Crookes asistió a la última sesión en que Katie me dio sus adioses, tan conmovedores que yo tenía lágrimas en los ojos, y estaba bastante emocionada. El señor Crookes describió todo esto en su libro. En fin, él me hizo una reparación tan completa cuanto era posible desearla.
Cito este testigo no porque se trate de mí, sino porque él justifica enteramente a Katie King, el Espíritu que se sirvió de mí, durante tres años, para producir algunos de los fenómenos espíritas más maravillosos que se conocen.
Las sesiones llevadas a cabo por el Sr. Cromwell Varley lo llevaron, igualmente, a las mismas conclusiones; sin embargo, no obstante ser completos, esos experimentos no pueden compararse a los del Sr. William Crookes, quien, por su observación incesante e infatigable, los hace más completos y más comprensibles”.

                                                                                    FLORENCE COOK

TESTIMONIOS

 

ROSS-CHURCH 

Fui invitada, en 1873, a una sesión privada de Espiritismo en casa del Sr. Henry Dunphy, a fin de observar a la célebre médium Florence Cook, a quien aún no conocía.
La sesión se celebró en el gran salón. Pesadas cortinas de terciopelo separaban ese aposento del otro en que permanecía la médium; se instaló ésta en una butaca, y las cortinas se sujetaron una a la otra, dejando, en lo alto, una abertura en forma de V. Siendo yo absolutamente desconocida para Miss Cook, me sorprendió oír voces de Espíritus mandando que yo me colocase de pie cerca de las cortinas, a fin de mantenerlas cerradas, visto que el modo en cómo se encontraban sujetas no era suficiente.
Así situada, oí perfectamente las palabras de Miss Cook y de los Espíritus que le respondían.
La primera figura que se mostró por encima de la cortina fue la de un hombre que me era desconocido, y, seguidamente, se produjo una conversación animada, entre la médium y su guía.
Llévalo; vete; no me gustas, no me toquéis; me das miedo; ¡déjame! Miss Cook protestaba así de todas las maneras. Después, la voz de su guía le respondió: No seas necia, Florence, no seas mala. Nadie te hará daño, etc.; y, en el mismo instante, vi aparecer en la cortina la forma de una joven, cuya figura estaba muy oscura; sus ojos me miraban y ella me sonreía. Ya había visto aparecer esa joven en otra sesión, con otro médium, pero no la reconocí entonces. La llamaba mi pequeña religiosa.
Yo no adivinaba por qué Miss Cook mostraba aversión por ese Espíritu; por eso, tan pronto como terminó la sesión y Miss Cook volvió a su estado normal, le pregunté si podía acordarse de las figuras que se habían formado cuando estaba en trance; me contestó que eso le era posible algunas veces. Entonces le hablé de la pequeña religiosa, preguntándole cuál era el motivo de su temor.
Miss Cook me contestó: Nada sé sobre ella, pues me es totalmente desconocida; pero su figura no estaba bien formada; según creo, su boca parece haber sido malformada, y ella me daba miedo.
Esta observación me dio qué reflexionar, y cuando Miss Cook volvió para casa, le escribí rogando que preguntase a su guía el nombre del Espíritu desconocido.
Su respuesta fue la siguiente: Querida señora Ross-Church. Habiendo rogado a Katie King que me informe, todo cuanto ella ha podido decirme es que el Espíritu aparecido en la última noche era el de una joven parienta vuestra.
Esa respuesta me aclaró mucho, pero no tardé en verla confirmada en una sesión celebrada algún tiempo más tarde en casa del Sr. Harrison.
Éste me escribió diciendo que había recibido comunicación de un Espíritu, anunciándole que, si él quisiese celebrar sesión con la médium Florence Cook y una o dos personas simpáticas, vería, quizá, la aparición de la señora Stewart, muerta recientemente, a quien había tratado mucho.
El Sr. Harrison me invitó, entonces, a la sesión, y asimismo a la Sra. Kislingbury, que ocupaba el puesto de secretaria en la National Spiritualist’s Alliance, de Inglaterra.
La sesión se llevó a cabo en una pequeña sala de esa Asociación; no había allí mueble alguno, ni alfombras. Tres sillas fueron colocadas para sentarnos. En un rincón se colgó un viejo mantón negro, para formar el gabinete oscuro que era necesario. Trajeron un cojín para que Miss Cook pudiese apoyar su cabeza.
