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El tiempo se origina en la mente.

01 Oct

Por Michael Talbot

Cuando el hombre levantó la vista, la habitación en la que se encontraba se volvió transparente y fantasmal y, en su lugar, se materializó una escena del pasado lejano. De repente, se encontró en el patio de un palacio, ante una joven muy guapa de piel aceitunada. Vio que llevaba joyas de oro alrededor del cuello, de las muñecas y de los tobillos, así como un vestido blanco translúcido y el pelo negro y trenzado recogido regiamente bajo una alta tiara cuadrada. Cuando la miró, su mente se llenó de información sobre su vida. Supo que era egipcia e hija de un príncipe, pero no de un faraón, listaba casada. Su marido era esbelto y llevaba el pelo recogido en pequeñas trenzas que le caían a ambos lados de la cara. El hombre vio también que la escena avanzaba rápidamente y recorría los hechos de la vida de la mujer como si fuera una película. Vio que murió de parto. Contempló los largos e intrincados pasos del embalsamamiento, la procesión del entierro, los rituales que la acompañaban mientras la introducían en el sarcófago; cuando terminó, las imágenes se desvanecieron y volvió a ver la habitación.

El hombre se llamaba Stefan Ossowiecki, un polaco nacido en Rusia y uno de los clarividentes más dotados del siglo xx, y la fecha era el 14 de febrero de 1935. Había evocado aquella visión del pasado cuando manipulaba un fragmento de una huella humana petrificada.
Ossowiecki demostró tanta destreza en la psicometría de útiles que acabó por atraer la atención de Stanisla W Poniatowski, catedrático de la Universidad de Varsovia y el etnólogo más famoso de Polonia en aquellos tiempos. Poniatowski le sometió a varias pruebas con herramientas de sílex y otras piedras encontradas en excavaciones arqueológicas del mundo entero. La mayoría de aquellos «litos», que así se llaman, eran tan inclasificables que sólo alguien acostumbrado a verlos podía decir que estaban tallados por manos humanas. Varios expertos habían certificado su autenticidad previamente, de manera que Poniatowski conocía su antigüedad y sus orígenes históricos, pero ocultó esa información cuidadosamente para que no lo supiera Ossowiecki.
No importaba. Una y otra vez, Ossowiecki identificaba correctamente los objetos, describía la era a la que pertenecían, así como la cultura que los había producido y las localizaciones geográficas donde se habían encontrado. En varias ocasiones, lo que mencionaba Ossowiecki no coincidía con la información que Poniatowski había escrito en sus notas, pero Poniatowski descubrió que el error siempre estaba en sus notas y no en la información que daba Ossowiecki.
Ossowiecki trabajaba siempre igual. Sostenía un objeto en las manos y se concentraba hasta que la habitación, y su propio cuerpo incluso, se cubrían de sombras y casi dejaban de existir. Una vez finalizada la transición, se encontraba viendo una película tridimensional del pasado.
Entonces, podía dirigirse a cualquier parte de la escena que quisiera y ver todo lo que deseara. Mientras miraba el pasado, Ossowiecki llegaba a mover los ojos de un lado a otro como si lo que describía tuviera una presencia física real que estuviera delante de él.
Veía la vegetación, la gente y las moradas en las que vivían. En una ocasión, tras sostener en la mano una herramienta de piedra de la cultura Magdaleniense, una cultura de la Edad de Piedra que floreció en Francia de 15.000 a 10.000 años antes de Cristo, Ossowiecki le dijo a Poniatowski que los peinados de las mujeres magdalenicnses eran muy complejos. El comentario pareció absurdo en aquel entonces, pero descubrimientos posteriores de estatuas de mujeres magdalenienses con peinados muy decorados demostraron que Ossowiecki tenía razón.

