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Casos extraordinarios de Carl Jung

19 Jun

La  madre Carl Jung fue testigo de varios hechos extraordinarios en su vida, los cuales sucedieron durante 1898. Estos fueron  resumidos por el psiquiatra C.G.Jung, en una primera carta a J.B.Rhine (27.9.1934) (Jung le envió a Rhine la foto del cuchillo para que lo colgara en su escritorio ):

“Durante las vacaciones de verano sucedió algo que debió influir en mi poderosamente. Un día estaba en el gabinete de estudio y repasaba mis libros de texto. En la habitación contigua, cuya puerta estaba entreabierta, estaba mi madre haciendo calceta. Era nuestro comedor en el cual veía la mesa redonda de madera de nogal. Procedía del ajuar de mi abuela paterna y entonces tenia ya setenta años. Mi madre estaba sentada frente a la ventana, aproximadamente a un metro de distancia de la mesa. Mi hermana estaba en la escuela y la criada en la cocina. De pronto se oyó una detonación como un pistoletazo. Me levanté de un salto y corrí al cuarto contiguo de donde había oído la explosión. Ví a mi madre sobresaltada en un sillón, su labor le había caído de la manos. Dijo tartamudeando: ¿Qué, qué ha sucedido? Fue justo a mi lado!, y miraba sobre la mesa. El tablero de la mesa se había roto por la mitad y no por el sitio encolado, sino en la madera encerada. Quedé atónito… ¿Cómo había podido pasar tal cosa? Una madera naturalmente encerada, pero seca ya desde hacía setenta años, que se abre en un día de verano con una elevada humedad habitual para nosotros. Hubiera resultado explicable en un día de invierno frío y seco junto a una estufa ancendida. ¿Qué diablos pudo ser la razón de tal explosión? Realmente existen casualidades extrañas, pensé. Mi madre movió la cabeza y dijo con la voz de su número dos: “Sí, si, esto significa algo.” Yo me sentí contrariado y disgustado por no poder responder nada.
Aproximadamente catorce dias después, llegué por la tarde a las siete a mi casa y hallé a mi madre, mi hermana de catorce años, y la sirvienta, en plena excitación. Hacia una hora que se habla oído de nuevo una explosión. Esta vez no había sido en la ya deteriorada mesa, sino en el aparador, mueble originario del siglo XIX. Habían mirado ya por todas partes, pero no habían encontrado ninguna grieta. Comencé inmediatamente a inspeccionar detalladamente el aparador y lo inmediato a él, pero sin éxito. Registré el interior del mueble y su contenido. En el cajón, conteniendo la cesta del pan, había el pan y junto a él, un cuchillo cuya hoja estaba destrozada casi por completo. El mango estaba en un rincón del cesto rectangular y en cada una de las tres restantes había un trozo de la hoja del cuchillo. Este se había empleado todavía a las cuatro de la tarde y después se había guardado. Desde entonces nadie lo habla tocado .
Días después llevó el cuchillo a uno de los mejores afiladores de la ciudad. Escudriñó los fragmentos con lupa y movió la cabeza: “Este cuchillo -dijo- no tiene ningún defecto. El acero está en buen estado. Alguien lo ha roto en pedazos. Esto se puede conseguir, por ejemplo, introduciendo la hoja en el quicio del cajón y rompiéndolo trozo a trozo. El acero es de calidad. 0 quizás se ha dejado caer desde gran altura sobre una piedra. Esto no puede estallar en absoluto. Se ha hecho algo con él. Mi madre y mi hermana se encontraban en la habitación cuando fueron sobresaltadas por la repentina detonación. En la número 2 de ellas, mi madre me miró significativamente y no pude hacer mis que callar. Me sentía enteramente desorientado y no podía de ningún modo explicarse lo sucedido. Esto me resultaba tanto más enojoso por cuanto debía admitir que estaba profundamente impresionado. ¿Porqué y cómo se partió la mesa y se quebró el cuchillo? La hipótesis de la casualidad resultaba del todo inadmisible. Lo de que el Rhin se desbordara eventualmente alguna que otra vez, era para mí, muy improbable, y otras posibilidades quedaban eo ipso descartadas. ¿Qué podría ser?

