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Curiosidades del cerebro

Por Roberto Álvarez del Blanco

El ser humano tiene una tremenda necesidad para vivir ilusiones. Frente a esta paradoja universal, cabría preguntarse cuáles son los intercambios, relaciones y experiencias imaginarias para la marca y tratar de obtener respuestas mágicas para lograrlas.

Todo es fruto de nuestra imaginación: cada experiencia vivida, cada persona conocida, cada rostro recordado, cada objeto observado, cada marca adquirida… El cerebro no reconstruye la realidad, sino que construye nuestra experiencia de la realidad. Hasta cierto punto la inventa.
Realidad e ilusión son fronteras ficticias.
Aquí se presentan ejemplos de ilusiones sorprendentes, que revelan como el cerebro procesa la información visual para crear un modelo visual del mundo.

 


La imagen visual de patrones repetidos puede originar movimientos ilusorios. El movimiento ocular sacádico, un tipo de movimientos minúsculos del ojo producido durante la fijación visual (microsacadas) puede conducir a estos movimientos ilusorios. Hay diversas hipótesis que intentan explicar este tipo de mecanismo que conduce a la ilusión. Una posibilidad, asumida desde hace dos siglos, es que la rápida fluctuación normal en el acomodamiento del ojo, aumenta los cambios de imagen en la retina y en las señales. Una segunda hipótesis sugiere que el movimiento ilusorio se debe a un proceso del cerebro, ya que un conjunto de áreas corticales se activan durante la percepción del objeto. La tercera hipótesis asume que la ilusión se produce por cambios en la estimulación de la retina, producida por pequeños movimientos oculares.

 

 

 

Arte e investigación visual: ilusión kinética en arte op. Con el nacimiento del movimiento de arte op en la década de 1960 las ilusiones se convirtieron en una reconocida expresión artística. El más conocido ejemplo es la ilusión kinésica del arte op en la que patrones fijos crean la percepción de movimiento. En esta reinterpretación de la afamada representación del artista op francesa, Isla Lévlant (Enigma) realizada por el neurocientífico e ingeniero Jorge Otero Millán del Instituto Neurológico Barrow (Phoenix), los anillos verde concéntricos parecen adquirir un rápido movimiento ilusorio, semejante a millones de diminutos y borrosos automóviles moviéndose en el circuito. Pequeños e involuntarios movimientos de los ojos, llamados microsacadas, son los responsables de esta ilusión.

 

Ilusión neurocientífica. Brillo y color ejercen enorme efecto en la percepción. En esta ilusión creada por el científico Edward H. Adelson del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) los recuadros A y B tienen la misma tonalidad gris (en caso de duda, imprima la página, recorte los dos cuadrados y colóquelos uno al lado del otro). Nuestro cerebro no percibe el brillo y el color verdadero de cada uno de los cuadrados y en su lugar determina el brillo de A y de B comparándolos con los cuadrados que los rodean.

 

 

Color fuera de espacio. En ocasiones vemos colores cuando en realidad no existen físicamente. En esta ilusión, los colores de las pequeñas intersecciones parecen difuminarse en los espacios vacíos que rodean a cada intersección. Este fenómeno es conocido como dispersión de colores de neón, debido a que asemeja al deslumbramiento de la luz de neón. Fue presentado en 1971 por Darío Varin de la Universidad de Milán, Italia, y años más tarde redescubierto por Harrie van Tuijl de la Universidad de Nijmegen en Holanda. Sus causas neuronales aún se desconocen.

 

 

¿De quién es este rostro? Nuestro cerebro está exquisitamente sintonizado para percibir, reconocer y recordar rostros. En esta ilusión del sexo, creada por el psicólogo Richard Russell del Gettysburg College, el rostro de la izquierda se percibe como femenino, mientras que el de la derecha se percibe como masculino. Sin embargo, ambas imágenes son idénticas, excepto que el contraste entre los ojos y la boca y el resto de la cara es mayor para el rostro de la izquierda. Esta ilusión muestra que el contraste es un elemento importante para determinar el sexo de un rostro. Puede, incluso, explicar porqué la cosmética hace que la mujer luzca más femenina.

 

 

Comida para pensar: ilusión visual apetitosa. Nuestro cerebro ha evolucionado rápidamente para detectar cosas importantes para la supervivencia humana. En este “paisaje alimenticio” del fotógrafo londinense Carl Warner, embutidos, carne y pan activan los circuitos superiores del cerebro que están conectados para reconocer alimentos.
La imagen simultáneamente activa circuitos que reconocen puntos de referencia como árboles, senderos y edificios.

 

 

Perspectiva ilusioria en 3D. La ilusión de la torre inclinada es uno de los trucos visuales más simples que han sido descubiertos, aunque una las mayores contribuciones para comprender el fenómeno perceptivo. Hace tres años, Frederick Kingdom, Ali Yoonessi y Elena Gheorghiu de la McGill University demostraron que dos imágenes idénticas de ambos lados de la Torre de Pisa parecen tener distinta inclinación. Debido a que ambas imágenes de las torres no convergen al retroceder en la distancia, el cerebro equivocadamente las percibe como divergentes y no paralelas.

