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Declaración de Margarita Fox.

11 Oct

«En la noche de los primeros ruidos todos nos despertamos, encendimos una bujía y registramos la casa, sin que cesaran un momento los golpes, que se oían casi siempre en el mismo lugar. Aunque no muy fuerte,producíase a la vez un movimiento en los muebles y en las sillas, muy perceptible, sobre todo cuando volvimos a acostarnos. Era un movimiento trémulo más bien que una sacudida súbita. Continuó durante toda la noche hasta que nos quedamos dormidos. Yo no pude conciliar el sueño hasta las doce. El día 30 de marzo fuimos molestados toda la noche. Los ruidos se oían en todas las habitaciones de la casa. Mi marido salió afuera mientras yo permanecía dentro, sonando los golpes en la misma puerta que nos
separaba. Oí pisadas en la despensa y como si alguien anduviese debajo, en la escalera; no podíamos estar tranquilos; deduje que la casa estaba visitada por algún espíritu. Muchas veces había oído hablar de ellos, pero jamás había presenciado cosa parecida ni me había ocurrido nada análogo.

»La noche del viernes, 31 de marzo de 1848, habíamos decidido acostarnos más temprano y no consentir que se nos molestara con ruidos haciendo todo lo posible por dormir en paz. Pero aún no se había acostado mi marido, cuando empezaron a oírse los estrépitos, que aquella noche sonaban de modo distinto. Las niñas, que dormían en una cama instalada en nuestra alcoba, oyeron los golpes, y probaron a imitarlos golpeando con los dedos.

»La menor, Catalina, decía: «Señor desconocido, haga usted lo que yo hago», y daba golpecitos con los dedos. Inmediatamente contestaba el mismo número de golpes. Cuando ella se paraba, el ruido también cesaba durante corto tiempo. Luego Margarita dijo un poco como de burla: «Ahora haga lo mismo que yo: cuente uno, dos, tres, cuatro», y golpeó al mismo tiémpo con los dedos; los ruidos contestaron como antes. La niña se quedó aterrada. Luego Catalina, ingenuamente, exclamó: «¡Oh, madre, ya sé lo que es! Pronto será el día de los Inocentes, y hay alguien que quiere burlarse de nosotros».

»Entonces pensé en hacer una prueba cuyo resultado ninguno pudiéramos poner en duda. Pregunté al de los ruidos que me indicara con golpes y de una manera sucesiva, la edad de cada uno de mis hijos; instantáneamente me dio esa edad, parándose lo suficiente entre la de uno y otro para que yo pudiera contar hasta el número de siete. Siguió a esto una pausa más larga, y luego una serie de tres golpes fuertes correspondientes a la edad de un hijo fallecido, y que era el más pequeño de todos.

»Luego pregunté: -¿Es un ser humano quien contesta a mis preguntas? A esto no respondió ningún golpe. Volví a decir: -Si es un espíritu, que dé dos golpes. Inmediatamente resonaron los dos golpes. A continuación indiqué:
-Si se trata de un ser humano que fue herido, que dé dos golpes. Estos se oyeron en seguida tan fuerte que la casa tembló. Continué preguntando:

-¿Fue usted herido en esta casa? La contestación fue la misma que antes.

-¿Vive la persona que le agredió? Contestación por medio de golpes, comoantes.

Por tal procedimiento descubrí que había sido muerto en mi misma casa; que era un hombre de treinta y un años; y que sus restos habían sido enterrados en la cueva; que su familia se componía de la mujer y cinco
hijos, dos varones y dos hembras, todos los cuales vivían en el momento de ser asesinado, y que la esposa había fallecido después. Finalmente, le pregunté: -¿Continuará usted golpeando si llamo a mis vecinos para que puedan también oírle? Los golpes contestaron con fuerza en señal afirmativa.