Durante los experimentos, Ossowiecki dio más de den datos semejantes, detalles sobre el pasado que no parecían exactos a primera vista y después se probó que eran ciertos. Dijo que pueblos de la Edad de Piedra utilizaban lámparas de aceite, lo cual quedó confirmado con el hallazgo de lámparas de aceite del mismo tamaño y estilo que las descritas por él en las excavaciones de Dordogne, Francia. Realizó dibujos
detallados de los animales que cazaban diversos pueblos, del estilo de las cabanas en las que vivían y de sus costumbres de enterramiento, declaraciones todas ellas confirmadas posteriormente por descubrimientos arqueológicos.
El trabajo de Poniatowski con Ossowiecki no es único. Norman Emerson, catedrático de Antropología de la Universidad de Toronto y fundador y vicepresidente de la Canadian Archaeological Association, también ha investigado la utilización de clarividentes en trabajos arqueológicos.
Centró su investigación en un conductor de camión llamado George McMullen. Al igual que Ossowiecki, McMullen también tiene la capacidad de psicometrizar objetos y de usarlos para sintonizar con escenas del pasado. Asimismo, puede conectar con el pasado tan sólo visitando una excavación arqueológica. Una vez allí, camina de un lado a otro hasta que se orienta. Entonces, empieza a describir el pueblo y la cultura que antaño floreció allí. En una de esas ocasiones, Emerson le vio saltar sobre un trozo de tierra vacío y medir con los pasos lo que según él correspondía al emplazamiento de una cabaña iroquesa. Emerson delimitó la zona con estacas y a los seis meses desenterró la antigua estructura exactamente donde McMullen había dicho que estaba.
Aunque al principio Emerson se mostraba escéptico, su trabajo con McMullen le convirtió en creyente. En 1973, durante una conferencia anual de los arqueólogos más importantes de Canadá, hizo la siguiente declaración: «Estoy convencido de haber recibido datos sobre útiles y emplazamientos arqueológicos de un psíquico, que me daba la información sin dar muestras de estar haciendo un uso consciente de la lógica». Concluyó su conferencia afirmando que, a su juicio, las manifestaciones de McMullen abrían «un panorama completamente nuevo» para la arqueología y que se debería dar «prioridad absoluta» a estudiar la utilización de los psíquicos en las investigaciones arqueológicas.

En efecto, la retrocognición, o la capacidad que tienen ciertas personas para cambiar el foco de atención y contemplar el pasado literalmente,
ha sido confirmada repetidamente en varias investigaciones. En una serie de experimentos realizados en la década de 1960, W. H. C.
Tenhaeff, director del Parapsychological Institute de la Universidad Estatal de Utrecht, y Marius Valkhoff, decano de la Facultad de Arte de la Universidad de Witwatcrsrand de Johanesburgo (Sudáfrica), descubrieron que el gran psíquico holandés Gerard Croiset podía psicometrizar hasta un fragmento mínimo de hueso y describir acertadamente su pasado. El doctor Lawrence LeShan, psicólogo clínico de Nueva York, además de ser otro escéptico convertido en creyente, ha realizado experimentos similares con la famosa psíquica americana Eileen Garrett.

En la reunión anual de 1961 de la American Anthropological Association, el arqueólogo Clarence W. Weiant reveló que no habría hecho el famoso descubrimiento de Tres Zapotes, considerado universalmente como uno de los hallazgos arqueológicos de América Central más importantes que se han hecho jamás, si no hubiera contado con la ayuda de un psíquico  Stephan A. Schwartz, antiguo miembro del departamento editorial de la revista National Geographic y miembro- del Discusión Group on Innovation, Technology and Society de la Secretaría de Defensa del MIT, cree que la retrocognición no sólo es real, sino que acabará precipitando un cambio en la realidad científica tan profundo como los cambios que siguieron a los descubrimientos de Copérnico y Darwin. Sus opiniones sobre el tema son tan firmes que ha escrito la voluminosa historia de la asociación entre clarividentes y arqueólogos, titulada The Secret Vaults of Time . «La arqueología psíquica ha sido una realidad durante las tres cuartas partes del siglo —asegura Schwartz—. El nuevo enfoque ha jugado un papel importante a la hora de demostrar que el marco temporal y espacial, tan crucial para la filosofía de la Gran Materia, no es bajo ningún concepto una idea tan absoluta como cree la mayoría de los científicos».

