RSS

Los experimentos de Gary Schwartz.

13 May

En 1951, cuando tenía siete años, Gary Schwartz hizo un extraordinario descubrimiento. Había estado intentando obtener una buena imagen en el televisor de su casa. El recién comprado televisor Magnavox en blanco y negro lo fascinaba. Los mecanismos de este invento relativamente reciente seguían siendo un misterio, incluso para la mayoría de los adultos. La televisión, como cualquier otro aparato eléctrico, era algo que el  niño anhelaba desmontar y comprender. Esta pasión ya había podido manifestarse gracias a las radios estropeadas que le había rega­lado su abuelo. Ignatz Schwartz vendía tubos de recambio para televi­sores y radios en su tienda de Great Neck, Long Island, y entregaba a su nieto las radios que ya no se podían reparar para que las desmon­tara.

Gary sabía que la orientación de las antenas del televisor deter­minaba la claridad de la imagen. Su padre le había explicado que los televisores eran activados por algo invisible, similar a las ondas de radio, que viajaba por el aire y de alguna manera se convertía en ima­gen. Gary incluso había llevado a cabo algunos experimentos rudi­mentarios. Si uno se colocaba entre la antena y el televisor, podía lograr que la imagen desapareciese. Y cuando se tocaba la antena de cierta forma, la imagen se hacía más nítida.

Un día, por capricho, desatornilló la antena y colocó el dedo sobre el tornillo donde iba conectado el cable. Una imagen perfecta surgió de lo que antes había sido una masa caótica de líneas y puntos. Gary comprendió que había presencia­do algo extraordinario acerca de los seres humanos: su propio cuerpo estaba actuando como antena de televisión, un receptor de esa infor­mación invisible. Probó el mismo experimento con una radio — y obtuvo el mismo resultado. Había algo en la constitución de una persona que era parecido a las antenas de televisión. Él también era un receptor de información invisible, con capacidad para captar señales transmitidas a través del tiempo y el espacio.

Los experimentos infantiles de Gary puedieron haber sido rudimen­tarios, pero ya se había topado con el mecanismo central de la inten­ción: algo en nuestros propios pensamientos era una transmisión cons­tante, no muy distinta a un canal de televisión.

Con los años ,Schwartz canalizó todo su gran entusiasmo y energía hacia el estudio de la psicofisiología. Para cuando aceptó un puesto en la Universidad de Arizona, un centro que alentaba la libertad de inves­tigación entre su personal docente, Gary ya estaba fascinado con el biofeedback y las formas en que la mente puede controlar la presión san­guínea y una gran variedad de enfermedades —así como el poderoso efecto físico de distintos tipos de pensamientos-.

Un fin de semana de 1994, en un congreso sobre la relación entre el amor y la energía, asistió a una charla del físico Elmer Green, uno de los pioneros del biofeedback Green, como Schwartz, estaba inte­resado en la energía que transmite la mente. Para examinar esto más de cerca, había decidido estudiar a los practicantes de la curación a dis­tancia y determinar si estas personas emitían más energía eléctrica de lo normal mientras realizaban sus curaciones.Green comentó en su charla que había construido una habitación cuyas cuatro paredes estaban hechas de cobre, y conectadas a un electroencefalógrafo (EEG. Generalmente, el electroencefalógrafo está conectado a un casco equipado con electrodos, cada uno de los cuales registra las descargas eléctricas de distintas zonas del cerebro. La persona se colo­ca el casco en la cabeza, y el aparato muestra la actividad eléctrica cap­tada a través de los distintos canales. Los electroencefalógrafos son apa­ratos extremadamente sensibles, capaces de captar las señales eléctricas más débiles.

Green sospechaba que la señal producida en la curación a distan­cia era eléctrica y que emanaba de las manos de la persona que practi­caba la curación. En lugar de conectar el electroencefalógrafo a un casco, lo conectó a la pared de cobre. Esta actuaba como una gigan­tesca antena, magnificando la capacidad para detectar la electricidad proveniente de los practicantes de la curación a distancia y permitien­do que fuera captada desde cinco direcciones.Descubrió que, cuando el practicante enviaba su curación, el elec­troencefalógrafo registraba á menudo un gran aumento de la carga electroestática, el mismo tipo de acumulación y descarga de electrones que se produce cuando uno arrastra los pies por una alfombra nueva y luego toca el pomo metálico de la puerta. En los inicios del experimento de la pared de cobre, Green tuvo que hacer frente a un gran problema. Bastaba con que uno de los prac­ticantes agitase un dedo para que esto fuera registrado en el amplificador EEG. Green tuvo que encontrar una manera de separar los verda­deros efectos de la curación de este ruido electroestático. La única forma de lograrlo, según creía, era hacer que sus practicantes permane­cieran perfectamente inmóviles mientras enviaban su energía curativa.