Florence Cook es una joven trigueña, esbelta, de ojos negros y cabellos rizados; vestía un traje de merino pardo, guarnecido de cintas encarnadas. Me informó, antes de comenzar la sesión, que desde hacía algún tiempo se ponía nerviosa durante los trances y paseaba dormida por la sala. Me rogó, por tanto, que la reprendiese si sucedía tal cosa, y que le ordenase regresar a su lugar, como si ella fuese solo una niña; prometí atenderla, y, al poco rato, la Srta. Cook estaba tendida en el suelo, detrás del mantón que servía de cortina. Podíamos ver el traje de la médium, ya que el mantón no llegaba al suelo. La luz de gas iba atenuándose y tomamos asiento en nuestras tres sillas.
Al principio la médium parecía no estar a gusto, se quejaba de estar siendo maltratada; después de algunos instantes, el mantón se agitó, y vimos aparecer una mano y desaparecer a continuación, diversas veces. Después surgió una forma, de rodillas para pasar por debajo del mantón, y finalmente se puso completamente de pie. La luz era insuficiente para reconocer sus rasgos. El señor Harrison preguntó entonces si estábamos en presencia de la Sra. Stewart. El Espíritu meneó la cabeza. -¿Quién será, entonces? pregunté al Sr. Harrison. ¿No me reconoces, madre? dijo el Espíritu dirigiéndose a mí.
Quise arrojarme hacia él, pero me dijo: Quédate en tu lugar, me acercaré yo a ti. Un instante después, Florence (el Espíritu de mi hija) vino a sentarse en mis rodillas.
Tenía los cabellos largos y fluctuantes; sus brazos estaban desnudos, al igual que sus pies; su ropa no tenía ninguna forma, se diría que estaba envuelta en algunos metros de muselina; cosa extraordinaria, ese Espíritu no traía tocado, su cabeza estaba desguarnecida.
-Florence, querida mía – ¿eres tú realmente?
Ilumina más, respondió ella, y mira mi boca. Vimos entonces, distintamente, su labio deforme, como en su nacimiento, cuando los médicos que la examinaron dijeron que el caso era muy raro; mi hija solo había vivido algunos días. Ella creció en el mundo de los Espíritus, y parecía tener diecisiete años.
Al ver esa prueba innegable de su identidad, derramé abundantes lágrimas, sin poder decir una palabra. Miss Cook se agitaba mucho detrás del mantón; después se adelantó, de pronto, hacia el Espíritu, exclamando: Es demasiado, no puedo más.
La vimos así por el lado de fuera, al mismo tiempo que el Espíritu de mi hija, que estaba sobre mis rodillas; si bien esto solamente duró un corto instante: la forma que yo sostenía se lanzó hacia el gabinete y desapareció. Recordé entonces que Miss Cook me había pedido reprenderla si ella se ausentase de la cabina, y por tanto, la censuré bastante. Ella volvió a su lugar detrás de la cortina, y luego el Espíritu vino a estar conmigo, diciendo: No la dejes volver, la temo bastante.
Exclamé entonces: – Pero, Florence, en este mundo, nosotros los mortales tememos a las apariciones – y veo que vos sois quien teme a vuestra médium.
-Temo que ella me haga partir, fue su respuesta.
Miss Cook no volvió a salir de su lugar, y Florence permaneció con nosotros algún tiempo más. Me rodeó el cuello con sus brazos, y me abrazó diversas veces. En esa época yo estaba muy atormentada. Florence me dijo que si ella había podido aparecer tan perfectamente, ante mí, fue para convencerme lo suficiente de las verdades del Espiritismo, puesto que yo habría de encontrar en él mi consuelo.
-Algunas veces tienes dudas, madre – dijo ella – y crees que tus ojos y oídos te engañan; nunca debes dudar, y no creas que yo esté desfigurada como Espíritu. Tomé esta marca esta noche, para poder mejor convencerte. Recuerda que yo estoy siempre contigo.
Yo no podía hablar, tal era mi emoción, al pensar que tenía en mis brazos a la hija que había depositado en un ataúd, la cual no estaba muerta ni aniquilada, sino en su juventud. Permanecí muda, con mis brazos rodeando su cuello, mi corazón latiendo contra el suyo; pero el poder disminuía: Florence me dio un último beso y desapareció, dejándome estupefacta y maravillada de lo que había sucedido.
Después de su partida otros dos Espíritus se mostraron, pero el Espíritu de la Sra. Stewart no apareció: el señor Harrison no fue complacido.
Más tarde, él me dijo que mi hija Florence había estado entre nosotros veinte minutos, lo cual era demasiado para una aparición.

