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Las mesas levitadoras de J.M . Feola ( I )

13 Abr

En el año 1950 Jose María Feola ,físico y matemático argentino , inició unas  conversaciones con su amigo Octavio con el arduo deseo de hacer algo con la cuestión del movimiento de las mesas, poco después iniciaron varias  sesiones con no mucho éxito. El procedimiento consistía en sentarse alrededor de una pequeña mesa de madera, de 65 centímetros por 65, y unos 75 centímetros de altura, que pesaba unos 12 kilos.
Dejában las manos en reposo sobre la mesa, tocándose por los meñiques con las manos del resto de participantes . Si las manos además  se tocaban por los pulgares, a esta disposición le llamaban “cadena cerrada”, de lo contrario, era la “cadena abierta”; si las manos no se tocaban de ninguna manera –lo que pocas veces se hacía– eso le llamaban “sin cadena”.

El propio J.M. Feola  relata    en primera persona lo ocurrido en  las reuniones con mesas y todo lo concerniente a ello:

Por lo general empezábamos escuchando música que nos pareciera apropiada; César Frank era uno de nuestros favoritos. También quemábamos incienso. Después de cinco o diez minutos de esta especie de meditación-relajación, durante la cual tratábamos de mantener la mente en blanco, enunciábamos nuestro propósito: “Estamos aquí para tratar de ver si esta mesa puede moverse, o si pueden producirse raps en la mesa o en cualquier otro lugar de esta habitación. No es importante para nosotros que la mesa se mueva por fuerzas del inconsciente o superconsciente, espíritus o lo que ustedes
dispongan, en tanto se mueva por sí sola. Con esta esperanza aguardamos”.
Pocos minutos más tarde, Octavio hablaba de otra manera: “Si está presente aquí alguien que pueda mover la mesa, por favor que lo haga. No importa quién sea con tal de que pueda mover esta mesa”. Y así por el estilo. Probamos con todos los ángulos, distintos estados de ánimo, toda clase de argumentos persuasivos, pero no obtuvimos resultados.

Evidentemente, faltaba algo; tal vez estábamos equivocados al suponer que si otros habían podido hacerlo, nosotros también podríamos. Estábamos ansiosos por ver algo, así que, a través de Guillermo, pedimos ayuda al grupo de Mischa hasta que por fin ellos accedieron a hacer una prueba con nosotros. Guillermo y Alfredo vinieron a reunirse con Olga, Octavio y yo. Se decidió realizar la reunión en casa de Octavio, un departamento que alquilaba en el segundo piso de un edificio. Otros dos estudiantes vivían con él, pero esa noche no estaban en la casa.
A continuación, daré un relato de todos los experimentos importantes que realizamos –reuniones, no sesiones, ya que no estaba presente ningún médium en trance–, que identificamos con un número y una fecha para que fuera fácil referirse a ellos posteriormente. Estos resúmenes surgen de mis notas, tomadas la misma noche o a la mañana siguiente de
cada reunión.

Reunión N° 1. Febrero 1, 1952.

Iniciamos este experimento a las 22:30, como dije antes, en la casa de Octavio. Usamos su mesa de trabajo, que era más grande y pesada que la mía, con unos 16 Kilos. Todo el tiempo estuvo encendida la luz con una lámpara de 100W.
Octavio puso un disco en su tocadiscos, encendió un sahumerio de incienso y nos sentamos en torno a la mesa en cadena cerrada.
Las manifestaciones comenzaron por vibraciones de la mesa, sin movimientos convincentes ni raps que contestaran nuestras preguntas. Después de dos breves interrupciones, obtuvimos una presencia –permítanme llamarla así– la cual, moviendo la mesa sobre dos patas, transmitía mensajes por medio del alfabeto. El procedimiento es así: la mesa se levanta
en dos patas, y se balancea de arriba abajo esperando que alguien comience a decir el alfabeto. Esto lo hizo Guillermo: A, B, C, etc. Cuando aparece la primera letra de la primera palabra, la mesa golpea sobre el piso. Luego vuelve al movimiento de arriba abajo, y Guillermo comienza de nuevo con el alfabeto. Entonces aparece la segunda letra y así sucesivamente. A veces uno quiere hacer una pregunta que se puede responder por sí o por no, para ello se usa un código, tres golpes significan “sí” y dos golpes “no”. Esta presencia, o entidad, movió la mesa muy suavemente, y deletreó el mensaje a paso bastante lento. En su primer mensaje dijo que estaba relacionado con Olga y conmigo. Le preguntamos su identidad y no quiso contestar. (Uso el masculino para referirme a él porque supusimos que se trataba del abuelo de Olga –o una personificación suya actuando a través de la mente inconsciente de Olga– aunque uno no tiene derecho a hacer esta clase de presunciones). Sin embargo, dio la letra D, probablemente en relación con el mensaje que vino después. En este punto, sucedió algo que nos sobresaltó. Repentinamente, una presencia de una fuerza tremenda tomó posesión de la mesa, y comenzó a golpearla contra el piso con gran estrépito:

¡uno, dos, …., ocho! Así los contó Guillermo, y dijo: “¡Ya sé quién sos!”.

Entonces la mesa, para mi gran sorpresa, dio inmediatamente tres fuertes golpes en el piso: “¡SÍ!”.

“Sos el Guía Número Ocho”, dijo Guillermo.

Tres fuertes golpes: “¡SÍ!”. Lo repitió aún más fuerte.

La mesa comenzó a oscilar en dos patas –como describí antes– pero con mucha mayor frecuencia, como si esperase con impaciencia que Guillermo comenzara a recitar el alfabeto. Así lo hizo, mientras Alfredo tomaba nota del mensaje. Esta operación adquirió tal velocidad que se hacía difícil seguirlo. El Guía Número Ocho dijo:

“¡Idiotas! ¿Por qué hacen esto?¡Corten enseguida!”.

A lo cual Guillermo contestó:

“Es que estos amigos han estado trabajando mucho…”.

“¡Nada, paren! ¡Es peligroso continuar!”.

En este punto, la mesa levitó completamente, todos nosotros de pie, la cadena ya no hacía falta. No solamente la mesa flotaba alrededor con facilidad, sino que lo hacía de manera amenazante. Yo no estaba asustado sino tremendamente sorprendido de que semejante cosa fuese realmente posible, y más aún, que sucediera delante de mis ojos y a plena luz. Pasé mis manos y pies debajo de la mesa y por debajo de las manos de mis compañeros, para cerciorarme de que no había ningún tipo de truco, aunque a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido hacer semejante broma. Convencido de la realidad de lo que estaba sucediendo, decidí tratar de detener la mesa. La aferré en el aire con mis dos manos y traté de tirar hacia abajo. El efecto fue igual al de un mosquito que quisiera detener el puño de Muhammad Ali contra George Foreman cuando Ali recuperó su título: absolutamente ningún efecto. Era una fuerza verdaderamente poderosa.
Cuando bajó por sí misma, nos detuvimos. Después de discutir durante unos minutos lo que había que hacer, prevaleció la opinión de Guillermo: quería explicarle más detalladamente al Guía Número Ocho por qué ellos estaban ahí, de modo que pudieran conservar las buenas relaciones que tenían con esta entidad, y Mischa y el resto de su grupo no se enojaran con ellos. De modo que a los pocos minutos reiniciamos, pero en lugar del Guía tuvimos de nuevo la presencia amable del principio. Después de algunos raps en la mesa (digo en porque el sonido parecía venir desde dentro de la madera), esta entidad mostró mayor fuerza que antes y la “conversación” fue algo más fluida.

