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El Caso de Ángela Bley

10 Jun

Ángela era una niña bellísima. En plena floración tuvo que sufrir los estragos de la viruela. El dolor y la juventud lucharon encarnizadamente. Fue un combate duro que acabó en «tablas». Cuando al fin pudo vencer la crisis del estigmatizador virus, al contemplarse en el espejo, toda su alma se estremeció de horror. La ima­gen que contemplaron sus aterrados ojos le hizo lanzar un pavoroso grito y cayó al suelo, privada del co­nocimiento, sumida en una postración que duró tres días consecutivos. A partir de este trágico instante ini­ció su voluntario confinamiento que había de terminar con su vida a la edad de treinta y siete años.
Su habitación fue su reino, su mundo, su espacio vital en donde surgían o se esfumaban sus más caras ilusiones, sus más íntimas emociones, sus penas, sus escasas satisfacciones materiales y se producían sus extraordinarias sensaciones anímicas, extrasensoriales.
Durante dos largos años permaneció en el más ab­soluto de los silencios, como un mágico ente sobrevi­viendo en forma incomprensible, sin comunicaciones externas, sin saber leer ni escribir, ignorada e ignoran­do lo que había más allá de las paredes que formaban su reino particular, impenetrable. Como única excep­ción solía admitir la presencia de su madre.
Aquel vivir, sin signos externos de su presencia dis­currió en su vivienda ubicada en Badalona(Barcelona).
Cumplía catorce años cuando de improviso pidió un libro. Su madre no vaciló en facilitárselo.
Al cabo de un año hizo su segunda petición: papel y lápiz.
Era indudable que Ángela había sufrido una meta­morfosis: de la ignorancia y la pasividad dio un salto increíble hacia distintas ramas del Arte. De sus manos surgieron, como por ensalmo, infinidad de dibujos de magnífica factura, cuya temática se  basaba en la crea­ción de bustos mitológicos con testas coronadas de lau­rel, así como figuras de la clásica Grecia y Roma.
Un día, su madre, la oyó conversar animadamente en un extraño idioma. Ella era su propio interlocutor. El médico de la familia afirmó que era alemán. Este hecho les llenó de asombro. Sin saber, se hallaban ante un hecho innegable, ante un prodigio que apenas si al­canzaban a comprender como pudo haberse producido.

Poco tiempo después, Ángela formuló su tercera pe­tición: papel y tinta. Escribió una carta con Inglate­rra. La respuesta no se hizo esperar. Aquella misiva, procedente de su rubia Albión, fue el comienzo de una extraña y continuada correspondencia.
Como era de esperar, tales manifestaciones de signo externo por parte de la joven, despertó poderosamente la atención y la curiosidad de la madre y del doctor. Puestos ambos de acuerdo lograron abrir una de las cartas, sometiéndola a los efectos del vapor.
Desde el primer momento en que sus manos tocaron la carta que le entregaron, Ángela supo que su correspondencia había sido violada. Tanto su madre como el doctor acusaron su falta en medio de un asombro que no tenía límites. Les parecía imposible que la jo­ven pudiera sospechar que, aquella misiva pudiera ha­ber sido abierta, ya que la habían vuelto a cerrar con todo cuidado, hasta el punto que era casi imposible comprobar la manipulación tan hábilmente efectuada.
—¿Por qué lo habéis hecho? —preguntó con voz velada, sin el menor acento de ira, pero con firmeza y sin que se alterase su característico y uniforme diapa­són vocal—. Si volvéis a abrir mis cartas no me veréis más.
Su correspondencia crecía día a día, alcanzando una cifra respetable. Escribía y recibía cartas de todos los países europeos. Y lo más curioso es que redactaba sus contestaciones en el mismo idioma de donde procedían las misivas que llegaban hasta sus manos.
No obstante, el ritmo de su vida continuaba igual, sosteniendo enigmáticos diálogos en los más diversos idiomas. Tanto la madre como el médico se hallaban cada vez más desorientados y confusos, escuchando su voz de inalterable ritmo des­de el corredor, a pocos pasos de la puerta. Finalmente llegaron a comprender que la verdadera existencia de Ángela radicaba en el extraordinario hálito de su espí­ritu: su cuerpo no era más que una envoltura, un refu­gio para la inmaterial fatiga producida por sus increíbles viajes hacia regiones remotas e ignoradas transmi­graciones. En ella debía producirse «la proyección as­tral».

Extraído  del libro Jacques B. Bley ( Ricardo Blasco Romero)

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Publicado por en junio 10, 2011 en Casuística

 

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