»Mi esposo salió a buscar a la vecina de al lado, que es la señora Redfield. Se trata de una mujer muy cándida. Las niñas, sentadas en la cama, muy juntas una a otra, temblaban de miedo. Yo creo que estaba tan tranquila como estoy ahora. La señora Redfield vino en seguida (eran las siete y media), creyendo que haría reír a las niñas, pero cuando las vio pálidas, miedosas, casi mudas, se quedó cortada y empezó a creer que se trataba de algo más serio de lo que supuso. Hice algunas preguntas en nombre de mi
vecina y obtuve contestaciones por el procedimiento anterior, diciéndonos su edad exactamente. La señora llamó a su marido, ante quien formulamos las mismsa preguntas, obteniendo las mismas contestaciones.
»Entonces el señor Redfield salió en busca del señor Duesler, de su mujer y de otras varias personas. A su vez Duesler llamó a los matrimonios Hyde y Jewell. Duesler hizo varias preguntas inmediatamente seguidas de las correspondientes respuestas. Luego hice yo venir a cuantos vecinos pude, y pregunté al espíritu si alguno de ellos había sido el agresor, pero no obtuve contestación. Duesler preguntó: «¿Fue usted asesinado?» Los golpes fueron afirmativos. «¿Su asesino cayó en poder de la justicia?» No contestó
ningún ruido. «¿Puede ser castigado por la ley?» Ninguna contestación.
Luego ordenó: «Si su matador no puede ser castigado manifiéstelo por medio de golpes», y los golpes se hicieron claros y distintos. De la misma manera Duesler logró enterarse de que el desconocido fue asesinado en la habitación situada al este de la casa, hacía unos cinco años, y que el asesino fue un tal… cometiéndose el crimen un martes por la noche, a las doce; que fue degollado con un cuchillo de carnicero; que el cuerpo fue bajado a la cueva; que no fue enterrado hasta la noche siguiente; que fue arrastrado
escaleras abajo enterrándosele a diez pies de profundidad. Con golpes afirmativos dio a entender que el móvil del crimen había sido el robo. A la pregunta: «¿Cuánto fue lo robado?» ¿Un centenar de dólares? No hubo contestación, como tampoco al preguntar si fueron doscientos, trescientos, etc., pero al decir quinientos, los golpes contestaron afirmativamente.

»Algunos vecinos más que estaban cerca, fueron llamados como testigos, y todos pudieron oír las preguntas y respuestas.
Varios permanecieron en mi casa toda la noche. Yo salí con mis hijas.

»Al día siguiente, sábado, la casa se nos llenó de gente. No se habían oído ruidos durante el día, pero desde el anochecer comenzaron de nuevo.
Estaban presentes más de trescientas personas.

»Por la noche, se empezó a cavar en la cueva, pero se encontró agua y tuvo que suspenderse el trabajo. El domingo no se oyeron ruidos ni por la tarde ni por la noche. Esteban. B. Smith con su esposa (mi hija María), y mi hijo David S. Fox y su mujer, durmieron en casa ese día.
»Nada volví a oír desde entonces hasta ayer, en que antes de media noche hicimos varias preguntas a las cuales se nos contestó por el mismo conducto de los golpes. Hoy oí los ruidos varias veces.
»No creo en casas encantadas ni en apariciones. Me contraría que haya producido tanto revuelo este suceso, que, para nosotros, se ha traducido en gran molestia. Considero una verdadera desgracia habitar en esta casa, y sólo ansío que la verdad sea conocida y se explique claramente lo que ocurre. Ninguna intervención tengo en los ruidos; todo lo que yo puedo decir es que se han oído repetidamente como queda apuntado. He vuelto a oírlos esta mañana (martes), 4 de abril. Mis hijos los han oído también.

»Certifico que la declaración anterior me ha sido leída; que concuerda con la verdad, y que estoy dispuesta a jurarlo si es necesario.

(Firmado) MARGARITA FOX.»

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Publicado por en octubre 11, 2013 en Casuística, parapsicologia

 

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