El pasado como holograma

Facultades como ésa sugieren que el pasado no se ha perdido, sino que existe y es accesible para la percepción humana. La visión habitual del universo no acepta ese estado de cosas, pero el modelo holográfico sí. La idea de Bohm de que el fluir del tiempo es producto de una serie constante de envolvimientos y desenvolvimientos sugiere que el presente, cuando se envuelve y se convierte en parte del pasado, no deja de existir, sino que se limita a volver al almacén cósmico de lo implicado.
O, como dice Bohm, «el pasado está activo en el presente como una especie de orden implicado».
Si la consciencia se origina también en lo implicado, como sugiere Bohm, significa que la mente humana y el registro holográfico del pasado existen ya en el mismo dominio, ya son vecinos, como quien dice.
Así pues, puede que lo único que se necesite para acceder al pasado sea cambiar el foco de atención. Quizá personas clarividentes como McMullen y Ossowiecki tengan simplemente una facultad innata para llevar a cabo ese cambio; en tal caso, lo que indica la idea holográfica es que esa facultad está latente en todos nosotros, como tantas otras aptitudes extraordinarias que hemos visto anteriormente.
En el holograma se puede encontrar también una metáfora que explica cómo se almacena el pasado en el orden implicado. Si se graban todas las fases de una actividad, pongamos una mujer soplando una burbuja de jabón, en un holograma de imágenes múltiples como una serie de imágenes sucesivas, cada imagen se convierte en un fotograma de una película. Si el holograma es de «luz blanca» —una placa holográfica cuya imagen se puede ver a simple vista sin necesidad de una luz láser—, cuando el observador se mueva junto a la película cambiando el ángulo de visión, verá el equivalente a una película tridimensional de la mujer soplando la burbuja de jabón. En otras palabras: a medida que se oculten y se revelen las distintas imágenes, parecerá que fluyen todas juntas y crearán una ilusión de movimiento.
Una persona que no esté familiarizada con los hologramas podría suponer erróneamente que las diferentes fases del soplado de la burbuja de jabón son transitorias y que una vez percibidas ya no pueden volver a percibirse, pero no es cierto. En el holograma se graba siempre la actividad completa y lo que produce la ilusión de que se desenvuelve en el tiempo es la perspectiva cambiante del espectador. La teoría holográfica da a entender que ocurre lo mismo con nuestro pasado. En vez de desvanecerse en el olvido, también se queda grabado en el holograma cósmico y siempre es posible acceder a él una vez más.
Otro rasgo de la experiencia retrocognitiva que denota una semejanza con el holograma es el carácter tridimensional de las escenas a las que se accede. La psíquica Rich, por ejemplo, que también puede psicometrizar objetos, afirma que sabe lo que Ossowiecki quería decir cuando declaró que las imágenes que veía eran tan reales y tridimensionales como la habitación en la que se encontraba, o incluso más reales todavía.
Según ella, «es como si la escena asumiera el control. Es dominante y en cuanto empieza a desenvolverse me convierto en parte de ella. Es como si estuviera en dos sitios a la vez. Soy consciente de que me encuentro en una habitación, pero también estoy en la escena».
El carácter no local de la retrocognición es igualmente holográfico.
Los psíquicos son capaces de acceder al pasado de una excavación arqueológica en concreto, tanto si se encuentran en ella como si están a
muchos kilómetros de distancia. En otras palabras: no parece que la grabación del pasado esté almacenada en una localización única, sino que, al igual que la información en el holograma, es no local y se puede acceder a ella desde cualquier punto del marco espacio/tiempo. El hecho de que algunos psíquicos ni siquiera necesiten recurrir a la psícometría para sintonizar con el pasado subraya el carácter no local del fenómeno. El famoso clarividente de Kentucky, Edgar Cayce, podía meterse en el pasado simplemente tumbándose en un sofá en su casa y entrando en un estado semejante al sueño. Dictaba páginas y páginas de la historia de la raza humana, con frecuencia con una exactitud asombrosa.
Por ejemplo, indicó con toda precisión la ubicación de la comunidad esenia de Qumrán y describió su papel histórico, once años antes de que el hallazgo de los manuscritos del Mar Muerto (en las cuevas de Qumrán) confirmara sus declaraciones.
Es interesante señalar que muchas personas con capacidad retrocognitiva también pueden ver el campo de energía humano. Cuando Ossowiecki era pequeño, su madre le puso gotas en los ojos para intentar librarle de las bandas de colores que según él veía alrededor de la gente; McMullen también puede determinar el estado de salud de una persona mirando su campo de energía. Esto sugiere que la retrocognición podría estar relacionada con la capacidad de ver los aspectos más sutiles y vibratorios de la realidad. Dicho de otra forma: tal vez el pasado no sea más que otra cosa codificada en el dominio de frecuencias de Pribram, una parte de los patrones de interferencia cósmicos que la mayoría de nosotros elimina y solamente unos pocos sintonizan y convierten en imágenes parecidas a los hologramas. Como dice Pribram, «puede que en el estado holográfico —en el dominio de frecuencias— hace cuatro mil años sea mañana».