– ¿Quiere decirle algo a Olga?

– Tiene que ser madre.

– ¿Y José?

– Él tiene que estudiar.

Ahora estábamos bastante seguros de que esa presencia debía ser identificada con don Juan, el padre de mi suegro, que había muerto unos cinco meses atrás. Le pregunté:

– ¿Cree que voy a recibir mi doctorado en física?

– Sí.

– ¿Y tocaré el violín?

La mesa se sacudió como si se riera.

– Sin embargo, vas a medir mi tierra.

Yo era agrimensor, y de hecho, algún tiempo después, tuve que medir su tierra.

– ¿Cómo se siente ahí donde está?

– Estoy contento cuando alguien me recuerda.

Olga preguntó:

– ¿Qué pensás del chupete que encontré en el tranvía?

– Es una predicción.(Lo fue. Nuestro único hijo nació el 16 de octubre de 1953).

– ¿Qué piensa de don Ángel? (mi suegro, y su hijo).

– No lo conocí muy bien, porque él se fue de casa cuando era muy joven.

Era cierto, pero, por supuesto, mi esposa y yo lo sabíamos. De todos modos algo había sucedido, pudo haber sido transmitido desde nuestras mentes mediante telepatía, o clarividencia, y a través de la psicoquinesia. Pero no es necesario teorizar ahora, ya que lo haré más adelante.

– ¿Desea volver?

– Hace tan poco tiempo que dejé mi cuerpo físico… No deseo volver hasta dentro de ochocientos años por lo menos.

El “lugar” donde estoy ahora me gusta más que el mundo material.

– ¿De dónde saca la fuerza para mover la mesa?

– Principalmente de Octavio.

Octavio había dicho que sentía frío en algunas partes de su cuerpo, y la entidad aseveró que esas eran las partes de donde extraía la energía. Entonces pidió que nos quedáramos en silencio en su compañía. Luego, posiblemente al notar que Alfredo y Guillermo estaban bastante cansados, dijo que sería mejor que nos detuviéramos, lo que hizo después de decirnos adiós a Olga y a mí. La sesión finalizó alrededor de las tres de la mañana.
Como este experimento se realizó en el departamento de Octavio, Olga y yo tuvimos que caminar unas diez cuadras hasta nuestra casa. El asombro que las levitaciones y movimientos de una mesa tan pesada habían producido en mi lado científico era tan grande que, mientras caminábamos, le pregunté a Olga:

– Escucháme, parece que estamos yendo a casa, ¿no?

– Así es –dijo ella.

– ¿Podrías hacer lo que he visto en tantas películas?

¿Podrías pellizcarme?

– Claro que sí.

Lo hizo, y lo sentí, y seguía estando ahí, en medio de la vereda, caminando despacio y ponderando la situación

– ¿Entonces te parece que fue real? Quiero decir, la mesa realmente se alzó en el aire, y esa fuerza enorme era real.

– Sí, eso pienso. No creo que hayamos sido hipnotizados o que hayamos tenido alucinaciones o algo así, si eso es lo que estás pensando. En ese caso, pellizcame, por favor.

– Caramba, ni la física ni ningún físico puede dar una idea de esto. Esto contradice cuanto puedo recordar, o más bien, no entra en ninguna teoría física que yo conozca.

Yo ya tenía un grado menor en física y Octavio había hecho todo el curso para su doctorado en físicoquímica, lo mismo que Guillermo. Ninguno de nosotros ni nadie del otro grupo creía que fuese posible una explicación sobre la base de la ciencia actual. De todos modos, pasé una semana entera debatiendo en mi mente, leyendo libros, buscando una explicación. Desde luego, no hay ninguna explicación satisfactoria, pero debo decir que la fuerza y la habilidad que mostró ese Guía Número Ocho, quienquiera que fuese, me produjo una impresión tan fuerte que persiste hasta hoy, a pesar de haber visto después muchos otros fenómenos extraños y sorprendentes.
Y hay algo más. Mientras el Guía nos decía que había peligro, todos oímos como si fueran animales pequeños corriendo en círculo a nuestro alrededor. ¿Era ese el peligro? ¿Esos “elementales” sobre los que yo había leído? Uno de los principios básicos para el funcionamiento de nuestro grupo era que sólo incorporaría personas que tuvieran formación científica. Otro químico –a quien llamaré “Jorge”– quería participar en nuestros experimentos, así que, después de los hechos extraordinarios que acabo de describir, decidimos continuar con él. Los cuatro nos reuníamos semanalmente en nuestra casa, habitualmente los sábados a la noche, durante varias horas. Obtuvimos algunos resultados, como ser diferentes tipos de raps y ruidos, incluso olores, pero nada impresionante. Pocas semanas más tarde, la esposa de mi vecino sintió curiosidad por esas personas que venían a casa todos los sábados, y Olga le contó demasiado. Fue así como nuestro vecino, Fernando del Mármol, por intermedio de su mujer y mediación de Olga, solicitó ser admitido en el grupo.
Tuvimos una discusión con Olga por su lengua larga –en realidad, me enojé mucho con ella– pero luego suavizamos nuestra posición y supimos que Fernando había tenido algunas visiones siendo joven (tenía a la sazón cuarenta y seis años; recuerden que todos nosotros éramos veinteañeros); finalmente decidimos aceptarlo. Resultó ser una decisión acertada, como se verá en lo que sigue.
Así continuó el grupo con Fernando, y lo único interesante que conseguimos en varios meses fue el movimiento de una silla balanceándose a poco más de un metro de distancia de nosotros, y la impresión de un animal que se subía a las piernas de Fernando, lo cual nos pareció ser una impresión subjetiva.

A comienzos de agosto de 1952, estábamos ya descorazonados, a punto de desistir de nuestro intento. Entonces, una vez más, pedimos ayuda a nuestros amigos, quienes lo hicieron esta vez sin mayor dificultad.

Reunión Número 2. Agosto 9 de 1952.

Guillermo y Alfredo vinieron a nuestra casa, donde se reunieron con nuestro grupo en pleno, a saber, Olga, Octavio, Jorge, Fernando y yo. La mesa, por supuesto, se movió, y nuevamente, saltando en dos patas y golpeando sobre el piso según las letras del alfabeto, nos dio varios mensajes. Esta vez yo no temía que los dueños de casa –que en lo de Octavio vivían en la planta baja– fueran a llamar a la policía.

– ¿Quién es usted? ¿Puede identificarse?

– Soy el hermano de Fernando.

– ¿Puede decirnos algo que nos demuestre quién es?

– No estoy conforme con mi tumba.

Fernando contestó entonces a la entidad:

– Sé que no estás conforme, pero vos sabés que yo no tuve nada que ver en ese asunto.

– Lo sé, y estoy contento con vos.

Fernando preguntó a su “hermano” qué pensaba acerca de Olga y de mí, y la entidad respondió:

– La gente confía en ellos.

