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Experimentos de médicos con mesas giratorias.

14 Oct

Dos de los  experimentos más favorables fueron publicados originariamente en el Moniteur des Hôpitaux de París.

En el primero de ellos, Raciborski, antiguo jefe de clínica de la Facultad, laureado del Instituto y de la Academia Imperial de Medicina, según reza al final de su comunicación, hacía público el 2 de mayo  de 1853 el siguiente cuidado experimento, efectuado en compañía de otras cinco personas:

«Colocamos en medio de mi gabinete (…) una mesita de roble tallado, de 45 centímetros de diámetro, cuyo pie torcido terminaba en un trípode sin ruedas. Yo mismo coloqué a cuatro de estos señores alrededor de la mesita, de manera que no se tocase su ropa, ni tocasen ellos tampoco a la mesa con los pies. Estas cuatro personas tocaban solamente la superficie de la mesa con las yemas de los dedos, de los cuales el quinto de apoyaba en el dedo correspondiente del compañero inmediato, formando de esta suerte una cadena no interrumpida (…) Al cabo de 20 minutos algunos actores principiaron a experimentar ligeros sacudimientos en los dedos y después hormigueos en los brazos. A los 40 minutos se percibió por primera
vez un ligero movimiento de rotación, seguido de otro pasados 2 minutos, y luego de otro, y así sucesivamente, siendo los intervalos cada vez más cortos, en términos que en 8 ó 10 minutos de tiempo presenciamos un movimiento de rotación no interrumpido, una especie de vals, acompañado de un ruido que provenía del roce del trípode contra el entarimado. Este movimiento se verificaba de sur a norte y de
izquierda a derecha. Habiendo sobrepujado a nuestras esperanzas este resultado, quise yo que lo presenciase uno de mis clientes, la señora condesa de Chavagnac (…), que me dispensó el honor de concurrir al experimento con cuatro caballeros de su familia. Cosa de 2 minutos después de la entrada de estas personas en mi gabinete, la mesa suspendió su movimiento rotatorio, pero este no tardó en reaparecer, cesando sólo en el momento en que los actores deshicieron la cadena, levantando los dedos de encima de la mesa».

El segundo experimento, enviado al Moniteur des Hôpitaux con fecha 4 de mayo, venía firmado por A. Hardy, a la sazón agregado a la Facultad de Medicina parisina y médico del Hospital de San Luis, y se resistió en principio a dar resultados positivos. Lo cual parece indicar que las mesas a veces se hacían
de rogar y que una cierta experiencia preparatoria y una más que aceptable paciencia favorecía la obtención de movimientos con ellas.

Hardy intentó primero, formando cadena con su mujer y una hija pequeña, hacer girar una pesada mesa de madera, sin que sus deseos se vieran realizados. Lo ensayó a continuación con las mismas personas pero tomando un sombrero como objeto y esta vez los resultados fueron satisfactorios, pues el sombrero
efectuó varios círculos más o menos grandes. Ya por la noche, en casa de unos amigos, Hardy repitió los giros de sombreros con cadenas más nutridas y, alentado por los fructuosos efectos de sus esfuerzos, experimentó de nuevo con una mesa, esta vez con éxito:

«A tal efecto elegimos una cuadrada, de caoba, de cuatro pies y ruedas, llamada mesa de té. Nos colocamos seis personas alrededor de ella, tres hombres y tres mujeres. Ya habían pasado treinta minutos, y ya empezaban a cansarse testigos y actores, pedí algunos minutos de paciencia y, en el momento en que iba a suspenderse el experimento a causa del cansancio, pues iban transcurridos 36 minutos, la mesa se agitó y giró, primero lentamente y después con gran rapidez; cambiamos el orden de superposición de los dedos y el movimiento de rotación se verificó igualmente en la dirección opuesta, cesando sólo cuando se quitaron de la mesa las manos».

Las referencias positivas sobre las mesas giratorias de los médicos franceses fueron, como puede verse en estos dos casos, bastante moderadas, pues sólo consideraban los movimientos giratorios y no mencionaban los fenómenos más extraordinarios, como las danzas de las mesas o la telegrafía psíquica
por medio de los golpes de las patas.

La prensa médica española también recogió experiencias escépticas de los medios médicos franceses. Una de ellas fue la firmada por H. de Castelnau, aparecida originariamente en la Gazette Médicale de Estrasburgo, en donde se afirmaba que:

«…He hecho, pues, experimentos en las condiciones más favorables en apariencia; en uno de ellos he permanecido con tres personas benévolas por espacio de sesenta y cinco minutos en torno de un ligero velador de ruedas, de caoba, puestos sobre una tarima, y os confieso ingenuamente que ni yo ni mis compañeros de experimento hemos visto ni sentido nada»

Los experimentos médicos españoles se centraron fundamentalmente en las rotaciones y dejaron muy en segundo plano los aspectos parlantes de las mesas.