Esto ocurrió en 1873, cuando Miss Cook aún no había dado las célebres sesiones que van descritas en otro lugar.
La Sra. Ross-Church añade que volvió a ver a ese Espíritu diversas veces, en otras sesiones, y con diferentes médiums, recibiendo de él buenos consejos. En la ocasión de esta narrativa, su hija se comunicó y le dijo: Mamá, no te dejes entristecer. Lo pasado es pasado; entiérralo en las alegrías que te restan.

BENJAMIN COLEMAN

El 18 de noviembre de 1873 se llevó a cabo una reunión en casa del Sr. Luxmoore, habiendo el Sr. Coleman tomado las siguientes notas:
La sesión se efectuó en el salón grande, que estuvo caldeado toda la noche. El salón pequeño sirvió de gabinete oscuro, y en la abertura se colocaron cortinas oscuras; una lámpara iluminaba el salón grande. Los catorce asistentes, de ambos sexos, sentados a pequeña distancia del gabinete, podían verse distintamente; en ningún momento se apagó la luz.
La joven Cook se sentó en una pequeña silla colocada en el gabinete. El Sr. Luxmoore pidió a los señores Blackburn y Coleman que la sujetasen; sus manos fueron atadas con una cinta de hilo, cuyos extremos fueron cosidos uno a otro y lacrados; se pasó esa cinta en torno a su cuerpo, que fue atado consistentemente y después sólidamente prendida a un gancho de hierro fijado en el suelo, dejándole algunos centímetros para el movimiento. Era absolutamente imposible para Miss Cook alejarse de su silla más que algunas pulgadas.
Un instante después, la forma de Katie se presentó libre en el salón; iba trajeada con un vestido blanco, flotante, ceñido en la cintura; sus mangas eran largas y bajaban hasta los puños; su cabeza estaba cubierta por una especie de caperuza, cuyas alas le caían por los hombros; sus cabellos estaban sujetos por cintas de tela. Ella saludó a las personas presentes, cada una a su vez, pero inquirió primeramente el nombre de un recién llegado que le era desconocido.
El Sr. Coleman preguntó a Katie si ella calzaba zapatos o medias. Ella contestó que no, y alzando su vestido, mostró que sus pies estaban desnudos; para que todos viesen bien, colocó su pie sobre la rodilla de la Sra. Corner, de un modo muy natural y dijo: Ahora todos podéis ver que mis pies están desnudos ¿no es verdad?
Se había colocado papel y lápiz sobre la mesa; el señor Coleman preguntó si ella podía escribirles algunas palabras: Sí, deseo hacerlo, dijo, y, tomando una silla preguntó: ¿Qué deberé escribir?
El Sr. Coleman respondió que preparaba una obra sobre el gran juez Edmonds, y que quizá ella pudiese enviarle algunos renglones.
Katie intentó escribir sobre las rodillas, pero no hallándose cómoda, pidió un objeto duro para colocar debajo del papel; y habiéndole dado un libro, escribió la carta siguiente:
Mi querido amigo. Me habéis pedido que os escribiese algunas palabras. Deseo gran éxito a vuestra obra sobre el juez Edmonds; ese juez es muy bueno, trabaja seriamente; dadle afectuosos recuerdos de mi parte. Yo lo aprecio mucho, aunque él no me conozca. Mi poder mengua, y os presento mis despedidas.
Vuestra amiga sincera,KATIE KING, cuyo verdadero nombre es Annie Morgan.