La mesa cesó en su movimiento, y después de unos veinte segundos, entró otra entidad. Que se trataba de otra entidad es algo que se notó inmediatamente porque la “conducta” de la mesa era diferente. La fuerza, la manera de moverse, la velocidad, y lo que hacía, todo era diferente. Al preguntarle si quería deletrear un mensaje, dijo:

– Hijo.

Tras lo cual, se movió hacia Guillermo, como si fuera a acariciarlo. Le dio algunos consejos a Guillermo y se fue.Vino una tercera entidad y se identificó como Domingo F. (lo que yo interpreté como Domingo Faustino Sarmiento). Esta entidad golpeó el piso con la mesa veintiséis veces. Nuestra conclusión fue que se refería al 26 de julio, día del fallecimiento de Eva Perón. Inmediatamente, como respuesta a nuestra  conclusión, dio un mensaje:

– E.P. trae guerra civil.

– ¿Cuándo?

– Mayo de 1953.

Esto fue, en realidad, con una diferencia de más de dos años: el primer intento contra el régimen de Perón tuvo lugar en junio de 1955, y su gobierno fue depuesto en septiembre de 1955, en lo que casi se transformó en una guerra civil.

– J. D. P. (Juan Domingo Perón) va a perder, y lo que es peor, F. V. va a ganar. (No pudimos identificar a ese F. V.).

Aunque esas predicciones no se cumplieron, había en ellas una porción de verdad. El intento de junio terminó con la matanza de casi tres mil personas –peronistas– que se habían juntado en la Plaza de Mayo después de oír por la radio la noticia del levantamiento militar. Numerosos aviones, sabiendo ya que la rebelión había fracasado, bombardearon a gente inocente y huyeron al Uruguay. Una decisión desafortunada, sin duda, que provenía del odio que Evita había originado en aquellos uniformados. Pero esto muestra –así como todas las predicciones de psíquicos que leemos en los diarios– que, sean esas entidades lo que fueren, sus predicciones respecto de acontecimientos futuros no son mejores que las nuestras.
Después de esta reunión, continuamos trabajando hasta que obtuvimos resultados con nuestro grupo. Esto sucedió el 12 de septiembre de 1952.

Reunión N° 3.

Jorge, Octavio, Fernando, Olga y yo. Al principio, hubo una vibración en la mesa. Yo comencé a hacer las preguntas, luego lo hicieron por turno los demás.

– ¿Conoce a alguien del grupo? Por favor, mueva la mesa hacia él.

La mesa va hacia Octavio.

– ¿Mamá?

– Sí.

– ¿Hay algo que me quieras decir?

– Sí. Casate.

Ahora la mesa comienza a dar vueltas alrededor con más fuerza.
Llega un mensaje de una entidad desconocida:

– E. morirá el veintitrés. (Esto no tenía sentido para ninguno de nosotros).

A continuación, la mesa golpea ocho veces.

– ¿Guía Número Ocho?

– Sí.

– ¿Quisieras guiarnos?

– Sí. ¡PAREN!

Al recordar nuestra primera reunión, decidimos seguir el consejo, aunque no resultaba claro si se trataba realmente del Guía Número Ocho o de una imitación. Pero, dado que era posible que ya no obtuviéramos más resultados, dimos por terminada la reunión, satisfechos con nuestra primera comunicación.
En este punto hay que hacer una observación: si no se declara otra cosa, las reuniones se realizan con luz regular.

Reunión N° 4. Septiembre 26.

Las mismas cinco personas. Hasta aquí, empezábamos siempre con cadena cerrada; durante esta reunión, tratamos de producir los mismos fenómenos con uno o dos de nosotros fuera de la cadena. Con tres de nosotros, Jorge, Octavio y yo, obtuvimos movimientos de gran intensidad. También observamos algo semejante a una inversión de polaridad, es decir, la mesa parecía pegada al piso. Cuando intentamos  moverla, fue muy difícil.
Fernando y Olga vieron una forma cónica, azulada, alta como una persona, parada detrás de mí. La mesa, mediante el alfabeto, dijo que, en realidad, esa forma estaba ahí, aunque los demás no pudieran verla. Todas esas ocurrencias tardaron mucho menos que antes en producirse. Le preguntamos a la mesa por la energía que utilizaba; dijo que la energía empleada para producir ese fenómeno luminoso se había tomado de Octavio.
Le hicimos al Guía Número Ocho, que estaba presente en ese momento, una serie de preguntas. Con respecto al aura, dijo que los animales no tienen aura, y agregó que las entidades del plano astral no pueden ver nuestros libros, por ejemplo, o nuestras cosas materiales, ni nuestros cuerpos. Solamente “ven” nuestras auras.

Reunión N° 5. Octubre 1.

Habíamos decidido no reunirnos esa noche, así que Olga y yo fuimos al centro con la idea de ir a ver una película. Era una noche tan hermosa que decidimos caminar y mirar el paisaje. La primavera en La Plata es deliciosa, debido especialmente a la variedad de árboles y sus flores. En la Avenida 7, el aroma que predomina es de los tilos, ya en flor.
Mientras caminábamos y gozábamos de la fragancia traída por una suave brisa, nos encontramos con mi amigo Raúl –a quien mencioné antes en relación con los movimientos de una silla–, que venía de su club. Hacía tiempo que Raúl se interesaba en los fenómenos psíquicos, y nunca había tenido oportunidad de venir a una de nuestras reuniones. Nos preguntó si era posible que regresáramos a casa, buscáramos a Fernando y tuviéramos una reunión. Acordamos intentarlo, y volvimos juntos a casa. Tuvimos suerte de convencer a Fernando de que  viniera. En cuanto comenzamos, llegó Octavio porque se había olvidado de que habíamos suspendido la reunión, así que terminamos haciendo la reunión con casi todo el grupo. La cadena se formó de la siguiente manera: a mi izquierda estaba Raúl, lo seguía Fernando, luego Olga, y Octavio cerrando la cadena a mi derecha. Nos sentamos en silencio durante unos diez o quince minutos, nada ocurrió. Por experiencias anteriores, sabíamos que a los pocos minutos comenzaba algún tipo de raps o vibraciones, así que esta absoluta “normalidad” me pareció extraña. Pensé correctamente que la única condición nueva era la presencia de Raúl en la cadena.
Habíamos apagado las luces para este primer intento, y en este punto pensé que tal vez Raúl suscitaba resistencias ya sea de Fernando o de Octavio, o de ambos. La otra posibilidad era que él actuara como un aislador físico para el campo de energía, cualquiera fuese su naturaleza, producido por el grupo. Al llegar a esta conclusión, decidí eludir su mano y tocar directamente la mano de Fernando. En el preciso momento en que toqué el meñique de Fernando, la mesa comenzó a moverse, arrojándose violentamente contra Raúl. Estaba tan enojada con él que tuvimos que llevar su silla al rincón más apartado de la habitación. Quedó allí sentado en silencio, bastante asombrado, y entonces obtuvimos impresionantes resultados. Hubo fuertes raps, no sólo en la mesa sino también en el piso; luego la mesa levitó y se dio vuelta patas arriba. La volvimos a su posición y entramos en “conversación” con el Guía Número Ocho, o una imitación suya. (Nunca podíamos
saberlo, por supuesto).

– ¿Dónde vivías cuando estabas en este plano?

