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Supuestos casos de “otras dimensiones”

26 Jun

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El 4 de noviembre de 1953 a las 15.30, en Londres, numerosos televidentes visionaron aquella tarde una interesante película policíaca por su receptor de televisión. De pronto la imagen se desvaneció y quedó sobreimpresa otra imagen que con gran claridad mostraba la carta de ajuste de la emisora norteamericana KLEE-TV. Al poco rato desapareció dicha sobreimpresión para continuar mostrando la interrumpida película policiaca. Los televidentes se extrañaron, pero luego olvidaron el incidente entre el cúmulo de acontecimientos cotidianos.

Sin embargo, el citado fenómeno no fue único. Aquel mismo mes, e incluso posteriormente, la carta de ajuste norteamericana apareció repetidamente en las pantallas británicas, como por ejemplo en las de la Atlantic Electronics Ltd. de la ciudad de Lancaster. Cualquiera que fuera la emisión que en esos momentos se mostraba en las pantallas británicas, la imagen se desvanecía súbitamente para dar paso a la sobreimpresión de la carta de ajuste de la KLEE-TV.

Resulta completamente factible que unas emisiones de televisión extrañas, incluso de ultramar, sean capaces de producir determinados efectos perturbadores. Sin embargo, en este caso concreto el asunto resultó especialmente misterioso, teniendo en cuenta que la carta de ajuste de la emisora KLEE-TV había sido emitida por última vez en junio de 1950 , fecha en la que fue sustituida por otra. En efecto, desde julio de 1950 aquel emblema ya no había sido utilizado por ninguna emisora. Entonces, ¿de qué forma la imagen de la KLEE-TV había llegado a las pantallas de televisión británicas?

El estudio del caso no condujo a ningún resultado positivo. Fueron discutidas diversas teorías. Se llegó a hablar de nubes de plasma —gas ionizado— que (al igual que una cinta magnética) fueran capaces de “almacenar” durante un cierto tiempo las letras de la KLEE-TV. para liberarlas luego, sin ningún motivo aparente. E incluso se llegó a considerar la posibilidad de   influencias extraterrestres.

Pero cualquiera que hubiera sido la causa de dicho fenómeno. no se logró descubrirla. Este tipo de fenómenos de tiempo ya se han producido en diversas ocasiones- Lamentablemente también se han visto afectadas por ellos seres humanos, personas de cuya paradero nunca más se ha sabido.

Lo que algunas series de ciencia ficción denominan teleportación, fenómeno que confiere a los protagonistas de tales series la facultad de trasladarse cuantas veces lo deseen —y mediante un “salto en el tiempo”— a un lugar distante, posiblemente exista en realidad. Sólo que con la pequeña diferencia de que los “teletransportados”‘ lo son involuntariamente y de que luego no tienen posibilidad alguna de regresar a su punto de origen. Tenemos, por ejemplo, la extraña historia de Graciela Lourdes Giménez, niña de once años que el 4 de agosto de 1968 jugaba inocentemente en el jardín de su casa paterna en Córdoba (Argentina). De repente la niña vio cómo en el camino aparecía una neblina blanca que se acercaba con tal rapidez hacia ella, que ya no tuvo tiempo de esquivar aquel fenómeno. “De pronto ya no fui capaz de distinguir las casas vecinas, y antes de que pudiera llamar a mi madre, me encontré totalmente rodeada por la blanca nube.” Cuando la neblina fue disipándose más tarde, Graciela se encontraba en medio de una enorme plaza rodeada de una gran  muchedumbre. Atemorizada, la niña llamó a la primera puerta y explicó su aventura. Los inquilínos de la casa condujeron a la niña a la comisarla de policía, donde fue interrogada a fondo. sin que se consiguiera ningún resultado. Por lo menos, nunca pudo quedar suficientemente explicado cómo la niña había llegado desde el jardín en un suburbio de Córdoba  hasta la Plaza España, en el centro de la ciudad, y qué podía haber sido aquella neblina blanca. Sin embargo, no cabía la menor duda  de que  Graciela  Lourdes Giménez había sido teletransportada. Y en eso la niña todavía tuvo suerte, puesto que su salto por extrañas dimensiones fue relativamente corto y devolvió a la niña no muy lejos de su lugar de partida. “Dimensiones”. Sí, en efecto, han leído bien. ¿Pero realmente es imaginable que junto a la nuestra existan todavía otras dimensiones, otros niveles existenciales? Esos llamados supraespacios de cuya existencia estaban convencidos incluso unos científicos tan irreprochables como Albert Einstein, Karl Friedrich Gauss, o Henri Poincaré. A este último se debe la expresión: “No se rompa usted la cabeza imaginando la cuarta dimensión. Resulta absolutamente imposible imaginársela, pero a pesar de ello existe, y los hiperespacios y su existencia son indiscutibles.” Existen algunos casos —cabría definirlos casi como “clásicos”- que han confirmado dicha opinión. Tenemos por ejemplo la trágica historia del granjero norteamericano David Lang, que en las cercanías de la ciudad tejana de Gallatin poseía una granja y que con su esposa y sus dos hijos llevaba la típica vida del ciudadano norteamericano. Pero sólo hasta el 23 de septiembre de 1880. Aquel soleado día otoñal, mientras sus hijos jugaban en el jardín el granjero y su esposa abandonaron la casa. “Voy a echar un vistazo a los caballos, y luego iremos los dos a la ciudad’, les dijo a los niños. Fueron sus últimas palabras. Para este misterioso caso existen testigos: la esposa de David Lang, sus dos hijos, así como el juez Peck, que en aquellos momentos pasaba con su carruaje. En esos instantes el granjero había dado acaso unos seis pasos, cuando de súbito pareció tropezar y en un abrir y cerrar de ojos había desaparecido, literalmente evaporado ante los ojos de todos. Los aterrados espectadores llegaron casi al mismo tiempo al lugar de la desaparición. No había allí ningún árbol, ni arbusto, ni hoyo, sólo pastos. Se inició una amplia operación de búsqueda, pero sin ningún resultado positivo. David Lang había desaparecido. La policía, cuya presencia había sido requerida, estudió todas las posibilidades. Incluso llegó a realizar perforaciones para descubrir si existían galerías subterráneas o simas en las que el granjero hubiera podido caer Nada.