PRÍNCIPE EMILE DE SAYN WITTGENSTEIN

El día 16 de diciembre de 1873, entré, maravillado, en mi hotel; estaba sorprendido con todo lo que había visto y oído.
En casa de la Sra. Cook, a donde acudí sobre las ocho, el Sr. Luxmoore permitió que yo examinase, con toda libertad, los dos salones y sus muebles, permiso ese de que me aproveché bastante. Miss Florence Cook hizo su entrada; sus manos fueron ligadas sólidamente una contra otra por nudos, con cordones; otro cordón pasaba en torno de su cintura. Ella se sentó y el cordón, pasando por una argolla en la silla, le fue enrollado en torno al cuello, de tal manera que no le era posible moverse. Los nudos fueron lacrados y sellados por los asistentes. Una sola lámpara, con la luz atenuada y cubierta por una pantalla azul, iluminaba suficientemente el salón; se formó la cadena en semicírculo, y sus extremidades llegaban hasta el gabinete.
Tras algunos minutos de espera, una especie de ligero susurro nos previno de la presencia del Espíritu; después, la colgadura que hacía de puerta delante del gabinete, se agitó vivamente. Un brazo salió e hizo una señal. Al fin, la cortina se abrió, y la más encantadora de las apariciones se mostró ante nuestros ojos; ella estaba de pie, el brazo derecho colocado al pecho, el otro brazo pendía a lo largo del cuerpo. Parecía pasar revista a las personas presentes.
Era el Espíritu de Katie King, mil veces más bello que su fotografía; yo tenía ante mí a una mujer ideal, joven, alta, espigada, elegante cuanto posible; por debajo de su velo blanco aparecían algunos mechones de cabello castaño; su gracioso vestido de cola le cubría enteramente los pies desnudos; sus brazos encantadores, delicados y blancos, eran visibles hasta el codo. Los rasgos de su cuerpo eren finos; las manos, un poco grandes, tenían dedos largos, afilados y róseos hasta las extremidades; su rostro era más redondo que alargado, y un poco pálido; su boca era sonriente, los dientes muy bellos, la nariz aguileña; sus ojos azules eran muy grandes, en forma de almendra y sombreados por largas pestañas que parecían abrigarlos; las cejas eran bellas y finamente arqueadas.
En esa aparición, que contemplé y analicé fríamente, todo era vivo; el tejido mismo de su velo era real al tacto. A cierta distancia, la tomarían por Florence Cook. Conforme a la ley establecida: ‘el periespíritu, que el Espíritu toma prestado al médium, conserva los rasgos de éste’, parecía tener cierto aire de familia. Pero en realidad la aparición era alta, esbelta, llena de distinción, mientras que Florence, pese a ser muy bella, era menor. Sus manos son minúsculas, y no puede haber ahí confusión; son dos personas distintas.
La aparición se retiró para volver a aparecer por mi lado, cerca de la cortina, donde yo estaba situado. Parecía examinarme curiosamente, y percibí que es la mirada lo que en ella recuerda al espectro: es bella cuanto posible, pero es áspera, fija, glacial; a pesar de ello, su boca sonreía, su pecho jadeaba y todo en ella decía: soy feliz por estar un momento entre los mortales. Con su voz sofrenada, aunque muy graciosa, nos dijo: Aún no puedo alejarme mucho de mi médium, pero muy pronto tendré más fuerza. Cuando no se comprendía lo que ella decía, Katie lo repetía con evidente impaciencia.
Vino hacia mí, mirándome con una especie de curiosa desconfianza, haciendo pequeñas señales graciosas de cabeza, sonriendo cuando, muy bajito, le dirigí algunas palabras conmovidas. Armándose más de coraje, pidió mi nombre, quiso saber qué significaban los ornamentos de mi uniforme militar y después desapareció, para presentarse al otro lado del gabinete. Durante su corta ausencia se oyó dentro del gabinete el arrastre y caída ruidosa de muebles, así como golpes.
Por dos veces le pedí que me mostrase los pies. Al principio ella levantó graciosamente su vestido y me presentó la punta del pie. Habiendo yo insistido, ella descubrió el pie justamente hasta el tobillo; vi un pie delicado, como de estatua antigua, blanco, puntiagudo y pequeño, alto y arqueado, los dedos finamente ligados y bien alineados; pero a todo ese conjunto faltaba la vida real.
Katie King reía, gracejaba con cada uno de los asistentes, llamándolos por sus nombres, con una alegría infantil. Gesticulaba con la mano derecha, como las mujeres de Oriente, con los movimientos de dedos y flexiones de puño particulares a esas razas, acentuando así sus palabras, y acompañándolas con graciosas inclinaciones de la cabeza.
Muchas veces, con un gesto púdico, ella se ceñía el velo al cuello; en una palabra, todo en ella, rasgos, talle, costumbres, gestos, tenía la característica de las mujeres de Levante.
Le rogué que si le era posible, me escribiese algo. El Sr. Luxmoore quiso oponerse, pero Katie King le dio un cachetito en la frente y pidió papel y pluma. Le pusieron el papel en el suelo, delante de ella. Katie King se agachó con rapidez, tomó lo que le convenía con un gesto de inquietud; tomando una hoja de papel en blanco que le tendí, la halló muy dura, y eligió por sí misma algunas que había en el cajón de una mesa; aceptó el lápiz ofrecido por el Sr. Luxmoore, y, después, escribió rápidamente en el aire, sin apoyar la hoja de papel:
Mi apreciado Emile. No olvidaré mi promesa de ir a Alemania. Volveré a veros dentro de poco. Siempre vuestra amiga ANNIE MORGAN. (Dio esta firma, diciendo que era su verdadero nombre).