Fantasmas del pasado.

La idea de que el pasado se queda grabado holográficamente en las ondas cósmicas y que la mente humana puede tirar de él de vez en cuando y convertirlo en hologramas puede explicar también al menos algunas apariciones fantasmales. Muchas de éstas parecen ser poco más que hologramas o grabaciones tridimensionales de una persona o escena del pasado. Por ejemplo, una teoría sobre los fantasmas dice que son el alma o el espíritu de un difunto, pero no todos los fantasmas son humanos. Hay muchos casos registrados de individuos que también ven fantasmas de objetos inanimados, lo cual contradice la idea de que las apariciones son almas descarnadas. Phantasms of the Living , un conjunto de informes bien documentados de apariciones y otros fenómenos paranormales, compilados por la Society for Psychical Research de Londres en dos grandes volúmenes, ofrece muchos ejemplos.
Uno de ellos es el de un oficial del ejército británico y su familia que vieron llegar un coche de caballos espectral y pararse sobre el césped.
Tan real era el carruaje fantasmal que el hijo del oficial se acercó y vio en el interior lo que parecía una figura femenina. La imagen se desvaneció antes de que pudiera verla mejor y no dejó huellas del caballo ni de las ruedas.
¿Son muy comunes esas experiencias? No lo sabemos, pero sí sabemos que, en Estados Unidos y en Inglaterra, varios estudios han revelado que entre un 10 y un 17 por ciento de la población ha visto una aparición, lo que indica que esos fenómenos pueden ser mucho más comunes de lo que sospechamos la mayoría de nosotros.

La tendencia de las apariciones a producirse en lugares en los que ha ocurrido un acto de violencia terrible u otro acontecimiento con una carga emocional inusualmente intensa respalda la idea de que algunos acontecimientos dejan una impronta más profunda que otros en el registro holográfico. La literatura está llena de apariciones en escenarios de asesinatos, batallas militares u otras situaciones caóticas. Esto indica que, además de las imágenes y los sonidos, las emociones que se sienten durante un acontecimiento también se quedan grabadas en el holograma cósmico. Además, parece que la intensidad emocional de tales acontecimientos es lo que les hace destacar en el registro holográfico, lo que posibilita su utilización involuntaria por parte de individuos normales.
Por otra parte, muchas apariciones, más que fruto de espíritus desgraciados ligados a la tierra, parecen simples destellos accidentales del registro holográfico del pasado. La literatura sobre el tema sustenta asimismo esta idea. Por ejemplo, en 1907, un antropólogo de la UCLA especialista en temas religiosos llamado W. Y. Evans-Wentz, animado por el poeta William Butler Yeats, emprendió un viaje de dos años de duración por Irlanda, Escocia, Gales, Cornualles y Bretaña, para entrevistar a personas que supuestamente se habían encontrado con hadas y otros seres sobrenaturales. Evans-Wentz acometió el proyecto porque Yeats le había dicho que, a medida que los valores del siglo xx reemplazaban a las viejas creencias, los encuentros con las hadas eran cada vez menos frecuentes y era preciso documentarlos antes de que la tradición se perdiera completamente.
Cuando Evans-Wentz fue de pueblo en pueblo entrevistando a las personas —ancianas habitualmente— que permanecían fieles a la fe en las hadas, descubrió que no todas las hadas que la gente se encontraba en cañadas y llanuras bañadas bajo la luna eran pequeñas. Algunas eran altas y parecían seres humanos normales, si no llega a ser porque eran luminosas y translúcidas y tenían la curiosa costumbre de vestirse con ropa de períodos históricos anteriores.
Por otra parte, las «hadas» aparecían con frecuencia en parajes con ruinas arqueológicas o en sus alrededores —túmulos funerarios, menhires, fortalezas derruidas del siglo XVI, etcétera— y participaban en actividades asociadas con el pasado. Evans-Wentz entrevistó a testigos que habían visto duendes con aspecto de hombres, con atuendos isabelinos, participando en cacerías, o en procesiones fantasmales que entraban y salían de los restos de antiguos fuertes, o que tocaban las campanas mientras estaban en las ruinas de iglesias antiguas. Una actividad por la que mostraban una afición desmedida era la guerra. En su libro The Fairy-Faith in Celtic Countries presenta el testimonio de docenas de personas que aseguraban haber visto conflictos espectrales, prados bañados por la luz de la luna abarrotados de hombres con armaduras medievales luchando, o pantanos desolados cubiertos de soldados con uniformes de colores. A veces, las luchas eran misteriosamente silenciosas. Otras veces eran auténticas algarabías; y otras veces ocurría lo más inquietante de todo: podían oírlos pero no verlos. Todo esto llevó a Evans-Wentz a concluir que al menos algunos fenómenos que sus testigos interpretaban como apariciones de duendes eran realmente una especie de imagen posterior de acontecimientos que habían tenido lugar en el pasado. «La naturaleza misma tiene memoria —teorizó—. Hay un elemento psíquico indefinible en la atmósfera de la tierra en el que quedan fotografiadas o grabadas todas las acciones o fenómenos humanos y psíquicos. En ciertas condiciones inexplicables, personas normales que no son videntes pueden observar registros mentales de la naturaleza en forma de imágenes proyectadas sobre una pantalla, muchas veces como si fueran películas».
En cuanto se refiere al motivo de que los encuentros con los duendes o hadas fueran cada vez menos frecuentes, encontramos una pista en una observación realizada por uno de los entrevistados por Evans- Wentz. Era un caballero de edad avanzada llamado John Davies que vivía en la isla de Man y que, tras describir numerosas visiones realizadas por personas buenas, declaró: «Antes de que la educación llegara a la isla, mucha gente buena podía ver a los duendes; ahora, muy poca gente puede verlos». Como la «educación» comprendía sin duda un anatema contra la creencia en duendes, el comentario de Davies hace pensar que fue un cambio de actitud lo que causó que se atrofiaran las extendidas capacidades retrocognitivas de los habitantes de la isla de Man. Queda subrayada una vez más la enorme influencia de nuestras creencias a la hora de determinar qué dotes extraordinarias potenciales manifestamos y cuáles no.