Schwartz escuchó la charla con creciente fascinación. Pensó que Green estaba descartando lo que podía ser la parte más importante de los datos. El ruido de un hombre era la señal de otro. ¿Sería posible qued movimiento, incluso la fisiología de nuestra respiración, crease una señal electromagnética lo suficientemente poderosa como para ser captada por una pared de cobre? ¿Podría ser que los seres humanos no fuesen sólo receptores de información, sino también transmisores?

Que fuéramos capaces de transmitir energía tenía mucho sentido. Una gran cantidad de datos ya había probado que todo tejido vivo posee una carga eléctrica. Al colocar esta carga en el espacio tridimen­sional se producía un campo electromagnético que viajaba a la veloci­dad de la luz. Los mecanismos para la transmisión de energía estaban claros, pero lo que no lo estaba era el grado en que enviamos campos electromagnéticos por el simple hecho de movernos, y que nuestra energía fuese captada por otros seres vivos.Después del congreso, entró en contacto con Green para pedirle consejo sobre cómo construir su propia pared de cobre. Fue corriendo a una tienda especializada en material de construcción, que no vendía revestimiento de cobre pero sí de aluminio, que también podría funcionar como una antena rudimentaria. Compró algunas placas y las usó para construir su «pared». Después de haber conectado la pared a un amplificador EEG, comenzó a jugar con los efectos que producía su mano, moviéndola de un lado a otro. Tal como esperaba, el ampli­ficador registró el movimiento. Los movimientos de su mano estaban generando señales.

Schwartz comenzó a hacer una demostración de estos efectos a sus estudiantes de la universidad, usando un busto de Einstein para crear un mayor efecto dramático. Para estos experimentos, utilizó un casco de EEG, con sus docenas de electrodos. Si no captaba señales cerebrales, el casco sólo registraría ruido en el amplificador.Durante estos experimentos, Schwartz le colocó el casco del EEG al busto de Einstein, y activó sólo un electrodo en la parte superior del casco. Luego pasó la mano por encima de la cabeza de Einstein. Como si el gran hombre acabase de experimentar un momento de iluminación, el amplificador cobró vida de repente y produjo indicios de una onda electromagnética. Pero esta señal, Schwartz explicó a sus estudiantes, no era una repentina onda cerebral emitida por la estatua sin vida, sino únicamente la captación del campo electromagnético producido por el movimiento de la mano. Parecía incuestionable: su cuerpo debía de estar enviando una señal con cada movimiento de su mano.

Schwartz comenzó a ser más creativo en sus experimentos. Cuan­do hizo el mismo gesto a un metro de distancia, la señal disminuyó. Cuando colocó el busto en una jaula de Faraday, una caja con paredes de material conductor que impide la propagación de cualquier onda electromagnética en su interior, todos los efectos desaparecieron. Esta extraña energía proveniente del movimiento tenía todas las caracterís­ticas de la electricidad; disminuía con la distancia y era bloqueada por un escudo electromagnético.En cierto momento, Schwartz pidió a uno de los estudiantes que se pusiese de pie, colocase la mano izquierda sobre la cabeza de Einstein y extendiese el brazo hacia él, que estaba sentado en una silla a una distancia de un metro. Schwartz movió el brazo de arriba abajo. Para sorpresa de los otros estudiantes, este movimiento fue captado por el amplificador. La señal había atravesado los cuerpos de Schwartz y del estudiante. Schwartz seguía generando la señal, pero esta vez el estudiante se había convertido en la antena, recibiendo la señal y trans­mitiéndola al amplificador, que actuaba como otra antena. Schwartz comprendió que había encontrado el punto más impor­tante de todas sus investigaciones. Un simple movimiento generaba una carga eléctrica, y, lo que es más importante, creaba una relación. Por lo visto, cada movimiento que hacemos es sentido por la gente que nos rodea. Las implicaciones son enormes. ¿Qué ocurriría si amones­tase a un estudiante? ¿Cuál podría ser el efecto físico de gritarle: «No hagas eso» y de hacerle gestos admonitorios con el dedo? Puede que d estudiante se sintiese como si le hubiese golpeado una onda de energía. Algunas personas pueden sentir cargas negativas o positivas más pode­rosas que otras. En el experimento de la pared de cobre de Elmer Green, todos los instrumentos funcionaron mal ante la presencia de Roslyn Bruyere, una famosa curandera.

