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Materializaciones y enfermedad o campos neuronales y cuánticos

05 Abr

Por Lorenzo León Diez

En su exhaustiva exploración con los chamanes Jacobo Grinberg habla de los linajes y sus procesos para curar la enfermedad. Establece tres tipos: el primero, donde la responsabilidad del chamán no es solamente con el paciente que se cura, sino también con los seres invisibles o descarnados que de alguna manera provocaron la enfermedad. Otro, donde el chamán está interesado únicamente en el bienestar de sus pacientes no importándole el destino de aquellos seres; y el tercero, donde el chamán está fundamentalmente interesado en la mejoría de los pacientes, pero además efectuaría un combate en contra de los seres productores de la enfermedad atacándolos y destruyéndolos.

Entre todos los chamanes que conoció Grinberg solamente dos eran capaces de realizar materializaciones, esto es, hacer aparecer objetos de la nada. Una era Pachita, una anciana; y otro, extrañamente, un niño, Pepito, que vivía en la zona más alta en el norte de la Sierra de Puebla. Lo encuentra Jacobo cuando este tiene doce años de edad. El chamán empezó a curar desde muy pequeño. Ponía su mano izquierda en la zona enferma del paciente y untaba aguardiente, efectuando luego la misma operación con la mano derecha y después, succionaba con la boca para extraer o materializar pequeñas piedras de diferentes dimensiones, texturas y colores. Grinberg las ve, pues él mismo y una colega de su investigación, se sometieron a la curación: no son mayores de dos centímetros y brillan dando la apariencia de poseer una textura metálica. Pepito las depositaba en una hoja de mazorca y luego las colocaba en el fuego, donde eran quemadas. El pequeño chamán no permitía que los pacientes se llevasen las piedras, aunque daba permiso de que el paciente las tocara. En el caso de Pachita, que materializaba animales, como serpientes y otras formas animalescas llamadas daños, también las depositaban en un papel negro y las quemaba. Jacobo intervino personalmente en estas acciones. Por tanto, su hallazgo de Pepito se correspondía con su experiencia con Pachita. No se trataba de ningún truco, Pepito fue revisado de la boca antes de las intervenciones, no había ninguna manipulación engañosa.

materializaciones

Fotografía Héctor García /1969

Como venimos viendo, Jacobo enmarca toda su experiencia chamánica en los postulados de su teoría sintérgica. Su procedimiento redundante (la repetición y el desarrollo progresivo de sus conceptos) es básico para entender que la experiencia sobrenatural está plenamente comprendida en sus investigaciones psicofisiológicas y en sus pruebas en el laboratorio. Así, una vez más, explica que desde el punto de vista de la física contemporánea, todo objeto material está contenido, en potencia, en la estructura sutil de la lattice (que es la información concentrada en un sistema de altísima complejidad que interactúa con la mente humana) del espacio o campo cuántico. Una partícula elemental, para él, es una particular configuración de una zona de la lattice, la cual al sufrir, por así decirlo, una distorsión determinada, da lugar a lo que llamamos un objeto. La interacción entre dos o más partículas elementales es, según la física del campo cuántico, una interacción entre dos zonas de distorsión de la matriz del campo cuántico. Grinberg señala que la diferencia entre el espacio transparente y un objeto, es una diferencia de configuración energética del mismo sustrato. Lo que denominamos espacio transparente o invisible corresponde a zonas de total coherencia del campo. Estas son tan complejas, que el cerebro no puede decodificar un objeto a partir de ellas, y por lo tanto son invisibles para la percepción. La configuración del campo para el que llamamos objeto, sí es susceptible de ser decodificada por el cerebro y por ello aparece como un sólido visible. Reitera Jacobo: Desde el punto de vista de la Teoría Sintérgica se postula que el cerebro es capaz de afectar la lattice del espacio, creando dentro de ella zonas de distorsión particular, que resultan de la interacción entre esta misma lattice y un campo producido por el cerebro: el campo neuronal. Así, concluye, la posible explicación para las hazañas de Doña Pachita y para los prodigiosos actos de succión y materialización de piedras de Pepito, es que los cerebros de ambos son capaces de crear una alteración profunda del campo cuántico, a través de sus campos neuronales. Esta alteración resulta en un objeto material. La relación entre enfermedad y objeto material, es que el cerebro del curandero o del chamán capaz de materializar, mimetiza la enfermedad del paciente y traslada su modelo mental en una configuración energética específica de su campo neuronal, el cual, al interactuar con el campo cuántico distorsiona a este último, provocando una materialización que concentra y contiene a la enfermedad.

