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casos de combustión espontánea

30 Sep

LA CONDESA BANDI.

El primer caso referido de combustión humana espontánea se halla en Italia cerca de Verona, por la tarde del 4 de abril de 1731. La condesa Cornelia Bandi, de 62 años, cenaba tranquilamente en compañía del canónigo Bianchini, luego se fue a acostar. Al día siguiente por la mañana, los criados que entraron a su habitación fueron presa del estupor. “El piso del cuarto estaba esparcido de grandes manchas húmedas y viscosas mientras que un líquido graso, amarillento se deslizaba por la ventana llenando la pieza de un olor repugnante”. Se observó entonces cómo una fina capa de hollín cubría los muebles. La condesa, o más bien lo que quedaba de ella, yacía cerca de su cama: un pequeño montón de cenizas, sus dos piernas y un trozo de su caja craneana, reducido por la fuerza de la combustión. Las autoridades y el médico forense quedaron perplejos, el magistrado se contentó con anotar en su relación “un fuego misterioso parece haberse encendido
espontáneamente en el pecho de la condesa” y se decidió clasificar para siempre el expediente.

LA SEÑORITA THAUS.

El 3 de junio de 1782, en Caen, una anciana, la señorita Thaus desaparece en humo. Mérille, el cirujano encargado de examinar el caso, escribió: “La parte superior de la cabeza yacía sobre uno de los caballetes, a cuarenta y cinco centímetros del fuego. El resto del cuerpo yacía de través, frente a la chimenea, y no era más que una masa de cenizas. Hasta los huesos más sólidos habían perdido su forma y su consistencia. Se encontró el pie derecho entero, pero chamuscado. Aunque era un día frío, no había en la chimenea más que dos o tres pedazos de maderas quemadas”. Añade que, el día precedente a la desaparición de la señorita Thaus, testigos la vieron ingerir varios litros de vino y un litro de coñac. Tal ejemplo incitó al médico forense norteamericano, el doctor Dixon Mann, a emitir la hipótesis según la cual estos casos de combustión humana espontánea se explicaban por un estado de impregnación alcohólica particularmente pronunciado de las víctimas. Una chispa bastaría entonces para inflamarlas.
Desdichadamente, y el doctor Mann así lo reconoció, numerosos otros casos de combustión espontánea se refieren a personas que sólo bebían agua. Sin embargo, la relación del cirujano Mérille es formal: ni un mueble del apartamento estaba dañado. Se encontró la silla sobre la que estaba sentada, intacta, a unos cincuenta centímetros.
El cuerpo se había consumido en menos de siete horas, aunque nada más que los vestidos se habían calcinado.

EL CASO DE  GINETTE KAZMIERCZAK.

En Uruffe, pequeño burgo lorenés cerca de Toul, Ginette Kazmierczak llevaba una vida solitaria, discreta y desdibujada en la vivienda oficial de su hijo, el institutor de la aldea. La tarde del 12 de mayo de 1977, estaba sola en el apartamento pues su hijo había salido. A eso de las 3 de la mañana, su vecina de piso
se despertó sobresaltada. Su cuarto estaba lleno de humo. Salió y vio pequeñas llamas que devoraban la parte baja de la puerta de entrada de la señora Kazmierczak. Alertó a los bomberos que llegaron muy rápido y se encontraron ante de un espectáculo espantoso. El cuerpo de la víctima yacía carbonizado sobre el piso, contra la puerta de entrada, pero las piernas y el brazo derecho estaban intactos mientras que la cabeza, el tronco y el abdomen no eran más que cenizas. Hizo falta una temperatura enorme
(2000°C) para llegar a ese macabro resultado. Sólo el piso debajo del busto de la víctima mostraba rastros de incendio. Los muros y el suelo estaban manchados de hollín, pero nada más se quemó en el apartamento. La estufa de gasoil y el calentador de agua estaban apagados. Una caja de fósforos estaba intacta sobre el reborde de la ventana. La electricidad funcionaba correctamente.
¿Crimen, suicidio? Esas tesis fueron descartadas a falta de elementos materiales que pudieran sustentarlas. El Ministerio Fiscal de Nancy abrió una investigación y encargó un peritaje al capitán Laurain. Este último reunió todas las hipótesis: explosión de una bomba aerosol o de un gas (pero entonces el abrasamiento del mobiliario hubiera sido total) crimen (pero la puerta del apartamento estaba cerrada por dentro), rayo (meteorología invalidó esa posibilidad). El perito debió admitir que se trataba de un caso de combustión espontánea. En consecuencia, el 18 de enero de 1978, el Ministerio Fiscal de Nancy pronunció una ordenanza de sobreseimiento en este caso.