Schwartz andaba tras algo fundamental respecto a la energía que emiten los seres humanos. ¿Es posible que la energía del pensamiento tuviese el mismo efecto que la del movimiento realizado fuera del pro­pio cuerpo del pensador? ¿Acaso los pensamientos también crean una relación con la gente que nos rodea? Cada intención hacia otra perso­na podría tener su propia contrapartida física, que sería registrada por su receptor como un efecto físico.

Elmer Green había demostrado en sus investigaciones que durante la curación se producía un enorme aumento de energía electroestática. Cuando una persona está simplemente de pie sin moverse, su respiradón y su actividad cardíaca generan energía electroestática del orden de los 10-15 milivoltios en los amplificadores EEG; durante las actividades que requieren una atención concentrada, como la meditación, la energía aumenta hasta los 3 voltios. A lo largo de la curación, sin embargo, los practicantes de Green produjeron aumentos en los que el voltaje alcanzó los 190 voltios. Uno de los practicantes de la curación a distancia pro­dujo 15 de estos aumentos, lo cual representaba un nivel 100 000 veces más alto de lo normal, con la aparición de pulsaciones de 1-5 voltios en cada una de las cuatro paredes de cobre. Al investigar el origen de esta energía, Green descubrió que las pulsaciones provenían del abdomen del curandero, una zona llamada dan tien, considerada el motor central de la energía interna del cuerpo por las artes marciales chinas.

El físico de la Universidad de Stanford William Tiller construyó un ingenioso dispositivo para medir la energía generada por los curan­deros. El equipo despedía un chorro constante de gas y registraba el número exacto de electrones emitidos con la descarga. Cualquier aumento de voltaje sería captado por el contador de pulsaciones.En su experimento, Tiller pidió a sus voluntarios que colocasen las manos a unos 15 centímetros de su dispositivo y que mantuviesen la intención mental de aumentar el recuento. En la mayoría de los más de 1000 experimentos de este tipo, Tiller comprobó que durante la intención el número de pulsaciones registradas aumentaba en 50 000 y permanecía en ese nivel durante cinco minutos. Estos aumentos se producían incluso si el participante no estaba cerca de la máquina, siempre y cuando mantuviese su intención. Tiller concluyó que los pensamientos dirigidos producen una energía física demostrable, incluso a grandes distancias.

Existen otros dos estudios que medían las frecuencias eléctricas emitidas por la gente que usaba la intención. Uno de ellos medía la energía curativa y el otro examinaba la energía generada por un maestro chino de Qigong cuando estaba emitiendo /fe”, el término chino para designar la energía o fuerza vital. En ambos casos, los resultados fueron idénticos: los curanderos emitieron niveles de frecuencia de 2-30 hercios.

Esta energía también parecía alterar la naturaleza molecular de la materia. Bernard Grad, profesor adjunto de biología en la McGill University de Montreal, había examinado el efecto de la energía curativa sobre el agua que se iba a usar para regar plantas. Después de que un grupo de curanderos hubiese enviado energía curativa a unas muestras de agua, Grad em­pleó la espectroscopia infrarroja para realizar un examen químico del líquido. Descubrió que el agua había sufrido un cambio fundamental en su estructura molecular. La unión entre las moléculas había dismi­nuido de una forma similar a lo que sucede cuando el agua es expues­ta a imanes. Varios científicos más confirmaron los resultados de Grad: investigadores rusos descubrieron que los enlaces hidrógeno-oxí­geno de las moléculas de agua sufren distorsiones en su microestructura cristalina durante la curación.

Gary dudaría si la intención se manifestaba únicamente como energía electroestática. Tal vez la energía magnética también desempeñase un papel. Los campos magnéticos tienen naturalmente más poder, más energía de propulsión y atracción. El magnetismo parecía ser una energía más poderosa y universal; la Tierra misma está profundamente influenciada por su propia energía geomagnética. Schwartz recordaba un experimento realizado por William Tiller en el que unos médiums habían sido colocados en el interior de una varie­dad de dispositivos que bloqueaban distintos tipos de energía. Su desempeño había sido mejor de lo normal cuando los situaron dentro de las jaulas de Faraday, que sólo anulan la energía eléctrica, y peor de lo normal cuando los emplazaron en una habitación con aislamiento magnético.