Algunas semanas después, me enteré que ciertos parientes se entretenían desde hacía tiempo con mesas giratorias y tenían una “médium”, una muchacha jóven, de poco más de 15 años. Desde hacia algún tiempo en este círculo pensaba ponerme en contacto con esta médium, que caía en estado de sonambulismo y producía fenómenos inexplicables. Comencé a asistir a sesiones con ella y otros interesados regularmente los domingos. Los resultados fueron las transmisiones de pensamiento y los golpes en la pared y la mesa. Los movimientos de la mesa eran dudosos, se producían independientemente de la “médium”. Comprendí pronto que las condiciones limitadas eran, en general, inconvenientes. Me conformé con la evidente independencia de los golpes en la pared y presté mi atención al contenido de las transmisiones de pensamiento. Los resultados de estas observaciones los he expuesto en mi tesis doctoral . Después de realizar experimentos durante dos años, se manifestó una cierta languidez y sorprendí a la “médium” intentando provocar los fenómenos mediante trampas. Esto me determinó a interrumpir las sesiones -muy a pesar mío, pués con ella había aprendido como se forma una personalidad número dos, como se asume una conciencia infantil y se integra finalmente a ella. La muchacha era una “malograda”. A los 26 años murió de tuberculosis. Lo ví todavía una vez, cuando tenía 24 años y quedó impresionado de la independencia y madurez de su personalidad. Después de su muerte supe, por parientes, que en los últimos meses de su vida fue perdiendo poco a poco su personalidad, y regresó finalmente al estado de un niño de dos años, en cuya fase cayó en el último sueño.”
En la segunda breve visita (de solo séis días) que Jung hizo a Freud en Marzo de 1909 (la primera también en Viena en compañía del doctor Ludwig Binswanger, fue en marzo de 1907), lo hizo acompañado una vez más de su esposa Emma Rauschenberg (1882-1955) y la relata asimismo en su autobiografía editada por Aniela Jaffé:

“Me interesaba oír las opiniones de Freud sobre precognición y sobre parapsicología en general. Cuando lo visité en 1909 en Viena y le pregunté que pensaba acerca de ello. De acuerdo con su prejuicio materialista, rechazó totalmente la cuestión como algo absurdo, basandose en un positivismo tan superficial, que me fue difícil no responderle con acritud. Transcurrieron todavía algunos años hasta que Freud reconoció la importancia de la parapsicología y la autenticidad de los así llamados “fenómenos ocultos”. Mientras Freud exponía sus argumentos, yo sentí una extraordinaria sensación. Me pareció como si mi diafragma fuera de hierro y se pusiera incandescente -una cavidad diafragmática incandescente. Y en este instante sonó un crujido tal en la biblioteca que se hallaba junto a nosotros, que los dos nos asustamos. Creímos que el armario caía sobre nosotros.Tan fuerte fue el crujido, que le dije a Freud: “Esto ha sido un fenómeno de exteriorización de los denominados cataIíticos”.

“Bah, -dijo él- esto si que es un absurdo.”

“Pues nó -le repondi- se equivoca usted, Señor Profesor. Y para probar que llevo razón, le predigo ahora que volverá inmediatamente a oírse otro crujido.”

Y efectivamente, apenas había pronunciado estas palabras, se oyó el mismo crujido en la biblioteca!

La permanente corriente parapsicológica Junguiana vuelve a manifestarse una vez más en 1916 (Jaffé, 1966):

“Muy paulatinamente se perfiló en mi un cambio. En 1916, experimenté una inclinación por la creación literaria. Me sentía -por así decirlo- impulsado desde dentro a formular y expresar lo que en cierto modo podría haber dicho Filemón. Así surgieron Jos Septem Sermones ad Mortuos con su típico lenguaje. Con ello comencé a experimentar una intranquilidad que no sabía que significaba, o que es lo qua ‘se’ queria de mi. Existía una atmósfera extrañamente cargada a mi alrededor y tenía la impresión de que el aire estaba lleno de entes fantasmagóricos. Entonces comenzaron a rondar duendes por la casa. Mi hija mayor veía por la noche una figura blanca atravesar la habitación. Mi otra hija contaba, independientemente de la primera -que le habían levantado la manta de la cama dos veces por la noche y mi hijo de nueve años tuvo un sueño terrorífico. Por la mañana pidió lápices de colores a su madre y él, que nunca había hecho un dibujo, dibujó el sueño. Lo llamaba “El dibujo del pescador.” En medio del dibujo habla un río y en la orilla estaba un pescador con la caña de pescar. Había cogido un pez. En la cabeza del pez se hallaba una chimenea a través de la cual salía fuego y humo. Por la otra orilla Ilegaba el diablo volando por los aires. Juraba que le habían robado el pez. Pero sobre el pescador se cernía un ángel que decía: ‘”Tú no puedes hacerle nada: Pesca solo dos peces malos! Este dibujo lo hizo mi hijo la mañana de un sábado.