– Vivía en Mallorca. Dicho sea de paso, conocí a Chopin.

– Ah, ¿sí? ¿Y qué hacías?

– Practiqué mucho yoga, hasta que completé mi liberación.

– Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?

– He vuelto para ayudar.

– ¿Cómo nos podés ayudar? ¿Creés que podemos registrar algunos de estos fenómenos?

– No hay sustancia capaz de registrar el cuerpo astral.

– ¿Es importante a qué hora del día podamos reunirnos?

– No, no tiene importancia, pero si trabajan durante el día, será mejor que la habitación esté en completa oscuridad.

– ¿Querés mostrarle a nuestro amigo Raúl una levitación completa de la mesa?

– Sin duda.

La mesa levitó cinco veces a unos sesenta centímetros de altura, volviendo a bajar lentamente cada vez. Luego el guía dijo:
– Si hubiera veinticinco personas presentes, podría levantar esta mesa hasta el techo.

Raúl me dijo después que aquella noche no había podido dormir.

Reunión N° 6. 14 de noviembre.

Fernando, Octavio, Olga y yo. Hubo una advertencia para Olga: “Ten cuidado”. Oímos pasos, decidimos parar. Como yo había leído acerca del círculo mágico y los efectos psicológicos que puede causar, tracé un círculo protector alrededor de la
mesa. Entonces ocurrió algo sorprendente. La mesa se movió sin ningún contacto. Formamos de nuevo la cadena, y obtuvimos una levitación de unos sesenta centímetros.

Reunión N° 7. Noviembre 22.

Esta noche se incorporó un nuevo miembro, Serafín Chavasse, un ingeniero. Comenzamos con él, Jorge, Fernando y yo. Pocos minutos después llegaron inesperadamente Guillermo y Alfredo. Hubo algunos movimientos y mensajes.
Luego ocurrió algo nuevo. En el rincón superior del cuarto, que daba a la casa de Fernando, oímos tres sonidos muy fuertes, como golpes de tambor pero mucho más fuertes. Fernando se asustó, creyó que algo le había sucedido a su esposa, y corrió a su casa, sólo para encontrar a todos durmiendo.
Hubo un mensaje: “Clodis llora”. Preguntamos por esto, pero no se nos dieron detalles. Dos días después de esta reunión, murió a la edad de cinco años un niño muy querido por mis padres y nosotros. Aunque su madre no se llamaba Clodis, asocié este hecho con el mensaje. Por supuesto, pudo haber sido pura casualidad. Por otra parte, como Olga y yo sabíamos que el chico estaba enfermo, de alguna manera la idea de su posible deceso pudo haber sido captada por la inteligencia, cualquiera fuese su naturaleza, que dirigía estos fenómenos, y expresada bajo la forma de un enigmático mensaje. De todos modos, suena como una explicación demasiado compleja.

Reunión N° 8. Diciembre 19 de 1952.

Esta vez estaba yo solo con Fernando. Inmediatamente, es decir, dentro de los treinta segundos, oímos pasos muy rápidos en el piso de madera, luego vino el guía y por medio de la mesa dijo que la situación era muy difícil para él. La mesa golpeó once veces, y después, nueve veces. Preguntamos por esto; el guía dijo que era una entidad maligna que venía a tratar de causarnos algún daño. Continuamos de todas maneras. Luego la mesa flotó en el aire por espacio de unos treinta segundos. Después de esta larga levitación, levitó nuevamente a unos treinta centímetros del suelo y luego cayó con gran fuerza. Inmediatamente comenzó a moverse alrededor de nosotros con aire amenazante. Nos detuvimos.
Continuamos cerca de medianoche después de trazar un círculo mágico con un largo cuchillo que yo tenía. Vino de nuevo la misma entidad, quien dijo ser maligna. Piqué con el cuchillo debajo de la mesa, y tuve la sensación de que una mano agarraba el cuchillo. Sentí una especie de corriente eléctrica en el antebrazo. A pesar de esta sensación dolorosa, volví a clavar el cuchillo bajo la mesa dos o tres veces más.
Preguntamos a la mesa por esta impresión de que alguien tratara de asir el cuchillo, y la entidad dijo que era él quien lo hacía. Aquí dimos por terminada la reunión.

Reunión N° 9.

Octavio, Serafín, Olga, Fernando y yo. Comenzamos a usar una cámara fotográfica. Podíamos operar con ella de dos maneras, ya sea tomar las fotos con flash o abrir el diafragma, exponer por el tiempo que nos pareciera, y luego cerrar el diafragma. Tomamos algunas fotos. Esto fue la noche del 30 de diciembre. En completa oscuridad, abrimos el diafragma de
la cámara. Después de haber obtenido movimientos de la mesa, cerramos el diafragma e hicimos correr el rollo para sacar una nueva foto. Vino nuestro guía, pero hubo una especie de lucha por la mesa. Todo era muy incoherente, de modo que nos detuvimos. Una de las fotos mostró diez marcas luminosas que no pudimos explicar por ningún medio conocido.
¿Eran los diez dedos de alguna clase de mano espiritual?
Guardé una copia de esta foto, pero el negativo se lo quedó Fernando, que lo ganó tirando una moneda a cara o ceca.

Reunión N° 10. 2 de enero de 1953.

Nuevamente Fernando y yo solos. Comenzamos a la hora 20:30 y todavía entraba algo de luz natural por la ventana. En menos de tres minutos comenzaron los fenómenos habituales, con violentos movimientos de la mesa. Logré identificar a esa temperamental entidad. Dijo que era un tío de Olga que había muerto pocos meses atrás, y que yo no le gustaba en absoluto. Identificaré a esta fuerza como M. Dijo que mi suegro debería dejar a su hijo en paz. Se refería al hecho de que el hijo alquilaba la casa de mi suegro pero no pagaba el alquiler. Mi suegro había amenazado con demandarlo, y M quería que a su hijo lo dejaran tranquilo. Esto era muy interesante porque Fernando no sabía nada de esta disputa, y yo no tenía la capacidad de producir movimientos de la mesa. Según una explicación parapsicológica normal, Fernando habría leído mi mente y traducido en movimientos de la mesa, con la personalidad “exacta” del difunto M. Pero era más que eso. Siguiendo con sus declaraciones, M dijo que si mi suegro le hacía algo a su hijo, entonces él le haría algo a mi mujer. Después de una larga discusión con M, me prometió que si yo hacía algo por su hijo, él dejaría de hacerse el “pesado” y de amenazarnos. Reafirmó su promesa con tres fuertes golpes de la mesa, y finalizamos la reunión. Estaba lloviendo, y nos tomamos una taza de té.

Reunión N° 11. Enero 7.

Después de la última reunión, ensayé experimentos de telepatía con mi suegra, doña Ramona. Sospechaba que ella era receptiva a causa de algunas visiones que había tenido, que generalmente ocurrían antes de irse a dormir. Después de una semana de ensayos, fuimos a visitar a mis suegros en su chacra, y mi suegra me contó lo que había experimentado. Dijo que me vio enmarcado en un pequeño círculo, y que me acercaba a ella. Entonces yo dije:

“¿Cómo está usted?”.

Ella contestó: “Muy bien, José, ¿y vos?”.