 F. MARRYAT

Las sesiones espíritas no pueden celebrarse con luz fuerte. El calor y la claridad disipan los fluidos preparados por los Espíritus para las manifestaciones. (Nunca se obtendrá el resultado deseado si no se observa esta regla).
Una noche se le preguntó a Katie King por qué no podía mostrarse con una luz más fuerte. (Ella solamente permitía una espita de gas, con mínima intensidad.)
La pregunta pareció irritarla enormemente, pero nos dio la respuesta siguiente: Os he dicho muchas veces que yo no podía soportar la fuerte intensidad de luz. No sé por qué eso me es imposible; pero si dudáis de mis palabras, dad toda la luz, y veréis lo que sucederá. Os prevengo, no obstante, de que si hacéis ese experimento, la sesión terminará inmediatamente, y yo ya no podré reaparecer ante vosotros; elegid, pues.
Los presentes se consultaron unos a otros, y se decidió que se intentaría el experimento, a fin de ver lo que podía ocurrir. Quisimos, en fin, saber si mayor o menor claridad podría perjudicar el fenómeno de la materialización. Katie fue avisada de nuestra decisión y consintió en el ensayo. Supimos, más tarde, que le habíamos causado gran sufrimiento. El Espíritu Katie se puso de pie, arrimado a la pared del salón, y extendió sus brazos en cruz, esperando la disolución. Se encendieron las tres espitas de gas (la sala medía cerca de dieciséis pies cuadrados).
El efecto producido sobre Katie fue extraordinario. Ella resistió solamente un instante; después, la vimos fundirse ante nuestros ojos como una muñeca de cera ante un fuego fuerte. Primeramente, sus rasgos se desvanecieron, y ya no podían distinguirse. Los ojos se hundieron en las órbitas, la nariz desapareció, el rostro pareció entrar en la cabeza. Después los miembros cedieron, y todo su cuerpo se desmoronó como un edificio que cayese. No quedaba más que su cabeza sobre la alfombra; a continuación, un trozo de tejido blanco, que desapareció como si lo retirasen de allí súbitamente. Permanecimos algunos instantes con los ojos fijos en el lugar donde Katie acababa de desaparecer. Así terminó esa sesión memorable.
Las personas que asistían a las sesiones pedían muchas veces a Katie que les diese un trozo de su vestido como recuerdo. Ella distribuía esos trozos de buena gana, y cada cual los llevaba consigo; algunos incluso tuvieron la precaución de guardar el tejido en un sobre cerrado. Pero al entrar en sus casas el género había desaparecido, con gran sorpresa para ellos.
Katie nos decía siempre que ningún Espíritu podía estar suficientemente materializado sin quitar la vitalidad del médium, y éste quedaba muy debilitado.
Una noche, cuando Katie había hecho muchos agujeros en su vestido, yo le dije que su traje tendría necesidad de grandes arreglos. Ella replicó: Voy a enseñaros cómo trabajamos en el mundo de los Espíritus. Levantó parte de su vestido, y lo recortó bastante, con la tijera, dejándole cerca de cuarenta boquetes; después, exclamó: ¿No es un bonito colador? Estábamos muy cerca de ella; la vimos entonces sacudir dulcemente su falda, y luego todos los boquetes desaparecieron, sin dejar la menor señal. Notando nuestro asombro, dijo: Cortad mis cabellos. Esa noche Katie presentaba gruesas matas de cabello que le caían hasta la cintura. Tomé la tijera y me puse a cortarlos seriamente, tan deprisa como podía. Ella decía: Cortad más, cortad más, no para vos, bien lo sabéis, puesto que no podríais guardarlos. Corté entonces, mechón por mechón, y tan pronto caían al suelo, volvían a formarse en la cabeza de Katie.