El domingo por la tarde, hacia las cinco, en la puerta de la casa sonó la campanilla con insistencia. Era un domingo luminoso y las dos muchachas estaban en la cocina desde donde se podía ver el espacio abierto ante la puerta de la casa. Yo me encontraba cerca de la campanilla, la oí sonar y ví como se movía el martillo. Todos corrieron inmediatamente hacia la puerta para ver quien llanaba… pero no había nadie! Nos miramos como alelado! Les digo que la atmósfera estaba cargada! Entonces supe que tenía que suceder algo, la casa estaba repleta de gentío, toda llena de espíritus. Los había hasta bajo la puerta y se tenía la sensación de apenas poder respirar. Naturalmente me acuciaba la pregunta: “Por el amor de Dios ¿qué es ésto?” Entonces gritaron en coro: “Regresamos de Jerusalem, donde no hallamos lo que buscábamos. Estas palabras correspondían a las primeras líneas del Septen Sermones ad Mortuos.
Entonces la inspiración comenzó a fluir de mí, y en tres tardes escribe este acontecimiento. Apenas hubo dejado la pluma, desapareció la legión de espectros. El aquelarre había terminado. La habitación se volvió tranquila y pura la atmósfera. Así hasta la noche siguiente en que nuevamente se amotinaron y se fueron del mismo modo. Esto fue en 1916.

Este acontecimiento hay que aceptarlo tal como fue o como pareció ser. Posiblemente tuvo relación con el estado emocional en que entonces yo me encontraba y en el que podían presentarse fenómenos parapsicológicos. Era una constelación inconsciente, y la atmósfera característica de tal constelación me era bien conocida como númen de un arquetipo: “Es apto, se manifiesta.” El intelecto desea naturalmente apropiarse un conocimiento científico sobre un hecho de este tipo, o mejor todavía aniquilar todo lo sucedido cono una anomalía. Qué desesperación sería un mundo sin anomalías!

Poco antes de este aconteciniento escribe una fantasía que se me fue el alma (sic). Constituyó para mí un suceso muy importante. El alma, el ánima, crea la relación con el inconciente. En cierto sentido es también una relación con la colectividad de los muertos, al país de los presentimientos. Así pues, cuando el alma desaparece en una fantasía ello significa que se ha retirado al inconsciente o al país de los muertos. Ello corresponde a la denominada pérdida del alma, un fenómeno que se encuentra con relativa frecuencia entre los primitivos. En el ‘país de los muertos’ el alma experimenta una secreta vivificación y dá forma a las huellas ancestrales, a los temas colectivos del inconciente. Igual que una médium, dá a los muertos posibilidad de manifestarse. Por ello muy pronto, después de la desaparición del alma, aparecieron en mí los muertos y surgieron los Septem Sermones Ad Mortuos. Entonces, y a partir de tal momento, los muertos se me
han convertido cada vez más claramente en voces del inconciente: un cierto croquis y resúmen del contenido general del inconciente.”
Mencionaremos en este contexto la característica y extensa carta de Freud a Jung, fechada en Viena el 16 de abril de 1909 :

Querido amigo;

Es interesante que la misma tarde en que yo adoptaba formalmente a usted como hijo mayor, le consagraba cono sucesor y principe heredero ‘in partibus infidelius’ [en las Regiones de los infieles, que simultáneamente se despojaba de la dignidad de padre, acto que le parece gustar tanto como a mí, por el contrario la investidura de su persona. Temo, sin embargo, que vuelva usted a pensar en su padre si hablo de mi relación con el espíritu golpeador poltergeist, pero debo hacerlo porque es distinto de lo que usted podría creer. Yo no niego pues, que sus comunicaciones y su experimento me impresionaron profundamente. Me propuse después de su marcha, observar esto y aquí le doy mis resultados. En la primera habitación se oyó un ruido inesperadamente allí donde descansan dos pesadas estelas egipcias sobre dos tablas de roble de la librería, esto es evidente. En la segunda habitación, allí donde lo oímos, se oye un ruido muy raramente. Primeramente quería hacerlo valer como prueba si los ruidos tan frecuentes durante su visita no se hubieran repetido después de marchar usted. Pero se han repetido los ruidos y nunca en conexión con mis pensamientos, nunca cuando me ocupaba de usted o de sus especiales problemas (ahora no añado esto como provocación). La observación quedó inválida muy pronto por otras. Mi creencia, o cuanto menos mi crédula solicitud desapareció con el encanto de su presencia personal. Me resulta de nuevo totalmente improbable, desespiritualizado, o sea, libre de estragos, esta ante mi, como ante el poeta la naturaleza divinizada después de la partida de los Dioses de Grecia.

Vuelo a colocarne las córneas gafas de mi padre y advierto al querido hijo que conserve la cabeza fría y es preferible no querer comprender que sacrificar a la comprensión, tan gran víctima, muevo la blanca cabeza sabre la psicosíntesis y pienso: Si, así son los jóvenes, solo les proporciona auténtica alegría ir donde ellos no necesitan llevarnos, a donde con nuestro cansado aliento y cansadas piernas no nos es posible seguirles.