En ese momento, se incorporó en la cama para verme mejor, pero la visión lentamente se desvaneció.

Este interesante fenómeno fue parcialmente inconsciente de mi parte. Yo acostumbraba concentrarme en la idea que quería transmitir, pero no en la manera de hacerlo. Ella captó exactamente lo que yo quería. Yo me había concentrado en aparecer delante de ella y hacer un gesto con la mano derecha como diciendo:

“¡Hola!”.

Repetí esta clase de experimento en 1959, con resultados asombrosos, que describiré en su momento.

Reunión N° 12. Enero 16.

Fernando, Olga y yo. La mesa se movió suavemente, y respondió que hacía tres meses que había partido al otro lado.
Recordé que un primo de mi suegro había muerto alrededor de esa fecha, así que le pregunté si había vivido en Avellaneda (una de las principales ciudades de la zona adyacente a Buenos Aires). La entidad respondió:

“Sí, he venido a encontrarme contigo”.

Pocos minutos después, uno de nuestros “guías” confirmó la identidad de esa presencia.

Conviene decir algo acerca de esos “guías”. Nunca supe de estas personalidades, si se quiere llamarlas así. La cuestión es – como ya lo dije antes– que el comportamiento de la mesa es totalmente diferente de una a otra de esas entidades.
Quienquiera que fuese el que tuviera el control de la fuerza capaz de mover la mesa, era capaz también de reproducir esas “personalidades” cada vez que aparecían, de tal manera que resultaban reconocibles sin necesidad de recurrir al alfabeto o a códigos para “sí” y “no”. Este es precisamente uno de los enigmas de estos fenómenos, y no de los menores.
Después de esa amable entidad, vino el Guía Número Ocho y por medio del alfabeto dijo:

“Buenas noches”.

Inmediatamente después, M tomó posesión de la mesa, y comenzó a amenazarnos a todos moviéndola violentamente.
Olga lo enfrentó, le dijo que si no cesaba en lo que estaba haciendo, ella a su vez le haría algo a su hijo. La mesa golpeó frenéticamente el piso de a dos golpes, lo que en nuestro código significaba “no” y lo hizo varias veces. Tuvimos que interrumpir.
Creo que ha quedado claro para el lector que en nuestras reuniones sucedían muchas cosas totalmente contrarias a nuestros deseos conscientes. Por lo demás, puedo afirmar que la compañía de todo lo que tuviera que ver con M era algo indeseado aún en nuestros niveles inconscientes, al menos en la medida en que se lo pueda asegurar. Lo cierto es que la meta a que nosotros apuntábamos era totalmente diferente de lo que obteníamos. Queríamos fenómenos físicos, sí, pero sólo  claras levitaciones y movimientos a distancia, y, en todo caso, materializaciones que pudiéramos fotografiar. Pero aún cuando no fueran fotografiables, queríamos ver algo semejante a un fantasma como el Guerrero de Mischa. De modo que todos esos mensajes, disputas acerca de tumbas, alquileres y demás, eran una pérdida de tiempo para todos nosotros.

Reunión N° 13. Enero 21.

Ustedes recordarán que Fernando era vecino mío, de modo que aprovechábamos toda oportunidad, especialmente en verano –como era el caso en esos momentos– para hacer algún experimento. Decidimos ponernos a trabajar a las ocho de la noche. Todavía había algo de luz natural, hacía mal tiempo y llovía. Treinta segundos después de sentarnos a la mesa, ésta comenzó a moverse. Vino nuestro guía, y decidimos hacerle una cantidad de preguntas:

– ¿Te molesta esta tormenta?

– Las ondas electromagnéticas no me perturban.

– ¿Y los colores?

– No nos producen efecto.

– ¿Y los fotones?

– Pueden causar alguna perturbación. No veo la luz.

Los rayos X y los catódicos pueden también causar cierta molestia.

– ¿Cómo es que sabés tanto de física?

– Estudié física en Rosario, en la reencarnación anterior a la última. (Rosario es la segunda ciudad más importante de la Argentina; pertenece a la Provincia de Santa Fe).

Como la escuela de física en Rosario era bastante reciente, me sorprendió la respuesta de la entidad, y pregunté:

– ¿Has muerto en algún accidente?

– Sí, eso fue lo que ocurrió. Yo tenía sólo diecinueve años, y esa fue la razón de mi rápida reencarnación. En mi última encarnación viví veintiséis años.

– ¿Cuál es tu lugar “habitual” de residencia?

– Está en una zona de vacío interestelar a dieciocho años luz de la Tierra, donde la luz del sol es muy débil.

– ¿Qué sabés de M?

– Por fin es una entidad totalmente desencarnada.

Después de un breve intervalo, vino una entidad que dijo haber muerto el 13 de junio de 1941. Era miembro de mi familia: José De Santis. Dijo también que había sido el padre de mi abuelo.

– Entonces ¿podrías decirme si el nombre de mi abuelo era Pedro, Juan o Valentín?

– ¡Ese, ése, el último!

Era verdad, y Fernando no lo sabía.

– ¿Has conocido a Francesco De Santis, el famoso ensayista y crítico de arte italiano?

– Sí, éramos primos.

Por lo que sé, todo esto puede haber sido verdad. Yo no sabía el nombre de mi bisabuelo, pero mi tío, el único hijo viviente de don Valentín, se llamaba José, probablemente por el nombre de su abuelo. Yo sabía que mi abuelo Valentín (el cual murió siendo mi madre una niña) solía decir: “Ninguno de ustedes va a ser nunca como Francesco. ¡Era un genio!”.
Hablaba de él como su tío, de modo que las afirmaciones de la entidad tenían sentido.

– ¿Querés darme algún consejo?

– Padre.