Ahora bien, tanto si nuestras creencias nos permiten ver películas del pasado tipo hologramas como si hacen que el cerebro las elimine, los indicios apuntan a que existen pese a todo. Tampoco se limita esa clase de experiencias a los países celtas. Hay narraciones de testigos que han visto a soldados fantasmales vestidos con trajes hindúes antiguos en la India. En Hawai, las manifestaciones de fantasmas son muy conocidas y los libros sobre las islas están llenos de relatos de individuos que h a n visto procesiones espectrales de guerreros hawaianos con mantos de plumas desfilando con antorchas y bastones de guerra. Hasta en los textos antiguos asirios se mencionan visiones de ejércitos espectrales librando batallas igualmente fantasmales.
En alguna ocasión, los historiadores pueden reconocer el acontecimiento que se representa. A las cuatro de la mañana del 4 de agosto de 1951, un ruido de cañonazos despertó a dos mujeres inglesas que estaban de vacaciones en el pueblo costero de Puys Francia. Se acercaron corriendo a la ventana pero se quedaron sorprendidas al ver que, tanto el pueblo como el mar que se extendía tras él, estaban en calma y no había actividad alguna que pudiera explicar lo que estaban oyendo.
La British Society for Psychical Research investigó y descubrió que la secuencia cronológica de los hechos relatada por aquellas mujeres reproducía exactamente los informes militares de una incursión de los aliados contra los alemanes que tuvo lugar en Puys, el 19 de agosto de
1942. Al parecer, las mujeres habían oído el sonido de una matanza ocurrida nueve años antes.
Aunque la negra intensidad de acontecimientos semejantes les confiere un perfil más alto dentro del paisaje holográfico, no debemos olvidar que la reluciente grabación holográfica del pasado contiene también todas las alegrías de la raza humana. Constituye, en esencia, una biblioteca de todo lo que ha sido alguna vez; si aprendiéramos a utilizar ese tesoro escondido, asombroso e infinito, a gran escala y de forma sistemática, podríamos ampliar nuestros conocimientos, tanto sobre nosotros mismos como sobre el universo en aspectos y maneras que no nos atrevemos a soñar todavía. Llegará el día en que podamos manipular la realidad como el cristal en la metáfora de Bohm, trocando lo real y lo invisible como en un caleidoscopio y reviviendo imágenes del pasado con la misma facilidad con que encontramos hoy un programa en nuestro ordenador. Pero ni siquiera esto es todo lo que puede ofrecer una interpretación más holográfica del tiempo.