Tendieron a seguir, además, un patrón ideal: daban de entrada el nombre y actividad de los partícipes a modo de garantía y a continuación procuraban abarcar tres tipos de experiencias: primero con mesas; luego con otros objetos, especialmente sombreros; y por último con personas. Un buen ejemplo de esta sistemática lo ofrece el realizado por Francisco Castellví y Pallarés en Tortosa, del que da cuenta en una carta enviada a El Heraldo Médico el 8 de junio, y que tiene además la peculiaridad de describir los efectos de la cadena magnética sobre la persona por experiencia propia, ya que fue él mismo el que actuó como objeto de los giros. Constata Castellví en primer término, por tanto, los participantes en el evento más destacados: un canónigo, un teniente coronel y un colega del narrador y, acto seguido, relata los tres momentos experimentales:

«1º Formando cadena sobre una pequeña mesa redonda de caoba, sostenida en su centro por un solo pie, no pudimos hacerla girar, sin embargo de haber permanecido más de veinte minutos las siete personas que formábamos la cadena; sólo hizo un movimiento de izquierda a derecha casi imperceptible. Teníamos motivo para dudar de la influencia de cierta persona de las experimentadoras; y, en efecto, tan pronto como ella se separó, no se hicieron esperar los movimientos ondulatorios y luego giratorios de izquierda a derecha (…)

«2º Hicimos entre tres hombres cadena sobre un sombrero colocado en dicha mesa, y a los tres minutos principió a girar también de izquierda a derecha, tomando a las pocas vueltas tal velocidad, que casi no podíamos seguirlo. Cambiamos la cadena, y al momento paró el sombrero como un minuto, girando después en dirección opuesta (…)

«3º (…) Formaron al punto cadena a la altura de mi pecho (…) Yo me propuse firmemente no dar vueltas y resistir cuanto me fuera posible. Sin embargo, a los tres minutos, sentí en lo interior de vientre y pecho como la presencia de un eje vertical alrededor del cual se me soplaba ligera y agradablemente de izquierda a derecha; luego experimenté una sensación de ligereza en todo mi cuerpo, y un bien percibido movimiento en la dicha dirección, que no pude contener con todos mis esfuerzos; entonces exclamaron a una voz mis cuatro experimentadores: ‘Ya se mueve V.’ Efectivamente, no hubo más remedio que permitir a las piernas, ya torcidas por mi resistencia, que siguiesen las vueltas del tronco. No sé cuántas di; pero es lo cierto que por momentos me sentía arrastrar con más velocidad. Cambian la cadena, me paro menos de un minuto, y luego, experimentando las mismas sensaciones, principio a girar en dirección opuesta…».

Los experimentadores médicos idearon también procedimientos y aparatos para que los giros se produjeran con mayor facilidad y brevedad, dado que lo habitual era que estos fenómenos tardaran muchos minutos y aun horas en producirse, dando lugar al incremento de la incredulidad en todos aquellos
que carecían de la necesaria perseverancia.
Uno de los procedimientos —que debió de ser todo un espectáculo digno de contemplación— fue el de la aplicación conjunta de la nariz y los meñiques en la cadena magnética, propuesto por José de Alarcón y Salcedo, licenciado que ejercía a la sazón en la localidad toledana de Alcabón, y del que dio noticia El Heraldo Médico:

«…si quieren verse más rápidos y prontos efectos en la rotación de las mesas y de los hombres, aplíquese a ellos la nariz al mismo tiempo que los meñiques y, aunque la posición es ridícula y cansada, la prontitud del efecto compensará a todo (…) Cualquiera que sea el sitio donde la nariz se coloque entre las manos, la rotación sigue siempre la dirección marcada por la clase de cadena que los meñiques forman».

En cuanto a los aparatos, uno de los que mayor popularidad pudo haber cobrado, a tenor de las referencias que hay de su uso, fue el de Delgrás, expuesto en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia:

«El aparato consiste: 1º en una mesa o banqueta de cortas dimensiones para que permita girar en derredor de ella a los operadores; 2º en un vaso de cristal bien enjuto de toda humedad; y 3º en una tabla redonda de poco peso y de un pie a pie y medio de diámetro, como por ejemplo la tapa de una de esas cajas de mazapán que vienen de Toledo, que es precisamente el objeto de que nos hemos servido. Para armar el aparato, basta colocar el vaso boca abajo en el centro de la mesa o banqueta poniendo sobre la tabla redonda en disposición que guarde equilibrio.
Hecho esto, forman la cadena consabida sobre los bordes de la tabla tres personas, de las cuales conviene que una sea mujer, y no pasan dos minutos sin que la tabla empiece a girar sobre el vaso en la dirección marcada por los dedos pequeños, arrastrando en su movimiento a los operadores».