Schwartz sacó dos importantes conclusiones de estos primeros experimentos: la curación puede generar un aumento inicial de la elec­tricidad, pero es posible que el verdadero mecanismo de transferencia sea magnético. De hecho, distintos tipos de barreras podrían ejercer una influencia diferente sobre los fenómenos paranormales y la psicoquinesis. Puede que las señales eléctricas interfieran, y que las magné­ticas intensifiquen el proceso.

Para poner a prueba esta última idea, Schwartz fue contactado por una colega suya, Melinda Connor, una becaria posdoctoral de poco más de cuarenta años e interesada en la curación. El primer obstáculo era encontrar un sistema preciso para captar las señales magnéticas. La medición de pequeños campos magnéticos de baja frecuencia es difícil y requiere el uso de un equipo caro y altamente sensible llamado SQUID (según sus siglas en inglés), o dispositivo superconductor de interferencia cuántica. Un SQUID, que puede costar hasta cuatro millones de dólares, generalmente ocupa una habitación que ha sido aislada magnéticamente para eliminar el ruido ambiente irradiado.

Lo mejor que Schwartz y Connor pudieron conseguir con su limi­tado presupuesto fue una versión barata del SQUID: un magnetómetro digital portátil diseñado originalmente para medir la polución elec­tromagnética mediante la captación de campos magnéticos de fre­cuencia muy baja. El magnetómetro era lo suficientemente sensible como para captar campos de una milésima de gauss, es decir, campos magnéticos extremadamente débiles. En opinión de Schwartz, este nivel de sensibilidad era más que suficiente para lo que él necesitaba.

A Connor se le ocurrió que la manera de medir el cambio en los campos magnéticos de baja frecuencia era contar el número de fluc­tuaciones del indicador del dispositivo durante un cierto lapso de tiempo. Al medir campos magnéticos estables, el dispositivo indicaría únicamente desviaciones leves, de menos de una décima de gauss. Sin embargo, ante la presencia de un campo magnético oscilante -con cambios periódicos de frecuencia—, los números cambiarían continua­mente, pasando de, por ejemplo, 0,6 a 0,7, y de 0,7 a 0,8, para luego regresar a 0,6. Cuanto mayores y más frecuentes resultasen los cambios, más probable era que el campo magnético hubiese sido afectado por una fuente de energía dirigida.

Connor y Schwartz reunieron a un grupo de practicantes de reiki, el arte curativo desarrollado hace un siglo en Japón. Realizaron medi­ciones cerca de cada mano de los practicantes durante períodos alter­nados en que estas personas estaban «emitiendo energía» y luego durante los momentos en que estaban descansando con los ojos cerrados. A continuación, la pareja de investigadores reunió a un grupo de «maes­tros en el arte de curar», con un largo historial de curaciones exitosas y espectaculares. Nuevamente, Connor y Schwartz llevaron a cabo mediciones del campo magnético cerca de cada mano, mientras los maestros estaban emitiendo energía y descansando. Luego compararon los resultados del grupo de reiki con las mediciones que habían reali­zado a personas que no habían sido adiestradas en el arte de curar.

Cuando Schwartz y Connor analizaron los datos, descubrieron que ambos grupos de curanderos presentaban grandes fluctuaciones en las pulsaciones magnéticas que emanaban de ambas manos. Se pro­ducía un gran aumento en las oscilaciones del campo magnético siem­pre que un curandero comenzaba a emitir energía. Sin embargo, el mayor aumento de energía provenía de su mano dominante. El grupo de control, constituido por la gente que no había sido adiestrada en el arte de curar, no presentó el mismo efecto.

Luego Schwartz comparó los efectos del grupo de reiki con el de los maestros en el arte de curar y descubrió otra enorme diferencia. Los maestros presentaban una media de un tercio más de cambios por minuto en el campo magnético que los practicantes de reiki.

Los resultados del estudio parecían estar claros. Schwartz y Connor habían obtenido la prueba de que la intención dirigida se manifiesta a la vez como energía electroestática y energía magnética. Pero también descubrieron que la intención era como tocar el piano; tienes que aprender a hacerlo, y algunas personas lo hacen mejor que otras.

