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El crimen de Calatayud (telepatía)

07 Ago

A los que oyen las referencias de casos de telepatía como el mentir de las estrellas, porque, en general, son hechos ocurridos en lejanas tierras ó en lejanos tiempos, les trasladamos la relación que hace el eminente Doctor Royo Villanova, en el Diario de Avisos de Zaragoza, del cual la tomamos:

Actualidades médicas. — Telepatías. — El crimen de Calatayud.

Una noche del pasado Octubre, ya casi de madrugada, abrióse de pronto la puerta de mi despacho, que da acceso á la antesala, y apareció mi criado pálido, descompuesto, agitadísimo.
Bajaba de su dormitorio decidido á pasar la noche en vela, porque le horrorizaba la idea de dormirse.
Tres noches consecutivas, lo mismo era poner la cabeza en la almohada y cerrar los ojos, que se le aparecía una figura siniestra blandiendo un cuchillo y hundiéndoselo en el cuello despiadadamente. El forcejeaba, se movía, gritaba; pero sus gritos y sus movimientos no impedían que el crimen se consumase; únicamente servían para despertarle sollozante y sudoroso de aquella pesadilla horrible que de modo tan cruel le atormentaba.
Intenté disuadirle de su idea de pasar en vigilia el resto de la noche; pero fué en vano.

—El señor hará lo que quiera; pero en el estado nervioso en que me encuentro, el ensueño volvería otra vez, y pudiera ser que me muriese de veras.

Déjele en mi despacho arreglando papeles é instrumentos, y me acosté.
No volví á pensar en aquel incidente. Pero hoy, leyendo el periódico mientras tomaba el desayuno, me entero de que en Calatayud se ha perpetrado un crimen horrible, que la víctima, llamada Urbano Lausín, apareció muerta con un cuchillo clavado en el cuello.

¿Tendré necesidad de decir que este desgraciado Urbano era mi criado de la noche de marras?

Un escalofrío de terror sobrecogióme un instante y me puse á pensar en aquello que pudiera ser una casualidad ó una adivinación, y en seguida vino á mi memoria otro hecho que impresionó hondamente hace ya algunos años.
Transcurría la época triste de nuestros desastres coloniales y ocupaba á la sazón un puesto importante en Zaragoza una personalidad á quien yo prestaba mis servicios como médico.
Una madrugada de estío ó de primavera, que en esto no tengo seguridad, me llaman con urgencia á la histórica mansión donde se hospedaba aquella distinguida familia, y encuentro en uno de los dormitorios, rodeada de los demás individuos de la casa, una señora con la cabellera suelta, el traje descompuesto, apoyada con actitud de espanto sobre el borde del lecho y puesta la mirada fija y espantable en el cuadro de luz de la ventana. Su voz, entrecortada por los sollozos, profería palabras de apasionada indignación y de dolor intenso ante el horrible espectáculo de una alucinación macabra.
Su marido acababa de desembarcar en una playa y caía muerto a balazos pronunciando el nombre de aquella mujer enamorada con quien se había desposado pocos meses antes.
Pues bien: transcurridas algunas semanas, súpose que á la misma hora en que aquella señora se horrorizaba ante la visión de su marido agonizante, caía aquél muerto al desembarcar en país remoto, victima de las armas insurrectas.
Sin duda alguna eran tan intensas las relaciones de aquellos dos espíritus, tan acordes sus almas, tan armónicos sus corazones, tan afinadas sus sensibilidades, tan estrechamente unidas sus existencias, que cualquier acontecimiento del  uno era sentido por el otro, y tanto más cuanto más importante ó emocional fuese lo que sucediera.
Cuando se roza con el arco la cuerda de un violín, los demás instrumentos parecidos que están á su lado dan la misma nota, y sus cuerdas homologas á las del contrabajo vibran, si están acordes, conmoviéndose como si á ellas les llegara la caricia resinosa de su compañera lejana, y, efectivamente, es asi.
No vibran ellas solas espontáneamente; son las ondas que traza la cuerda primera al vibrar, las que se comunican á las otras cuerdas, si los instrumentos están afinados, y las hacen vibrar á su vez.
Esto eran aquellos corazones enamorados: dos instrumentos afinadísimos, tan acordes, que, á millas de distancia, se comunicaban sus vibraciones, sus sentimientos, por la telegrafía sin hilos de la pasión, por las ondas hertzianas de ese éter psíquico que amor se llama.