EL CASO MARY REESER

La propietaria trajo un telegrama a la puerta del apartamento de la Sra. Reeser en San Petersburg, Florida. Golpeó tres veces y esperó. No hubo respuesta, golpeó de nuevo. Siempre sin respuesta, intentó abrir la puerta. El pomo de la cerradura estaba caliente, lo que le recordó el ligero olor a humo que había observado un poco más temprano.

Pero el olor había desaparecido, y por tanto no había llamado a los bomberos. Después de haber golpeado varias veces más, llamó a la policía que llegó y derribó la puerta. Una visión increíble les esperaba en el apartamento de la Sra. Reeser. En medio del salón, una gran butaca acolchada se había quemado hasta los resortes metálicos, había un poco de hollín en el techo y la alfombra estaba quemada alrededor de la butaca; aparte de eso, el fuego no había sido de importancia. Pero en el apartamento no había rastros de la Sra. Reeser.
Avanzando hasta la butaca, la policía descubrió lo que quedaba de ella. Su cabeza estaba, completamente carbonizada y reducida a la dimensión de una pelota de tenis. Encontró también un fragmento de su columna vertebral y un pequeño trozo de un pie. Era todo, salvo algunas cenizas grises alrededor de la butaca. El instructor de policía quedó estupefacto ante aquel extraño descubrimiento.
Recurrió al doctor Wilton Krogman, especialista muy conocido en muertes por fuego de la Escuela de Medicina del estado de Pensilvania y que estaba de vacaciones por los alrededores. “Es lo más asombroso que jamás he visto” dijo. “No puedo imaginar una cremación tan completa sin más daños al propio apartamento.
Nunca he visto tampoco un cráneo humano reducido así por un calor intenso”.
Lo contrario siempre es cierto: los cráneos pueden crecer anormalmente o estallar virtualmente en cien pedazos. La policía pensó en el suicidio, accidente y crimen, pero sin encontrar ningún motivo. No existía medio conocido por el que la Sra. Reeser hubiera podido ser muerta de esa manera. Hace falta un calor de cerca de 2500 grados y unas tres horas para consumir un cuerpo humano en esa forma.
En el caso de Mary Reeser, fueron llamados peritos en piromanía, patólogos y hasta agentes del FBI, para ayudar a llevar adelante la investigación. Pero ninguno de ellos pudo explicar por qué el cuerpo
se desintegró totalmente así como los huesos. Sólo quedó un cráneo quemado, algunas vértebras y un pie que todavía llevaba una pantufla.
El piso estaba completamente intacto y la butaca fundida. Se declaró la muerte accidental como causa del accidente. Sin embargo, los hechos no concuerdan con esta afirmación. En efecto, para reducir los huesos a cenizas, hace falta una temperatura de por lo menos 1650°C, lo que un simple incendio de butaca o de traje es incapaz de producir.
Por otra parte, tal temperatura habría significado la combustión de toda la casa. La cantidad de hollín desprendido muestra que el fuego que consumió a la Sra. Reeser lo hizo lentamente.

EL CASO  DE PATRICK ROONEY

La tarde de Navidad de 1885, Patrick Rooney, su mujer y su criado John Larson, bebían whisky en la cocina. Luego Larson se acostó y se despertó la mañana de Navidad con jaqueca. En la parte baja, en la
cocina, encontró todo el mobiliario cubierto de una película aceitosa, y en el suelo, a Patrick Rooney, muerto. Lamon tomó su caballo y galopó para avisar al hijo de Rooney, John, que vivía cerca de allí. Al regresar a la granja, los dos hombres observaron un agujero carbonizado cerca de la mesa de la cocina. En la tierra, debajo del piso de la cocina, vieron un cráneo calcinado, algunos huesos quemados y un pequeño montón de cenizas. El instructor de policía consideró que Patrick había muerto por asfixia provocada por el humo del cuerpo de su mujer que ardió. El jurado no emitió ningún veredicto. La Sra. Rooney había desaparecido en un fuego de un calor fantástico que no se había extendido más allá
de sus contornos inmediatos. Eso sobrepasaba la comprensión de ese jurado de granjeros del Medio Oeste en el siglo XIX.

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Publicado por en septiembre 30, 2013 en Casuística, parapsicologia

 

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