El futuro holográfico

Por desconcertante que resulte pensar que tenemos acceso al pasado, palidece ante la idea de que también podemos acceder al futuro en el holograma cósmico. Sin embargo, hay una colección enorme de datos que prueban que al menos algunos acontecimientos futuros son tan fáciles de ver como los pasados. Es un hecho que ha sido ampliamente demostrado en centenares de estudios. En la década de 1930, J. B. y Louisa Rhine descubrieron que los voluntarios podían adivinar las cartas que sacarían al azar de una baraja, con una estadística de aciertos que superaba el azar en una proporción tres millones contra uno. En los años setenta, Helmut Schmidt, un físico del Boeing Aircraft de Seattle, Washington, inventó un mecanismo que le permitía probar si se podían predecir hechos subatómicos al azar. Con la ayuda de tres voluntarios y más de sesenta mil pruebas realizadas, obtuvo resultados de mil millones contra uno contra el azar.
En su trabajo en el Laboratorio del Sueño del Centro Médico Maimónides, Montague Ullman, junto con el psicólogo Stanley Krippner y el investigador Charles Honorton, consiguieron indicios vehementes de que se puede obtener información precognitiva acertada en los sueños.
En su estudio, pidieron a los voluntarios que pasaran ocho noches consecutivas en el laboratorio del sueño y cada noche les pedían que intentaran soñar con una imagen que les enseñarían al día siguiente elegida al azar. Ullman y sus colegas esperaban lograr un éxito entre ocho, pero descubrieron que algunos voluntarios podían tener hasta cinco «aciertos» de cada ocho.
Cuando se despertó un voluntario, por ejemplo, dijo que había soñado con «un gran edificio de cemento» del que intentaba escapar un «paciente». El paciente llevaba una bata blanca, como la de los médicos, y había conseguido llegar solamente «hasta los arcos». La fotografía elegida al azar al día siguiente resultó ser la obra de Van Gogh “Pasillo de hospital en St. Rémy”, una acuarela en la que se ve a un paciente solitario, al fondo de un vestíbulo enorme y desierto, saliendo a toda prisa por una puerta bajo un arco.
En sus experimentos con la visión remota en el Stanford Research Institute, Puthoff y Targ averiguaron que los sujetos de los mismos, además de poder describir psíquicamente los lugares lejanos que visitaban las otras personas que participaban en los experimentos, podían describir también los lugares que dichas personas iban a visitar en el futuro, antes de que se hubieran decidido siquiera. En una ocasión, por ejemplo, a una persona con dotes inusuales que se llamaba Helia Hammid y era fotógrafa vocacional, le pidieron que describiera el lugar que visitaría Puthoff media hora después. Ella se concentró y dijo que podía  verle entrando en «un triángulo de hierro negro». El triángulo era «más alto que un hombre» y aunque no sabía qué era exactamente, oía un sonido rítmico agudo que sonaba «una vez por segundo más o menos». Diez minutos antes, Puthoff había emprendido un viaje de una media hora en coche, por la zona del Menlo Park y Palo Alto. Al cabo de la media hora y mucho después de que Hammid hubiera registrado su visión del triángulo de hierro negro, Puthoff sacó diez sobres sellados que contenían diez lugares diferentes. Eligió uno al azar utilizando un generador de números aleatorios. Contenía la dirección de un pequeño parque que distaba del laboratorio algo más de nueve kilómetros. Condujo hacia el parque y cuando llegó vio un columpio infantil (el triángulo de hierro negro) y caminó hasta el centro del mismo. Cuando se sentó, el columpio chirriaba rítmicamente mientras se balanceaba de delante hacia atrás.
Numerosos laboratorios del mundo entero han duplicado los descubrimientos de Puthoff y Targ sobre la visión remota precognitiva; entre otros, las instalaciones para la investigación, en Princeton, de Jahn y Dunne. En efecto, en 334 pruebas formales, Jahn y Dune descubrieron que los voluntarios podían dar información precognitiva acertada un 62 por ciento de las veces.
Aún más espectaculares son los resultados de las llamadas «pruebas de la butaca», una serie famosa de experimentos ideados por Croiset En primer lugar, el experimentador elegía una butaca al azar sobre un plano de asientos para un acontecimiento público que iba a tener lugar en una gran sala o auditorio. La sala podía estar situada en cualquier ciudad del mundo y solamente servían aquellos acontecimientos en los que no hubiera asientos reservados. Entonces, sin que Croiset dijera el nombre, ni la localización de la sala, ni la naturaleza del acontecimiento, el experimentador pedía al psíquico holandés que describiera la persona que se sentaría en la butaca durante la noche en cuestión.
En el curso de veinticinco anos, numerosos investigadores tanto en Europa como en América sometieron a Croiset a los rigores de la prueba de la butaca y descubrieron que casi siempre conseguía dar una descripción acertada y detallada de la persona que se iba a sentar en el asiento, especificando entre otras cosas el género, los rasgos faciales, cómo iría vestida, su ocupación y hasta episodios de su pasado.
Por ejemplo, el 6 de enero de 1969, en un estudio dirigido por el doctor Jule Eisenbud, catedrático de Psiquiatría Clínica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Colorado, le dijeron a Croiset que se había elegido una butaca para un acontecimiento que se celebraría el 23 de enero de 1969. Croiset, que estaba en Utrecht, Holanda, en aquel entonces, le dijo a Eisenbud que la persona que se sentaría en el asiento sería un hombre de un metro ochenta y cinco de altura, de pelo negro peinado hacia atrás, con un diente de oro en la mandíbula inferior, una cicatriz en el dedo gordo del pie, que trabajaba tanto en el campo de la ciencia como en la industria y que a veces llevaba la bata de laboratorio manchada por una sustancia química verdosa. El 23 de enero de 1969, el hombre que se sentó en la butaca, que pertenecía a un auditorio de Denver, Colorado, se ajustaba a la descripción de Croiset en todos los aspectos salvo en uno: no medía un metro ochenta y cinco, sino un metro ochenta y siete centímetros.