Si Campoamor notó:

en Cádiz repercutir
un beso dado en Cantón,

¿qué extraño es que una mujer enamorada, joven esposa de ayer, madre de mañana, perciba desde un rincón de España el último suspiro tan rápidamente lanzado desde otro continente por aquel hombre amadísimo que envía en un beso, no una caricia, sino su vida entera, que con el suspiro se extingue?

Pero, en fin, esto se explica; se trata de un caso más de telepatía como aquel famoso del duque de la Torre cuando, gravemente enfermo en su cama de Madrid, levantóse de súbito pidiendo su espada y su caballo para correr á El Pardo, donde el corazón le decía que Alfonso XII se moría en aquel instante, como así era en realidad.
Lo que ya no es tan fácil de explicar son esas cosas que yo llamo telepatías del tiempo, como la de la pobre víctima del crimen de Calatayud.
Sentir lo lejos en el espacio tiene su explicación.
Sobre todo cuando lo lejos es el pretérito, no el futuro.
La imaginación, en funciones con la memoria crea formas nuevas con elementos antiguos; pero, en realidad, no se trata  de estrenos, sino de reprises, á la manera como las sirenas, los endriagos, las quimeras y los dragones son animales jamás vistos en la realidad; pero cuyos detalles de bustos de
mujer, cuerpos de serpiente, colas de peces, alas de murciélago, cabezas de caballo y garras de caimán son reales y verdaderos: toda la inventiva está en la combinación de aquellos elementos.
Pero en la telepatía de lo futuro, en la sensación del porvenir, en la adivinación, en el presentimiento, en el hecho de percibir hoy lo que no ha de pasar sino mucho tiempo después; en el caso actual del desgraciado Urbano que, por dos veces y con veintidós semanas de anticipación, experimenta el mismo crimen de que ahora es víctima, en esto no interviene la imaginación ni la memoria para nada.
Se trata de una función nueva de la mentalidad, todavía ignorada y poseída tan sólo por determinados cerebros, que, considerados desde este punto, bien pueden calificarse de privilegiados.
A la vista de hechos de este género parece como si el presente de la vida, lo actual de la existencia estuviera ligado, no sólo á lo pasado, sino á lo porvenir, y que pasado, presente y porvenir son las tres dimensiones cronológicas (?) de todo lo que es, y que las tres tienen una existencia real; pero nuestra inteligencia, limitada por unos sentidos más limitados todavía, no aprecia el completo de los hechos, sino
sólo una parte de ellos, la que se tiene delante, lo presente, y, á lo más, también la parte que sucedió, lo pasado; pero en modo alguno la parte que sucederá, lo porvenir.
Nuestro sensorio es una cuerda tirante, cuyas ondulaciones, más ó menos intensas y frecuentes, conmueven por la derecha el éter del pretérito y por la izquierda el éter del futuro.
El toque está en reconocer y apreciar debidamente; en el vibrar de nuestro sensorio, cuáles son las ondas de la sombra y las de la luz, cuánta cantidad de pasado y futuro tiene lo presente.
En realidad, lo que parece todo no es nada. Lo actual no es más que una inquietud constante dejada por un recuerdo y cogida por una esperanza, que casi siempre es un temor.
El Hoy es el aliento que tomamos para poder decir Ayer y para poder clamar Mañana.

                                                                            Dr Royo Villanova

 

Fuente:Lo Maravilloso (Abril 1909 )

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Publicado por en agosto 7, 2014 en Casuística

 

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