Al reflexionar sobre lo que todo esto quería decir, Gary Schwartz recordó una frase muy utilizada por los médicos, sobre todo en situa­ciones de emergencia: cuando escuches ruido de cascos; no pienses en cebras. En otras palabras, cuanto estés intentando diagnosticar a alguien a través de sus síntomas físicos, primero elimina todas las causas más probables, y sólo luego ponte a considerar posibilidades más exóticas. A Schwartz le gustaba enfocar la ciencia de la misma forma y por lo tanto cuestionó sus propios resultados: ¿no podría ser que, en el caso de los curanderos, el aumento de las oscilaciones en el campo magné­tico durante las curaciones se debiese simplemente a ciertos cambios biofísicos periféricos? Las contracciones musculares generan un campo magnético, al igual que los cambios en el flujo sanguíneo, la mayor o menor dilatación de los vasos sanguíneos, el volumen actual de líqui­do en el cuerpo o incluso el flujo de electrolitos. La piel, las glándulas sudoríparas, los cambios de temperatura, la inducción neural —todos generan campos magnéticos— Schxvartz opinaba que la curación se debía a una combinación de múltiples procesos biológicos magnética­mente mediados.

Pero la posibilidad de que esa curación fuese un efecto magnéti­co no explicaba la curación a larga distancia. En algunos casos, los curanderos enviaban energía curativa desde miles de kilómetros de dis­tancia y el efecto no disminuía. En un exitoso experimento con pacien­tes de sida que mejoraron con la curación a distancia, los cuarenta curanderos que participaron en el experimento enviaron su energía curativa a pacientes de San Francisco desde numerosas localidades repartidas por todos los Estados Unidos. Al igual que los campos eléc­tricos, los magnéticos pierden fuerza con la distancia. Los efectos magnéticos y eléctricos eran probablemente uno de los factores del proceso, pero no el principal. Probablemente el factor central estaba relacionado con un campo cuántico, tal vez algo semejante a la luz.

Schwartz comenzó a considerar la posibilidad de que el mecanis­mo que creaba la intención tuviese su origen en las minúsculas partí­culas de luz que emiten los seres humanos. A mediados de la década de los setenta, el físico alemán Fritz-Albert Popp había descubierto que todos los seres vivos, desde las plantas unicelulares más básicas hasta los organismos más sofisticados, como los seres humanos, emitían un pequeño y constante flujo de fotones —minúsculas partículas de luz— ,Las denominó «emisiones de biofotones» y creyó haber descubierto el canal primordial de comunicación de un organismo vivo —que usaba la luz como medio de comunicación con el mundo exterior y consigo mismo-.

Schwartz comprendió que si iba a llevar a cabo experimen­tos sobre las emisiones de biofotones, primero tenía que encontrar la forma de analizar estas pequeñas emisiones de luz. En su laboratorio, desarrolló un mecanismo informatizado conectado a una caja en la que se podía colocar un ser vivo, como por ejemplo una planta. La máquina contaría los fotones y registraría en un gráfico la cantidad de luz emitida. Pero estas máquinas sólo registraban los fotones en la más completa oscuridad. Hasta entonces, los científicos no habían podido ver a los seres vivos brillando en la oscuridad.

Reflexionando sobre qué tipo de equipo le permitiría ver luces extremadamente tenues, Schwartz pensó en las cámaras CCD (Charge Coupied Device o dispositivo de carga acoplada) de los telescopios. Este equipo extremadamente sensible, usado en la actualidad para fotogra­fiar las galaxias en los confines del espacio, capta alrededor del 70% de cualquier tipo de luz, sin importar lo tenue que ésta sea. Si una cáma­ra CCD puede captar la luz proveniente de las estrellas más lejanas, también debería ser capaz de captar la tenue luz que emiten los seres vivos. Sin embargo, este tipo de material puede costar cientos de miles de dólares y generalmente tiene que ser enfriado a temperaturas de sólo 100 grados por encima del cero absoluto para eliminar cualquier radia­ción ambiental emitida a temperatura ambiente. Enfriar la cámara también ayudaba a mejorar su sensibilidad a la luz. ¿Dónde iba a con­seguir este equipo de alta tecnología?

En la primera prueba, Schwartz y Creath colocaron una hoja de geranio sobre una plataforma negra. Tomaron fotografías fluorescen­tes después de exposiciones de hasta cinco horas. Fue impresionante cuando el ordenador mostró la fotografía final: una imagen perfecta de la hoja iluminada, pero extraordinariamente detallada, con cada una de sus pequeñas venas perfectamente delineada. Alrededor de la hoja había pequeñas manchas blancas, como si hubiese sido espolvo­reada con polvos mágicos —indicio de rayos cósmicos de alta energía—. Para la siguiente fotografía, Schwartz usó un filtro para eliminar la radiación ambiental. La imagen de la hoja era ahora perfecta.