Y la lista sigue y sigue.

¿Qué explicación tienen esos descubrimientos? En opinión de Krippner, la afirmación de Bohm de que la mente puede acceder al orden implicado es una explicación. Puthoff y Targ creen que la interconexión cuántica no local juega un papel en la precognición, y Targ ha afirmado que, en una experiencia de visión remota, la mente parece ser capaz de acceder a algún tipo de «sopa holográfica» o dominio holográfico, en donde todos los puntos están interconectados infinitamente no sólo en el espacio, sino también en el tiempo.

El doctor David Loye, psicólogo clínico y antiguo miembro de las facultades de Medicina de Princeton y de UCLA, está de acuerdo. Según él, «la teoría de la mente holográfica de Pribram-Bohm parece ofrecer a aquellos que reflexionan sobre el enigma de la precognición, la mayor esperanza lograda hasta el momento de que estamos progresando hacia la solución tan buscada». Lo ye, que actualmente es codirector del Institute for Future Forecasting de Carolina del Norte, sabe de lo que habla.  Ha pasado las dos últimas décadas investigando la precognición y el arte de predecir en general y desarrolla técnicas para permitir a la gente ponerse en contacto con su propia consciencia intuitiva del futuro.
La naturaleza tipo holograma de muchas experiencias precognitivas ofrece más indicios de que la habilidad de predecir el futuro es un fenómeno holográfico. Como ocurre con la retrocognición, los psíquicos cuentan que la información precognitiva se les muestra a menudo en
forma de imágenes tridimensionales. El psíquico Tony Cordero, nacido en Cuba, dice que cuando ve el futuro es como si contemplara una película en la mente. La primera película de ese tipo la vio de niño y tuvo una visión de la toma del poder por parte de los comunistas en Cuba.
Le conté a mi familia que vi banderas rojas por toda Cuba y que iban a abandonar el país y que iban a disparar contra muchos miembros de la familia —dice Cordero—. En realidad vi cómo disparaban a mis parientes.
Podía oler el humo y oír el ruido del tiroteo. Me parece que estoy allí ahora mismo. Oigo hablar a la gente pero ellos no pueden oírme ni verme. Es como viajar en el tiempo o algo así Para describir sus experiencias, los psíquicos utilizan palabras similares a las de Bohm. Garrett describía la clarividencia como *una intuición extraordinariamente intensa de algunos aspectos de la vida en funcionamiento y, como en el plano de la clarividencia, el tiempo es un todo no dividido [las cursivas son mías], a menudo se percibe el objeto o el acontecimiento en sus fases pasada, presente y / o futura en una sucesión que cambia abruptamente».

Fuente:Extracto del libro “El universo Holográfico”

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Publicado por en octubre 1, 2014 en Artículos

 

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