Y con esta palabra se retiró. Conviene advertir que estábamos a 21 de enero, y todavía no sabíamos del embarazo de mi esposa. Mi hijo Miguel Ángel nacería el 16 de octubre.
Vino otra entidad, y dijo que había muerto el 10 de enero de 1950. Es interesante observar otra vez la diferencia de procedimientos utilizados para mover la mesa. Esto realmente se puede notar, como si la habilidad para usar esas fuerzas
estuviera relacionada con, o fuera una función de la personalidad de cada entidad. Esta entidad no sabía mucho de los métodos que empleábamos, y se confundía con las maneras de decir “sí” y “no”, por ejemplo. De todas maneras, nos dio su nombre: Ferrer. Fernando lo había conocido, porque había vivido en la vereda de enfrente de él, y su familia aún habitaba allí. Nos dio un mensaje para la familia: “Tengan cuidado con el bebé”. Había un bebé en la familia. Fernando quedó en transmitir el mensaje.
Después de una breve interrupción, el Guía Número Ocho llegó con gran fuerza. Nos pidió que tuviéramos cuidado pero que continuáramos igual, porque él iba a castigar a M. Luego pareció haber una lucha que podíamos ver y sentir en torno a la mesa, que ahora vibraba, se movía alrededor y de arriba abajo, o permanecía quieta mientras una serie de pequeños raps se sentían por todo el piso, dando la impresión de una verdadera lucha. Tuve una sensación quemante en mi brazo, e inmediatamente después cayó una larga aguja de tejer metálica detrás de mí. En este punto interrumpimos nuevamente la reunión.
Tan pronto como recomenzamos, vino el Guía Número Ocho y dijo que había detenido la aguja antes de que me lastimara. Con sólo mis manos sobre la mesa, hubo una cantidad de movimientos, y la habitación estaba totalmente iluminada. A pesar de la lucha, M volvió y movió de nuevo la mesa con su manera amenazante, diciendo que era él quien había querido arrojarme la aguja, y que alguien lo había detenido. Comprendió que el Guía Número Ocho nos protegía.
Entonces sacamos nuestras manos de la mesa, y ésta se movió sola. Luego salí de la habitación, y Fernando le preguntó a M si quería hacerle daño. La respuesta fue “no”.
– ¿Y a José? –preguntó Fernando.
Tres fuertes golpes: “sí”.
Volví a la habitación, y continuamos obteniendo fuertes fenómenos hasta que el Guía Número Ocho volvió y dijo que era mejor parar ahí.
En vista de nuestro gran éxito, fuimos a la casa de Fernando y tratamos de producir movimientos con tres mesas distintas. Todas ellas se movieron, incluso una mesa de comedor grande y pesada, que efectuó movimientos de rotación mientras nosotros dos estábamos de pie y tocando la mesa en una sola de sus esquinas, con una ligera presión sobre ella de nuestros dedos índices solamente. Esto sucedió a plena luz. Luego fuimos a la cocina, donde nuestras esposas estaban trabajando, e hicimos lo mismo con la mesa de la cocina. Al moverse, se oían raps en la mesa.
Nos parecía que era posible prever cómo podría llegar a desarrollarse este campo, como sucedió con la electricidad.
Contrariamente a lo que muchos creían, las tormentas no interfieren en absoluto con los fenómenos físicos.
Otra pregunta que le formulamos al guía durante esta reunión fue acerca de cómo podía él oírnos. Dijo que podía hacerlo a causa de las ondas que producíamos al hablar. No explicó si se refería a las ondas sonoras o a los impulsos eléctricos del cerebro. Así, toda explicación tenía que ver con la real existencia de entidades desencarnadas. Ni una alusión a Fernando como causante de los fenómenos ni una palabra acerca de mis propias hipótesis. Enigmático, sin duda.

Reunión N° 14. Enero 23 de 1953.

Fernando y yo. Hora 20:50. M vino inmediatamente a la mesa. Después de mucho argumentar, lo convencí de que lo que le pasaba a su hijo no me interesaba y de que yo había hecho lo que había podido. Vino el Guía Número Ocho y dijo:
“Con cuidado”. Dijo que a M le faltaban todavía cuatro meses para estar completamente desencarnado, y que mientras tanto
tendríamos que soportarlo. Interrumpimos la reunión hasta las 21:15, cuando tuvimos de nuevo esta especie de lucha, que es muy difícil de explicar. Lo interesante fue que la mesa levitó por más de un minuto. Pregunté luego al guía cuánto tiempo le llevaba viajar esos dieciocho años luz acerca de los cuales nos había hablado en la reunión anterior. Dijo:

– Cinco minutos.

– Entonces, es de la naturaleza del pensamiento –dije.

– Sí.

– Quizá deberíamos buscar en las prácticas del yoga para encontrar la clave de estos procesos.

– Sí.

Yo había trazado nuevamente el círculo mágico alrededor de la mesa, y le pregunté si corríamos algún peligro. Dijo que no.
En ese momento volvió M y trató de sacar la mesa fuera del círculo. Nosotros la sostuvimos, y sentimos una fuerza muy potente, así que me levanté y empujé contra la mesa.
Fernando hizo lo mismo, pero aún con la fuerza de los dos no podíamos mantener la mesa quieta. A las 21:40 interrumpimos por cinco minutos. Después vino de nuevo el guía, y le pregunté si conocía a Anael. Dijo que sí, y que trataría de traérnoslo. Le pregunté si sabía algo del futuro.
– Es imposible para mí saber algo acerca del futuro.
M vino de nuevo y empujó la mesa por todas partes. Era tan molesto que tuvimos que dar por terminada la reunión.

Reunión N° 15. Enero 26.

Para esta reunión invité a un matemático amigo mío, a quien llamaré Arturo, quien posteriormente se trasladó a los Estados Unidos para enseñar y llegó a dirigir un importante departamento universitario. Era también pianista y compositor, escribió un excelente libro de filosofía, y luego se llamó a silencio por muchos años.
No puedo revelar su nombre porque he perdido contacto con él desde hace mucho tiempo y no tengo su autorización para hacerlo. En ese tiempo estaba muy interesado en ver alguno de los fenómenos que obteníamos, porque le era muy difícil creer lo que yo le contaba.
Fernando, Arturo y yo nos sentamos a la mesa. A los pocos segundos se produjeron fuertes raps. Luego la mesa se movió y comenzó a golpear sobre el piso. Dejé a mi amigo con Fernando en la mesa, de modo que pudiera controlarlo por sí mismo, sostenerle las dos manos y poner sus pies encima de los de Fernando. Además, podía mirar y sentir debajo de la mesa y ver que todo sucedía sin ninguna clase de truco.
Tuvo la suerte de obtener algo nuevo aún para nosotros.
En algunos casos, en lugar de golpear con la mesa, la entidad contestó las preguntas de Arturo por medio de raps en el piso.
Después de convencerse de la realidad de los fenómenos, Arturo se fue y Fernando y yo continuamos con el experimento.
Yo tenía un escritorio en la habitación, con varias pilas de libros encima. M vino a la mesa, y le pregunté si podía sacar un
libro del escritorio y tirarlo, un libro que yo le señalaría.
Entonces ocurrió algo increíble. La mesa fue hacia el escritorio en dos patas, mientras Fernando y yo la tocábamos muy ligeramente con nuestros índices. Luego la mesa empujó toda la pila de libros, haciéndola rodar hacia el extremo del escritorio. Pero cuando toda la pila estaba a punto de caer, la luz de la lámpara que estábamos usando, una de ésas con brazo flexible y una lamparita de 100W, cayó sobre la pila de libros, y el fenómeno se detuvo. Traté de inducir a la entidad a
mover un lápiz sobre la mesa. No se movió. Como Fernando había dicho que le dolía el brazo, puse el lápiz entre los dedos
de su mano derecha, y él dijo que tenía sueño. El lápiz empezó a moverse, le pedí a Fernando que mirara en otra dirección. La letra “M” apareció claramente dibujada en el papel. Fernando dijo que ahora los brazos le dolían más que antes, como si
fuera un dolor reumático. Suspendimos el experimento con el lápiz, y continuamos con la mesa. M dijo que él había escrito
“M”, golpeando la mesa con su habitual modo violento. Luego le pregunté si se podía materializar. Dijo que podía, pero en la oscuridad. Apagué la luz, y esperamos un rato. Pero entonces la mesa dio una sucesión de golpes, que se hicieron más y más débiles, hasta cesar, como si la entidad se hubiera alejado.
Esperamos todavía unos momentos, y yo ya tenía el dedo listo para encender la luz, cuando la mesa dio ocho golpes, indicando a nuestro guía. En este punto, tengo que decir que en varias oportunidades M había dado ocho golpes tratando de
aparecer como el guía. Como en tal caso hubiera faltado la “autoridad” del guía real, le haría preguntas que sólo el Guía Número Ocho pudiera contestar y la mesa no se movería.
Entonces le diría en tono airado:

“¡Vos no sos el Guía Número Ocho, tonto!”.