Una coincidencia, o más bien un patrón entre los chamanes, es la experiencia en algún momento de su iniciación, de oír voces o una voz que les indica lo que deben hacer. La iniciación es una posesión, el chamán es intermediario entre esa voz y los miembros de su comunidad. Primero aparece un reconocimiento de la entidad o entidades espirituales a determinado sujeto. Esta entidad tiene en algunos casos nombres concretos: Cuauhtémoc, en el caso de Doña Pachita, Los trabajadores del tiempo, para el caso de los graniceros de Morelos. Este linaje es radical en su interacción directa con el espacio-tiempo, como lo comprende Grinberg. El chamán no solamente será señalado por estas voces internas, sino por un acontecimiento de la atmósfera, la energía más medular que es el rayo, el relámpago que fulmina de vez en vez a los individuos en las montañas y los campos de Morelos. El chamán es un sobreviviente.

Grinberg denomina al mundo psicomágico de los chamanes como psicología autóctona. Desde los mayas a los tarahumaras, él recorrió el país visitando a estos hombres, mujeres y niños, como es el caso de Pepito, para describir la naturaleza de las voces que escucha el chamán en su acción dictada por estas entidades, un mundo espiritual al que Grinberg se acerca erigiendo su teoría sintérgica. Quizá Jacobo es uno de los primeros científicos que asume seriamente, sin prejuicios y también sin grandilocuencia espiritual, el mundo chamánico como manifiesto de la relación que existe entre la emanación de la mente (el campo neuronal) y la lattice.

Fotografía Tomás Casademunt /2009

Fotografía
Tomás Casademunt /2009

Los chamanes son los hombres físicos, determinados por un sistema cultural pero también por un sistema energético. Vínculos de sangre indígena, autóctona, se extienden rizomáticamente por las comunidades más antiguas de México y son los vasos comunicantes (para decirlo con la noción bretoniana) con el cosmos en su articulación informacional. La mente tiene la misma estructura del espacio-tiempo, esencialmente la de aquellos que son dotados por una determinación que niega la existencia del azar, tema que le ocupó un libro a Grinberg y que veremos más adelante.

Jacobo, en sus pláticas con los chamanes mexicanos va estableciendo los senderos individuales por los que llegan a comunicarse con una dimensión de la realidad más allá de la nuestra. Los graniceros de Morelos y un joven chamán de un ejido localizado a unos cien kilómetros del Puerto de Veracruz, Juan Diego, coinciden en esta apreciación de los niveles de realidad, concepto que formula Grinberg para registrar la variada experiencia de los chamanes en la relación con las voces o presencias que perciben en su meditación o en su trance. Transcribe Jacobo la exposición de Juan Diego, un joven, nos dice, de la nueva generación de psicólogos autóctonos mexicanos. Antes, en alguna parte de sus estudios, Grinberg había considerado que hombres como los graniceros y otros chamanes de edad madura, eran la última generación de chamanes, pero con el encuentro que tuvo con Juan Diego, menor de 20 años, se percató el investigador que esa era precisamente la última generación. Ellos utilizaban similares técnicas y manejos terapéuticos a las de sus antecesores, pero, señala, con un manejo conceptual y terminológico diferente, más moderno y contemporáneo. Cuando Grinberg le narra a Juan Diego la visión de los graniceros sobre los niveles de realidad, Juan Diego afirma tener permiso de obtener información y de conectarse con ese nivel de realidad –la nombra quinta dimensión- a través de puertas dimensionales o agujeros por los que transita en determinadas épocas y momentos. Cuando el joven escucha lo que Jacobo le refiere de Don Lucio, expresa que los graniceros hablaban de lo mismo que él al mencionar los seres que habitan en esa quinta dimensión. Grinberg en sus conclusiones sostiene que se trata de una generación de chamanes con la influencia de la cultura contemporánea, los medios de comunicación, de ahí el término quinta dimensión. Consideró Juan Diego que el hecho de que al chamán, para serlo, le caiga un rayo, es porque esta fuerza produce una apertura y un acceso de la tercera a la quinta dimensión por la que el chamán transita para recibir información de los seres que habitan este nivel de realidad. La entrada a la quinta dimensión es relativamente fácil, le dijo Juan Diego a Grinberg, pero el retorno es muy complejo y peligroso. Según él, el hecho de que un chamán como Don Lucio haya permanecido durante tres años en estado de coma después de haber sido golpeado por un rayo, indica que el retorno de la dimensión en que se encontraba a la nuestra no era posible en una cantidad de tiempo menor a esa.

La visión extraocular

Jacobo Grinberg viajaba a la UNAM en un ciclomotor y se lamentaba de que todos en la academia lo vieran con suspicacia. “Mi vida se volvió un infierno. Nadie me entendía. En la Universidad murmuraban acerca de mí y en la cabaña no lograba descansar”.

La vida interior de Grinberg era muy compleja. Estaba en permanente relación con entidades espirituales. Mantenía un dialogo interno que lo ponía frecuentemente en el límite y manifestaba una personalidad neurótica.