Me dijo en esa ocasión que examinase sus cabellos en el lugar donde yo los había cortado. Busqué mucho, pero ningún corte aparente encontré; los mechones de cabello caídos al suelo habían desaparecido de mi vista.
La Sra. Ross-Church termina así su narrativa; no obstante, estos interesantes detalles no son los únicos que ella nos proporcionó. En el periódico The Spiritualist, de Londres, fue publicada la siguiente carta:
La noche del 9 de mayo de 1874, Katie King me condujo, a petición mía, a detrás de la cortina; allí, difícilmente podía distinguir los objetos que me rodeaban; me acerqué a Miss Cook, cuya mano tomé, mientras Katie me sujetaba por la otra, apoyándose en mi hombro. Me aseguré esa noche, de que dos inteligencias distintas estaban junto a mí, y puedo jurar solemnemente que la personalidad de Katie King no era la de Miss Cook.
El 13 de mayo pude, una vez más, ver simultáneamente a las dos formas.
Katie permitió que todas las personas presentes se acercasen a la cortina. Se aumentó la luz, y cada cual pudo ver a la médium, con traje azul, tendida en el suelo, y al Espíritu, vestido de blanco, a su lado.
En la sesión de 21 de mayo, que fue la última, Katie permitió que yo la viese por detrás de la cortina. Me autorizó a colocar la mano sobre su corazón; sentí perfectamente sus pulsaciones, y puedo afirmar que, si ella es una fuerza psíquica, la fuerza psíquica se asemeja absolutamente a una mujer.
Katie había pedido un cesto lleno de flores y cintas para la última sesión.
Se sentó en el suelo, en medio de nosotros, y distribuyó ramilletes como recuerdo. El centro de esos ramilletes estaba compuesto por lirios y geranios encarnados. Todavía conservo uno; las flores apenas están marchitas. Ella escribió algunas palabras delante de mí, en un papel que me entregó con las flores. He aquí el contenido: Annie Owen Morgan (conocida como Katie King) a su amiga Florence Marryat Ross-Church, ofrece este recuerdo. Pensad en mí, 21 de mayo de 1874.
La sesión de despedida fue tan patética como si la muerte debiese separarnos; Katie parecía no querer dejarnos. Volvió a nosotros aún una última vez y se ocupó principalmente del Sr. Crookes, a quien profesaba gran amistad. Después desapareció para siempre y nunca más he vuelto a verla.
Pienso que si los escépticos y los incrédulos siguen dudando, pese a los testimonios presentados, podrán también creer que Miss Cook era capaz de volver a tejer instantáneamente la tela de su vestido que vimos recortar, lo cual nos parece sobrepujar las fuerzas humanas. Ellos pretenden que Miss Cook salía de su vestido blanco de Espíritu y retomaba sus propias ropas con la rapidez del relámpago; prefieren aceptar esto que adoptar la teoría espírita, mucho más sencilla. Si no admiten la presencia espiritual de Katie King, atribuyen, forzosamente, un poder sobrenatural a Florence Cook, la médium. No fue, en cambio, con el objetivo de discutir, que he tomado la pluma: tan solo relato los hechos que observé.