El Guía Número Ocho dijo que no podía permitir que M se materializara porque era muy peligroso, y que haríamos bien en parar en este punto. Lo hicimos, pero llegó Serafín y quería ver algo, así que empezamos de nuevo.
Volvió M, comenzó a pelear conmigo, diciendo que la casa donde vivía su hijo era mía, de modo que yo era responsable de lo que le pudiera suceder. La mesa entró en un humor “agitado”, y dimos por terminada la reunión.

Reunión N° 16. 30 de enero de 1953.

Iniciamos la reunión a las 19:30 Octavio, Fernando y yo.
Vino M, luego el Guía, y tuvimos la misma lucha de antes.
Octavio dijo entonces que el plano astral le parecía un cúmulo de egoísmo, igual que acá. El Guía dijo “Sí”.
M dijo que él era conciencia pura (cosa que yo dudaba), que ellos no veían ni oían, pero se comunicaban entre sí mediante la misma frecuencia con la que brillaban. Él era amarillo, y sólo podía comunicarse con otros amarillos.

En este punto llegó Serafín y continuamos. La mesa nos dio un mensaje de una entidad que no se identificó. Decía “Adela murió a(yer)” José De Santis me dio un mensaje:

“Ten cuidado”.

De Juan para Alfredo (que no estaba presente):

“Vení a(cá)”.

Luego M tomó posesión de la mesa e hizo sus acostumbradas demostraciones de fuerza, que nos agradaba ver, porque la mesa flotaba en el aire y se movía como si nos amenazara. Entonces quemamos un poco de incienso que teníamos de antes pero no habíamos usado. Parecía que el incienso aumentara la potencia de la entidad, porque la mesa se movía ahora con mayor fuerza. Apagamos las luces, y los movimientos se volvieron muy violentos. A las 22:45 la mesa comenzó a crujir muy ruidosamente, y se le salieron dos patas, de modo que volví a encender la luz, por si llegara a ocurrir algo, como que nos golpeara con esas patas sueltas.

Continuamos con una silla en lugar de la mesa. Como esta silla era más liviana que la mesa, me pareció peligroso para mí, porque M siempre peleaba conmigo, y había prometido castigarme. Pero entonces sucedió algo sorprendente. Me encaminé hacia el pasillo que conducía a las otras habitaciones y a la cocina, y la silla vino detrás de mí sin que nadie la tocara. Serafín y Fernando estaban tan asombrados –y un poco asustados– que decidieron poner fin al experimento.
Permítanme decir aquí que por una suerte de inspiración, yo había encontrado un antídoto para M. Apenas empezábamos a cantar “La Marsellesa” él abandonaba la mesa. Lástima que no lo hicimos antes de que la mesa se rompiera.
La mesa fue reparada por un carpintero que tenía un negocio grande a media cuadra de casa. Cuando se la llevé, me preguntó:

– ¿Cómo demonios se pudo romper esta mesa de esta manera?

– Bueno, vea, la usé para arreglar los fusibles. Es justo la altura que necesito para alcanzarlos. Cuando me paré sobre la mesa, se quebró.

– ¿Con su peso? (Yo pesaba entonces unos 73 Kilos).

Le parecía muy dudoso que yo hubiera podido romper la mesa, y tomé nota de su opinión. Después de haberla arreglado, me dijo que ahora podían subirse a ella diez personas como yo.

Reunión N° 17. Marzo 20.

Fernando y yo éramos los únicos presentes. No habían pasado dos minutos, sin música ni incienso, cuando la mesa empezó a moverse. Una entidad, que se identificó con diez golpes, dijo, mediante el método del alfabeto:

“El Guía”.

No creímos en tal guía, y le preguntamos si por casualidad no era M. Protestó diciendo que no lo era. Después dijo:

“Yo soy bueno”. En ese momento, entró mi esposa y se acercó. La mesa dijo:

“Olga es buena”.

Ya no tuvimos ninguna duda de que era M disfrazado. Luego pareció como si se estuviera desarrollando una verdadera lucha por el control de la mesa. Ésta golpeó ocho veces, luego diez veces. Enseguida se produjo uno de los fenómenos físicos más notables que yo haya presenciado. La mesa levitó completamente a una altura de unos cuarenta y cinco centímetros. Cuando alcanzó esta altura, se inmovilizó en el aire y quedó firmemente fijada donde estaba, tan sólidamente como si estuviera sobre el piso. Intentamos bajarla o correrla hacia un costado, pero no pudimos moverla en absoluto. Permaneció en esa posición por más de un minuto, luego bajó por sí sola. El Guía Número Ocho dijo entonces que él tenía el control. Le pregunté qué había pasado con nuestros amigos Alfredo y Guillermo. Dijo que no estaba satisfecho con Alfredo.

– ¿Querés darnos un mensaje que nos pruebe tu elevada condición de guía?

En ese preciso momento llegó mi amigo Raúl, y estuvo presente cuando se nos dio como respuesta este largo mensaje (largo porque tuvimos que reiniciar el alfabeto 39 veces):

“LA PERSONA QUE EMPIEZA A HACER ESTO DEBE CONTINUAR”.

Y aquí concluyó esta reunión.
Pongo este mensaje en tipografía destacada porque es realmente muy importante. Muchas veces lo he recordado a través de los años, y he meditado sobre su significado. Quizás, ante los impresionantes fenómenos que habíamos visto hasta entonces, debimos habernos dedicado a estos estudios a tiempo completo, pero ¿cómo? Todos teníamos que trabajar para vivir, y este campo no tenía reconocimiento en la Argentina. No era posible dedicar a él todo el tiempo. Nuestro curso de acción parecía ser el único posible.

Reunión N° 18. Marzo de 1953.

Fernando y yo. Empezamos a las 21 horas e inmediatamente obtuvimos golpes. Entonces pedí que nos dieran enseguida un mensaje, o suspenderíamos la reunión.
Vino el mensaje:

“El día que mueras…” – ¿Quisieras que vaya con vos?

– ¡Sí!

– Vos no tenés posibilidad de conocer el futuro.

– Sí, vamos a ser amigos. Vamos a mover mesas juntos.

– Entonces, ¿qué sabés de mi futuro?

– Vas a ser rico, no a causa de ninguna herencia, sino por negocios.Vas a viajar, no a Europa, sino a los Estados Unidos.

Permítanme decir aquí, que hasta la fecha nunca he tenido negocios, y aunque no soy pobre, mi casa es en verdad propiedad del banco. De mis ahorros voy a darme a mí mismo un subsidio para terminar este libro. Las pocas posesiones que tengo no me alcanzarían para procurarme un monto de dinero significativo. Con respecto a los viajes, sí tuvo razón.
Estábamos en 1953, yo no tenía planes ni la más remota idea de viajar a los Estados Unidos. Y sin embargo, así fue: llegué
en 1959 con una beca. Pero M se equivocaba acerca de los motivos del viaje. Dijo que iba a ir a divertirme, no a estudiar.

– ¿Qué nos podés decir del plano astral?

– El Guía Número Ocho es un espíritu odioso.