 

 

Esos ojos. Como primates sociales, los seres humanos manifiestan interés por la dirección de la mirada. El investigador de la visión, Pawan Sinha del Instituto Tecnológico de Massachusetts, demuestra con esta ilusión que nuestro cerebro determina la dirección de la mirada comparando la parte oscura de los ojos (iris y pupila) con aquellas blancas. En la fotografía normal de Humphrey Bogart, el actor aparece mirando a su izquierda, pero en la fotografía negativa parece mirando a la dirección contraria, a pesar de que su cabeza está girada a la derecha. Aún cuando sabemos que el iris es blanco en la imagen inversa, no podemos modificar la percepción ilusoria.

 

 

Ilusión del amor. La forma en que vemos las cosas depende de nuestro marco mental. En esta ilusión, Mensaje de Amor de los Delfines, los adultos perciben dos cuerpos desnudos abrazándose. Pero, cuando los niños ven esta imagen, sólo perciben delfines.

 

 

Esculpiendo lo imposible: rendición sólida de la ilusión visual. Figuras imposibles, como el famoso triángulo de Penrose, caracterizada como objeto 3D que desafía las leyes de la naturaleza. Cada ángulo del triángulo parece plausible en sí mismo, por lo que el cerebro acepta el objeto como un todo, aún cuando no pueda existir físicamente . ¿O puede que sí? El artista Brian McKay creó esta visión gigante del triángulo imposible en Perth, Australia, en colaboración con el arquitecto Ahmad Abas. La ilusión funciona sólo cuando la escultura se fotografía desde un ángulo particular.

 

 

Nuestro sistema visual se desenvuelve en una paradoja: debemos fijar nuestra mirada para inspeccionar los detalles minúsculos del mundo que nos rodea. Si nuestra visión fuera perfecta, los objetos parecerían desvanecerse. Cuando se mira deliberada y fijamente algo, las imágenes del entorno comienzan a desvanecerse, fundirse gradualmente. Sucede cada día, aunque no seamos conscientes de ello.

El paradigma del “desvanecimiento de Troxler” se refiere al fundido perceptual en contrastes perceptivos de los elementos periféricos simples y discretos. Experimentos recientes demuestran el desvanecimiento total de la escena visual. En estos casos la escena total se funde hasta uniformarse cromática y lumínicamente. Fije durante 30 segundos la vista en el punto rojo de la imagen y analice el resultado.

 

 

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Publicado por en diciembre 14, 2014 en Artículos

 

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Freud y la parapsicología.

Por Ignacio Solares 

Freud afirmaba que el mayor peligro del psicoanálisis era el psicoanalista mismo. Luego Lacan dijo que el mayor peligro del psicoanálisis era el psicoanalista que no conocía bien a Freud y lo mal interpretaba. Lo cierto es que la teoría psicológica más importante del siglo XX ha vivido en un vaivén constante entre una supuesta ortodoxia cerrada y excluyente del resto de las investigaciones (y hasta del mundo en general), y una heterodoxia desatada queen ocasiones poco o nada tiene que ver con los puntos de vista del fundador de la teoría. El problema, parece, proviene de que a los psicoanalistas mismos les resulta difícil conciliar las numerosas contradicciones (y evoluciones) del pensamiento de Freud y se refugian en alguna etapa más o menos cómoda (o asible, por lo menos) de sus complejas transformaciones.
Entre tantos otros, en la evolución del pensamiento de Freud, hay dos aspectos que me parecen relevantes: su concepto de la agresión y su concepto de lo mágico y de la parapsicología en general.

Resulta sintomático que hasta 1915 relacionara la agresividad con el impulso sexual. Él mismo expresa su asombro en El malestar en la cultura:

“No logro entender cómo pude olvidar la ubicuidad de la agresividad y destructividad no eróticas —que tienen un valor por sí
mismas— y cómo pude haber dejado de concederle el lugar primordial en nuestra interpretación de la vida”.

Freud fue hijo de su tiempo y para entender este punto ciego en su pensamiento hay que pensar en la Eu ropa de finales del siglo X I X, antes de la Primera Guerra Mundial, en la que no había habido un conflicto importante desde hacía un par de décadas. La burguesía progresaba, tanto en lo social como en lo económico, y el señalado antagonismo entre las clases había disminuido debido a una relativa mejoría de la clase obrera. El mundo —reducido a Europa y los Estados Unidos, hay que aclararlo— parecía cada vez más civilizado, sobre todo si no se prestaba atención a la mayor parte del género humano, que vivía en Asia, África y América Latina en condiciones de pobreza y dramática degradación. La autodestructividad humana parecía ser un factor superado en buena medida, que desempeñó su papel en los siglos de las tinieblas y que en ese momento parecía más bien ligada a la educación y a la represión sexual, que
tanto impresionaba a Freud. La Primera Guerra Mundial lo obligó a cambiar de opinión y a trabajar en lo que luego llamó “el instinto de muerte”.

Otro tanto le sucedería con la magia y la parapsicología.En sus primeros escritos, hablaba de superar el pensamiento mágico como una condición prioritaria para enfrentar las neurosis, al grado de que en una carta de 1910 a su amigo, el escritor Arthur Schnitzler, quien se encontraba enfermo, escribía Freud:

“Si todavía conservara yo algo de fe en la omnipotencia de los pensamientos, no renunciaría en estos momentos a mandarle los mejores para ayudarlo a una rápida cura de su mal”.