En ese año murió su abuela paterna en un asilo de ancianos y su padre heredó una fortuna. A Jacobo le regaló un departamento en la ciudad de México y un coche, por lo que pudo regresar al D.F. decidido a llevar una vida normal. Se alejó de Don Lucio y se concentró en sus clases, en el laboratorio, en la meditación y en el yoga. Se vistió completamente de blanco y se hizo vegetariano. Estaba por empezar otra gran aventura: La visión extra ocular.

Un día Jacobo recibió una llamada de una estación de televisión en donde solicitaban su presencia para un programa donde unos niños con los ojos vendados eran capaces de ver con las manos. Grinberg no pudo detectar truco alguno. Convenció a los entrenadores de aplicar su técnica con niños ciegos y organizó un programa en la escuela para invidentes de Coyoacán.

La visión extraocular desarrollada por este grupo de entrenadores cazaba a la perfección con la teoría sintérgica, por lo que Jacobo, como todo lo que hacía, se comprometió cabalmente con los descubrimientos.

En su libro La luz angelmática, incluyó un apéndice con el resultado de sus experimentos en este campo. Lo mismo que le sucedió con Pachita, que le dio la oportunidad de afirmar su teoría científica con sucesos inexplicables, pero reales, Jacobo se avocó, con el rigor que lo caracterizaba en el laboratorio, a demostrar que “un sujeto puede ver sin usar sus ojos y sin emplear ayuda artificial externa”.

Grinberg reunió a once niñas y ocho niños entre los cinco y los trece años de edad. Tuvo el cuidado de que ninguno estuviera vinculado a las experiencias que él había observado. Provenientes de seis escuelas diferentes, todos compartían una personalidad inquieta, despierta y renuente a la disciplina rígida.

Antes de iniciar el experimento cada niño recibió un breve adiestramiento basado en respiraciones y posturas de yoga. Luego, cada niño fue vendado de los ojos. Se desplegó delante de ellos, sobre una mesa, diverso material gráfico y se les indicó que pusieran sus manos sobre el papel. Cada niño era solicitado para hacer una descripción detallada de su experiencia. El entrenador dialogaba con el niño sobre su descripción de la figura y el contenido de la misma. Utilizando expresiones naturales y espontáneas de asombro y gusto, el entrenador reforzaba las apreciaciones correctas y corregía las imprecisiones. Este proceso se interrumpía cuando el niño mostraba signos de fatiga o desinterés, y se continuaba en otra sesión.

Cuando el niño era capaz de describir sin errores las figuras contenidas en las fotografías, se le pedía que apartara las manos de la superficie de las mismas y que intentara visualizar su contenido sin contacto dérmico. Más adelante, se le decía al niño cómo realizar movimientos de barrido en el espacio entre su cuerpo y las fotografías utilizando contracciones rápidas de los dedos. Notaron los entrenadores que así se acentuaban los detalles y mejoraba la focalización, además de la distancia límite en la que el niño todavía podía distinguir formas sutiles tales como letras impresas. Por último, el niño era motivado para dejar de utilizar sus manos por completo y en cambio “ver” directamente los contenidos sin ayuda de movimientos.

El reporte científico de Grinberg al respecto es muy específico, pues utilizó diversos controles, como meter a los niños en un cuarto totalmente oscuro, ponerlos frente a un espejo, anteponer entre el niño y los objetos a describir una placa de madera, sin obstruir las manos.

En el primer caso cuando el entrenamiento llegaba a la fase de visión directa sin el uso de las manos, los niños eran introducidos a un sótano totalmente oscuro y en él se les pedía describir objetos. Ninguno de los cuatro testigos utilizados en este control pudo percibir algún objeto, en cambio, dos de los niños entrenados parecían ver los objetos sin dificultad alguna. Esto –expresa Jacobo- cuestiona la posibilidad de que el medio energético decodificado por los niños sea de naturaleza fotónica, por lo menos en los umbrales de visión retiniana.

En el caso del espejo, el niño no solamente describió el material impreso sino también otros objetos que el espejo reflejaba y que habían pasado inadvertidos para el investigador. Esto descarta –dice- la posibilidad de que sea un campo térmico o calorífico el decodificado en la visión extraocular (lo mismo sucedió cuando se interpuso entre el niño y el objeto un vidrio de cinco milímetros de espesor). En cambio cuando el objeto se cubría con una hoja blanca de papel o se obstruía con una placa de madera, los niños reportaban la hoja o la madera y no el material que ellos ocultaban. En el momento que entre las manos y el cuerpo del niño se colocó una placa de madera de tal forma que las manos no fueron obstruidas por ella pero el cuerpo sí lo fue, el niño fue incapaz de percibir extraocularmente el material gráfico pero describió perfectamente la placa de madera, demostrándose así que no son receptores localizados en las manos los mediadores del fenómeno extraocular, en cambio indican que el resto del cuerpo es necesario. (Jacobo sostenía que era la manera de ver de Pachita, pues ella estaba casi ciega).

Fuente.

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Publicado por en abril 5, 2014 en Artículos, parapsicologia

 

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