Pero los médicos y farmacéuticos no se contentaron pergeñar nuevos procedimientos y aparatos para mejorar los experimentos habituales llevados a cabo con las mesas giratorias. A veces fueron más allá y algunos llegaron a establecer nuevos planteamientos, nuevas formas de experimentación, en relación con los movimientos de las mesas que hicieron entrever las posibilidades que encerraban estos fenómenos. Ejemplares a este respecto fueron los ensayos realizados por el farmacéutico del Hospital General de Tarragona José María Pelegrí, aparecidos en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia y que también recogió Mariano Cubí (1801-1875) en las notas del capítulo dedicado a las mesas giratorias de su libro La frenología y sus glorias. El método seguido por Pelegrí fue muy cauteloso. Primero fue introduciendo
pequeñas modificaciones en los experimentos habituales, como los cambios de dirección del giro independientemente del tipo de cadena magnética, de primera o de segunda especie, utilizada; o el aumento de peso progresivo de la mesa objeto de estudio a fin de ver los posibles efectos sobre el giro:

«Varios sujetos dotados de la impasibilidad necesaria se aproximaron a una mesa velador que gira sobre su pie, e hicieron la aplicación de las yemas de los dedos con toda delicadeza, formando entre sí la cadena, y a los pocos minutos comenzó a moverse la mesa (…) En tal estado previne que todos ellos formasen firme y sostenida voluntad de que cambiase la dirección del movimiento y la mesa seguía por cortos momentos en su movimiento primitivo, hasta que, vencida por la inercia, se para un poco la mesa y comienza sin notable dilación el movimiento giratorio inverso con mucha más fuerza que el que tenía antes. Repetimos varias veces el experimento, con la circunstancia de hacer subir sobre el velador un niño de 10 años, y no por eso dejó de girar del mismo modo; luego subieron personas de más peso, hasta las hubo de más de nueve arrobas, sin que ese enorme peso fuese obstáculo al movimiento giratorio del velador, que lo verificaba a derecha o a izquierda, según era la voluntad de los operantes. El experimento se ha repetido muchas veces en diferentes días y por distintas personas, dando siempre igual resultado, sea que se formase la cadena de 1ª o de 2ª especie, o que se colocasen los dedos meñiques caprichosamente (…); de suerte que el movimiento giratorio de la mesa u otro objeto pende más de la uniforme voluntad de las personas que se aplican a la formación del fenómeno, que de cualquiera otra fuerza o elemento…».

Y, posteriormente, una vez allanado y afirmado así el terreno, realizó otros ensayos con las mesas totalmente novedosos, como es éste que viene a continuación, en el que se establece una especie de duelo magnético de voluntades:

«En medio de estas operaciones, dos individuos ya prácticos en el modo de dirigir la voluntad, se colocaron en el velador uno frente de otro o diametralmente opuestos, y aplicaron las manos en el borde como cuando se formó la cadena, pero sin contacto entre sí (…); previne que formasen voluntad de que velador girase por la derecha y lo lograron sin dificultad. Visto por mí que dos individuos solamente bastaron para hacer girar la mesa según su voluntad, previne que se animasen de voluntades opuestas, queriendo el uno que la mesa girase por la derecha y otro por la izquierda, y fue el resultado la neutralización de las voluntades y, en consecuencia, la inacción de la mesa (…); me apliqué yo a la mesa proponiéndome emplear mi firme voluntad en favor de uno de los dos: a poco rato dio un crujido la mesa y muy luego se puso en movimiento por el lado apetecido por las dos voluntades (…) Estos últimos experimentos los he repetido también varias veces con diferentes personas, resultando en unas neutralización de voluntades y, en consecuencia, inmovilidad de la mesa, y en algunas otras, ya sea fuesen poco prácticas en el modo
de dirigir la voluntad o que el poder de ésta fuese inferior al mío, vencí en la lucha y el velador giró por el lado que yo dirigía la voluntad».

Todos estos experimentos protagonizados por médicos que, primero, se limitaron a remedar los ensayos iniciales del vulgo aunque de forma más pautada y ordenada; segundo, fueron luego hechos con nuevos procedimientos y aparatos en pro de una mayor agilidad y facilidad en su realización; y, tercero, sirvieron finalmente para introducir nuevos planteamientos y formas de abordaje originales de los fenómenos giratorios con objetos y personas, generaron una serie de conclusiones que complementaron y mejoraron aquellas que se hicieron en la prensa política y de opinión en los primeros días de la moda de las mesas. Entre estas nuevas hay que destacar las siguientes: que los movimientos podían originarse sin que los participantes formaran cadena con sus manos, siendo diversas las posturas que éstas podían tener sobre los objetos o las personas girantes; que la voluntad y el deseo de todos los concurrentes al experimento era de principal importancia para la pronta y fácil manifestación del fenómeno; que cuando entre ellos había alguno que se resistía, ya fuera por incredulidad o por ánimo deliberado en contra, la manifestación del fenómeno o no se verificaba o lo hacía con mucha dificultad; que hecho el experimento entre dos personas que tuvieran una voluntad opuesta entre sí en relación con la dirección del movimiento o bien la mesa permanecía inmóvil o bien tomaba la dirección preconizada por el individuo de voluntad más enérgica; y que no había necesidad alguna de cambiar la posición de los dedos para variar la dirección de los giros, bastando sólo la voluntad del operador, si era único, o la unánime, cuando eran más de uno.

Fuente:LA EPIDEMIA PSÍQUICA DE LAS MESAS GIRATORIAS.

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Publicado por en octubre 14, 2013 en Casuística, parapsicologia

 

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