– ¿Qué nos decís de Dios y el Diablo?

Ninguna respuesta, la mesa estaba muerta.

Interrumpimos aquí. Cuando recomenzamos, puse sobre la mesa una cruz dibujada con lápiz azul sobre papel blanco. La mesa no se movió. Cuando quité el papel, enseguida se movió la mesa y golpeó muchas veces con mucha fuerza.

– ¿Podés mover la mecedora que está en el hall?

– Sí.

Después de un minuto o algo así, la silla se movió con fuerza, estando nosotros sentados a tres metros de distancia, como si alguien se estuviera hamacando constantemente, para atrás, para adelante, para atrás, para adelante.
Entonces coloqué un violín en el centro de la mesa, y pedí a la entidad que produjera un sonido en él. Oímos puntear muy suavemente las cuerdas, lo que se repitió luego un poco más alto. Tomé entonces el violín y toqué la serenata de Don Giovanni, que es toda pizzicato. La mesa golpeó ocho veces, dijo que le había gustado, y pidió que la repitiera. Así lo hice, y finalizó la reunión.
Antes de continuar con algunas reuniones más, y con fenómenos aún más extraordinarios, quisiera contarles una pequeña serie de experimentos que, al margen de estas reuniones, yo efectuaba en ese tiempo.
Entre mis numerosas lecturas sobre investigación psíquica, lo oculto y temas afines, una que me impresionó mucho fue Magos y Místicos del Tíbet, de Alexandra David- Neel (reimpresa por Penguin Books Inc., Baltimore, MD).
Alexandra David-Neel nació en París, creo que en 1868. Tenía una inclinación natural hacia los viajes y la soledad; después de estudiar sánscrito y tibetano en la Sorbonne, fue varias veces a Asia, y uno de sus viajes duró casi catorce años.
Entre los tibetanos se sentía como en su hogar, y dedicó muchos años al estudio de sus creencias y costumbres. Los relatos de fenómenos psíquicos que da en Magos y Misterios merecen la atención de lectores deseosos de experimentar; no voy a intentar siquiera resumir el contenido de su libro.

Madame David-Neel (que murió en 1969) esperaba que la investigación psíquica en Tibet se realizara con espíritu de investigación científica. Si así fuera, prometía, “esas investigaciones pueden ayudar a elucidar el mecanismo de los así llamados milagros, y una vez explicado, el milagro deja de ser milagro”.
Estas eran nuestras presunciones cuando iniciamos los experimentos con el grupo de La Plata: que si los objetos se movían sin ninguna explicación física conocida, y si una mesa levitaba de la misma manera, es que había violaciones –o presumibles violaciones– de las leyes físicas conocidas, y que, por lo menos al nivel de nuestro mundo físico, debía existir algún tipo de interacción con él, lo cual, así esperábamos, se mostraría en nuestras observaciones y experimentos.
Ahora bien, lo que más me había impresionado en el libro de Mme. David-Neel era la descripción de una técnica para crear un tulku. Como dice la autora, “la palabra tulku significa una forma creada por magia, y de acuerdo con esa definición, debemos considerar a los tulkus como cuerpos fantasmáticos, emanaciones de lo oculto, muñecos construidos por un mago para servir a sus fines”.
La conexión con nuestro trabajo fue inmediata. Si uno puede crear alguna clase de fantasma por un esfuerzo consciente, entonces quizás algunas personas puedan hacerlo inconscientemente. Un grupo como el nuestro, después de reunirse tantas veces con la esperanza de obtener fenómenos físicos, podría haber creado algún tipo de entidad que era la que hacía todas esas cosas a nuestro alrededor. El tema se relacionaba también con la cuestión de la supervivencia después de la muerte corporal, porque, aunque hubiéramos nacido sin alma, podríamos crear un tulku de larga vida, que podría golpear y producir fenómenos del tipo que veíamos en las sesiones. Después de todo, la mayoría de las entidades que vienen a estas sesiones no duran mucho tiempo. Algunas de ellas actúan como guías de mediums, pero cuando muere el médium, ellas también se van para siempre. Como se pueden imaginar, la posibilidad de crear mi fantasma personal tenía una gran atracción. Decidí intentar algo. Deseaba crear, o bien atraer un yogui a nuestro lugar de reunión. Específicamente, utilizando una adaptación del procedimiento descripto por Mme. David-Neel, cada noche, al acostarme, visualizaba ese yogui frente a mí, sentado en el aire, las piernas cruzadas bajo las rodillas, su larga barba blanca bajando hasta su regazo.
Tenía hermosos ojos verdes, y un turbante blanco coronaba su rostro de expresión seria y reconcentrada. Así, cada noche,
después de apagar la luz, me quedaba sentado en la cama, y visualizaba a ese hombre frente a mí. A veces lo hacía  un velador sobre mi mesa de noche permanecía encendido, y visualizaba a mi yogui con los ojos abiertos.
Después de diez días o algo así, tras realizar este ejercicio durante unos quince minutos, y con la luz encendida (Olga estaba ya dormida, o así me pareció, en su lado de la cama doble), algo comenzó a formarse frente al ropero, a unos dos metros y medio de mi cabeza. Al principio era como el humo de un cigarrillo, una pequeña nube de unos cinco centímetros de diámetro. Luego esa forma nebulosa comenzó a alargarse hacia arriba, de modo lento pero continuo, hasta alcanzar sesenta o quizá setenta y cinco centímetros de alto. En este punto, y a pesar de estar ya acostumbrado a estas cosas y de tener suficiente coraje –me parecía– para continuar aunque me sintiera en peligro, tuve miedo, un miedo inexplicable.
Instintivamente, apagué la luz, me metí entre las cobijas y me dormí.
Dos o tres días después, mientras estábamos en la cama, Olga me contó algo que le había sucedido. Dijo que la semana anterior había visto un par de hermosos ojos verdes cerca de la ventana de nuestro dormitorio; la noche siguiente, vio la cabeza de lo que le pareció un hindú con turbante. Sólo veía la parte superior de la cara, donde los ojos verdes dominaban todo el resto del rostro. Y la noche en que yo vi la forma nebulosa, ella estaba despierta y se quedó pensando hasta después que yo me dormí. Nuevamente vio los ojos, luego la cara, una larga barba y luego un yogui completo sentado en el aire, tal como yo lo había visualizado. Pensó despertarme, pero temió que si lo hacía el yogui se desvanecería. Me lo contaba ahora porque desde esa noche el yogui no había aparecido más. Me enojé con ella y reproché su comportamiento: ¿cómo podíamos saber ahora si ese yogui estuvo realmente allí?

Por lo menos, si los dos lo hubiéramos visto y hubiéramos estado despiertos, podríamos haber hecho algo con esa aparición. Pero como yo había estado haciendo ese ejercicio, del que hasta ahora no le había dicho nada, ¿qué fue lo que ella “vio”? ¿Fue una imagen telepática de mi propia visualización? ¿O logré yo crear esa forma, muy transitoria por cierto, pero sin mí? No lo sabíamos entonces ni lo supimos después. Nunca me atreví a repetir el mismo experimento, aunque usé esa la misma técnica tiempo mas tarde.

Fuente: Extracto del libro Científico y Psíquico.

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Publicado por en abril 13, 2014 en Casuística, parapsicologia

 

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