Debe de resultar de lo más frustrante —y amargo— que el escepticismo racionalista nos prive simplemente de mandarle pensamientos positivos a un amigo que se encuentra enfermo. Recuérdese que Freud relacionaba esa supuesta omnipotencia del pensamiento con las ilusiones infantiles, que serán finalmente las que colorean nuestra vida de irrealidad y de sueño.¿No podríamos entonces definir la neurosis como un sueño infantil que se fija en nuestra vida cotidiana, ya de adultos?

Pero Freud cambió notoriamente en este sentido, aunque la imagen que se conserve en general de él (incluso por la mayoría de los psicoanalistas) será la primera: la del escéptico ante todo lo que sonara a ocultismo y magia.

Pero la verdad es que por 1909, Freud aparecía ya interesado en los fenómenos parapsicológicos a través de su amistad y correspondencia con Jung. En una ocasión, éste casi llega a convencerlo de que los ruidos que habían escuchado en un librero de su consultorio en la calle Berggasse 19 eran producto de la intensidad de sus pensamientos. “Y para que no le quede a usted duda de que ha sido así, los ruidos van a repetirse en este momento”, le dijo Jung. Y en efecto, volvieron a repetirse aún con mayor intensidad.

Por este tipo de experiencias, Freud le escribió en alguna ocasión a Jung diciéndole que su vocación era más de brujo que de científico. “Primero hay que aprender a gobernar en casa, querido Jung, y sólo después de lograrlo puede uno darse el lujo de escapar con el pensamiento —si así lo desea— a las más lejanas regiones de la fantasía y el misticismo”. Y, bueno, Jung no le hizo mucho caso y, como sabemos, se alejó demasiado tiempo a las lejanas regiones de la fantasía y del misticismo y dejó de gobernaren su propia casa. Freud por su parte se acercó al pensamiento mágico por un rumbo muy distinto, pero no menos inquietante.

¿Será por esta razón que,sintomáticamente, Vladimir Nabokov llamara a Freud “El médico brujo de Viena”? ¿Será que siempre estuvo más cerca de lo que quería suponer de su amado —y tan odiado— Jung? Por ese tiempo, Freud vivió una extraña experiencia en un tren: supuestamente, vio un fantasma. Lo que sucedió fue que al despertarse a media noche percibió, reflejada en el espejo de la puerta de la alcoba, su propia imagen con camisón y gorro de dormir, iluminada fugazmente por un rayo de luna. Lo revelador es que Freud confesara que su primera reacción fue decirse a sí mismo: “¡Entonces Jung tiene razón: sí existen los fantasmas!”. Sólo quien quiere creer en los fantasmas, puede tener esa reacción.

Freud no volvió al tema de la parapsicología hasta 1920 en Nuevas conferencias sobre el psicoanálisis. Utilizó parcialmente ciertas observaciones de otros ensayos,pero la mayor parte aún no había sido publicada e hizo una brillante demostración de la utilidad del psicoanálisis dentro de la telepatía. Relata el curioso caso de una paciente y su hijo.

Un día ella, en el curso de una sesión, comenzó a hablarle a Freud de una moneda de oro que tuvo gran importancia en su infancia porque se la había regalado su padre —con quien tuvo una relación por demás conflictiva— poco antes de morir. Apenas de regreso a su casa, su hijo, de unos diez años, le pidió en forma perentoria que le regresara la moneda de oro que le había heredado su abuelo. “En primera, no te la heredó tu abuelo.Yo te la di porque fue mía y como me la regaló mi padre, quise que tú la heredaras, pero,¿para qué la quieres en este momento?”, le preguntó ella a su hijo. El niño contestó que porque había soñado que no se la daría más y prefería guardarla él mismo. La madre se la dio y no prestó mayor atención al asunto hasta que semanas después, en su sesión psicoanalítica, volvió a salir a colación el tema de la moneda de oro como símbolo de la ambivalente relación que había tenido con su padre. De nuevo, al llegar a su casa, su hijo se acercó a su madre para, con un manifiesto sentimiento de culpa, pedirle que volviera a guardarle la moneda, que no se la pediría más y que confiaba en ella, sólo que por favor “no se la diera a ese señor que se la quería quitar”.
“ ¿ Quién?”, preguntó la madre asombrada. La respuesta  del niño no dejaba lugar a dudas: “El señor con el que sueño que nos quiere quitar nuestra moneda de oro”.
Ese señor no podría ser otro que el propio Freud —la mujer estaba separada de su marido desde hacía años— y todo parecía indicar que el niño estaba percibiendo telepáticamente, en sueños, la transferencia que su madre hacía con su psicoanalista.

Si la telepatía existe —comenta Freud—, y cada vez hay mayores comprobaciones de ello, podemos suponer que, a pesar de las dificultades para demostrar su existencia, constituye un fenómeno frecuente. No nos sorprende entonces descubrirla con cierta transparencia en la vida espiritual de los niños. ¿No se figuran ellos, precisamente, que sus padres conocen sus pensamientos aun cuando no se los han comunicado?

Lacan, uno de los estructuralistas franceses de mayor renombre, dice que la única salvación del psicoanálisis en la actualidad es volver a su creador. Quizá, pero al Freud que intuyó otros caminos distintos, alternos, de los puramente racionalistas y deterministas. Por ejemplo, el Freud de esta carta del 24 de julio de 1921, dirigida a Howard Carrington, director del American Psychical Institute.

No soy de los que niegan por principio el estudio de los fenómenos psíquicos llamados ocultos, porque eso sería anticientífico e indigno de un hombre de estudio, incluso peligroso. Si me encontrara en los comienzos de mi carrera científica, y no en su final, quizá no escogería otro camino de investigación que el delos llamados fenómenos psíquicos , pese a todas las dificultades que presenta.

A partir de 1921, Freud fue nombrado miembro de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres,agrupación que se dedicaba únicamente al estudio de los fenómenos paranormales. Uno de sus discípulos predilectos, Sándor Ferenczi, también interesado en la parapsicología, nos cuenta que desde 1915 Freud empezó a hacer experimentos personales con su hija Anna (pensar en un número e invitar a la niña a que lo adivinara, por ejemplo), pero por prudencia “sólo muy tarde se adentró oficialmente en el terreno de lo paranormal”.
Para 1928, Freud había logrado la cert eza suficiente como para tomar una posición personal. En Psicoanálisis y telepatía, declaraba:

“Ya no es posible despreciar el estudio delos hechos ocultos”.

Pero este texto sólo fue publicado varios años más tarde porque Ernest Jones, su biógrafo y uno de sus colaboradores más cercanos, estimó quesu publicación era prematura y peligrosa para el prestigio del psicoanálisis. Sin embargo, en los años treinta Freud publica Sueños y telepatía. En él cuenta el caso de un paciente que sueña que su mujer ha dado a luz a dos niños gemelos. A la semana siguiente, su hija,
de un primer matrimonio, da a luz a dos niños gemelos.
Según Freud, el anhelo inconsciente del soñador era ser padre, y no abuelo, de las criaturas que iban a nacer. Por  medio de la telepatía había sabido que su hija daría a luz, pero, al no poder aceptar su deseo secreto, la censura trucó y desfiguró la información, representando a su conciencia el deseo incestuoso como deseo de tener gemelos de su mujer actual. De esta forma se da un motivo al acto telepático y se aprecia la diferencia entre el contenido manifiesto del sueño, aparente y enmascarado, y el contenido latente, reprimido y desnudo. Si la telepatía existe, concluía Freud, habría que aplicarle las leyes del inconsciente: censura-deformación.

Quizá si Freud hubiera conocido los estudios de J.B. Rhine en la Universidad de Duke, o de Samuel Soal en la Universidad de Londres, no habría necesitado actuar con tanta precaución. (El libro La telepatía, de Alain Sotto, es un buen recuento de hasta dónde se ha llegado en este terreno a la fecha.) Pero Freud enfrentaba no sólo el prejuicio deque todo lo que oliera a esoterismo era charlatanería, sino algo mucho más grave aún: el pensamiento científico y racionalista.
En La significación oculta de los sueños Freud abordó nuevamente el tema de la telepatía. El análisis podía evidenciar , pensaba él, los factores emocionales inconscientes de las personas, implicadas en los procesos.

Frecuentemente he tenido la impresión—escribe Freud — a lo largo delas experiencias con personas de mi entorno, que recuerdos cargados de una fuerte coloración emocional se transmiten telepáticamente con éxito y sin grandes dificultades. Si se tiene la paciencia de someter a un examen analítico las asociaciones de las personas a las que se transmite, salen a la luz relaciones y correspondencias ocultas que, de lo contrario, hubieran pasado inadvertidas.

Basándome en numerosas experiencias, me inclino a pensar que la transmisión del pensamiento tiene las mayores posibilidades de producirse en el momento en que la idea emerge del subconsciente (…). Incluso, es posible que mensajes recibidos telepáticamente durante el día no puedan emerger a la conciencia sino a través de un sueño de la noche inmediata. Por lo tanto, sería lógico que el material percibido telepáticamente sufriera las modificaciones y transformaciones propias de los sueños, como cualquier otro material onírico.
Esta idea dela posibilidad dela telepatía en los sueños entusiasmó a André Breton, quien consideraba a Freud , más un poeta que un científico, y un precursor del movimiento surrealista. “La belleza será terrible o no será.
Y la transmisión de la forma más terrible de la belleza, como ha demostrado Freud, es más un acto de la vida oculta de los sueños que de la vida diurna y solar”, escribía Breton. Y, bueno, hay que recordar que Thomas Mann propuso a Freud para el Premio Nobel de Literatura, algo de lo más significativo. Basta comprobar la belleza de su escritura, por momentos delo más poética y metafórica. Lo cierto es que científico o poeta, o científico  y poeta, el genio de Freud abrió puertas insospechadas a la ciencia y a la imaginación y demostró que, en efecto, como su admirado Shakespeare, podría decir que en el Cielo y en la Tierra hay muchas más sorpresas de las que supone nuestro pobre raciocinio.

Fuente: R.Universidad  de México

 
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Publicado por en diciembre 12, 2014 en Artículos

 

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Sinestésia-“El jueves es verde tirando a amarillento”

Todavía no existía una palabra para definir la sinestesia cuando en 1812 un joven estudiante de Medicina llamado Sachs escribió: “Las letras A y E son de color rojo vivo; el número ocho es marrón y el jueves es verde tirando a amarillento más que a azulado”. Dos siglos después de aquel artículo que puso en duda la percepción de la realidad, la comunidad científica desconoce las bases genéticas y neuronales de la sinestesia.

El albinismo que emblanquecía los ojos, la piel y el pelo de Georg Tobias Ludwig Sachs contrastaba con otro fenómeno que llenaba de colores su percepción del mundo. Hace dos siglos, este austriaco de apariencia pálida detalló en un artículo científico, escrito en latín y en tercera persona, algo nunca antes reseñado.

“Las letras A y E son de color rojo vivo; el número ocho es marrón y el jueves es verde tirando a amarillento más que a azulado, pero a veces hasta naranja oscuro”, cuenta Sachs en el capítulo Sobre la conexión de los ojos a los colores.

Cuando el estudiante de Medicina anotó las observaciones sobre sus percepciones en el año 1812, todavía no existía una palabra para referirse a esta extraña condición. Aunque su tesis trataba sobre el albinismo, en el mismo texto también documentó el primer caso de sinestesia: “No hay mejor manera de expresarlo que decir que una idea se aparece de color”.

La comunidad científica de aquella época rechazó su trabajo y el joven nunca consiguió titularse. Dos siglos más tarde, los investigadores contemporáneos aún se interesan por descifrar las claves neurobiológicas de la sinestesia, pero muchos de ellos desconocen este capítulo histórico de la bibliografía médica.

A día de hoy, la comunidad científica aún desconoce la base genética de la sinestesia y las redes neuronales por las que se cruzan las sensaciones. “Desafortunadamente, hemos malgastado todos estos años”, dice  Jamie Ward, investigador de la Universidad de Sussex (Reino Unido), en alusión a las décadas en las que el fenómeno ha permanecido olvidado.

Ver sonidos, oír colores

Tal y como le sucedía a Sachs, las personas con sinestesia perciben diversos tipos de sensaciones en un mismo estímulo. Esta condición se manifiesta de forma diferente en cada individuo, pero la variante más común es la de percibir las letras y los números de un determinado color.

No es que asocie una grafía a una tonalidad cromática determinada, como cualquier occidental podría relacionar la palabra ‘muerte’ con el color negro por el luto que se viste en los entierros; sino que la persona realmente lo siente así.

La pareja profesional formada por Alicia Callejas y Juan Lupiánez, investigadores del grupo de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Granada, recoge en libro Sinestesia (Alianza Editorial) multitud de variedades como el color de las palabras, el sabor de la música y el lugar del tiempo.

Hay personas que perciben los colores como notas musicales. Por eso cuando van a una frutería llena de tomates, melocotones, berenjenas y uvas disfrutan más que nadie de la compra semanal. Cada una de las hortalizas tiene su propia melodía. Para otras, los sonidos evocan colores y un concierto se convierte en toda una composición pictórica, como si estuvieran en un auditorio y en una galería de arte a la vez. Incluso hay quien percibe las texturas como sabores. Así, el rugoso les puede saber a amargo y lo húmedo a dulzura.

Las cifras varían mucho en función del estudio, pero la mayoría apuntan a que entre un 2% y un 4% de la población mundial tiene sinestesia. Esta condición afecta a seis mujeres por cada hombre y es hereditaria en un 40% de los casos.

La primera vez que se llamó a la sinestesia por su nombre fue en el año 1895. Más tarde, el conductismo renunció a esta “extravagancia de la mente” y hasta la década de los ‘80 no recuperó su protagonismo en los laboratorios de todo el mundo, “después de muchos años de desinterés”, escribe el neurólogo Richard Cytowic en su libro Sinestesia: una unión de los sentidos (The MIT Press). “En la última década hemos aprendido más sobre el cerebro que en toda la historia de la neurociencia”, añade.

El sustrato de las percepciones

Aunque todavía se sabe poco sobre el sustrato de las percepciones, la evolución en las técnicas de neuroimagen ha permitido a los científicos definir las fronteras anatómicas de la sinestesia en el cerebro. “Además hemos visto cierta sistematicidad, las correlaciones no son completamente azarosas”, explica  David Brang, investigador en la Universidad de California en San Diego (EE UU), que, junto con Vilayanur S. Ramachandran, es uno de los mayores expertos internacionales en la materia.

Los dos estadounidenses recuperan en un artículo publicado en 2011 en PLoS Biology la hipótesis de la activación cruzada que Ramachandran había desarrollado años antes con su colega Edward M. Hubbard. Su teoría propuso “un exceso de conexiones neuronales entre las modalidades asociadas” para explicar este fenómeno.

Una de las investigaciones más referenciadas sobre sinestesia atribuye este fenómeno al incremento y organización de la materia blanca en el cerebro, tal y como publicó Romke Rouw de la Universidad de Ámsterdam (Holanda) en la revista Nature Neuroscience en 2007. La sustancia blanca es la que contiene los axones de las neuronas, que son las prolongaciones que utilizan las células nerviosas para comunicarse entre ellas. Dos años después, Lutz Jäncke de la Universidad de Zúrich (Suiza) ofreció más datos científicos que refrendaban los mismos resultados en European Journal of Neuroscience.

En relación con los dos estudios anteriores, Peter H. Weiss, neurólogo de la Universidad de Colonia (Alemania), dice  que “a mayor conexión de materia blanca, mejor trabaja la materia gris”. Sus resultados se publicaron en la revista Brain en 2008.

“Ahora sabemos que en el cerebro existen diferentes centros sensoriales, cómo están organizados y cómo se comunican entre sí, pero todavía conocemos poco sobre cómo las percepciones conscientes e inconscientes difieren en el cerebro”, algo que según Ward será muy útil para entender mejor la sinestesia.

Tu cara me suena

La sinestesia es una condición extremadamente heterogénea hasta dentro de una misma familia. Ramachandran sugiere que “los matices genéticos imponen la predisposición, pero no su expresión”. Existen hasta 60 variantes, aunque dos de las más comunes son aquellas en las que los tonos auditivos y los números producen colores vivos. La más estudiada ha sido la modalidad en la que los números y las letras evocan colores. Por ejemplo, el premio Nobel de Física Richard Feynman veía sus fórmulas de colores. De las 60 variantes de sinestesia, las más comunes son aquellas en las que los sonidos y los números producen colores

Aunque suelen citarse nombres de sinestésicos que han sido especialmente brillantes en las artes y las ciencias, según Cytowic, no son ni más inteligentes, ni más artistas, ni más torpes, simplemente tienen una forma más rica de percibir el mundo.

Casos

Mia Winchell parece la niña más normal de su familia. Su hermano pequeño, Zack, guarda una lista de todas las hamburguesas que se ha comido hasta ahora en el McDonald’s. Su hermana mayor, Beth, se tiñe el pelo de colores diferentes cada semana. Pero Mia sabe que está muy lejos de ser normal. Para ella, los sonidos, los números y las letras tienen colores.

Esa capacidad se denomina sinestesia. No es ninguna enfermedad, sino una especie de sexto sentido, o, más bien, una fusión de varios sentidos, que les permite percibir el mundo de otra forma.

Mia, la protagonista de la novela “A Mango-Shaped Space”, de Wendy Mass, pensaba que todos veían el mundo como ella, pero descubrió que era diferente en el colegio.

Un día, la sacaron a la pizarra para resolver un problema de matemáticas y Mia utilizó tizas de colores para hacer los números tal y como ella los veía. Su maestra la ridiculizó delante de su clase, y Mia no volvió a mencionar el tema de los colores hasta años después.

Cuando cumplió 12 años, su abuelo, también su mejor amigo, murió. En el funeral, Mia se encuentra un gatito gris y blanco con los ojos como los de su abuelo. Mia lo adopta y piensa que el alma de su abuelo está en el gatito. Lo llama Mango, pero no porque sus ojos sean de color naranja, sino porque sus maullidos y sus resoplidos se traducen, para ella, en distintos tonos del naranja y amarillo, como los mangos según la estación.

La unión de sentidos de la sinestesia significa que algunas personas pueden “ver” los sonidos, la música, como le ocurre a Mia. Otras pueden saborear u oler las formas, los colores, los números o hasta el nombre de una persona. Y otras, pueden “sentir” la música. «Siempre siento las guitarras en mis tobillos y los violines en mi cara», dijo Carol Crane a la CBS.

Ray McAllis “ve” la música: «Un flash brillante de color lavanda que se hace cada vez más suave;… ahora subimos por una escalera rosa, con algunos violines lavanda». Y para James Wannerton, las palabras tienen “sabor”: «Nueva York sabe a huevos fritos, y Londres a puré de patatas.»

No hay dos personas con sinestesia que perciban las cosas de la misma forma. Para unas, como es el caso de Caron Crane, la letra Z es de color cerveza. Para otros es de otro color.

David, un chaval de 16 años con sinestesia, escribió una carta a Wendy Mass para hablarle de lo mucho que le había gustado su libro. Al final de la carta, David dice: «Por cierto, tu nombre es un bosque verde con algo de amarillo en el fondo, como rayos de sol colándose entre los árboles».

Muchos investigadores están interesados en la sinestesia porque podría revelar algo sobre la conciencia humana. Estudiar este “sexto sentido” podría explicar, por ejemplo, cómo enlazamos todas las percepciones hasta convertirlas en un todo. Cuando sostenemos una flor, vemos los colores, la forma, el olor y sentimos la textura. Nuestro cerebro une todas esas sensaciones y las convierte en el concepto de flor. Puede que las personas con sinestesia tengan una percepción extra que les permite añadir más datos a esos conceptos. Estudiarlo ayudará a comprender cómo percibimos el mundo.

Fuente de inspiración

Los escritores latinoamericanos del siglo XX aprovecharon la sinestesia como recurso literario para cultivar el realismo mágico. El autor colombiano Gabriel García Márquez fue uno de los escritores que popularizó este género. “Y luego un hondo silencio oloroso a flores pisoteadas”, describe en Cien años de soledad.

Alicia Callejas y Juan Lupiáñez, investigadores del grupo de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Granada, aclaran  que “la percepción del mundo es siempre multisensorial”. Los sentidos de las personas sin sinestesia se procesan a nivel cerebral de manera independiente en un primer momento y posteriormente “se integran para reconstruir una aproximación a la realidad”. Es probable que un helado de color rojo sepa más a fresa que otro de apariencia blanquecina. Así, no hace falta ser sinestésico para comer con los ojos.

El neurólogo Richard Cytowic es un experto mundial en sinestesia. Ha investigado cientos de casos, algunos de los cuales cita en su libro “The Man Who Tasted Shapes” (El hombre que saboreaba las formas). Cytowic estudia la sinestesia para comprender los misterios de la mente humana: «Esta gente experimenta el mundo de una forma distinta. Sus sentidos están conectados entre sí de forma diferente».

Ha habido multitud de sinestetas famosos. Entre ellos figuran: Vasily Kandinsky, Charles Baudelaire, Leonard Bernstein, Duke Ellington, Richard Feynman, David Hockney, Cladimir Nabokov, Lidwig Wittgenstein,… y un largo etcétera.

Quizás habrá que darle la razón a aquel que se queje de tener un día gris o al que presuma de una vida de color de rosa. La convergencia de sensaciones hace que los neurocientíficos se planteen qué es real y qué no lo es. Richard Cywotic todavía se lo pregunta. Su respuesta: “el lector deberá deducirlo él mismo”.

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Publicado por en diciembre 11, 2014 en Artículos

 

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Usos y abusos de la mecánica cuántica

Por Alberto C. De la Torre

La mecánica cuántica tiene un problema con su nombre. Es demasiado atractivo y misterioso. Si se hubiese llamado “teoría de cota inferior a la acción para el modelado de sistemas físicos”, la habrían dejado tranquila y no sería necesario salir a explicar que en numerosos usos de la palabra “cuántica” no hay ninguna relación válida con la física. A diferencia de lo que sucede con la medicina, no existe una ley que proteja contra el “ejercicio ilegal de la física” y no hay penalidad para los que abusan de ella para propagar falsedades o para justificar ideologías esotéricas. Debemos entonces informar y educar a la sociedad para que no se deje embaucar por los charlatanes que invocan a la mecánica cuántica con el fin de hacer creíbles sus delirios.

Un poco de historia

A fines del siglo XIX se creía que las teorías físicas disponibles eran suficientes para explicar todos los fenómenos de la naturaleza. Se pensaba entonces que toda pregunta referida al comportamiento de los sistemas físicos encontraría una respuesta correcta mediante la aplicación de las llamadas teorías clásicas. Tal era la confianza que se tenía en la física clásica, que se anunciaba “el fin de la física”. Solamente había un par de “pequeños problemas” que la física clásica no lograba explicar. Uno estaba relacionado con el color de los cuerpos incandescentes y el otro con la variación en la velocidad de la luz cuando la fuente emisora está en movimiento. El anuncio del fin de la física resultó ser tan falso como esperamos que sea falso el anuncio -promulgado a fines del siglo XX- del fin de las ideologías. En efecto, de esos “pequeños problemas” surgieron dos grandes revoluciones de la física que conmocionaron a todos los ambientes culturales: la mecánica cuántica y la relatividad. No trataremos aquí a la relatividad y nos dedicaremos a exponer los aspectos esenciales de la revolución cuántica.

Éxitos y fracasos de la física clásica

La física clásica, la del siglo XIX, es extremadamente exitosa para describir el comportamiento de sistemas físicos, llamados macroscópicos, que son los que podemos percibir directamente con nuestros sentidos. Las piedras, los motores, la luna y los planetas, los ríos, los relojes, los rayos y los truenos, el viento, las olas y mareas, las máquinas y los procesos con todas sus propiedades de masa, energía, impulso, el calor, la luz y los colores y una inmensidad de cosas que encontraban explicación satisfactoria con la física clásica. Es interesante notar que todos estos sistemas físicos y procesos son los que han intervenido en el desarrollo de nuestra intuición, esto es, en la expectativa que tenemos y que usamos para predecir el comportamiento de las cosas. Si soltamos un objeto, predecimos que va a caer, porque eso es lo que hemos experimentado miles de veces. Si dejamos un objeto en un lugar, esperamos que permanezca allí o que se mueva de acuerdo a causas conocidas. Si un objeto puede tener alguna propiedad como cierta posición o cierta velocidad, o cierto color, esperamos que estas propiedades estén presentes o ausentes, pero con certeza. Debido a que el desarrollo de la intuición ha sido influenciado por nuestro contacto con sistemas que describe correctamente la física clásica, decimos que la intuición es clásica.

La física clásica fracasa, hace predicciones falsas (que no se corroboran en los experimentos) cuando se la aplica a sistemas físicos muy pequeños, livianos y tenues. Para éstos se desarrolló la mecánica cuántica, que se aplica con formidable éxito a sistemas 10 mil millones (1010) de veces más pequeños que los sistemas perceptibles por nuestros sentidos, 1.000 cuatrillones (1027) de veces más livianos y 10.000 quintillones (1034) de veces menos activos y más débiles. ¿Tenemos derecho a pensar que nuestra intuición, desarrollada con los sistemas clásicos, se aplique correctamente a sistemas físicos tan alejados de nuestros sentidos? ¡Claramente no! Otorgarnos ese derecho sería repetir el error antropocéntrico tantas veces cometido en la historia de la ciencia. Por ello, debemos estar preparados para aceptar que el comportamiento de los sistemas cuánticos viole nuestra intuición y nos asombre. La mecánica cuántica nos sugiere educar la intuición para hacer aceptables ideas altamente anti-intuitivas y asombrosas pero necesarias en la descripción del comportamiento de los sistemas cuánticos. En cierto sentido, la mecánica cuántica es “paranormal” porque los sistemas cuánticos se comportan en forma diferente a lo que “normalmente” estamos acostumbrados a observar. Sin embargo, a diferencia de los supuestos fenómenos paranormales, las predicciones asombrosas de la mecánica cuántica cuentan con una abrumadora evidencia experimental. La teoría cuántica es asombrosa pero ha sido confirmada por experimentos de altísima precisión. Por ejemplo, el cálculo del momento magnético del electrón ha sido comprobado con una precisión tan grande como la que resultaría de medir la longitud del ecuador de la tierra con un error menor a una décima de milímetro.

La revolución cuántica

La característica esencial y revolucionaria de la mecánica cuántica es que, además del valor asociado a cada observable de la realidad, aparece indisociablemente otra cantidad que está relacionada con cierta indeterminación, o incerteza, o error, o imprecisión, o difusión, o dispersión, o variación, en el valor asignado al observable. Los múltiples nombres que hemos presentado son indicativos de la ambigüedad de interpretación que aqueja a esta cantidad. Los dos primeros, indeterminación e incerteza, son los más usuales y corresponden a dos interpretaciones opuestas que no explicaremos aquí. Cuando la indeterminación de una cantidad es grande y hacemos experimentos para observar dicha cantidad, obtendremos diferentes valores que manifiestan la incerteza en la cantidad medida. La teoría no puede predecir con exactitud el valor que mediremos y sólo nos da la probabilidad asociada a cada valor. La mecánica cuántica sugiere la existencia del indeterminismo en la realidad. Más asombroso aún, sucede que las indeterminaciones en las cantidades observables no son todas independientes sino que están relacionadas de manera inexplicable para nuestra intuición clásica. Por ejemplo, la indeterminación en la posición de un objeto puede hacerse pequeña, pero lo hará a expensas de una gran indeterminación en su velocidad. Un electrón bien localizado se comporta como una partícula, aunque con velocidad indefinida. Viceversa, si lo obtenemos con una velocidad bien definida se comportará como una onda sin ubicación precisa. Esta es la llamada dualidad onda-partícula. Existen experimentos en que los electrones se manifiestan como ondas, similares a la luz, cuando pasan por rendijas: interfieren y difractan pero en otros experimentos, los mismos electrones impactan puntualmente como partículas. ¿Qué es entonces un electrón, una partícula o una onda? La mejor respuesta a esta difícil pregunta es: ¡ni una cosa ni la otra! La realidad del electrón es algo maravillosamente bello y sutil que no debe describirse con nuestra intuición clásica, aunque en ciertos experimentos muestre una cara similar a la de una partícula y en otros a la de una onda. Onda y partícula son dos diferentes perspectivas clásicas de una misma realidad cuántica compleja. Son dos visiones complementarias de la realidad. Niels Bohr creó el concepto de “complementariedad” para caracterizar a la posibilidad de coexistencia de propiedades opuestas, incompatibles, que son por un lado necesarias para la descripción completa del sistema físico pero por otro lado no pueden ser consideradas simultáneamente porque se excluyen.

La distorsión paranormal

La aparición de la mecánica cuántica ha tenido grandes consecuencias culturales y filosóficas por un lado, científicas y tecnológicas por el otro y, desafortunadamente, también ha sido avasallada como instrumento para engañar y estafar. Veamos brevemente estos tres aspectos. Primero, la mecánica cuántica ha introducido una nueva forma de concebir la existencia de los objetos microscópicos. Estos objetos existen pero sus propiedades difieren de las que asignamos a los objetos grandes que percibimos directamente con nuestros sentidos. Así podemos concebir que una partícula puede existir (ser) pero no tener una localización exacta (estar); que la observación de alguna característica de la realidad no implica la puesta en evidencia de una propiedad preexistente (indeterminismo); que toda descripción que hagamos del objeto con conceptos clásicos, obligatoriamente excluye otras posibles descripciones (complementariedad). La mecánica cuántica ha hecho un gran aporte al debate filosófico al demostrar que el realismo ingenuo, que propone que la realidad es tal cual como nosotros la percibimos, es falso. En el segundo aspecto, el impacto científico y tecnológico de la mecánica cuántica es gigantesco. “La mecánica cuántica explica toda la química y gran parte de la física” dijo algún famoso. El desarrollo de nuevos materiales, toda la electrónica, la superconductividad, la energía nuclear y casi la totalidad de la tecnología moderna no hubiera logrado el nivel de desarrollo alcanzado sin la mecánica cuántica. Finalmente, es importante aclarar que los efectos asombrosos de la mecánica cuántica aparecen en sistemas físicos extremadamente pequeños, tenues y livianos, pero para sistemas físicos grandes, como los que nosotros percibimos con nuestros sentidos, estos efectos asombrosos se promedian, se cancelan, y emerge así el comportamiento “normal” que acostumbramos a percibir. La transición de lo cuántico a lo clásico, llamada “decoherencia”, se presenta ya al nivel submolecular y es por lo tanto falso pensar que la mecánica cuántica pueda explicar fenómenos macroscópicos “paranormales” (en rigor, nunca observados) tales como la telekinesis, bilocalidad y otros. Tampoco brinda la mecánica cuántica algún soporte a creencias religiosas o misticismos orientales. Ying-yang, tao, holismo, terapias cuánticas, fenómenos paranormales y teletransportación, entre otros, no tienen nada que ver con la física cuántica, y los que invocan el enorme prestigio y rigor de esta teoría para aportar alguna credibilidad a esas charlatanerías están simplemente engañando; si además, como es usual, sacan de eso algún rédito económico, están estafando.

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Publicado por en diciembre 11, 2014 en Artículos

 

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