Luego, con el derecho que me confiere mi edad, me vuelvo parlanchín y hablo de otra cosa entre el cielo y la tierra que no se puede comprender. Hace algunos años descubrí en mi la convicción de que moriría a los 61 a 62 años, lo que entonces me parecía todavía un largo plazo (hoy faltan tan solo ocho años). Entonces marché con mi hermano Alexander Freud a Grecia en Septiembre de 1904, y resultó inquietante cono el número 61 a 60 en relación con el uno a dos se me presentaba de nuevo en todas las ocasiones en que tenía qua enumerar algo, en especial en los medios de transporte lo que anoté cuidadosamente, con el ánimo oprimido esperaba en el hotel de Atenasvolver a tomar aliento, cuando se nos asignó una habitación en el primer piso, allí ciertamente no podía tratarse del número 61. Cierto, pero siquiera tuve el número 31 (con licencia fatal, pues la mitad de 61-62) y este asunto y hábil número se manifestó más persistentemente en consecuencia que el primero. Desde el viaje de regreso hasta hace no mucho, se me conservó fiel el 31, en cuya proximidad me encontraba a gusto el 2. Dado que también en mi sistema tengo regiones en las que solo siento curiosidad por saber, pero no soy en absoluto supersticioso, desde entonces he intentado realizar el análisis de este convencimiento. Y aquí esta este análisis. Este convencimiento surgió en el año 1899. Entonces acontecieron conjuntamente dos hechos. Primeramente escribe el significado de los sueños (que esta ya prefechado en 1900), en segundo lugar, recibí un nuevo número de teléfono que todavía hoy lo tengo: 14362. Algo de común entre ambos hechos se desprende fácilmente. En el año 1899, cuando escribe la “Interpretación de los Sueños” tenía 43 años de edad. Qué había, pués, de mis próximo sino que las otras cifras de mi término de vida debían significar 61 a 62. De pronto el método se convierte en alga absurdo. La superstición de que yo moriría entre los 61 a 62 se presenta cono equivalente de la convicción de que había completado mi obra con la interpretación del sueño, ya no necesito decir nada más y puedo tranquilamente morir. Usted aceptará que después de esta experiencia no suena tan absurdo. Además en ello se esconde la secreta influencia de W. Fliess, en el año de su ataque, surgió también la superstición.

Nuevamente podrá usted constatar la naturaleza específicamente judía de mi mística. Por lo demás, estoy inclinado a decir que aventuras como la ocurrida con el número 61 encuentran explicación en dos momentos, primero por la acusada atención de inconsciente, que ve a una Elena en toda mujer, y segundo, por la amigablemente existente “complacencia del azar” que desempeña la misma función para la ilusión que la complacencia somática en el síndrome histórico, lo idiomático en el juego de las palabras del chiste.

Estaré, pues, dispuesto a seguir enterándome con interés en lo sucesivo de sus investigaciones acerca del “complejo de los fantasmas”, como de una obsesión benigna que no se comparte.

Afectuosamente, saludos para su señora e hijo,Su amigo, Sigmund Freud.

En su obra ‘Spuk” de la doctora Fanny Moser (1872-1953) (Moser, 1950) , describe Jung con aguda auto-observación, su propio encuentro con un fantasma espiritual en Inglaterra en 1920. En una casa campestre de un amigo -recientemente arrendada- pasó en repetidas ocasiones su “week-end”. En la noche vivenció diversos fenómenos “curiosos” que se intensificaron cada vez más (golpes, mal olor, ruidos, gotas, etc.). Ellos causaron en él una intensa sensación de inhibición semejante a parálisis y culminaron con la aparición o visión de una compacta mitad de cabeza femenina que se encontraba cerca de 40 centímetros de distancia de él, sobre la almohada. Tenía una de los ojos muy abiertos contemplándole fijamente. La cabeza desapareció al prender Jung una vela. El resto de la noche pasó sentado en su poltrona.

Posteriormente supieron, él y su amigo, algo que se sabía ya hacía tiempo en la aldea; que la casa estaba “encantada” y espantaba rápidamente a todos los arrendatarios. Algunos detalles de su vivencia los pudo interpretar Jung como exteriorización de contenidos psíquicos del inconciente. Sin embargo, es un problema irresuelto en esto caso, el hecho de que el fantasma se le presentara exclusivamente en un determinado tiempo y lugar de la casa, y que además, durante la semana de sobreactividad excesiva, en Londres, pudo dormir admirablemente bien. Se trató probablemente de un poltergeist ligado al lugar, para el cual hasta la fecha, falta una explicación científica satisfactoria. La casa fue demolida al poco tiempo de irse Jung.

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Publicado por en junio 19, 2013 en Casuística

 

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