La señora Lang no soportó seguir viviendo en aquel lugar tan misterioso. Así que vendió la granja, pero nunca mandó celebrar funerales por su marido. Sencillamente no quiso admitir que su esposo pudiera estar muerto. Y he aquí que a los siete meses de aquella tragedia los dos hijos del desaparecido granjero percibieron un extraño fenómeno: exactamente en aquel lugar en que su padre se había disuelto de forma tan misteriosa, la hierba y las flores ya no crecían tan espesamente. Y luego los hijos incluso creyeron escuchar la voz de su padre pidiendo auxilio, hasta que todo signo de vida desapareció para siempre. Habrá quien diga que tales fenómenos no existen. Sin embargo, el hecho que acabamos de comentar está documentado y puede ser comprobado. No, en cambio, sus causas ¿Acaso cayó David Lang en una especie de “agujero del tiempo”? ¿Fue lanzado a otra dimensión? ¿0 bien, incluso después de su desaparición seguía en el mismo lugar, incapaz de encontrar el camino de regreso? Hay datos que parecen abonar esta última suposición: así los gritos de auxilio que los hijos del granjero dijeron haber percibido en el “lugar de autos”, así como el hecho de que la hierba crecía allí de forma muy rara.

El “caso número dos” puede obtenerse en la crónica local de Leamíngton (Warwickshire, Gran Bretaña), que narra el destino del zapatero James Burnes

Worson, hecho acaecido en el año 1873. Worson era considerado como laborioso, honrado y ambicioso, si bien los fines de semana acostumbraba beber algo más de la cuenta. En sus años juveniles Worson había sido un excelente atleta y así sucedió —porque en Inglaterra se suele tener gran afición a las apuestas— que uno de los amigos de Worson, un tal Barham Wise, apostó que el zapatero no sería capaz de recorrer un trayecto hasta Coventry (unas 40 millas) a paso atlético. Worson aceptó la apuesta, controlado por Wise y otros dos compañeros.

Al principio todo fue bien. El zapatero corrió las primeras millas con plena soltura, sin mostrar el menor asomo de cansancio. Pisandole los talones, los amigos le seguían en un carruaje tirado por caballos. De pronto Worson pareció tropezar, prorrumpió en un potente grito de socorro… y al instante desapareció. Parecía como si cayera al suelo, pero antes de que pudiera tocar el adoquinado de la carretera desapareció a la vista de sus acompañantes. Ante las autoridades, ambos juraron el veraz contenido de sus declaraciones y señalaron que no habían estado borrachos ni habían dejado de prestar atención. El enigma de dicha misteriosa  desaparición  jamás  ha podido ser desentrañado. Cinco años más tarde tuvo lugar un parecido misterio en los Estados   Unidos. Charles  Ashmore era un muchacho de 16 años que vivía con sus padres en una granja en las cercanías de Quincy (Illinois). Hacia las 21 horas del 9 de noviembre de 1898 los padres pidieron a su hijo que fuera a buscar agua al cercano pozo. Charles salió de casa, pero ya no regresó. Intranquilo, el padre, Christian Ashmore, encendió un farol para ir a buscar a su hijo. Iba acompañado por su hija mayor, Martha. Fuera estaba cayendo una leve nevada y las huellas del hijo eran claramente visibles; se dirigían en linea recta en dirección al pozo, pero estaban súbitamente interrumpidas a mitad de camino. El resto del trayecto sólo mostraba nieve no hollada. Padre e  hija recorrieron todos los alrededores y se acercaron al pozo desde   diferentes lados, pero en  ninguna parte  encontraron huellas  del  hijo. Por lo visto, Charles Ashmore nunca había llegado   hasta el pozo, porque cuando padre e hija miraron  por el hueco,  pudieron comprobar que la superficie del agua estaba recubierta por una leve capa de hielo, signo evidente de que en las últimas horas   nadie había intentado sacar agua de allí. A la mañana siguiente la desconsolada madre fue al pozo en busca de agua, y regresó llorando    a casa afirmando haber escuchado la voz de Charles que la llamaba. El incidente se atribuyó entonces a la enorme excitación anímica de la madre, pero posteriormente unos y otros  miembros de la familia fueron afirmando igualmente haber escuchado la voz del desaparecido.  En algunas ocasiones la voz parecía proceder de lo hondo del pozo,   otras veces de la copa del árbol que se encontraba a su lado. Hasta que, al cabo de unas semanas enmudeció para siempre. ¿Pudiera ser que el pobre Charles Ashmore hubiera caído igualmente en un agujero del tiempo. a otras dimensiones, y que desesperadamente hubiera intentado buscar el camino de regreso a su dimensión. Probablemente nunca lleguemos a saberlo.

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Publicado por en junio 26, 2012 en Casuística

 

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