J. ENNMORE JONES.

“Ayer por la noche, sábado 16 de mayo, estábamos reunidas veinticuatro personas en un pequeño salón contiguo a una sala menor, que servía de gabinete a la médium Florence Cook. La sesión no me pareció tan perfectamente dirigida como de costumbre; era, principalmente, una sesión para la despedida del Espíritu Katie, antes de su partida definitiva, que debía verificarse el 21 de mayo. Había tantas personas presentes que me fue imposible interrogar libre y tranquilamente al Espíritu como yo deseaba; sus respuestas fueron, no obstante, de gran interés para los espíritas. La afluencia constante de personas que acudía a ver el fenómeno de una aparición que se paseaba mientras charlaba y que, a veces nos tocaba, me impidió hacer una investigación rigurosa; muchas informaciones podrían haber sido obtenidas por las personas que conocían los fenómenos y estudiaban todas esas cuestiones desde hace veinte años.
La sesión del sábado fue bastante diferente de la que presencié en el mes de noviembre; en aquella época, la médium había sido atada a una silla baja y nadie se ocupó de la cortina por la cual se mostraba el Espíritu Katie, pues el director de la sesión estaba tranquilamente sentado.
Ayer Miss Cook estaba en trance, en el suelo de su gabinete, sin atadura alguna, y el director de la reunión estaba de pie, delante de la cortina; cada vez que Katie aparecía, él se inclinaba muy cerca de ella, estorbándola incluso en sus movimientos, de suerte que, varias veces, Katie fue obligada a repelerlo con la mano, si bien procedía así como gracejo. El guarda de la cortina causaba tal constricción, y la sala estaba tan llena de gente, que durante toda la sesión Katie solamente se mostró en la abertura; se ocupó, principalmente, de repartir un ramo de flores, que distribuyó entre todos los visitantes. Espero que, para el futuro, el director de la sesión no tenga tantas familiaridades con el Espíritu y le deje el camino más expedito, lo cual será de gran ventaja para todos.
En cuanto a Katie, noté mucho, ayer por la noche, la gran similitud existente entre ella y la médium; su tez era semejante, sus modales eran los mismos, y el timbre de voz parecía igual cuando, por detrás de la cortina, el Espíritu cantaba a coro con nosotros. Quienes no han visto a Katie bajo rigurosas condiciones de inspección, podrían creer que Katie era la propia Miss Cook.
Si celebramos otras sesiones, donde puedan verse nuevos fenómenos, espero que no haya más de siete u ocho personas en la sala, y que el padre de Miss Cook sea el director de los trabajos; así las sesiones serán perfectas y al mismo tiempo nos instruirán.
Los espíritas deben estar sinceramente reconocidos al padre y a la madre de Miss Cook, porque abrieron su casa a los numerosos extranjeros deseosos de observar el más importante de los fenómenos espíritas; ellos permitieron que su hogar fuese invadido todas las semanas, sin remuneración alguna; por el contrario, al término de las sesiones, ofrecieron a los asistentes vino, té, café, cerveza, bizcochos, etc. Evidentemente, en ciertos casos, los visitantes iban allí no solo a buscar una nutrición espiritual, sino también material.
Debemos, igualmente, estar reconocidos a Miss Cook, porque ella estaba siempre en trance e ignoraba lo que sucedía durante su sueño. No se aprovecha de las sesiones como los asistentes, y solo tiene los sentimientos simpáticos de sus amigos para compensarla de su fatiga, de la mala voluntad y los sinsabores que algunas personas ignorantes o envidiosas, predispuestas a todas las maledicencias, le hicieron sufrir.
Los agradecimientos sinceros de todos aquellos que buscaban pruebas de la inmortalidad del alma son también debidos a Katie King, porque sus manifestaciones fueron bastante satisfactorias.
Katie fue observada por cientos de investigadores de todas las nacionalidades: ingleses, escoceses, americanos y europeos.
Katie demostró, ante muchas personas, que es posible el desplazamiento de objetos inanimados mediante un poder activo e inteligente, extra-humano; por tanto, deseo fervientemente que todos los homenajes le sean prestados. Le hacemos nuestra despedida por este medio, conservando, no obstante, la esperanza de volver a verla más tarde, cara a cara, cuando hayamos dejado nuestros despojos mortales; esperamos, también, reencontrar a todos los miembros de nuestra familia, cuyas vidas han sido y continúan siendo una parte de nosotros mismos”.

 

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Publicado por en diciembre 2, 2014 en Casuística, parapsicologia

 

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