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Los muertos nos hablan-Por François Brune

26 Sep

Por François Brune

Pierre Monnier era un joven oficial francés muerto a los 23 años – el 8 de enero de 1915 – en el frente de Argonne. Hijo único, de familia protestante muy creyente y muy cumplidora, tuvo la dicha de ser el hijo mimado de un hogar unido. Buena salud, estudios brillantes y familia afortunada. Pero también una buena educación cristiana: lectura diaria de la Biblia, oraciones antes de la comida, formación de la conciencia en la rectitud y en el sentido del deber. Herido una primera vez, volvió convaleciente a su familia. Nueva despedida. Esta vez para siempre.

Sus padres quedaron totalmente hundidos. Sin embargo, poco después de su muerte, la señora Monnier reconoció con toda nitidez la voz de Pierre que la llamaba por tres veces. Conmovida, preguntó:

“¿Eres tu, Pierre?”… “Claro que sí, mamá, ¡no temas, estoy vivo!”

La señora Monnier no era una exaltada. Por otra parte, fue la única vez en su vida que volvió a escuchar, en la Tierra, la voz de su hijo. Pero, a partir de este momento, Pierre continuó comunicándose con ella. La madre percibía interiormente sus pensamientos, reconociendo con toda claridad que no venían de ella.

El 5 de agosto de 1918 recibió interiormente esta orden:

“¡No pienses en nada! ¡Escribe!”

Tomó lo antes que pudo lo primero que cayó en sus manos: un libro de cuentas y un lapicero, y comenzó a escribir de un tirón:

“Si, soy yo el que te ha pedido escribir. Creo que así llegaremos a comunicarnos con mucha mayor facilidad.”

Las comunicaciones continuaron hasta el 9 de enero de 1937, ¡casi diecinueve años! Al principio eran diarias, después algo más espaciadas. Así llegaron a escribirse siete gruesos volúmenes de unas 450 páginas cada uno. Actualmente se están reimprimiendo en la editorial Fernand Lanore.

Este caso no es único. Se han establecido otras comunicaciones entre vivos y difuntos, sin que haya existido necesariamente una relación afectiva. A veces, el muerto y el vivo no se habían conocido jamás en la Tierra. Para informar con mayor precisión al lector que ya esté al corriente de este tipo de fenómenos de escritura “automática” o “intuitiva”, yo diría que – en medio de esta abundante literatura – se pueden destacar claramente cuatro grandes textos: los mensajes transmitidos por Pierre Monnier, Bertha, Paqui y Roland de Jouvenel. Añado a éstos un texto muy breve, pero muy denso, recibido personalmente de Simone por Jean Prieur. Por muchas y muy poderosas razones, cuya enumeración y discusión nos llevaría aquí demasiado lejos, estimo tanto los textos y estos autores como los de los mayores místicos. Además, éstos tienen la inmensa ventaja de ser comprensibles y atractivos para muchos lectores y, por otra parte, de tratar de muchos temas más concretos que los místicos, que sólo vislumbraron lo que estos testigos directos del más allá vieron.

En su tercer mensaje, del 8 de agosto de 1918, nos deja ya adivinar una parte del misterio de la muerte, del misterio del paso hacia el más allá:

 “¡No temas a la muerte, querida mamá!

A mi pesar, yo la temía… No la conocía, me la imaginaba con un semblante desconocido, teñido de sangre. ¡Sí! ¡Tenía miedo a la muerte! ¡Pero cuando llegó, tenía un rostro claro que se parecía al tuyo! Me dormí en sus brazos; ella me consolaba con una voz que tenía las inflexiones de la tuya… Era hacia ti, querida mamá, hacia la que se dirigía toda la ternura de mis pensamientos. Todo esto duró sólo unos instantes… ¡Sin tiempo para tener miedo, te lo aseguro! El sentimiento de la responsabilidad… Las decisiones a tomar… La voluntad de defender mi puesto pasase lo que pasase… Luego, un gran golpe en el pecho y en la cabeza… Como un puñetazo que me hubiera impedido respirar, pero no gritar mis órdenes a mis hombres… Más tarde, un mareo… Después ¡nada! Ni siquiera sentí la caída… Y, de repente, tu voz, tu voz desesperada que gritaba:

“¡Pierre! ¡Hijo mío! ¡hijito!”… Y el despertar para correr hacia ti”.

En ese momento Pierre, dándose cuenta del dolor de sus padres, se reúne inmediatamente con ellos – aunque de forma invisible – e intenta en vano consolarles.

Varios años después, vuelve de nuevo sobre este momento del paso hacia el otro mundo y nos revela más cosas sobre su serenidad en los últimos momentos:

“¡Oh, mamá, cuántas veces sentí cerca la bendita presencia de mi Salvador durante las trágicas horas de nuestra última prueba terrestre! Cuántas veces, bajo el rostro amenazante de la muerte probable, distinguía el semblante luminoso de Cristo triunfador, que me decía con ternura:

“¡Ánimo! ¡Soy yo! ¡No temas!”

¡Y sin embargo, ante mis ojos emocionados no había más que fuego y sangre! ¡Mis oídos no escuchaban sino el fragor de la batalla y los lamentos de los agonizantes!

Pero, más allá de estas escenas, más fuerte que estos estruendos y estas llamadas, la figura radiante del Resucitado y su consoladora palabra dominaban las nubes del huracán:

“¡Ánimo!… ¡Soy yo!… ¡No temas!”.

Querida mía, son muchos los que abiertamente o en secreto tomaron parte en esta experiencia: esa fue la causa de que esperaran tranquilos la voluntad del Señor. La intervención de Cristo es un hecho, no un sueño. Nosotros hemos visto, oído,  escuchado lo Invisible; el ejército espiritual nos ha sostenido y guiado hasta la doble victoria, la victoria sobre nuestros enemigos y la victoria de nuestra causa”.

Fuente.

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Publicado por en septiembre 26, 2014 en parapsicologia

 

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