Mientras estudiaban esta última fotografía en la pantalla del orde­nador, Schwartz y Creath comprendieron que estaban haciendo histo­ria. Era la primera vez que un científico había podido observar imá­genes de luz emanando realmente de un ser vivo.

Ahora que el equipo había captado y registrado la luz, Schwartz pudo finalmente comprobar si la intención también generaba luz.

Creath reunió a varios curanderos y les pidió que colocaran las manos sobre la plataforma que estaba debajo de la cámara durante unos diez minutos. Las primeras imágenes de Schwartz mostraban un impreciso brillo de grandes pixelaciones, pero estaban demasiado desenfocadas para poder analizarlas. Luego intentó colocar las manos de los curanderos sobre un fondo blanco (que reflejaba la luz) en lugar de un fondo negro (que absorbía la luz). Las imágenes fueron asombro­samente nítidas: un chorro de luz emanaba de las manos de los curan­deros, como si surgiera de sus dedos. Schwartz tenía ahora la respues­ta sobre la naturaleza del pensamiento consciente: la intención curati­va genera ondas de luz —y éstas se cuentan entre las ondas de luz más organizadas que se encuentran en la naturaleza-

Gary Schwartz había presenciado cómo este flujo de fotones cohe­rentes emanaba de las manos de los curanderos. Después de estudiar el trabajo de científicos como Popp y Hameroff, finalmente había obteni­do la respuesta sobre el origen de la curación: si los pensamientos son generados como frecuencias, la intención de curar es luz bien ordenada.

Los creativos experimentos de Gary Schwartz me revelaron algo fundamental sobre la naturaleza cuántica de los pensamientos y las intenciones. El y sus colegas habían descubierto pruebas de que los seres humanos eran a la vez receptores y emisores de señales cuánticas. La intención dirigida parecía manifestarse a la vez como energía eléctri­ca y como energía magnética, y producir un flujo ordenado de elec­trones, visible y medible por un equipo lo suficientemente sensible. Tal vez nuestras intenciones también funcionen como frecuencias alta­mente coherentes, que cambian la propia estructura molecular y los enlaces de la materia. Como cualquier otra forma de coherencia en el mundo subatómico, un pensamiento bien dirigido podría ser como una luz láser, iluminadora sin jamás perder su poder.

Una extraordinaria experiencia que Schwartz  tuvo una vez en Vancouver estando alojado en la suite  hotel del centro, fue  que tras despertarse  a las dos de la madrugada, como solía sucederle, y salir al balcón para contemplar la espectacular vista de la ciu­dad, rodeada de montañas en su lado oeste. Se sorprendió al ver los cientos de hogares que aún tenían las luces encendidas. Deseó tener a mano un telescopio para ver lo que algunas de esas personas estaban haciendo a una hora tan tardía. Pero, naturalmente, si alguna de ellas tuviese su propio telescopio podría verlo a él allí de pie, desnudo. Un extraño pensamiento le vino a la cabeza: vio su propia imagen desnu­da volando hacia cada una de las ventanas encendidas. Pero quizá la idea no fuese tan absurda. Después de todo, su cuerpo estaba emitien­do un flujo constante de biofotones, todos viajando a la velocidad de la luz; un segundo después, cada fotón habría recorrido 300 000 kiló­metros, y dos segundos después, 600 000 kilómetros.

Su luz no era distinta a la de los fotones de luz visible que ema­nan de las estrellas en el cielo. Una gran parte de la luz que provenía de las lejanas estrellas había estado viajando durante millones de años. La luz de una estrella condene su historia individual. Incluso cuando una muere mucho antes de que su luz llegue a la Tierra, su informa­ción continúa existiendo, una huella indeleble en el cielo.

Luego Schwartz se vio a sí mismo como una bola de energía, una pequeña estrella que brillaba con un continuo flujo de fotones, un flujo que estaba formado por todos los fotones que su cuerpo había producido a lo largo de más de cincuenta años. Toda la información que había enviado desde la época en que era un niño que vivía en Long Island, cada pensamiento que había tenido en su vida, todo estaba ahí, brillando como la luz de una estrella. Tal vez, pensé, la intención sea también como una estrella. Una vez ha sido concebido, un pensa­miento irradia luz como una estrella, afectándolo todo a su paso.

Fuente: El experimento de la intención ( Lynne McTaggart)

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en mayo 13, 2013 en Casuística

 

Etiquetas: ,

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: