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El caso de la calle del Toboso.

El 7 de febrero de 1977, apareció una noticia en la página de «Sucesos» del diario Informaciones:

«Extraños ruidos en algunos pisos de la calle del Toboso (Carabanchel Bajo).»

A partir de entonces, toda la prensa nacional, especialmente los periódicos ABC, Diario 16 y el propio Informaciones, se hacían eco de esta noticia y aparecieron reportajes y opiniones en todos los medios de comunicación. Intervinieron, entre otros muchos organismos y personas: la Sociedad Española de Parapsicología, sobre todo a través de quien por entonces era el presidente de su Comisión de Control experimental y de Laboratorio, don José Luis Jordán  Peña, el padre Oscar González Quevedo, S.I., director del Centro Latinoamericano de Parapsicología (CLAP) de la Universidad Anchieta de Sao Paulo en Brasil.

La gerencia municipal de urbanismo hizo un reconocimiento de la finca, que había sido construida, así como las otras colindantes, por el Instituto Nacional de la Vivienda, en calidad de provisionales para unos diez años, hasta que se construyesen las nuevas en proyecto. Los vecinos llevaban viviendo en ellas unos quince años y temían que los cimientos de las fincas estuvieran en malas condiciones.
Los extraños ruidos se percibían con toda claridad en la planta tercera del número 73 de la calle del Toboso, pero también afectaban a las fincas colindantes aunque con menos intensidad. Lógicamente, las opiniones que se vertieron fueron de todo tipo y la que, al parecer, tuvo mayor eco en los medios de comunicación fue que los ruidos procedían de alguna obra cercana; en concreto se atribuyeron a unas obras del metro en la Avenida de Oporto en su confluencia con la de General Ricardos, situadas a más de 500 metros y transmitidos por galerías subterráneas o tuberías.
El padre González Quevedo opinó en su momento que los fenómenos tenían una causa meramente física y que no estaban relacionados con la fenomenología paranormal. Para afirmar esto se basaba en los siguientes puntos:

1. Se realizaron tests entre los habitantes de los pisos primero, segundo y tercero. No se detectó a nadie dotado de facultades paranormales.

2. Lo que ocurrió en la calle del Toboso no tenía relación con la tiponomía parapsicológica (ruidos que tienen origen en la mente de una persona habitante del inmueble).

3.Golpeando en un casa distante del mismo bloque se observa que, con diferencia de nueve a diez segundos,se escuchan
los ruidos dentro de «la casa de los ruidos» .También, cuando  se golpea en los muros del tercer piso y se mueven los cuadros.Estos ruidos se escuchaban en la calle.

No obstante,Gonzalez Quevedo  no encontró la causa de los golpes, pues afirmaba qui filo era obligación de los técnicos, dada la proximidad del metro y el hecho de que las paredes del inmueble y el techo determinaban una acústica especial.

El miércoles 9 de febrero Jose  Mª Pilón realizó su primera visita al inmueble, conocido ya como «la casa de los ruidos». El piso tercero estaba habitado por un matrimonio y su hijo: don Luis Antúnez de las Heras, de sesenta y tres años, obrero de la construcción en paro; su esposa, doña María Delgado Baena, de sesenta y seis, y un joven mulato de dieciséis años, Mauricio Antúnez Delgado, adoptado desde muy niño por el matrimonio.
Mauricio, en contra de lo que por entonces se afirmó en algunos medios, no era un chico «subnormal», sino, en todo caso, un «deficiente mental», por falta de una adecuada educación y una alimentación insuficiente.
Por entonces se publicó en algunos reportajes y crónicas de prensa que Mauricio había producido una serie de fenómenos físicos como el que describe el relato «Cuando Mauricio se aburre, la casa tiembla», de Pérez Abellán (Diario 16, viernes 25 de febrero, página 16),:

Cuando Mauricio se aburre, la casa tiembla. Según afirmaciones de los padres de Mauricio a los expertos que estudian los fenómenos paranormales, el muchacho produjo en la noche de ayer una levitación. Es decir, se levantó durante varios segundos del suelo y flotó en el aire. Sin embargo, este fenómeno sólo ha sido presenciado por los padres del muchacho, aunque lo que han podido comprobar los parapsicólogos es que una piedra que había en la habitación flotó durante bastantes segundos delante de Mauricio. 

Hasta aquí lo que publicaba el reportaje. También es cierto que cuando Pilón llegó por primera vez a «la casa  de los ruidos», un armario ropero y el televisor se encontraban volcados en el suelo. Según los padres del muchacho, esto acababa de suceder hacía poco tiempo.  De lo anterior Pilón no  fue  testigo presencial, pero si  el ver cómo un sillón pequeño flotaba en el aire durante varios segundos.

Jose María Pilón lo relata así :

“Estábamos presentes los padres del muchacho, el propio Mauricio —que se había quedado traspuesto en un sofá—, el profesor Germán de Argumosa y yo, que me encontraba de pie junto a la mesa del comedor, en torno a la cual se situaban unos pequeños silloncitos de brazos curvos, por debajo del tablero. En un momento dado, uno de los silloncitos se movió de su posición arrastrando las patas por el suelo y, de un saltito, colocó uno de sus brazos por encima del tablero. Lo tomé en mis manos y lo observé detenidamente para ver si había imanes o algún artilugio que lo pudiera haber movido. En absoluto. Lo volví a colocar en su sitio. Me encontraba a unos centímetros de él. De repente, se volvió a arrastrar por el suelo, fuera de la mesa y, lentamente, «levita» durante varios segundos, elevándose en el aire hasta la altura de mi pecho. De forma repentina, cayó al suelo con estrépito”.

También pudo escuchar, en varias de las visitas que se  hicieron a la casa en cuestión, los famosos «ruidos».

“Se trataba de golpes fuertes, que parecían producidos por un gran mazo acolchado, puesto que eran sordos y retumbaban en el ambiente. Tan pronto procedían del suelo como del techo o de las paredes. Y una de ellas no era una pared medianera con otro piso, sino que se trataba del muro exterior de una tercera planta. Al otro lado no había nada, el aire”.

Hay que advertir que los fenómenos se producían únicamente en los momentos en que Mauricio se encontraba como traspuesto o relajado. Si estaba consciente y en actividad, la fenomenología no se producía. En una ocasión en que se encontraba  un estudioso de parapsicología, que se había desplazado desde Córdoba para presenciar el fenómeno acompañado de su novia, una muchacha joven y  agradable. Mauricio se interesó por ella y trataba de «ligársela»…

En aquella ocasión no hubo manera de que se produjese ningún tipo de fenomenología…

Mauricio, días más tarde del comienzo de los fenómenos, fue trasladado por un grupo perteneciente a la Sociedad Española de Parapsicología a un lugar, que siempre  se mantuvo en secreto, con el fin de que fuera estudiado.

La última visita que Jose María Pilón realizó a «la casa de los ruidos» coincidió con el momento en que la dueña de la casa, María Delgado Baena, fue trasladada a un hospital, víctima de un ataque al corazón. De Mauricio se volvió a tener más noticias…

Según la opinión de  Pilón  , así como las personas que estudiaron el caso,Mauricio era la causa de aquella fenomenología.

Y Concluye:

Quizás por su primitivismo y su falta de desarrollo cultural y humano, se le puede atribuir la causalidad de esos fenómenos que se producen, no es una manera exclusiva y se da con bastante frecuencia, en ambientes y por personas de estas características.

Fuente: Extracto del libro :Lo paranormal ¿Existe?

 
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Publicado por en abril 22, 2014 en Casuística

 

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Casos de transcomunicación de J. Mª Pilón

Por  J.Mª Pilón

Fenómenos  psicofónicos  ente 1973 y 1974.

«NO RECES MAS»

Yo había tenido una relación pastoral muy intensa como orientador espiritual con una señorita de grandes cualidades humanas y de una gran cultura, pero que, como consecuencia de la caída de un caballo, siendo niña, sufría a veces ciertos trastornos en su personalidad que le producían determinadas crisis de carácter psicótico. La llamaremos Leticia.

En cierta ocasión, estando trabajando en mi despacho como director del Departamento de Comunicación Cristiana de Bienes (CCB) de Caritas Diocesana de Madrid, recibí una llamada suya desde la capital de provincia en que ella residía. Ante la imposibilidad de poder tener con ella una conversación privada, le indiqué que me llamase a mi domicilio por la tarde. Así lo hizo. Mantuvimos una larga conversación telefónica. Ella se encontraba en cama con una gripe. Por la noche, volvió a llamarme por teléfono y me pedía que me trasladase a su domicilio, pues quería desahogarse conmigo, ya que yo le inspiraba gran confianza. Este viaje suponía para mí tener que abandonar durante varios días mi trabajo ordinario, que entonces era bastante abrumador. Para dar lugar a que pasasen algunos días y poder yo solucionar algunos problemas urgentes, le sugerí que, en el momento en que recibiese de sus padres, a quienes yo por entonces no conocía personalmente, un telegrama o una comunicación telefónica en que me autorizasen a presentarme en su casa, yo tomaría el primer avión que pudiera y acudiría gustoso.

Era un viernes 26 de octubre de 1973. Pasaron el sábado y el domingo. El lunes, al llegar a casa, me indicaron que tenía un telegrama en mi cuarto. Lo abrí y leí:

«Con inmenso dolor participamos fallecimiento de Leticia. Inmensamente agradecidos, rogamos oraciones.»

Quedé estupefacto. Llamé por teléfono a la familia y, ante mi consternación, me comunicaron la tremenda noticia. Se había suicidado arrojándose por el ventanal de un sexto piso. Cogí el avión y acudí allí. Después de un minucioso examen de la situación, llegué a la conclusión de que no había habido suicidio. Se había caído al vacío al tratar de cerrar las «maderas» exteriores del ventanal.

Hasta aquí, muy sucintamente, la narración del hecho. A mi regreso a Madrid lo comenté en una cena con unos amigos. Estaba presente Germán de Argumosa, quien hacía poco tiempo había «importado» a España el fenómeno psicofónico, que había conocido en un congreso en el extranjero. El sugirió la oportunidad de intentar una psicofonía. Todos lo aceptamos. Se dispuso un magnetofón de cinta abierta con una cinta virgen. Y, a micrófono abierto, pronunció Germán de Argumosa las siguientes palabras:

«Dirigiéndome a las llamadas “voces desconocidas”, mi pregunta es simple y sencilla:La señorita Leticia “XX”, ¿se suicidó o murió por causas ajenas a su voluntad?.Esta experiencia tendrá una duración aproximada de cuatro minutos.»

Nos mantuvimos en silencio durante esos cuatro minutos las quince o dieciséis personas que estábamos presentes mientras el magnetofón funcionaba. No se oyó nada. A los cuatro minutos aproximadamente, Germán continuó:

«Fin de la experiencia.»

Rebobinó la cinta y puso el magnetofón en posición de escucha. Se oyó todo el parlamento de Germán y a continuación el «ruido blanco» de la cinta virgen. A los pocos momentos, después de unos toques de aviso, una voz masculina que decía: «Leticia» y a continuación un alarido desgarrador de un cuerpo que cae al vacío, que nos dejó a todos petrificados. Después, hice una pequeña encuesta a neurólogos y psiquiatras amigos en la que les preguntaba si una persona que se suicida arrojándose al vacío grita o da algún alarido. La respuesta fue uniforme: el alarido lo da la persona que se ve sorprendida y cae. El suicida puede, quizás, gritar sí, pero nunca dará el alarido de espanto.

Esto sucedía en la madrugada del 20 de noviembre de 1973, día en que fue asesinado el almirante Carrero Blanco, que cayó con su coche blindado justo frente a la ventana de mi cuarto en la terraza del claustro interior de la casa profesa de la Compañía de Jesús de Madrid, que es mi domicilio.

Pasó el tiempo y, concretamente, el 27 de octubre de 1974, encontrándome en el domicilio de Germán de Argumosa, los dos a solas, vi que mi reloj marcaba las dos de la madrugada. Era el aniversario de la muerte de Leticia. Y sugerí: «¿Qué te parece si intentamos hacer una psicofonía para contactar con ella?» Nos pusimos manos a la obra y, una vez dispuesto el magnetofón con una cinta virgen, Germán dijo:

«Germán de Argumosa y el P. José María Pilón desde Madrid. Son las dos de la madrugada del 27 de octubre de 1974. Dirigiéndonos a las llamadas “voces desconocidas”, nos interesa conocer el estado en que se encuentra la señorita Leticia XX cuyo aniversario de su muerte se conmemora hoy. Esta experiencia tendrá una duración aproximada de cuatro minutos.» Nos quedamos en silencio, fumando un cigarrillo. A los cuatro minutos Germán dijo: «Fin de la experiencia.»

Rebobinamos, y al escuchar la pretendida grabación, después del parlamento de Germán se escuchó una voz femenina que lacónicamente decía:

«¡Feliz!»

Germán añadió:«Hay muchas personas que piensan que esta señorita se suicidó ¿es cierto o no es cierto?»

Y la misma voz femenina nos respondió:

«Lo han supuesto»

a lo que yo personalmente continué:

«El padre José María Pilón desea saber si esta señorita necesita algo más de él como sacerdote.»

A los pocos minutos escuchamos, grabada en la cinta, la misma voz femenina que me decía:

«No reces más.»

El contenido de la grabación es manifiesto: no hubo suicidio. Se trató de un accidente involuntario y consiguió con su muerte la paz y la bienaventuranza. Por ello, no necesita más oración para su eterno descanso.

Para mí, se trata de una de las psicofonías caseras más interesantes que he podido escuchar, aunque, a mi juicio, desde el punto de vista técnico, esté muy mal realizada. Opino que para que una psicofonía tenga auténtico carácter de «transcomunicación» y se le pueda atribuir una autenticidad, llamémosle «científica», debe estar realizada en condiciones muy diferentes. Entre otras cosas, estimo necesario que tanto el magnetofón donde se graba como el micrófono —que es mejor que no sea incorporado al aparato— deben estar encerrados en una cámara «Anecoica-Faraday», es decir, totalmente insonorizada y rodeada de jaula Faraday, que filtre todo tipo de ondas electromagnéticas. De otra forma, cualquier ruido ambiente, cualquier otro tipo de incidencia a través de la cabeza magnética o del micrófono, pueden conformar una inclusión que, al ser escuchada, puede revestir la forma de una voz que nos interpela.

«¡ASESINO!»

Se trata de otra grabación significativa.

Trabajaba yo todavía como director del Departamento de Comunicación Cristiana de Bienes (CCB) en Caritas Diocesana de Madrid. Un buen día, el viernes 10 de abril de 1975, recibí en mi despacho la visita del señor D.C.G., acompañado de la señora M.A.S., que me solicitaba la búsqueda de una fuerte partida de botellas de un whisky especial, que le habían sustraído del almacén en que la conservaba. En la conversación manifestaron su interés por toda la temática paranormal. Aquella misma tarde yo iba a pronunciar una conferencia en un colegio sobre el tema de la psicofonía. En ella se presentaron y se mostraron muy interesados en su contenido.

A los pocos días me llamó D.C.G. muy inquieto y me pidió que fuera a visitarle a su casa. En ella me contó cómo en la madrugada del día 14, después de haber cenado con un grupo de amigos, les propuso la idea de realizar una psicofonía, ya que algunos de ellos habían asistido a mi conferencia.
Después de un primer intento, realizado por el propio D.C.G. y que resultó fallido, su esposa, J.G.S., llevó el magnetofón a un cuarto trastero, al fondo de un pasillo de exactamente doce metros de largo, en que ella, pintora de reconocido prestigio, conservaba sus instrumentos de pintura.
El cuartito en cuestión no tenía otra comunicación exterior que la puerta. Colocó en él el magnetofón y en posición de grabación decía:

«Lo he puesto funcionando aquí y pregunto:¿alguien quiere algo de nosotros?»

Cerró la puerta y se dirigió al saloncito en que permanecía el grupo de amigos. El grupo lo integraban el matrimonio y dos hijos, C y J, la novia de C, un amigo de él, a quien llamaremos Javier, y M.A.S.

Al cabo de un ratito, J.G.S. se dirigió de nuevo al cuartito trastero, abrió la puerta y dijo:

«Fin de la prueba.»

Llevó el magnetofón al saloncito, donde los demás esperaban y, después de rebobinar la cinta, escucharon espantados: primero, después de la pregunta que ella misma había formulado, un breve «¡Sí!», más tarde un fuerte ruido de golpes metálicos, y a continuación una pavorosa exclamación:

«¡Asesino! Javier!»

Ante el asombro y terror de todos, el hijo del matrimonio, C, cogió el magnetofón y en compañía de su amigo Javier, quien por no haber asistido a la conferencia pensaba, escéptico, que se trataba de una broma que querían darle, fue a su dormitorio, que se encontraba en el pasillo nombrado a mitad de camino del mismo y le convenció para que él hiciera algún comentario. Javier pregunta:

«¿Con quién queréis comunicaros?»

Abandonaron la habitación y, al volver a escuchar la cinta, oyeron, con el consiguiente espanto de Javier:

«Contigo, Javier, contigo. Sí, sí, contigo».

Al oír la grabación, Javier se marchó despavorido y la novia de C les advirtió que lo dejaran marcharse, pues les recordó que días antes, conduciendo Javier su coche por una estrecha calle del Madrid antiguo, a su paso por una obra, un albañil se desprendió ante él de un andamio y él, involuntariamente, le atropello…

¿De qué voz se trataba? ¿Era la del difunto albañil atropellado por Javier?

Nos encontramos de nuevo ante el misterio de la psicofonía…

La cinta original fue remitida al laboratorio de Electrónica de las Comunicaciones del Instituto Torres Quevedo de Madrid y en el informe que nos entregaron se constataba que se trataba de una grabación completamente distinta de las grabaciones magnetofónicas ordinarias, ya que se desconocía dónde se encontraba el foco emisor y el ángulo de ataque de la onda de presión que incidió en la cabeza magnética por medio del micrófono conectado al aparato.

Fuente: Extracto del libro :Lo paranormal ¿Existe?

 
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Publicado por en abril 21, 2014 en Casuística

 

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El caso de las huellas del diablo.

En una ciudad próxima a Madrid  en abril de 1987, una familia de clase acomodada que vivía en un edificio de construcción típicamente de  carácter manchego, piedra de sillería y ladrillo. En el solar que originariamente ocupa el edificio,parece  ser, que había sido en tiempos atrás un palacio de la Inquisición.
La planta baja la ocupaba un banco, en cuya primera planta vivía la familia del director del mismo. La segunda, rematada en la esquina por un torreón, estába habitada por la familia a que nos referimos. La dueña de la casa era muy aficionada a las plantas de interior, y tenía una buena colección de ellas.

Con ocasión de un periodo de vacaciones, en que dicha familia estaba ausente durante quince días, la señora le dejó a su vecina las llaves del piso y le pidió que, en su ausencia, se ocupase de regar sus plantas y tenerlas un poco atendidas.
Así lo hizo, pero al volver de las vacaciones y entregarle las llaves le dijo:

«Mira, he regado periódicamente las plantas como podrás ver, pues la tierra de los tiestos está con agua, pero… yo no sé qué ha pasado que un día aparecieron todas quemadas, como abrasadas».

En efecto, al entrar en la casa, todas las plantas estaban absolutamente quemadas e inservibles, de tal manera que las tuvieron que echar al fuego. Tan sólo una de ellas, a base de cuidarla, abonarla y regarla, salió adelante. Era como si una ardiente ola de calor se hubiera desarrollado en aquella habitación. Aquello era incomprensible, pues, aunque fuera en el mes de agosto y en plena llanura manchega, no parecía verosímil que, con los balcones y las maderas cerrados, se hubiera podido producir una elevación tan grande de la temperatura interior de la casa…
Pasó el tiempo y un buen día la señora del piso pensó que hacía mucho tiempo que no había pasado la aspiradora a unas cortinas que había en el interior de los balcones del salón. Y se dispuso a hacerlo. Las cortinas estaban recogidas con las clásicas abrazaderas a media altura. Las desplegó y con gran extrañeza aparecieron en ellas una especie de manchas extrañas. Las cortinas eran de pana lisa de color verde, y las manchas aparecían como si alguien hubiese variado el eje de los hilos del tejido y se formase una tonalidad distinta, más mate, y con forma de unas garras extrañas. Las llevó al tinte, pensando que se habrían manchado, pero allí le dijeron que eso no eran manchas y que ellos no podían hacer nada para eliminarlas.

Por una serie de circunstancias, llegó el nombre  de  José  Mª Pilón a sus oídos y contactó con el. Este se  desplazó una tarde,  al verlas, le  hizo recordar inmediatamente  la imagen de las garras del hipogrifo o una gárgola,  con tres dedos largos, una parte carnosa y un espolón. El hipogrifo o la gárgola según la iglesia  es la representación mítica del diablo… Era como si un extraño animal, con unas garras de ese estilo, se hubiese posado sobre las cortinas, dejando su huella impresa. Las cuatro cortinas de los dos grandes ventanales tenían las mismas huellas…, aunque con diferentes tamaños.

Habían  una treintena  de  marcas similares .Tras  conseguir la autorización de la familia para llevarse las cortinas a Madrid , por medio del doctor Lorenzo Plaza, se  logró que las examinasen en el Comité del Color del Instituto Torres Quevedo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.Allí no encontraron una explicación satisfactoria. Del informe emitido con fecha de 28 de mayo de 1987, reportaron lo siguiente:

Objeto de la investigación: una cortina de terciopelo con diversas deformaciones en forma de «garra» en su superficie.
Instrumento empleado: un espectro radiantímetro.

Método:

I) Se analiza el espectro de radiación (entre 390 y 1.070 mm) de la superficie central de una «garra», obteniéndose los valores de la tabla n° 1. (Estos valores son archivados en la memoria del espectro radiantímetro).

2) Se analiza una zona próxima a la «garra» de aspecto normal y se obtienen los valores de la tabla n° 2 que también se pasa a la memoria.

3) Se coloca una parte de la cortina de aspecto normal de forma que la iluminación que recibe esa zona sea equivalente a la que recibió la zona central de la garra cuando se analizó e] punto Io. Se analiza esta parte en estas circunstancias y se obtienen los valores de la tabla n° 3.

Mediante el ordenador del propio espectro radiantímetro se hace el tratamiento de los datos de la siguiente forma:

a) Se halla la relación de espectros entre los obtenidos en el punto 2° y los obtenidos en el punto 1° y se obtiene el diagrama espectral 1.

b) Se halla la relación de espectros entre los obtenidos en el punto 2o y los obtenidos en el punto 3o y se obtiene el diagrama espectral 3.

Como se esperaba, al superponer los diagramas 1 y 3 y verlos al trasluz, se puede comprobar su coincidencia tanto en la zona del infrarrojo como en la visible con una ligerísima dispersión en la zona de las 400 nm.

Según lo expuesto, J.M. Pilón dice que :se desprende que la distinta coloración de las «garras» no es debida al cambio de los pigmentos por una acción química. El cambio de coloración se debe a deformación de la textura de los pelos de la trama, posiblemente, por calor.
Más tarde fueron examinadas por el eminente paleontólogo don Bermudo Meléndez, que no logró identificar las huellas con ningún tipo de animal conocido en la actualidad.
Por medio de un familiar  de J.M. Pilón,un  ingeniero textil, aceptó hacer un estudio,  en la Asociación de Investigación Textil Algodonera (AITA) de Barcelona.
Llevando allí las cortinas ,emitieron un informe el 15 de enero de 1988, en el que, en sus consideraciones finales, se dice:

De las exploraciones que anteceden se puede deducir que las marcas que llevan las cortinas presentadas son producidas por efecto termomecánico, cuya acción aplicada no ha alterado la composición química de las fibras acrílicas componentes del pelo de las mismas.
Respecto al reconocimiento del ser extraño que ha podido generar por calor tales «marcas» nos parece tarea notablemente difícil; no obstante, ateniéndonos a la forma genuina (garra con tres dedos) o de diseño único con variación sólo de dimensiones y ciertos ladeos de la figura, puede pensarse en que su origen tenga dependencia biológica.

¿Origen con dependencia biológica? ¡Extraña afirmación que parecía orientar al  grupo Hepta en la misma dirección inicial del   supuesto…!

La investigación posteriormente quedó detenida en este punto sin tener  un resultado concluyente.

Se realizaron dos visitas a esta casa, el 9 de abril y el 1 de julio de 1987. En mayo de 1988  llamaron inquietos a Pilón: una mesa camilla y unas butacas que estaban en el salón se habían movido solas. El día 13 de ese mismo mes se efectuó una tercera visita y,  el 24 de junio de 1989 se reunieron de nuevo con la familia.

Desde entonces no se volvieron a tener noticias del suceso.

Fuente: Extracto del libro :Lo paranormal ¿Existe?

 

 
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Publicado por en abril 21, 2014 en Casuística

 

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El método Ganzfeld

Ganzfeld (del alemán «campo homogeneizado»), técnica empleada en el campo de la parapsicología para probar la percepción extrasensorial de las personas. Se utiliza una estimulación sensorial parcial para producir un efecto similar al aislamiento sensorial .


Con este procedimiento se quiere denominar un campo visual homogéneo. Es una clase especial de experimento de respuesta libre en el cual el sujeto se halla en situación de relajación física, con los ojos cubiertos por semiesferas de material translúcido (generalmente medias pelotitas de ping-pong) y un ruido “blanco” o “rosa” que reduce el ruido que puede llegar a la habitación, para ello se le pone al sujeto unos auriculares. Ello al mismo tiempo facilita su concentración en la intención experimental.

El sujeto  se sitúa en una habitación aislada, con los ojos tapados como se ha  dicho anteriormente, con los auriculares puestos para escuchar unos minutos de instrucciones sobre relajamiento físico y “pacificación” mental. Las Instrucciones que el experimentador entiende que debe darle sobre su trabajo psíquico para realizar su ESP sobre el objetivo, todo ello puede durar unos cinco, seis o siete minutos. A continuación comienza un “ruido blanco” a través de los auriculares que indica el comienzo del experimento.

El ruido blanco no es otra cosa que un débil zumbido como el ruido de una fina lluvia, cuya intensidad se puede graduar a gusto del sujeto.

El trabajo de ESP puede durar unos veinte a veinticinco minutos.

Los objetivos a utilizar en el experimento y el proceso de aleatorización y elección del objetivo fueron explicados en el titulo “Métodos de respuesta Libre”. Se han utilizado también video clips, diapositivas, o también figuras dinámicas, o sea figuras en movimiento que parece son más inspiradoras para el experimentador que las va a mirar para “transmitirlas” y para el sujeto.

Los objetivos pueden ser mirados por un experimentador, o no mirados por nadie. Experimentos de tipo Clarividencia, se hacen ensobrando la figura objetivo, desconocida para el experimentador.

La idea general es que la ESP en nuestra mente, es una señal muy débil, entonces es importante evitar que cualquier ruido o rumor la desfigure o la oculte, sea un “ruido” de origen externo o interno.

Para ello es importante el trabajo de relajación física, y también un trabajo de “relajación” mental, una especie de yoga o estado de meditación pacífico. Podemos considerar sintéticamente los siguientes puntos:


1) El aspecto de la estimulación externa; que se supera con el aislamiento sensorial.
2) La actividad somática o muscular; que se supera con ejercicios de relajamiento.
3) Excesos de actividad autógena; que puede ser superada con ejercicios autógenos.
4) Actividad mental excesiva; que se supera con ejercicios de tipo Yoga y meditación.
5) Interferencia de imágenes irrelevantes; puede ser superada gracias a un entrenamiento con feed-back inmediato. 

Desde el punto de vista de la disposición mental del sujeto, en el trabajo de ESP, debe mantenerse alerta a las imágenes que se le presenten en la mente, no intervenir en ellas, dejarlas que se vayan así como vinieron. Es decir tener una absoluta pasividad. Estar alerta a las fugaces imágenes que se le pueden presentar.
Los experimentos con la técnica Ganzfeld dieron en estos últimos diez años resultados sorprendentes y constituyen una de las líneas mas importantes de la investigación parapsicológica.


Otros procedimientos de Ganzfeld

Sugerimos utilizar en los procedimientos de Ganzfeld cuando se hace en forma telepática, es decir, cuando el experimentador “transmite” la figura objetivo (en el procedimiento de clarividencia, el objetivo se halla ensobrado y desconocido del experimentador) que la transmisión telepática se haga en un tiempo reducido dentro del tiempo total que dura el estado de Ganzfeld.

Por ejemplo, si el sujeto se halla en el estado de Ganzfeld, unos 25 ó 30 minutos, que el experimentador mire y “transmita ” la figura objetivo a los 10 ó 15 minutos de comenzado el Ganzfeld y sólo por el término de unos cinco, seis o siete minutos. Evaluar los dichos del sujeto durante ese lapso con el objetivo.

Cuando el sujeto en el estado de Ganzfeld, con los ojos tapados y con el ruido blanco, comienza a tener “visiones” esperamos que el contenido de estas “visiones” se modifiquen o sean reemplazadas posiblemente por las “visiones” propias del objetivo que “transmite” el experimentador.

Es conveniente que estos minutos de “transmisión” sean al final. Si se hacen dentro del lapso total, podría también tomarse en cuenta las “visiones” posteriores al lapso de “transmisión” pero en ese caso deben evaluarse por separado. El sujeto podría continuar con “visiones” sobre el objetivo o no.

Es una manera de sensibilizar el proceso de Ganzfeld dentro del lapso total. El experimentador deberá controlar los tiempos de iniciación y terminación. Y es conveniente que el sujeto mientras dura el experimento manifieste a un grabador sus “visiones”, y ello se hace imprescindible durante los minutos de “transmisión” de que hemos hablado.

 
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Publicado por en abril 20, 2014 en Artículos

 

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